En ese instante, todos recordaron lo que decía la descripción de la mazmorra: todas las criaturas tienen puntos. Pero nadie había imaginado que “criaturas” significara… algo tan enorme.
Las dudas explotaron en sus mentes.
Solo Devil y Sheng Yi repararon en la frase que repetía el conejo:
—¡Viejo Lobo, Viejo Lobo, ¿qué hora es?!
Sheng Yi se quedó pensativo: aquello le sonaba a un juego infantil del jardín de niños.
En ese juego, uno hacía de Viejo Lobo. Mientras los demás avanzaban, preguntaban: “Viejo Lobo, Viejo Lobo, ¿qué hora es?”. El Lobo respondía: “La una”, “las dos”… y así hasta llegar a “¡las doce!”. Entonces, el Lobo corría a atrapar a los demás, que huían despavoridos.
Sheng Yi giró la cabeza hacia Devil. Dudaba que hubiera jugado algo así en su niñez. Su ceño fruncido y la confusión en su mirada confirmaron sus sospechas: este tipo nunca había tenido una infancia con juegos de patio.
Pobre niño sin recuerdos de guardería.
Le explicó rápidamente las reglas en voz baja. Devil asintió, comprendiendo al instante, y juntos enfocaron su atención en el conejo.
El animal seguía acercándose, y ya estaba a unos cuantos saltos de distancia.
Los Saltadores, curtidos en combates, no se dejaron impresionar. Con un rival tan extraño a la vista, todos desenvainaron armas o prepararon sus poderes.
Sheng Yi sabía que su habilidad dependía de un temporizador, así que sacó el arma que había intercambiado. Devil, en cambio, dejó que su sombra se materializara en forma de daga y la empuñó con firmeza.
Pero, justo cuando parecía que el choque era inevitable… el conejo empezó a encogerse.
En cuestión de segundos, pasó de coloso a un animalito del tamaño de un conejo normal.
Todos: …
¿Qué clase de broma es esta?
El conejo, ahora pequeño, se acercó saltando hasta quedar a cinco metros de distancia. Se irguió sobre sus patas traseras con una postura inquietantemente humana, todavía aferrado a su reloj de bolsillo.
Y entonces habló con toda claridad:
—Forasteros, ¿alguna vez han jugado a “Viejo Lobo, Viejo Lobo, ¿qué hora es?”?
El grupo se quedó mudo. Pasados unos segundos, la mitad negó con la cabeza, sin tener idea de qué significaba ese juego con un nombre tan extraño.
Al ver que más de la mitad del grupo jamás había jugado, el rostro del conejo —que en teoría debía permanecer inexpresivo— pareció contraerse en una mueca de rabia dolida. Exclamó:
—¡Estos saltadores no tuvieron infancia! ¡Qué tragedia!
Todos: …
¿Por qué siento que este conejo nos está menospreciando?
Aun con esa frustración evidente, la criatura explicó pacientemente las reglas a los presentes.
Sheng Yi lo escuchó con atención y pronto advirtió que eran exactamente las mismas que él recordaba de su niñez. Aquello lo desconcertó. ¿Podría ser que la mazmorra estuviera inspirada en un simple juego infantil de la vida real?
Una vez que todos dijeron comprender, el conejo prosiguió:
—Ahora jugaremos de nuevo, pero con algunas variaciones.
Sheng Yi no supo por qué, pero en ese momento le pareció distinguir una sombra siniestra en la expresión del conejo.
—Uno de ustedes será el Viejo Lobo —continuó—, y yo, junto con los demás, seremos su presa. Cuando pregunten “Viejo Lobo, Viejo Lobo, ¿qué hora es?”, si el Viejo Lobo no responde, pierde. Por el contrario, si al llegar a las doce alcanza a su presa… esa presa será la perdedora.
Tras un breve silencio, añadió con una risa escalofriante:
—El perdedor debe pagar con sus puntos. Y ya sabemos lo que significa quedarse sin ellos…
La tensión se palpó en el aire.
Sheng Yi, con el instinto analítico de siempre, comenzó a desmenuzar la regla. A simple vista, parecía que solo el Viejo Lobo o la presa podían perder; los demás quedaban al margen, siempre que no rompieran las normas. Pero ahí estaba lo extraño: ¿qué ganaba entonces el conejo? Desde su papel, no era ni Lobo ni presa.
Con esa duda en mente, Sheng Yi preguntó sin rodeos:
—Entonces, si el Viejo Lobo pierde, ¿quién recibe sus puntos?
El conejo se tensó, como si hubiera preferido evitar esa cuestión. Su expresión se oscureció, pero enseguida mostró una sonrisa retorcida.
—Jeje… por supuesto, los compartiremos entre todos. ¡Soy generoso con mis compañeros!
Sheng Yi ignoró el tono meloso y lanzó otra pregunta crucial:
—¿Y si esa persona no tiene suficientes puntos?
El conejo parpadeó, visiblemente tomado por sorpresa. Tras un instante, replicó con torpeza:
—¡No! ¡Definitivamente tienen suficientes puntos!
Aquello hizo que Sheng Yi frunciera el ceño. Esa respuesta implicaba que el conejo ya tenía en mente quién perdería. En otras palabras, planeaba quedarse con el botín.
Pero eso abría una incógnita más inquietante: si para los Saltadores sobrepasar los 21 significaba la derrota, ¿qué representaba para los PNJ acumular puntos “en exceso”?
No formuló la pregunta. Intuía que el conejo jamás daría una respuesta honesta.
Asintió en silencio. Devil lo imitó de inmediato; entre ambos bastaba una mirada para saber que sus sospechas coincidían. Intercambiaron una sonrisa breve, un acuerdo tácito.
Ese gesto irritó a Jack, el corpulento hombre que los acompañaba. Con una mueca de desprecio, masculló:
—¡Maldita sea! ¡Está lleno de maricas aquí!
Devil: …
Sheng Yi: …
Antes de que pudieran replicar, el conejo dio una palmada de impaciencia y anunció el inicio del juego.
Arrojó el reloj de bolsillo al aire. Este, que antes no superaba el tamaño de su pata, comenzó a expandirse hasta convertirse en un coloso metálico, tan grande como un campo de fútbol. Antes de que pudieran reaccionar, todos quedaron atrapados sobre su superficie.
Sheng Yi recuperó el equilibrio y observó: el lugar donde estaban parados correspondía a la manecilla de las horas. El chasquido mecánico de los engranajes resonaba en cada rincón.
Entonces, con un brillo febril en los ojos, el conejo proclamó:
—Ahora comienza el juego. ¡Todos conmigo! Repitan: “Viejo Lobo, Viejo Lobo, ¿qué hora es?”
Todos: …
Esto no se parece en nada a lo que imaginábamos.
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