Capítulo 14. Localización

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Capítulo 14. Localización

Ren Yu no dormía especialmente bien. Había hecho todo tipo de trabajos, y aquella vida pasada de horarios invertidos casi le había destrozado el reloj biológico.

Así que, aunque estuviera exhausto, se despertó una vez en mitad de la noche. Tras un placer extremo, el cuerpo aún producía una reacción de estrés bastante brutal: la parte baja le ardía, estaba ligeramente hinchada y había sido limpiada de forma simple.

Desde cualquier punto de vista, aquella primera vez lo había dejado muy satisfecho.

Giró la cabeza y, aprovechando la tenue luz de luna que se filtraba a través de las cortinas blancas de gasa, distinguió a Fang Yingli tumbado a su lado, profundamente dormido. El rabillo de sus ojos caía suavemente, muy distinto al aspecto feroz con el que lo había dominado la noche anterior. El cabello negro se le esparcía un poco sobre la frente, ocultando la línea de las cejas; la sábana fina cubría sus abdominales; los contornos musculares de brazos y piernas brillaban con un leve tono dorado. En el antebrazo había una marca muy superficial, hecha por una uña. Ren Yu pensó un segundo y se dio cuenta de que él mismo era el culpable, así que apartó la mirada.

Luego se incorporó con cuidado y se estiró para tomar el teléfono de Fang Yingli de la mesilla del otro lado de la cama.

Lo desbloqueó con soltura: un patrón parecido a una “W”. En el bar, Fang Yingli no había sido especialmente reservado, así que lo había memorizado sin dificultad.

La persona a su lado se giró muy levemente. Ren Yu apagó la pantalla de inmediato y se quedó inmóvil, observándolo en silencio desde la oscuridad.

Por culpa de su excesiva cautela, aquella mirada era fría, objetiva y muda. Por primera vez, Ren Yu describía los rasgos de Fang Yingli desde una distancia totalmente imparcial. Si todo en este mundo era, por lo general, caótico y carente de orden, el rostro de Fang Yingli debía de ser uno de los rincones más perfectamente ordenados que existían.

Pero, evidentemente, no se había despertado; solo había sido un giro inconsciente durante el sueño.

Aun así, un león dormido sigue siendo un león. Ren Yu permaneció inmóvil durante más de un minuto, hasta asegurarse de que Fang Yingli no iba a despertarse.

Entonces volvió a encender el móvil, instaló en él una aplicación oculta para rastrear la ubicación y borró después cualquier rastro de la instalación.

Ese método, al igual que las escuchas, era arriesgado y poco ortodoxo. Apenas lo había usado, y salvo en situaciones como esta –después de acostarse con alguien– rara vez tenía la oportunidad de tocar el teléfono de la otra persona. Además, si lo descubrían, la relación actual entre él y Fang Yingli facilitaba las explicaciones: podía fingir ser un admirador con un deseo de control excesivo y decir que lo había hecho por miedo a que el otro tuviera a alguien más.

Muy razonable.

Pensándolo así, la noche resultaba extraordinariamente rentable.

El “coste” había sido dejarse devorar por el otro. El “beneficio” no solo había sido acostarse con él, sino también avanzar en el encargo y acercarse un poco más al pago final.

Ren Yu dejó el teléfono en su sitio y volvió a tumbarse, satisfecho. Mientras el cuerpo se relajaba y el sueño volvía a envolverlo, pensó vagamente en el arte performativo del que habían hablado esa noche.

En aquel entonces, el viento marino le erizaba cada vello de la piel. Desnudo sobre el arrecife, el cielo y la tierra eran como las dos mitades duras de una ostra, y él era la carne blanda y la perla en su interior.

La sensación actual se parecía mucho a la de entonces: una relajación absoluta, libertad total, como si fuera a elevarse.

Resultaba que el sexo y la naturaleza tenían algo en común.

El arrecife.

Aquella roca.

La foto de perfil de Fang Yingli también era una piedra.

Una coincidencia, pensó. Y entonces la conciencia se disipó, y cayó en un sueño profundo.

Al despertar de nuevo, fue Theta quien lo despertó a lametazos: los párpados ardían, calientes y húmedos. Antes siquiera de abrir los ojos, el cerebro ya estaba funcionando: si el perro había entrado, significaba que la puerta del dormitorio estaba abierta.

Abrió los ojos de golpe y descubrió que el lado de la cama estaba vacío. No había duda: Fang Yingli ya se había ido. Miró la hora: las nueve de la mañana. El sueño de “volver a dormirse un rato” de madrugada se había alargado demasiado.

