No disponible.
Editado
En el norte de Myanmar se había bronceado un poco, pero el negro sobre la piel lo hacía verse aún más blanco. Seguía húmedo, envuelto en un vaho de agua; los músculos, bonitos. No era un tanga de tirantes especialmente llamativo, pero en Ren Yu adquiría algo distinto. Fang Yingli también sonrió, sin apartar la mirada, y explicó a medias, en broma y en serio:
—De verdad lo compré al peso. No sabía que venía mezclado con esto.
Quién sabía si había sido descuido o intención.
Pero si Fang Yingli quería mirar, Ren Yu se dejaba mirar sin reparos. Avanzó un poco más: todo era blanco, tenso, hermoso, salvo el aro en la cadera. Bajó la cabeza para mirarse a sí mismo, con el remolino del pelo apuntando hacia Fang Yingli, entre divertido y resignado:
—Esto no se puede llevar. ¿De qué tienda es? Mañana tengo que ir a reclamarles.
Cuando volvió a alzar la vista, Fang Yingli ya estaba delante. Sus dedos bajaron, engancharon el fino cordón de la cadera, lo alzaron y lo soltaron. Abajo se tensó y volvió a aflojar; rozó adelante y atrás.
—No está mal. Yo creo que sí se puede llevar —dijo Fang Yingli, con la voz más grave; su atención parecía estar en los dedos y, al mismo tiempo, no.
Se quedaron en silencio. Solo se oía el leve chasquido del elástico al tensarse, de una ambigüedad insoportable.
Ren Yu dejó de sonreír. Alzó la cabeza; los ojos estaban húmedos, y no solo los ojos.
—Fang Yingli —lo miró fijamente, como una provocación descarada—. Esta noche comí papaya al vapor.
Ese tipo de alimento que crece colgante, abultado, lleno, que al abrirlo deja ver un montón de semillas.
—Ajá —por fin la atención de Fang Yingli regresó a sus labios, que se abrían y cerraban, enrojecidos por el vapor.
—¿Quieres ver si me han crecido un poco las tetas?
Pareció que Fang Yingli sonreía, y luego alzó los brazos hacia él.
Ren Yu no supo cómo acabó en la cama: si fue hacia atrás o hacia delante, empujado o por iniciativa propia. Solo supo que, al final, Fang Yingli lo cubrió y lo besó, desde los labios hacia abajo: clavículas, pezones; dejó una hilera de humedad en el vientre y siguió descendiendo.
El corazón le latía muy deprisa, pum pum, y con él también los párpados. Bajó la mirada y vio el halo de luz, fragmentado y brillante, alrededor del cabello de Fang Yingli. Al perder su sombra, la lámpara del techo se volvió enorme, deslumbrante, como un foco iluminando su actuación. Dentro de ese haz concentrado, Fang Yingli mordió con los dientes el tirante de la cadera y lo fue bajando centímetro a centímetro, con los párpados apenas alzados: claramente al servicio de Ren Yu, pero exigiendo, dominante, su reacción a cambio.
Esa mirada era demasiado hechizante. Ren Yu sintió que no podía pensar; se dejó caer de nuevo, el aire se le deshizo en el pecho, y con él cayó la pequeña pieza de tela. Fang Yingli dejó al descubierto por completo los huesos salientes de la cadera, y luego el miembro, ya tan duro que no cabía.
Ren Yu tragó saliva y, incapaz de contenerse, arqueó la cintura.
—¿Lo quieres? —preguntó de pronto Fang Yingli, deteniéndose. La punta de la nariz rozó suavemente la raíz de sus muslos; el cosquilleo lo hizo estremecerse. A esas alturas, el aroma a coco del cuerpo de Ren Yu ya se había lavado casi por completo; el rastro de incienso del templo era imperceptible. El gel del hostal olía a limón, como aquella noche en Bhamo, cuando el limonero del patio ofrecía ese perfume intenso: agradable, limpio.
—Lo quiero —Ren Yu rodeó con fuerza su cuello y bajó la mirada hacia sus labios, de un rojo profundo.
—¿Qué quieres?
—Quiero…
—¿Cómo lo quieres? —Fang Yingli lo apremiaba una y otra vez, picoteando con besos el hueso de la cadera y la cara interna del muslo, peligrosamente cerca del pene. Lo guiaba con paciencia, pero se negaba a darle lo que pedía—. Dilo, Ren Yu. ¿Qué quieres?
