El autor tiene algo que decir:
Por favor, guarden al autor en sus favoritos, comenten y guarden mis artículos —Plan del Salto Terrestre— y —El Pozo—.
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El Plan del Salto parecía concebido para obligar a las civilizaciones a salir de su zona de confort, a comprender que este mundo —el universo entero— no sustentaría a parásitos inútiles. Los recursos se reservarían únicamente para las civilizaciones necesitadas, mientras que esos parásitos solo servirían de alimento.
Sin embargo, ¿qué tipo de Saltadores necesitaba realmente el Plan del Salto? O, en otras palabras, ¿qué clase de civilización? Sheng Yi reflexionó, pero nadie lo sabía ni podía darle una respuesta.
Lo que sí sabía era que la crueldad no constituía lo que una civilización necesitaba en verdad. Innumerables tiranos y opresores, a lo largo de la historia, habían demostrado una y otra vez esa verdad con sus maldades en las páginas del pasado. Quizá esa no fuera la clase de civilización que el Plan del Salto, o la Alianza de Civilizaciones Universal, requerían, pensó.
Tras serenarse, Sheng Yi reunió a todos nuevamente. Esta vez, el ánimo del grupo estaba notablemente apagado. Después de todo, solo quedaban ocho de los doce jugadores en la mazmorra: un tercio había muerto. Además, apenas habían transcurrido dos partidas y nadie había conseguido puntos. Para entonces, todos habían comprendido que la dificultad de una mazmorra de rango C no era ninguna broma. Era su primera experiencia en una de ese nivel, a diferencia de Sheng Yi y Devil, quienes ya habían afrontado la de rango B, aún más difícil. Aunque estaban entre los mejores de los Saltadores, jamás se habían encontrado con un desafío tan brutal, donde varias personas perecían desde el principio. Pero ¿qué salida había? No tenían más remedio que continuar.
Pronto, el ánimo comenzó a restablecerse. Después de todo, los muertos no podían resucitar. Los vivos solo podían seguir avanzando hasta hallar una salida.
Abandonaron la pradera y reanudaron el viaje.
Esta vez el trayecto fue largo. Nadie llevaba un registro exacto del tiempo, y la mazmorra, claramente, no seguía el sistema real de veinticuatro horas. El sol salía por el este y se ocultaba por el oeste, pero no parecía existir una fuente única de luz; esta se difundía en el cielo, dificultando localizarla. Sheng Yi calculó que llevaban caminando más de tres horas. El claro de hierba donde habían jugado al topo ya no se divisaba, así que sugirió hacer un descanso.
Aunque ningún participante del programa de Saltos era fácil de vencer, después de un juego extenuante y de caminar sin pausa durante más de tres horas, incluso Sheng Yi y Devil, que no eran personas comunes, empezaban a sentirse agotados y ni hablar del resto.
Ante la propuesta de descansar, todos se detuvieron con alivio. Algunos comieron, otros bebieron agua.
Sheng Yi y Devil también sacaron de sus pulseras la comida y el agua que habían preparado, y comieron juntos en silencio.
Pero pronto su comida fue interrumpida por una visita inesperada. No eran las típicas criaturas del campo, sino un payaso humanoide.
La sorpresa fue general. Hasta entonces solo habían encontrado animales de cuento de hadas, como ratones de campo o conejos. Era la primera vez que se topaban con una criatura humanoide. De inmediato dejaron la comida, desenvainaron sus armas y adoptaron una postura defensiva.
El payaso parecía salido de un circo: nariz roja, maquillaje extraño y enigmático —blanco, rojo y más rojo— que resultaba desconcertante. Vestía, además, un traje colorido con lentejuelas que reflejaban la luz difusa del cielo mientras bailaba, lo que lo hacía deslumbrante a la vista.
Sheng Yi entrecerró los ojos, manteniéndose en guardia. Guardó la comida, empuñó su arma con cautela. Devil hizo lo mismo: apartó su comida y conjuró el cuchillo de sombra que acostumbraba usar.
