Capítulo 53: Dulce sueño

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Capítulo 53: Dulce sueño

La respuesta de Fang Yingli convirtió ese plano en el más artístico de todos, digno de quedar para la historia; incluso mejor que uno de Wong Kar-wai. Ren Yu sintió que lo recordaría durante mucho tiempo. Le parecía terriblemente sexy; quería darle un premio, quería lamerlo.

Y entonces lo hicieron otra vez.

Al día siguiente, Ren Yu llevó de verdad a Fang Yingli al pueblo de las joyas para escoger una piedra. En las vitrinas de cristal pulidas hasta brillar había un montón de piezas ya talladas con esmero: jades de excelente calidad y ágatas amarillas con inclusiones vegetales.

—Las ya talladas me parecen un poco aburridas, o son dragones o son fénix —dijo Ren Yu, tomando un canto rodado con ventana abierta, sin entender gran cosa de lo que veía.

En cuanto a gemas, Fang Yingli sabía algo. Miró un rato y preguntó:

—¿Qué te gustaría? ¿Y si buscamos una piedra en bruto y hacemos algo a medida?

Así que se fueron al puesto de piedras en bruto. Había cuencos grandes y pequeños por todo el suelo; daba vértigo mirarlos.

Fang Yingli se agachó y fue revisándolas una a una, hasta que dijo:

—¿Qué tal una aguamarina?

Una gema azul celeste o azul mar, de dureza 7,5–8 (*) ; la piedra del valor, hecha para surcar el viento y las olas. Le venía muy bien a Ren Yu.

 (*)Los números 7,5–8 hacen referencia a la dureza de la gema en la escala de Mohs, una escala usada en mineralogía para medir qué tan resistente es un mineral a los rayones. La frase sugiere que la gema no solo es hermosa, sino también fuerte y resistente, de ahí la imagen poética de “hecha para surcar el viento y las olas”. 

Los ojos de Ren Yu se desviaron. Vio a Fang Yingli ponerse en pie con una pequeña pieza cuadrada en la mano, sin pulir, de forma tosca, pero de un azul extraordinariamente hermoso.

De pronto, a Ren Yu se le ocurrió una idea.

—Hace mucho calor, Fang Yingli —dijo Ren Yu, subido a un escalón un poco más alto junto a la carretera, apoyando una mano en el hombro de Fang Yingli y señalando hacia un lugar cercano donde colgaban banderines de colores—. Ve ahí y cómprame un coco para beber.

Fang Yingli fue hasta el carrito de bebidas frías a comprarlo. El sol caía a plomo; bajo la pequeña sombrilla del carrito se agolpaba mucha gente, y además había que esperar para que abrieran el coco. Cuando volvió con él en brazos, Ren Yu tenía las manos a la espalda y dijo:

—Vamos.

—¿Y la piedra?

—Ya está elegida —Ren Yu parpadeó—. Se queda aquí para hacerla a mano. —Levantó dos dedos—. La recogemos en dos días.

Fang Yingli no había participado en nada. Le tendió el coco.

—¿Qué has encargado? ¿Un collar?

Ren Yu mordió la pajita y dio un gran trago de agua de coco helada, dejando escapar un suspiro satisfecho al final.

—Ay, abogado Fang… dentro de dos días lo sabrás.

Así que añadieron dos días más al viaje de forma improvisada. Por suerte, había tantísimas cosas que hacer que el tiempo se iba solo. Por la noche, fueron hasta Zhefang a bañarse en unas termas de “árbol hueco”. Normalmente había que pagar tres yuanes de tasa de higiene para entrar al agua, pero llegaron tan tarde que ni siquiera estaba la persona encargada de cobrar. Rebuscaron en todos los bolsillos y apenas consiguieron juntar tres monedas, que dejaron aplastadas bajo el cartel de la tarifa.

De noche la temperatura era mucho más baja que durante el día, y el agua no estaba demasiado caliente, unos cuarenta grados. Al sumergirse por completo, el pecho se le encogió un instante: sentía como si el agua tibia exprimiera y expulsara todo lo pesado que llevaba dentro. Ren Yu soltó un largo suspiro y se apoyó contra los escalones de piedra, echando la cabeza hacia atrás. Entre los huecos de la copa del baniano se veía un cielo estrellado limpísimo, como recién lavado; las estrellas parecían caer en el estanque humeante, y al cerrar la mano se rompían en pedazos que se alejaban ondulando, capa tras capa.

Fang Yingli entró al agua un poco más tarde. Ren Yu lo vio romper la superficie y acercarse hasta apoyarse a su lado.

—Mejor que en casa, ¿no? —dijo Ren Yu, moviendo el agua con la mano. Una estrella se disolvió y fluyó desde su palma hasta delante de Fang Yingli. El agua era tan clara que, con la luz ambiental de la orilla y un poco de brillo de luna, se distinguía perfectamente bajo la superficie el contorno de sus pectorales y la parte inferior del cuerpo envuelta en la toalla—. Antes de conocerme, ¿no hacías siempre lo mismo? Trabajar, leer a Borges, dormir; trabajar, leer a Borges, dormir… ¿no era bastante aburrido?

