Nota de la autora:
En realidad, creo que, por mi especialización, debería escribir suspense sobre psicología criminal. Pero ahora mismo no he conocido muchos casos y tampoco he estudiado demasiado los conocimientos profesionales, así que temo que lo que escriba no sea lógico. Probablemente tendré que esperar a entender mejor las materias especializadas antes de ponerme a escribir ese tipo de artículos. ^^
Así que estimo que, si quiero escribir “Empatía y Culpa”, ¿quizás tenga que esperar un año? Bueno, más o menos.
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[Nota: «Àizǐ» (爱子) significa literalmente “hijo/hija amado(a)” o “ser querido”]
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La habitación no estaba sumida en la oscuridad total que ellos imaginaban. Sheng Yi percibió claramente que, desde que él y Devil traspasaron esa puerta, habían entrado en un nuevo mundo.
Su mente divagó hacia no se sabe qué lugar, y de pronto pensó en cómo sería el efecto si una persona, sin verse afectada por la intensa presión de un agujero negro, diera un paso dentro de él.
Antes de que pudiera desarrollar una argumentación con sus conocimientos de física, una luz tenue apareció de repente ante sus ojos.
No sabía cuándo había surgido aquella luz, que no era muy brillante. Su efecto sería más o menos como encender una vela en casa durante un apagón general en plena noche.
La mano de Sheng Yi seguía estrechamente entrelazada con la de Devil. Ninguno se atrevía a relajar el agarre y, al unísono, se dirigieron hacia aquel resplandor.
La distancia, que parecía corta, resultó no serlo tanto cuando comenzaron a caminar.
Para evitar perder la noción del tiempo en la oscuridad absoluta, Sheng Yi contaba los segundos mentalmente mientras avanzaba.
300, 301… Pasaron cinco minutos, y a Sheng Yi le pareció que la luz frente a ellos seguía igual de lejos, como si estuvieran caminando sin avanzar.
En la oscuridad y el silencio, uno inconscientemente presta atención a los sonidos más mínimos y tiende a bajar la voz para adaptarse al entorno. Sheng Yi solía llamar a este fenómeno, en broma, “el efecto de conformidad entre el hombre y el ambiente”.
En la penumbra, enganchó con su dedo la palma de la mano de Devil.
Al sentir aquel cosquilleo en su mano, los dedos de Devil se estremecieron ligeramente y correspondió al gesto.
Al recibir la respuesta, Sheng Yi no dijo nada. En su lugar, extendió su índice y escribió la palabra “Alto” en la palma del otro.
Devil se concentró en la sensación que los dedos trazaban en su mano —una distracción que le resultaba perturbadora—, pero logró descifrar lo que le estaban escribiendo.
Ambos se detuvieron al mismo tiempo. Ninguno de los dos profirió palabra, permaneciendo quietos en el sitio donde se encontraban.
La oscuridad no solo amplifica los sonidos, sino que también exacerba los pensamientos y alimenta los miedos internos.
Sintiendo cómo su ritmo cardíaco parecía acelerarse, Sheng Yi se esforzó por controlar esa sensación desbocada mientras continuaba contando en silencio.
361, 362…
No tuvieron que esperar mucho. Cuando Sheng Yi llegó a 420, percibió con agudeza que la luz frente a ellos parecía haberse acercado un poco.
En la palma de Devil, hizo una leve seña con el dedo; la respuesta del otro confirmó que también lo había notado.
La cuenta silenciosa continuó. Al llegar a 600, la luz tenue estaba ya solo a unos diez metros de ellos.
Parecía que la oscuridad de aquel lugar poseía una capacidad innata para devorar cualquier destello a su alrededor. La luz misma había perdido su cualidad esencial, reducida a un mero juguete que solo podía iluminar un radio de unos diez metros.
En ese momento, Sheng Yi y Devil pudieron distinguir por fin la escena que se ocultaba tras aquel resplandor. La fuente de la luz era, efectivamente, una vela. Y quien la sostenía no era otra que Aizi, la misma que había muerto.
“En la oscuridad, ver a una persona muerta sosteniendo una vela frente a ti… ¿Cuál sería tu sensación?”
No sabía de los demás, pero los sentimientos de Sheng Yi en ese instante eran complejos. No era una persona carente de temor por naturaleza; simplemente, la vida y su don le habían concedido un poco más de valor que a otros. Pero eso no fue suficiente. Al ver el rostro sin vida de Aizi, su corazón se detuvo por un instante.
