Nota del autor:
Por favor, guarda mi trabajo en favoritos, coméntalo y añade a tu colección mis obras Plan de Salto Terrestre y El Pozo.
Kiss~
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Devil pareció sorprendido por aquella súplica inesperada, pero pronto sus cejas se curvaron con elegancia y, junto a la ligera curva de sus labios, se tornó increíblemente atractivo.
—Sí, Sheng Yi —respondió.
El nombre se deslizó de su boca como si lo hubiera repetido incontables veces. Pero era imposible: era la primera vez que lo escuchaba. ¿Entonces por qué le sonaba tan familiar?
Sheng Yi apenas alcanzó a reaccionar cuando un sonido inoportuno interrumpió el momento: pasos que se acercaban.
De inmediato, reprimió cualquier respuesta y miró a Devil con preocupación, asegurándose de que todavía pudiera escapar con él.
Devil también había oído aquellos pasos, fuera de lugar en medio del bosque silencioso. Sus labios se curvaron, aunque sus ojos permanecieron fríos. Luego, al encontrarse con la expresión inquieta de Sheng Yi, esa frialdad comenzó a suavizarse poco a poco.
—Está bien. Sube a un árbol y escóndete —dijo con calma—. ¿Sabes trepar?
Sheng Yi asintió.
—Entonces hazlo. Que no te vean. Y no mires hacia abajo, da un poco de miedo, no es para ti. Yo me encargo. Mejor cúbrete también los oídos.
El corazón de Sheng Yi dio un vuelco. Entendió al instante lo que Devil pensaba hacer y el malestar lo recorrió entero. No tenía forma de convencerlo y, aun así, deseaba impedir que esas manos fuertes —frías y a la vez extrañamente protectoras— se mancharan de sangre. Pero sabía que intervenir solo complicaría la situación.
Soy policía, se recordó. No debería quedarme de brazos cruzados.
Devil, percibiendo su conflicto, suspiró con una mezcla de resignación y ternura.
—No los mataré —dijo—. Solo necesito información. Ellos me pidieron que curara mis heridas, y estoy seguro de que obtendré algo a cambio.
Las palabras aliviaron un poco a Sheng Yi, aunque intuía que no eran tan simples. No parecía que Devil hablara de una simple conversación o negociación. La realidad, lo sabía, rara vez era tan benigna como se imaginaba.
Al ver que Sheng Yi al fin asentía, Devil sonrió y, con un gesto ligero, le indicó el árbol más cercano.
—Ve. Escóndete.
Sheng Yi entendió que Devil no quería que interviniera. Aceptando aquella concesión, trepó al árbol y se ocultó con cuidado, aunque sus ojos no dejaron de seguir la dirección por la que se acercaban los hombres.
Devil, en cambio, no mostró intención de esconderse. Permanecía allí de pie, indiferente, perfectamente visible. Aquello hizo que Sheng Yi se inquietara: en esa posición, si lo atacaban a distancia, sería un blanco perfecto. Sin embargo, pronto comprendió que su propia lógica no era suficiente para juzgar a alguien como Devil.
Los hombres con uniforme de camuflaje apenas emergieron del bosque cuando Devil levantó su arma y disparó, apuntando a zonas no letales. No parecía una emboscada, sino una demostración de destreza: un despliegue de reflejos y precisión.
En cuestión de segundos, antes de que sus oponentes reaccionaran, ya había derribado a cinco o seis. Los que quedaban se ocultaron de inmediato, preparados para contraatacar. Pero Devil no les dio oportunidad: se cubrió tras el mismo árbol en el que había estado apoyado y, en una décima de segundo, asomó, apuntó y disparó con una rapidez imposible.
Desde su refugio elevado, Sheng Yi observaba atónito. Si este hombre compitiera en tiro olímpico, arrasaría con todas las medallas de oro. ¿Cómo demonios lo hace?
Cuando quiso darse cuenta, la batalla había terminado.
Desde lo alto, alcanzó a ver a varios hombres tendidos en el suelo, la ropa empapada en sangre. No podía distinguir si estaban vivos, pero recordó la promesa de Devil y confió en que solo estuvieran heridos. Por alguna razón, le creía.
