Si Sheng Yi hubiera podido postear la situación en Zhihu, probablemente habría escrito algo como:
«Mi antigua némesis y yo compartimos ahora una habitación con cama king size. Acabo de descubrir que estaba rebuscando condones en el armario. ¿Qué demonios está pensando? ¿Qué debería hacer? ¡Es urgente!»
Pero no había Zhihu allí, ni foros, ni salvavidas externos. Solo él, enfrentándose a la escena más incómoda de su vida.
¿Hacerse el ciego y fingir que no había visto nada? ¿O ignorar por completo lo que significa “condón”?
Sheng Yi suspiró para sus adentros. Qué dilema…
En ese instante, Devil reaccionó. Arrojó de nuevo la caja dentro del cajón y lo cerró con brusquedad, como si nada hubiera pasado. Con la misma calma fingida de siempre, murmuró:
—Solo estaba comprobando que no hubiera bichos raros.
Sheng Yi lo miró en silencio. «Aquí está la plata, hay trescientos taels». Devil, ¿entiendes? Tienes que estudiar mejor nuestros modismos chinos. ¡No podemos perder la sabiduría ancestral!
Aun así, no dijo nada más. Ambos decidieron fingir que nada había ocurrido: uno actuó como si no hubiera visto nada; el otro, como si no hubiera sido sorprendido. El ambiente quedó cargado de un silencio espeso, pero lo que cada uno pensaba… solo ellos lo sabían.
Para sostener su excusa, Devil pasó la siguiente hora revisando cada rincón de la habitación como si buscara micrófonos ocultos o cámaras espía.
Sheng Yi, sentado en la única cama, encendió el móvil con determinación. Apenas abrió el navegador, apareció un titular alarmante:
“Explosión masiva en una ciudad británica. Una potente bomba destruyó gran parte de la zona. La policía busca al culpable”.
Sheng Yi se quedó mirando la pantalla en silencio.
…¿Así que esta es mi primera vez saliendo en las noticias por un crimen? Bueno, toda una novedad.
Pasó el resto de la tarde revisando mensajes y actualizaciones, mientras Devil seguía inspeccionando la habitación y ajustando su arma. Ambos se habían saltado el almuerzo, y recién cuando la punzada del hambre los obligó a reaccionar, Devil guardó su pistola, miró a Sheng Yi y dijo con calma:
—Vamos a cenar.
Bajaron juntos, cruzándose de nuevo con la dueña de la posada, que los observaba con esa expresión ambigua que ya parecía habitual.
—Buenas noches —sonrió ella—. ¿Necesitan algo más?
Devil pareció recordar algo.
—¿Cuál es la hora de salida?
La mujer se dio una palmada en la frente, como quien recuerda un detalle olvidado.
—¡Oh, lo siento mucho! Casi lo olvido. La salida es antes de la una de la tarde. Si se quedan hasta las seis, cobramos medio día. Después de las seis, el cargo es de día completo.
Devil asintió.
—Entendido. ¿Algún restaurante cerca?
—Sí. Giren a la derecha, caminen cien metros y lo verán a la izquierda.
—Gracias.
—Un placer —respondió ella con una sonrisa cargada de intenciones.
Siguieron las indicaciones y llegaron al restaurante. Apenas entraron, un camarero se acercó con aire jovial y lanzó una pregunta inesperada:
—¿Son pareja?
Devil: …
Sheng Yi: … ¿Es por esto que llaman a este país “Reino Unido”? ¿Por qué todo el mundo asume que dos hombres juntos son homosexuales?
El silencio fue su única respuesta. Viendo sus expresiones, el camarero se apresuró a explicar con una sonrisa:
—Lo siento, es que tenemos una promoción especial. Si vienen enamorados, la cuenta se reduce a la mitad.
Entonces Sheng Yi comprendió. Con razón la dueña nos recomendó este sitio… Seguro pensó que éramos pareja. Esa idea le trajo un extraño alivio: al menos era solo un malentendido.
—No —respondió Sheng Yi con firmeza.
—Sí —dijo Devil, al mismo tiempo.
Ambos se quedaron mirándose.
Sheng Yi: …¿Por qué “sí”?
Devil: …¿Por qué “no”?
Sheng Yi se cubrió la cara. Hoy debe ser el día más vergonzoso de mi vida.
El camarero parpadeó, confundido.
—Entonces… ¿sí o no?
Sheng Yi fue el primero en reaccionar. Después de todo lo vergonzoso que había pasado ese día, la situación ya no le parecía tan terrible. Con naturalidad, aclaró:
—Lo siento, en realidad no somos amantes.
El camarero los miró con una expresión extraña, como si de pronto hubiera imaginado una trágica historia de amor y desengaño. Al final, su mirada se posó en Devil con un matiz… lastimero.
Devil, confundido: ¿Qué significa esa cara de pobrecito? ¿Por qué me mira como si me hubieran rechazado?
El camarero no dijo más. Los condujo a una sala privada, les entregó los menús y se retiró tras tomar nota de algunos platos.
Solos, rodeados por un silencio denso, la incomodidad flotaba como una barrera invisible. Sheng Yi se mordía la lengua; quería romper el hielo, pero cualquier palabra parecía demasiado arriesgada. Un movimiento en falso y todo se viene abajo, pensó.
Justo cuando se esforzaba por encontrar un tema de conversación, alguien llamó a la puerta.
No era el camarero, sino una camarera madura y atractiva. Entró con evidente emoción en los ojos… y fijó su mirada directamente en Devil.
Era comprensible. Sheng Yi ocultaba sus orejas bajo la capucha, y con ellas, buena parte de sus rasgos. Devil, en cambio, con su gabardina negra, camiseta negra, pantalones negros y botas negras, estaba expuesto en toda su magnética presencia. Su rostro, frío y perfecto, atraía inevitablemente la atención.
Claro que lo miraban…, razonó Sheng Yi. Pero ¿por qué me siento incómodo, como si me faltaran al respeto a mí?
Devil, sin embargo, permaneció indiferente. Había notado la lujuria en la mirada de la mujer, pero no le dio importancia. Para él, nadie fuera de Sheng Yi merecía siquiera un instante de atención.
La camarera dejó la ensalada sobre la mesa, inclinándose de más, al punto de bloquear la línea de visión entre ambos hombres con su figura.
Devil: …
Sheng Yi: … ¡Qué mujer tan molesta!
Aun así, ninguno de los dos mostró nada en el rostro. Permanecieron en silencio, sosteniendo la mirada del otro a través de la barrera humana que los separaba.
Para Sheng Yi, la escena parecía un refrán hecho imagen: *“Disparar al toro desde detrás de la montaña”.
*(NT: Es como decir: “Tirar la piedra y esconder la mano” o lo que sería actuar con ventaja o seguridad mientras otros asumen el riesgo, por lo tanto hacer algo desde una posición segura sin exponerse directamente al peligro).
La camarera, atrapada entre esas miradas intensas, comenzó a sentirse incómoda. ¿Quién soportaba ser observada así, con tanta fuerza, y por dos hombres a la vez?
Se enderezó de golpe, perdió ligeramente el equilibrio y casi se cayó antes de salir, enfadada.
De vuelta a la cocina, se topó con el camarero de antes.
—¿Y bien, Mary? ¿Aceptaron tu invitación? —preguntó él con tono burlón.
Ella resopló con el ceño fruncido:
—No. Toda su atención estaba puesta en el hombre de enfrente.
El camarero sonrió, como si ya lo hubiera previsto.
—¿Ves? Te lo dije. Esos dos, sin duda, son amantes.
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