Aunque Aizi no intentaba asustar a propósito con la luz y su pálido semblante —como cuando de niño iluminas tu cara con una linterna en la noche—, su aura decadente y su aspecto descuidado dejaban claro que ella y ellos ya no pertenecían a la misma especie.
Siempre había sostenido, en sus análisis psicológicos, que la razón por la que los sacerdotes taoístas cazaban fantasmas era: “Si no son de nuestra especie, sus intenciones seguramente serán distintas; aunque estén lejos, deben ser eliminados”. Claro, esta era solo su respuesta desde el análisis psicológico, carente de empatía. Después de todo, él siempre había sido un firme luchador materialista, de esos que sacan 95 en el examen de Marx.
Ahora, comprendía un poco mejor el sentir de aquellos sacerdotes. Al ver el rostro de alguien conocido, lo que surgía en su pecho no era un “qué alegría reencontrarte, te estoy inmensamente agradecido”, sino algo más parecido a “al acercarme a mi tierra, me siento más inseguro y no me atrevo a preguntar al recién llegado”. Después de todo, podías sentir con crudeza que la persona frente a ti ya no era en absoluto aquella que conociste.
Tras calmar sus pensamientos durante un buen rato, Sheng Yi pudo por fin observar con detenimiento a la recién llegada.
La Aizi que tenía delante era igual a la que habían visto en el bar: en sus manos no había rastro de suturas. De no estar tan seguro de no sufrir una demencia senil precoz, Sheng Yi habría llegado a dudar de que la persona asesinada tras serle seccionadas ambas manos y desangrarse fuera la misma que tenía frente a él.
Ella claramente no estaba allí para “reanudar viejos lazos y confesar sus sentimientos” con ellos. Sin más, giró y comenzó a adentrarse en la oscuridad, guiándolos.
Devil y Sheng Yi vacilaron solo un momento antes de seguir sus pasos.
A la tenue luz de la vela, Sheng Yi se dio cuenta de que no tenían ni idea de a qué lugar habían llegado.
Parecía ser un pasillo. La luz de la vela de Aizi alcanzaba justo para iluminar las paredes del corredor.
En ellas no había cuadros antiguos, caligrafías o fotografías, sino muñecas. De todo tipo.
Unas grandes, otras pequeñas; algunas nuevas, otras viejas.
Al verlas por primera vez, Sheng Yi se llevó tal susto que por poco le rompe la mano a Devil del forcejeo.
Después de todo, cualquiera se pondría la piel de gallina y se echaría a sudar frío al ver toda una pared de muñecas en la oscuridad, observándote con sus ojos vacíos y sonriéndote.
Mientras seguían a Aizi, estudiaban con atención las muñecas que los rodeaban.
Cuanto más miraban, más inquietantes les parecían. Devil extendió la mano, enganchó los dedos de Sheng Yi y escribió en su palma:
«Piel humana»
Solo entonces Sheng Yi comprendió qué era lo que no cuadraba. La textura de la piel en el exterior de aquellas muñecas se parecía demasiado, era directamente la textura de piel auténtica.
Sheng Yi no pudo evitar frotarse los brazos, erizados de piel de gallina. Su trabajo le había hecho ver a varios asesinos despiadados y pacientes con trastornos mentales, pero ninguno se comparaba con la locura de quien había creado aquellas muñecas.
Aunque sentía un escalofrío creciente, Sheng Yi siguió observándolas con determinación.
Quizás porque, sin darse cuenta, habían apresurado el paso, ahora se hallaban a solo unos cinco metros de Aizi.
Fue entonces cuando un olor peculiar llegó hasta sus narices.
Sheng Yi frunció el ceño y se frotó la nariz. Aquel olor no se parecía al de las velas comunes, sino más bien a… No lograba recordar de inmediato a qué, pero le resultaba vagamente familiar.
Devil le dio la respuesta directamente, escribiendo en su palma:
– Es una vela hecha de grasa humana solidificada. En algunos establecimientos de Naraka las queman.
Sheng Yi recordó entonces dónde lo había olido antes. Durante una misión de infiltración en Naraka, había entrado por casualidad en una librería donde las lámparas desprendían ese mismo olor.
Al pensarlo, le entraron náuseas. «Joder, si hubiera sabido que me toparía con estas porquerías, hoy no habría comido nada», maldijo mentalmente.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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