Al ver el gesto de Devil, Sheng Yi descendió del árbol. Ignoró la mirada sorprendida del otro y se acercó con paso firme.
Tal como esperaba, los hombres habían recibido disparos en zonas no mortales. Sin embargo, le desconcertaba que ni siquiera pudieran resistir. Devil, percibiendo su duda, explicó que sus balas estaban impregnadas con un agente paralizante.
De inmediato, Sheng Yi comprendió. Miró a los caídos con un dejo de compasión y decidió no intervenir más, dejando que Devil siguiera con lo suyo.
Devil arrastró al último hombre al que había disparado y le inyectó un líquido extraño en la vena. Pasaron unos diez minutos antes de que recuperara el conocimiento. Después, le aplicó varias inyecciones más, explicando a Sheng Yi que su propósito era inmovilizarlo temporalmente. Luego, confiscó todas las armas de los soldados y, tras elegir una pistola ligera, se la tendió a Sheng Yi.
El gesto lo sorprendió.
—¿No temes que te dispare? —preguntó incrédulo.
Devil sonrió y lo miró directamente a los ojos.
—Creo que no lo harás.
Aquella mirada lo incomodó. Sheng Yi apartó los ojos y murmuró algo ininteligible, concentrándose en examinar el arma como si fuera un juguete nuevo.
Cuando el cautivo recuperó por completo la consciencia, ambos dirigieron la atención hacia él. Devil lo reconoció al instante y, con un tono casi irónico, le habló en inglés (texto en inglés en el original en chino):
—¡Hola, Número 18! ¿Cómo te encuentras?
La provocación era evidente; después de todo, la deplorable condición del hombre era obra suya.
El N.º 18 escupió sangre y saliva a un lado, y con voz ronca respondió con sarcasmo:
—Gracias a ti… estoy de maravilla.
Devil ignoró la burla y fue directo al grano:
—¿Quién te envió? ¿Código D o F?
El prisionero no dudó.
—¡Código A! ¡Nos traicionaste a todos! ¡No pienso responder a tus preguntas!
Su furia no alteró en absoluto a Devil. Con calma, se volvió hacia Sheng Yi. Este no estaba preparado para su repentino movimiento, y antes de comprender lo que ocurría, un golpe limpio lo dejó inconsciente.
En el último segundo, Sheng Yi alcanzó a pensar: …No esperaba esto de ti, Devil.
Devil acomodó al inconsciente Sheng Yi junto a un árbol, en un rincón relativamente limpio y apartado del resto. Se quitó el abrigo y extendió la parte sin manchas bajo su cuerpo, con un cuidado inesperado.
Número 18 lo observaba atónito. Nunca habría imaginado que el temido Código A pudiera mostrar tanta ternura hacia alguien. El contraste lo dejó sin palabras.
Pero la ilusión de calma se rompió en un instante. Cuando Devil volvió a centrar su atención en él, sus ojos pasaron de refilón sobre su figura y aquel roce visual bastó para que Número 18 sintiera un escalofrío recorrerle la espalda.
Sin embargo, Devil no se detuvo en su mirada. Simplemente levantó el arma y disparó, ejecutando al hombre que yacía a su lado.
El eco del disparo aún flotaba en el aire cuando Número 18 comprendió, horrorizado, que su compañero de misión, el Número 23, acababa de ser asesinado a sangre fría.
Y antes de que pudiera reaccionar, vio el cañón moverse hacia otro de los caídos.
—¡Código A! ¡No, detente, detente! —gritó desesperado—. ¡Responderé lo que quieras! ¡Por favor, no dispares!
Solo entonces Devil bajó el arma. En ese breve lapso, ya habían muerto tres.
El bosque se llenó del olor acre a pólvora y de los gritos desgarrados del Número 18. A su alrededor yacían cuerpos inmóviles, algunos muertos, otros inconscientes. En medio del silencio roto, Devil permanecía de pie, imperturbable, mientras Sheng Yi descansaba desmayado contra el tronco del árbol.
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