Cómo explicarlo: Ren Yu era exactamente ese tipo de persona que te gusta con facilidad y, de paso, hace que te guste también todo lo que a él le gusta. Además, rompía sin esfuerzo esa especie de anestesia con la que uno se acostumbra a la vida; de repente, sentías que aquello que habías soportado durante tanto tiempo quizá ya no hacía falta –ni querías– seguir soportándolo.

—Pero, si fuera en casa, la comida que tú haces también estaría bien. Las costillas de arroz glutinoso de hoy al mediodía no estaban buenas; comparadas con las tuyas, no tenían nada que ver —dijo Ren Yu—. ¿No te he elogiado nunca? No lo recuerdo.

 «—Si no lo he hecho, lo digo ahora: Fang Yingli, cocinas muy bien. De verdad, por tu cocina he pensado alguna vez que, si tuviera que formar una familia, lo mejor sería contigo.»

Fang Yingli se contuvo una sonrisa en la comisura de los labios.

—Así que no solo soy guardaespaldas, también soy cocinero.

—No es lo mismo —Ren Yu sonrió—. El cocinero cocina porque yo le pago; tú cocinas porque te gusto.

Fang Yingli también sonrió.

—Pero al cocinero también podrías gustarle tú.

—Pues a ese no se lo permito —dijo Ren Yu—, porque yo solo te quiero a ti.

Quizá eran tonterías sin mucha sustancia, pero Fang Yingli se dio cuenta de que, mientras hablaba con Ren Yu, nunca se aburría. Y además, que alguien le alabara la comida y le dijera con tanta franqueza que le gustaba… era extraño. Hacía mucho que nadie lo elogiaba así, de una manera tan ingenua y tan sincera. Le resultaba divertido, y al mismo tiempo muy satisfactorio.

—¿Y tú? —preguntó de nuevo Ren Yu—. ¿Cuándo empezaste a sentir algo por mí?

Era difícil de explicar.

Tal vez empezó con aquella rosa mágica, claramente interesada; o en el ascensor a oscuras, cuando dijo “me gustas”; o cuando, sobre la moto lanzada a toda velocidad, cubrió con la palma su corazón que latía con fuerza. O quizá incluso antes, en aquellas fotos ya desaparecidas —error 404—, ya lo había admirado.

Fang Yingli no supo qué decir. Lo miró sin apartar los ojos: Ren Yu estaba realmente a gusto en el agua, con las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, una expresión cansada pero seductora. Había poca gente alrededor; aquí y allá se veían algunas personas conversando en el agua, pero nadie prestaba atención a ese rincón.

Entonces giró la cabeza para besar a Ren Yu en la mejilla y luego en los labios. Los labios de Ren Yu ya eran de por sí húmedos; ahora estaban mojados, muy suaves, fáciles de besar.

Plop…

Era el latido del corazón.

Otro plop…

De pronto, algo cayó al agua, salpicándonos de pies a cabeza. Al separarse y alzar la vista, vieron a un joven que, creyendo que no había nadie, había saltado al estanque para divertirse. Al descubrir que allí había dos personas, el brazo con el que estaba braceando se quedó suspendido en el aire, y se quedó paralizado.

—Per… perdón, no vi que hubiera gente aquí, estaba muy oscuro —dijo, tan nervioso que tartamudeaba—. Ustedes…

Acababa de ver, o creyó ver, a dos hombres besándose, pero no estaba del todo seguro.

Si se hubiera marchado de inmediato, no habría pasado nada; pero su tono, entre incrédulo y curioso, y la forma en que los examinaba de arriba abajo hicieron que a Ren Yu se le subiera el carácter. Decidió bromear. Rodeó el cuello de Fang Yingli, lo acercó y le dio un beso sonoro en la mejilla, con la ceja alzada y una expresión orgullosa.

—Es mi pareja. Nos estamos besando. ¿Quieres seguir mirando?

El joven, también turista de fuera y no precisamente ingenuo, reaccionó al fin. Se rió, algo avergonzado, y dio unos pasos atrás.

—No, no, sigan ustedes.

La risa de Ren Yu sonó clara. Volvió a lanzarse sobre los labios de Fang Yingli y, poco a poco, se enredaron el uno con el otro, desplazándose despacio: tu dedo del pie pisa el mío, bajo el agua nuestros cuerpos se rozan a través de las toallas, el agua salpica, hasta que se colocan bajo el hueco del baniano para continuar ese beso.

Las ramas bajas los cubrían; ahora nadie los veía, y aun así sentían como si muchos ojos los miraran.

Ren Yu estaba deslumbrante. Fang Yingli sintió que en sus brazos había un pez dorado bajo el agua, y también un sueño de su juventud. Todo era tan hermoso, tan onírico. Siempre había creído que los sueños eran sueños y la realidad, realidad; Ren Yu los había fundido en uno solo.

Un sueño hecho realidad.

Probablemente no exista una palabra mejor.

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