Al despertar, aún quedaban restos del sueño; los sentidos seguían atrapados en la ilusión de excitación extrema fabricada por el cerebro. Pero enseguida Ren Yu notó que algo no iba bien. Metió la mano bajo las sábanas, maldijo en voz baja y se levantó para cambiarse la ropa interior.
En realidad, rara vez colocaba este tipo de dispositivos en casa del objetivo: si lo descubrieran, podría meterse en un lío enorme. Para la mayoría de los blancos bastaba con establecer una relación, hacer que hablaran y, además, halagar justo donde tocaba.
Dicho de otro modo: en el momento en que recurría a este equipo, significaba que había aceptado la derrota. Admitía que no podía con ello, que los métodos de alto nivel no servían y que, al final, no le quedaba más remedio que usar procedimientos rastreros.
Con Fang Yingli, tenía que reconocerlo, había sentido precisamente esa impotencia.
O quizá su curiosidad por Fang Yingli superaba con creces la que había sentido por cualquier objetivo anterior.
Estaba convencido de que el interior de Fang Yingli no podía ser tan recto y ascético como aparentaba. Quería hurgar más hondo a través del sonido: con quién hablaba por teléfono, qué programas veía, a qué hora comía, a qué hora dormía; y, en lo más secreto, qué manías ocultas tenía, si se masturbaba, cuánto duraba cada vez.
Pero mientras lavaba la ropa interior, no se le había pasado por la cabeza que aquel micrófono no captaría ni una sola información útil. Hasta ese momento, quien había caído en la trampa era él mismo, el cazador.
Se había despertado tarde, de modo que el desayuno de Ren Yu fue casi un brunch. Fang Yingli ya había salido a trabajar. Lo pensó un momento y decidió ir a tantear el lugar de trabajo de Fang Yingli, a ver si sacaba algo más.
Para confirmar su paradero, llamó primero a la recepción del bufete, diciendo que buscaba al abogado Fang. Como era de esperar, no estaba allí. Le dijeron que por la mañana había salido a ver a un cliente y que a la una de la tarde tenía vista en el Tribunal Popular.
Colgó, se arregló de forma sencilla y tomó un taxi al juzgado para sacar un pase de oyente. Cuando empujó la puerta y entró, el juicio llevaba apenas dos minutos.
Fang Yingli estaba en el banco de la defensa: traje negro impecable, corbata negra, de un corte sobrio y extremadamente formal. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa, los nudillos apenas marcados por venas claras, el rostro serio, sin rastro de sonrisa, con una expresión severa.
Era distinto de como se le veía en el ring o de noche, en casa: no había aquella violencia contenida ni la dejadez relajada; de dentro hacia fuera emanaba una contención racional.
El caso era un litigio económico. El acusado había confiado en otra persona y había avalado a su propio hermano; cuando la empresa de este se endeudó y desapareció, no quedó más remedio que sentarlo en el banquillo y hacerle asumir toda la responsabilidad legal. Su esposa lloraba desconsolada entre el público; los demandantes, estafados, estaban llenos de indignación. Ambos lados parecían igualmente impotentes.
Sin embargo, cuando se firmó el documento de garantía, los derechos y obligaciones estaban claramente especificados. Como adulto, uno no debería firmar a la ligera contratos con validez legal cuyas consecuencias no puede asumir.
Los hechos del caso eran claros, pero cuando Fang Yingli tomó la palabra para defender, siguió esforzándose al máximo por reducir la responsabilidad del acusado dentro del marco legal. En la sala resonó su voz clara y bien estructurada, firme y contundente. Tenía un timbre magnético; articulaba con precisión, los agudos no resultaban estridentes y los graves eran profundos, tan intensos como su propia presencia. Recitaba los artículos de la ley con esa voz, la nuez prominente moviéndose bajo el cuello de la camisa: era, sencillamente, muy sexy.