El payaso, tal vez consciente de la tensión, se detuvo a unos veinte o treinta metros, guardando una prudente distancia. Antes de hablar, soltó una risa. Era la misma carcajada, ese ——jeje—— que antes se había escuchado del pequeño ratón. Los Saltadores, con algo parecido a un trauma por ese sonido, se removieron incómodos; incluso sintieron una ligera náusea por la comida recién ingerida. Por suerte lograron contenerse. De otro modo, aquello habría dado material de sobra a AI666, que los observaba desde hacía un mes.
Finalmente, el payaso hizo una reverencia cortés y dijo, sonriente:
—Hola a todos. Soy el guardián de esta ronda del juego: el señor Payaso. Antes que nada, bienvenidos a la zona de juego de la que estoy a cargo. Espero que podamos divertirnos juntos.
—…¿Quién demonios quiere divertirse contigo? —murmuraron todos.
El señor Payaso, sin embargo, parecía tener la habilidad de ignorar las expresiones torcidas de los presentes, caras como si hubieran comido mierda y continuó sonriendo:
—Ahora, les presento mi juego. ¿Han oído hablar del ajedrez?
<<…Jaja, ¿se ha vuelto tan popular el ajedrez que incluso ha llegado a la Alianza de Civilizaciones Universales? —pensaron todos—. Sin duda, es un patrimonio cultural notable de nuestra gran Tierra.>>
Al ver el silencio del grupo, el señor Payaso frunció el ceño con frustración, convencido de que no sabían nada del ajedrez.
—¿No es este un juego de la Tierra? ¿Por qué no lo conocen?
Se serenó de inmediato, volvió a sonreír y dijo:
—No importa. El señor Payaso es paciente. Explicaré las reglas detalladamente a cualquier Saltador que no las conozca.
De pronto, el suelo tras él tembló como si A-jing invocara a los no muertos. A una orden suya, un gran número de piezas de ajedrez blancas y negras emergieron del terreno. Pero, contrario a lo esperado, las piezas cobraron vida y los caballos comenzaron a competir entre sí.
Enseguida, un tablero de ajedrez gigantesco se materializó en el vasto campo a sus espaldas. Los caballos, tras jugar un rato, regresaron dócilmente a sus posiciones.
Señalando el tablero, el señor Payaso hizo un gesto invitándolos a unirse a la diversión. En ese momento, la evocadora voz mecánica de AI666 resonó de nuevo:
—Bienvenidos al juego Juego de Rol: Ajedrez (NT:Es el Ajedrez Mágico de Harry Potter). Ahora, el guardián del juego, el señor Payaso, presentará las reglas.
—¿No debería explicarlas él en persona? ¿Se les está acabando la paciencia a los mecánicos? —bufaron los jugadores.
Ignorando el silencio cargado del grupo, AI666 prosiguió:
—Las reglas son sencillas. El Saltador juega con negras y el señor Payaso con blancas. El jugador de blancas comienza. La particularidad es que, en esta partida, tanto el señor Payaso como los Saltadores serán piezas dentro del tablero. Después de que el Payaso juegue con blancas (D), los Saltadores discutirán y seleccionarán su pieza a mover. Durante la partida podrán comunicarse entre sí.
Tras aclarar las reglas especiales, AI666 comenzó a explicar las normas del ajedrez. Para que nadie las olvidara, activó la proyección en la pulsera de cada Saltador, mostrando simultáneamente las instrucciones:
—Las reglas son las mismas que en el ajedrez convencional. Están el Rey (K), la Reina (Q), la Torre (R), el Alfil (B), el Caballo (N) y el Peón (P)…
A continuación detalló los movimientos de cada pieza y, al final, las jugadas especiales: captura al paso, coronación del peón y enroque. La explicación fue larga, minuciosa y algo exasperante.
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