Nota del autor:
En ‘Reencarnación’, se dedicará mucho tiempo a relatar las experiencias pasadas de Devil y Sheng Yi
Por favor, guarden al autor en sus favoritos, comenten y guarden mis artículos —Plan del Salto Terrestre— y —El Pozo—.
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Justo cuando la luz blanca de la teletransportación de la instancia lo envolvió, Devil abrió los ojos y se encontró en un lugar demasiado conocido: su modesto apartamento, enclavado en una tierra de nadie dominada por múltiples gobiernos.
El recuerdo del joven Sheng Yi aún ardía en su pecho como una punzada. Suspiró.
Aquel encuentro había sido un sueño hermoso, tan vívido como irreal.
La realidad, en cambio, lo recibía con el aire enrarecido de Naraka.
Un paraíso para criminales. Un infierno para todos los demás.
Tiempo atrás, las Naciones Unidas habían intentado transformar aquella zona en una ciudad legal, regida por la justicia. Pero pronto descubrieron que allí se reunían traficantes de armas, capos de la droga y asesinos, como plagas imposibles de erradicar. Al final, desistieron.
Naraka no era extensa, apenas cinco veces el tamaño de Pekín, pero su condición la hacía inexpugnable. Los países vecinos carecían de fuerza para someterla y terminaron por ignorar la llaga en su propio territorio. Todos acabaron dándole el mismo nombre: Naraka, “los Dieciocho Niveles del Infierno”.
Fue allí donde Devil, tras unirse a la asociación y convertirse en sicario, había comprado un pequeño refugio protegido. Su segundo hogar. Su guarida.
Levantó la vista hacia el reloj de la pared.
Miércoles, 9 de octubre de 2019.
De inmediato, sus pensamientos regresaron a Sheng Yi.
Su trayectoria académica había sido un vértigo: licenciatura en tres años, una maestría en Reino Unido en apenas doce meses y un doctorado reducido de cinco a tres años en Estados Unidos. Mientras sus compañeros seguían soñando en torres de marfil, él ya combatía el crimen como policía.
Incluso antes de graduarse, colaboraba con Interpol, gracias a su brillantez. Para entonces, mientras la policía de la capital aún regresaba del desfile militar, Sheng Yi ya organizaba un grupo especial dentro del Ministerio de Seguridad Pública.
Devil, en cambio, figuraba en las listas internacionales de los más buscados. Jamás entendió por qué.
Solo aceptaba encargos difíciles: eliminar capos del narcotráfico, ejecutar objetivos asignados por la asociación. Y, aun así, un día descubrió que agencias de todo el mundo lo señalaban como enemigo. Quizá ese destino fue lo que lo llevó, de manera inevitable, a cruzarse con Sheng Yi.
Se levantó del banco y apartó los recuerdos. Hacía apenas unos días había acabado con el líder de cierta organización y ahora los hombres de este lo perseguían con saña, considerándolo una espina imposible de arrancar. Exhausto, había decidido retirarse un tiempo de la cacería y volver a su desvencijado apartamento en busca de descanso.
Hablando de eso, Devil siempre pensaba que debía agradecer a Naraka por una de sus normas más curiosas: las llamadas Reglas de Naraka. Aunque aquel territorio era probablemente el lugar más anárquico del mundo, las grandes organizaciones criminales —incluida la suya— habían acordado imponerlas para mantener un supuesto “orden”.
La más importante decía: ningún individuo ni organización podía delinquir dentro de Naraka.
El resultado era irónico: un paraíso de criminales donde el crimen estaba prohibido.
Pero, temiendo las represalias de los gigantes que controlaban el territorio, hasta los capos menores se cuidaban de obedecer. Así, Naraka se convirtió en uno de los pocos lugares donde incluso Devil podía relajarse sin tener que mirar constantemente por encima del hombro.
Fue precisamente allí donde lo vio por primera vez Sheng Yi.
El acceso a Naraka era casi imposible para los de fuera, pero de algún modo el grupo especial que dirigía Sheng Yi había logrado rastrear a Devil y decidió infiltrarse.
Aquel equipo era mínimo: apenas cuatro hombres bajo su mando. Los superiores, tras evaluar a Devil, habían llegado a una conclusión insólita: sus asesinatos se dirigían siempre contra criminales atroces, por lo que su prioridad era menor frente a otros objetivos. Con los agentes de élite ocupados en cazar organizaciones mayores, el escuadrón asignado era reducido: dos técnicos, un apoyo logístico… y el propio Sheng Yi obligado a lanzarse al terreno.
Devil lo recordaba con nitidez.
Fue en un bar sin nombre, en la calle principal. Sheng Yi, disfrazado de asesino errante, se había sentado en una esquina con una jarra de alcohol barato. Su disfraz era impecable, pero Devil —con el instinto curtido de quien había analizado a personas durante años— percibió enseguida que había algo diferente en él. Reconoció al joven policía que no terminaba de encajar en aquel ambiente.
Y en lugar de delatarlo, decidió jugar. Guardó silencio, lo observó, y dejó que la farsa continuara. Así comenzó todo.
Ahora, de regreso en la mazmorra, debía recrear esa misma escena. No podía alterar la línea temporal paralela.
Con la misma ropa de entonces, Devil atravesó la puerta del bar y tomó asiento en el lugar que recordaba al detalle. Se movía como un actor repitiendo un guión en un escenario ya conocido.
Levantó la mirada hacia la esquina.
Allí estaba Sheng Yi: el cabello castaño, corto y desordenado; la barba incipiente mal afeitada; el disfraz improvisado que lo hacía parecer un matón agotado. Estaba solo, hundido en su vaso, con esa misma aura apagada y desajustada que Devil había grabado en la memoria.
Soltó un suspiro imperceptible. El juego comenzaba otra vez.
La escena, en sí, no tenía nada de extraordinario. En Naraka era común ver a decenas de almas rotas hundirse en la penumbra de bares como aquel, bebiendo hasta perder la conciencia. La mayoría no eran criminales profesionales como Devil, hombres que habían hecho del delito un oficio. Eran fugitivos, prófugos acorralados que buscaban un último refugio entre las sombras. Allí los llamaban perdedores: fracasados del crimen, despojos humanos que apenas lograban arrastrarse para seguir respirando.
Y Sheng Yi, disfrazado precisamente como uno de esos perdedores, encajaba solo a medias. Había algo en él que no cuadraba: la rigidez de su postura, el desorden demasiado calculado en su ropa, la vigilancia latente tras el velo del alcohol en sus ojos.
Devil, sentado a pocos metros, se sorprendió dudando.
¿Lo habría reconocido en ese mismo instante aunque no hubiera investigado nada antes?
¿O fue simplemente intuición? ¿Una resonancia extraña, como si entre ambos existiera una conexión silenciosa que escapaba a toda lógica?
Impresiones sobre el capítulo completo.
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