Hacia la fase final del juicio, todo entro ya en trámite. Alrededor se oía vagamente el monótono rasgueo de los bolígrafos sobre el papel. La temperatura era varios grados más baja que en el exterior; en la nariz flotaba el olor a desinfectante. Aquellas sensaciones similares despertaron recuerdos parecidos en lo más hondo de su mente.
Ren Yu se quedó ausente un instante. Diez años atrás, él había estado sentado allí, en el banco de los demandantes, con la urna de las cenizas de su padre entre las manos, escuchando el llanto de la esposa del acusado. Apretaba los puños, los ojos enrojecidos. Se compadecía de sí mismo, pero no era capaz de odiar a nadie. En el momento de la sentencia, parecía infinitamente cerca de la verdad, y al mismo tiempo como si aún le faltara un pequeño paso.
Las voces de la defensa y la acusación se detuvieron de golpe. El silencio repentino arrancó a Ren Yu de sus pensamientos. Descubrió que la mirada de Fang Yingli barría distraídamente la zona de oyentes; al instante, bajó la visera de la gorra y escondió su figura entre la multitud.
Cuando terminó la sesión, pasadas las cuatro, la luz dorada de la tarde se derramaba por el pasillo. Ren Yu salió del juzgado entre la gente y se ocultó tras una columna. Esperó casi diez minutos hasta que vio salir a Fang Yingli con su asistente.
Era evidente que un juicio consumía mucha energía. Fang Yingli se frotó el puente de la nariz; tenía la voz algo ronca:
—¿Qué hay mañana y pasado?
El asistente consultó el bloc de notas del móvil:
—Mañana a las tres, reunión con un cliente. Pasado mañana, una consulta en una subasta judicial.
Fang Yingli respondió con un leve «hm». Al pasar junto a la columna, Ren Yu estaba apoyado en el otro lado, levantando la cabeza para tragarse de un golpe la Coca-Cola helada que acababa de comprar.
Cuando ya se habían alejado por completo, Ren Yu asomó medio cuerpo desde detrás de la columna. En ese momento, vio a un joven alto y delgado que apretaba con fuerza un cuchillo pequeño en la mano. Seguía a Fang Yingli a cierta distancia, sin acercarse ni quedarse atrás, con la mirada clavada en él.
La punta reflejó un destello afilado durante un instante, pero quedaba medio oculta por la ropa, y nadie más se dio cuenta.
La distancia entre ambos se fue acortando poco a poco; la mirada del joven se volvió de pronto feroz.
¿Era un ataque premeditado? ¿O un intento de asesinato?
El corazón de Ren Yu dio un vuelco. Si salía a detenerlo, quedaría al descubierto sin remedio que había seguido a Fang Yingli hasta allí. Pero si no le advertía, las consecuencias podrían ser impensables.
Sin darse cuenta, apretó la lata entre los dedos. De pronto, se le encendió una idea: lanzó la lata vacía de cola.
La curva plateada cayó junto al talón de Fang Yingli, produciendo un chasquido seco. Fang Yingli se volvió, y en ese mismo instante el joven alzó en alto el cuchillo.
Fang Yingli levantó el brazo para bloquear, enganchó la muñeca del atacante con un tirón hacia sí, le arrebató el arma y remató con una rodilla limpia y contundente. Casi se pudo oír el crujido fino de los huesos al romperse. El joven soltó un gemido ahogado y, igual que Ren Yu aquel día, se desplomó al suelo sujetándose las costillas, retorciéndose de dolor.
Ren Yu chasqueó la lengua. Ese juego de pies… por más veces que lo viera, seguía siendo deslumbrante.
Fang Yingli observó con frialdad la figura encorvada en el suelo, sacudió la mano entumecida: la punta del cuchillo le había cortado un nudillo y la sangre empezaba a brotar.
Sacó un pañuelo del bolsillo del pecho, lo enrolló de manera descuidada un par de vueltas y, de repente, alzó la vista, clavando los ojos de frente en la dirección de Ren Yu.
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Fang Yingli: ¡Cariño, sálvame!
Pidan estrellitas de mar, por favor~