Ren Yu entrecerró los ojos y se incorporó, observando con cautela cada detalle de la casa. El broche de la americana seguía allí; el portátil continuaba cargando sobre el sofá. Todo lo demás parecía estar en su sitio. Eso sí: Fang Yingli se había llevado la bolsa de basura con los preservativos usados y los pedacitos de papel de la noche anterior. También había rellenado el cuenco de comida y el de agua del perro.

Muy educado, pero solo eso. No hubo beso de despedida, ni mensaje de “buenos días” en el móvil, ni desayuno preparado con esmero. Nada de dormir juntos una vez y querer algo más, ni de asumir responsabilidades, ni de pegajosidad emocional. La distancia estaba medida con precisión.

Ren Yu se puso el pijama, se lavó los dientes y, cuando volvió a sacar el telescopio del cajón y lo colocó frente a la ventana, pensó que quizá estaba demasiado satisfecho con aquel hombre.

Claro que, si Fang Yingli llegaba a ver los papeles hechos trizas en la basura y, por pura curiosidad, los recomponía hasta descubrir que en ellos estaban anotados a qué hora salía, a qué hora volvía, cuándo iba al gimnasio, cuándo se duchaba, con quién se veía y qué leía… entonces la cosa sería muy distinta.

En el apartamento de enfrente no había nadie en ese momento; Fang Yingli seguramente ya habría salido a trabajar. Ren Yu dio un mordisco al maíz que acababa de comprar abajo, abrió la aplicación de rastreo y comprobó que Fang Yingli se encontraba en la calle Bai Yang. Por la velocidad de desplazamiento, debía de ir conduciendo.

Luego desmontó el broche del traje y metió la tarjeta de memoria en el ordenador.

La grabación era larga. Arrastró la línea de tiempo y, hacia el primer tercio, oyó la conversación entre Zhang Xiang y Liao Xiuming. El ruido de fondo era considerable, aunque tras aplicar reducción de ruido se entendía lo suficiente. Lástima que ambos hablaran a propósito de forma ambigua, sin aportar información clave. Más adelante ya no parecía haber nada relevante. Ren Yu avanzó mucho el audio: primero se oyó el ruido de una silla arrastrándose por el suelo, luego pasos intermitentes.

Se quedó un instante en blanco y enseguida reaccionó: era el momento en que, besándose con Fang Yingli, avanzaban a trompicones hacia el dormitorio.

Tras otro tramo de ruido blanco, Ren Yu esperó un poco… y de pronto, sin previo aviso, los gemidos y los golpes de los cuerpos, cargados de humedad y calor, irrumpieron en sus oídos. El corazón le dio un salto.

Joder.

¿Así sonaba él anoche?

Desentonado, blando como una ciruela pasada. Agrio y dulzón a la vez.

Fang Yingli, en cambio, apenas dejaba rastro en el audio: la mayor parte del tiempo solo se oía su respiración profunda y lejana. Y aquellas preguntas suyas—

 «—¿Es tu primera vez?
—¿Qué más te gusta?
—¿Sabes gemir?
—¿Qué significa eso? »

Escuchándolo así, parecía que Fang Yingli hacía demasiadas preguntas en la cama, como si no estuviera del todo concentrado. Ren Yu siempre tenía esa sensación con él: hiciera lo que hiciera, parecía un juego. Como si tratara su cuerpo como un cubo de Rubik, probando combinaciones durante el sexo, encajándolo y manipulándolo: ¿así está bien?, ¿así es correcto?, ¿si levanto la pierna de este lado se completa la figura?

Esa idea lo enfadó, y al mismo tiempo le resultó un poco ridícula.

El tono del móvil sonó y cortó su deriva mental. Arrastró el archivo de audio a una carpeta oculta titulada “FYL” y contestó la llamada: era Deng Weizhi.

Antes siquiera de que ella preguntara por la recepción de la noche anterior, fue directo al grano:

—Hermana Wei, no conseguí información concreta, pero la relación entre Huan Yan Inmobiliaria y el Grupo Shuangcheng no es nada simple. Por lo que dejó entrever Liao Xiuming anoche, fue él quien exigió que Zhang Xiang declarara la quiebra.

Se recostó un poco más en el sofá, sosteniendo la cintura dolorida.

—¿Quién querría que su propia filial se hundiera? Detrás de eso, seguro que hay algo raro.

Al otro lado del teléfono hubo un breve silencio y, de pronto, preguntó:

—¿Qué te pasa en la voz?

—… —¿Tan ronca suena? Él no lo notaba, pero seguro era por haber gritado la noche anterior. Aclaró la garganta con cierta incomodidad y forzó un poco de nasalidad—. Un poco resfriado.

Deng Weizhi dijo:

—Has trabajado duro. Cuídate más.

