La revelación de Tom quedó en segundo plano: lo importante seguía siendo la explosión.
Han Xiuhui, demacrada y con el cabello revuelto por el viento de la detonación, parecía aún más desolada.
Fue entonces cuando Igarashi Ichirō, con su tono juvenil, rompió el silencio:
—Oigan… ¿y los puntos de los que habló el señor conejo?
La pregunta dejó a todos perplejos. Conejo había insistido en que el perdedor pagaba con puntos, pero ahora, con él mismo eliminado, no había ni rastro de esas recompensas.
Sheng Yi, fiel a su instinto policial, se adelantó para inspeccionar lo que quedaba de la “escena del crimen”.
Revisó minuciosamente el terreno, tratando de identificar rastros del conejo o de los dos Transcendentes, pero no encontró nada. Devil, que registraba un área cercana, se aproximó después de un rato y, con un leve gesto de la cabeza, confirmó lo mismo: ni un indicio.
Fue entonces cuando Sheng Yi reparó en algo: desde que habían entrado en la mazmorra, Devil estaba mucho más callado de lo habitual. El que siempre había sido frío y distante se había convertido, poco a poco, en el portavoz involuntario de su pequeño grupo.
¡Esto no va a funcionar! Tengo que mantener mi imagen fría y distante, pensó Sheng Yi. Así que, de cara al resto, simplemente negó con la cabeza y permaneció en silencio.
Devil arqueó una ceja al notar la repentina seriedad de Sheng Yi y su empeño en representar el papel de “el silencio es oro”. No solía hablar frente a extraños porque detestaba presumir, así que le resultaba gracioso verlo esforzarse tanto por recuperar su “imagen de hielo”. Aquello le arrancó una leve sonrisa torcida antes de avanzar hacia él, de buen humor.
Sheng Yi no percibió la expresión burlona de Devil. Toda su atención estaba puesta en el epicentro de la explosión, donde el conejo y el reloj derretido habían estado segundos antes. Se inclinó para examinarlo con atención. A simple vista, la hierba no mostraba rastros de quemaduras, salvo el aplastamiento causado por el peso del conejo. Sin embargo, cuando tocó la tierra, casi se chamuscó la mano: el suelo estaba carbonizado, abrasado por un calor extremo, mientras que la hierba permanecía intacta. Esa anomalía lo hizo fruncir el ceño.
Devil se agachó a su lado, analizando el terreno con calma. Después de un momento de observación compartida, Sheng Yi murmuró:
—La hierba no muestra señales de explosión, pero el suelo sí. Esto significa que la transferencia de energía no fue normal. En vez de…
Se interrumpió, incapaz de encontrar las palabras. Devil, como si le hubiera leído la mente, continuó:
—Es como un globo lleno de agua que revienta. El estruendo es ensordecedor, pero el verdadero impacto se concentra en el globo y el agua liberada. Aquí parece haber ocurrido lo mismo: una fuente de energía desconocida se expandió demasiado y terminó explotando, aunque sus efectos quedaron limitados al portador y a la zona inmediata.
Sheng Yi asintió y concluyó con una frase escueta:
—Mucho ruido y pocas nueces.
En ese momento, los demás se acercaron, atraídos por la conversación. Ni Sheng Yi ni Devil intentaron bajar la voz, así que todos escucharon.
El primero en reaccionar fue el engreído Jack, el “líder de equipo”. Su ceño se frunció mientras lanzaba su pregunta con tono cargado de sarcasmo:
—¿Y cómo murieron entonces Miguel y Hua Yuner? No estaban dentro del conejo. Tu explicación no tiene sentido.
Más que duda, lo que se escuchaba en su voz era el fastidio de ver cómo aquellos dos extraños le robaban protagonismo. Sheng Yi replicó con calma:
—Según las reglas, los perdedores del juego pierden sus puntos. Conejo, Miguel y Hua Yuner fueron derrotados, así que todos ellos perdieron. La descripción de la mazmorra es clara: cada ser vivo de este mundo posee puntos. La tierra, en cambio, es inanimada y no los tiene. Por lo tanto, los únicos afectados fueron esas tres personas y el suelo inerte.
Jack apretó los labios, incapaz de refutar. Todo sonaba lógico, incluso respaldado por las propias “escrituras” de la mazmorra. Finalmente masculló con frustración:
—¡Son solo suposiciones! La verdad es imposible de determinar.
—Correcto —admitió Sheng Yi con serenidad—. Son conjeturas, nada más. Pero en nuestra situación, una conjetura plausible vale más que no tener ninguna explicación.
El comentario lo dejó sin palabras.
Los hermanos “Tom y Jerry” asintieron discretamente, mostrando acuerdo. Incluso Han Xiuhui, que por fin parecía recomponerse de su dolor, reflexionó unos segundos antes de asentir.
Entonces, Igarashi Ichiro, con su voz infantil y una sonrisa traviesa, repitió la pregunta que flotaba en la mente de todos:
—Hermano mayor, ¿a dónde se fueron los puntos?
A Sheng Yi le recorrió un escalofrío. Como policía solía ser amable con los niños, pero escuchar a Ichiro llamarlo “Hermano Mayor” con ese tono dulce casi lo paralizó.
Devil lo notó enseguida. Dio medio paso al frente, interponiéndose entre Ichiro y Sheng Yi, y respondió en su lugar:
—Sospechamos que los puntos fueron reciclados. El reloj absorbía los puntos de los derrotados desde el inicio, mientras que el conejo nunca los recibía directamente. No sabemos con certeza cuál es la relación entre ambos, pero parece de beneficio mutuo. El conejo usaba al reloj como apoyo en el juego, y este acumulaba los puntos de los perdedores. Al final, cuando el conejo cayó, el reloj se derritió y lo envolvió, liberando toda esa energía en forma de explosión.
Sheng Yi, ya recuperado de su incomodidad, retomó el hilo:
—Respecto a las reglas de la mazmorra, la amenaza de “quedarse aquí sin puntos” puede entenderse de dos maneras. Una: si tu recuento final es mayor o igual a 1 pero menor a 21, permaneces en este mundo como parte de una nueva generación de nativos. La otra: si tu recuento cae a 0, entonces, según las reglas, te extingues. Solo los muertos tienen puntuación cero.
Todos comprendieron lo implícito. Sobrevivir como “nativo” no era realmente sobrevivir, sino quedar atrapado sin recuerdos, como un cadáver viviente. Ante ese destino, más valía la aniquilación que convertirse en esclavos perpetuos del Plan de Salto.
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