El tono seguía siendo el de siempre, suave y amable, pero Ren Yu percibió en ella una nota apagada. Recordó además que, nada más iniciar la llamada, ella había estado inusualmente parca.

—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?

Tras un momento de silencio, Deng Weizhi respondió:

—Me han reasignado. El mes que viene dejo la redacción general de Yi Feng.

En cuanto lo dijo, ambos entendieron la situación. Ella llevaba tiempo informando sobre el escándalo de las viviendas inacabadas de Yi Feng Jia Yuan; ahora alguien estaba presionando para que dejara de meterse en ese asunto.

Después de hablar, su tono se volvió incluso más ligero:

—No pasa nada. Ir a una sucursal también está bien, es en la ciudad de al lado, no queda tan lejos. Pero… —añadió a modo de advertencia— sigo esperando poder publicar ese reportaje antes de que termine mi mandato. Así, cuando me vaya, no me quedará ese pesar.

—Ajá —. Por la mente de Ren Yu pasó la carpeta que había visto en casa de Fang Yingli; había que darse prisa para abrirla—. Lo entiendo. El tiempo apremia.

—Y no te fuerces demasiado —Deng Weizhi sonrió, consciente de que, aunque en estos años él había ahorrado bastante, tenía a su madre hospitalizada, y los gastos de las máquinas y de los cuidadores no eran bajos—. No te preocupes por el pago final.

No era solo una cuestión de dinero, pensó él. Mientras tanto, tomó el juguete con forma de hueso y lo lanzó con desgana. Theta fue a buscarlo y regresó; lo volvió a lanzar.

Deng Weizhi parecía haber leído sus pensamientos y lo consoló:

—Xiao Ren, en este mundo, poder rozar la verdad aunque sea una de cada diez veces ya es algo admirable.

Los casos que había seguido en estos años no se limitaban a los pocos que había logrado publicar. Algunos se perdieron sin respuesta; en otros se adentró en terreno peligroso, lo intentó con todas sus fuerzas y aun así no logró tocar el núcleo.

Muchas veces, las propias víctimas se rendían antes que ella. Le decían: “Déjalo, la vida tiene que seguir; el día solo tiene veinticuatro horas y trabajar ya no alcanza; eso de defender derechos es un lujo. ¿De qué sirve saber la verdad? No se puede comer de ella”. Al principio la ayudaban, la apoyaban, y luego poco a poco se alejaban. Respetaban a las personas obstinadas, pero también les temían, temían que ella los arrastrara consigo a un lodazal en el que no se podía respirar.

Era frustrante. Deng Weizhi solo podía elegir comprender, una y otra vez.

Colgó el teléfono y Ren Yu se quedó de mal humor. Dejó de lanzar el hueso. Theta se tumbó a sus pies, jadeando con la lengua fuera, lleno de expectación, esperando a que lo volviera a tirar.

Le frotó la cabeza al perro e intentó razonar con él:

—La última, ¿eh?

Una parábola blanca salió disparada. Theta derrapó, lo atrapó, frenó en seco y volvió corriendo, casi tirando el ordenador al suelo.

Ren Yu se apresuró a sujetarlo. Al pasar la mirada por la pantalla, vio que la localización de Fang Yingli se había detenido en el Grupo Shuangcheng de Liao Xiuming.

¿Así que, además de prestar asesoría legal a Huan Yan, también tenía relación con Liao Xiuming?

Se puso de pie de golpe, dio un par de vueltas por la habitación y luego le envió un mensaje a Chen Xin.

—Busca la forma de que pueda entrar en Shuangcheng de manera natural.

Negociaciones, negocios, una visita… cualquier excusa que no resultara fuera de lugar.

La respuesta de Chen Xin llegó rápido:

—¿Qué tipo de entrada quieres?

En principio, Ren Yu pensaba que no sería tan fácil. Con esa pregunta tan despreocupada, se quedó desconcertado:

—¿Hay muchas opciones?

—Ir a limpiar baños también cuenta como entrar. Puedo hacer que mañana empieces en el departamento de limpieza.

—… —Ren Yu soltó una risa; por dentro le soltó un “vete al diablo”, pero en realidad no era momento de ponerse exquisito. Frunció el ceño y escribió a regañadientes—. Tampoco es que sea imposible.

Chen Xin respondió con un emoji de carcajada:

—No podemos mandar de verdad al hermano Yu a limpiar baños. Yo me encargo de pensarlo.

—Ajá. Cuanto antes —contestó Ren Yu, con una irritación inexplicable creciendo en el pecho.

No podía esperar más. No tenía tiempo. Y más que nadie, ansiaba conocer la verdad; ansiaba saber hasta qué punto el hombre con el que había pasado la noche estaba implicado en el caso de Yi Feng Jia Yuan, y si, al final, era o no un cómplice.

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