¿Cómo decirlo? Nunca lo había dicho. Le daba vergüenza, y al mismo tiempo lo excitaba.
—Quiero que me comas —la voz ya le temblaba, al borde del llanto; pero una vez dicho, dejó de parecer tan difícil, como si se abriera una compuerta y el agua fluyera sola—. Quiero que me lamas, que me folles con tu pene.
Y entonces todo fue calor.
No quedó ninguna otra sensación. De la punta del cabello a las uñas, solo calor.
De pronto lo olvidó todo: por qué estaba allí, el norte de Myanmar, Bhamo, este mundo donde hay odios y separaciones, deseos imposibles. Solo recordó esta cama, esta cama flotando en medio del océano.
Eso es lo bueno del sexo. En el fin del tiempo, con cinco mil años arriba y abajo, ¿qué queda? Desde Asia hasta América, del Ártico a la Antártida, solo queda mi pene en su boca. Qué calor.
La lengua lo envolvió. El calor ya no era tan evidente; algo se derretía, presionándolo mientras se disolvía.
Sudoroso, empapado.
Pareció pasar mucho tiempo, o tal vez no. Se corrió, con la mirada perdida, todo hecho un caos. Creyó ver a Fang Yingli tragar saliva; sus labios estaban húmedos y brillantes. Y en lugar de voltearlo como otras veces, le alzó las piernas y entró de frente. Lo miraba fijamente, con una calma casi fría, escrutando la expresión de alguien que había alcanzado el orgasmo hasta rozar la pérdida de control.
La luna tropical se extendía larga y suave, iluminando la entrada y la salida, iluminando carne con carne, alma con alma.
La braguita triangular negra quedó enganchada en el tobillo de Ren Yu, floreciendo con los movimientos, el ribete fino adornando el tobillo. Parecía una mujer: vestía como una mujer y, como una mujer, lloraba con facilidad. Sentía las glándulas lacrimales hinchadas, los ojos ardiendo; era como si Fang Yingli hubiera accionado una válvula, empujando el agua hacia dentro, poco a poco.
Desde los ojos hasta la garganta, todo llovía.
Bajo esa cortina de lluvia hicieron el amor que ya habían querido hacer en el almacén de Bhamo: besos minuciosos, una entrada lenta. Tan cómodo. Tan bien.
Cada vez que estaba con Fang Yingli, Ren Yu sentía que no había mañana. No era desesperanza, sino que el ahora, esta noche, era tan bueno que la existencia de un mañana dejaba de importar.
Si Lu Yin les apuntara con un arma, aun así harían este amor.
Pero hacer el amor siempre termina en eyaculación, y el mañana siempre llega.
Por fin Fang Yingli se dejó caer a un lado. Los dos quedaron boca arriba en la cama, cubiertos de sudor, saboreando en silencio el resto de la sensación. El aire acondicionado hacía ruido; el tubo de luz tenía un tono verdoso oscuro y parpadeaba de vez en cuando.
Este hostal estaba deteriorado en la medida justa. Tres partes de nuevo, siete de viejo: lo nuevo eran las oleadas de recién llegados; lo viejo, los objetos rotos que se gastaban más con cada uso.
Cuando el viento se volvió un poco más fresco, Fang Yingli se puso una camisa y se apoyó en el cabecero para fumar. El encendedor chasqueó al prender una chispa roja como un lunar de cinabrio. La camisa no estaba abrochada; se veía claramente su pecho tostado subiendo y bajando, el sudor colgado en los surcos del abdomen. Sus ojos, llenos de neblina, se volvían borrosos.
Ren Yu entornó los ojos. Cuanto más miraba la escena, más extraña y onírica le parecía, como una película de Wong Kar-wai.
De pronto le dijo a Fang Yingli:
—Mira, ¿no te parece que estamos rodando una película? Tú eres actor, yo también.
Fang Yingli alzó la vista hacia él y lo vio completamente desnudo, levantándose de la cama con entusiasmo y gesticulando con ambas manos:
—Aquí está la cámara, sobre rieles. El plano va de aquí hasta allá, muy despacio.
Su cuerpo quedaba expuesto al aire; allí abajo seguía el vaivén de los movimientos, pero no resultaba obsceno, sino que transmitía una franqueza casi ingenua.
—Y luego de haberme acostado contigo, en este momento debería vestirme en silencio.
—¿Como Su Li-zhen?
—Sí, como Su Li-zhen.
—¿Con qué música?
—Con «Angkor Wat».
Fang Yingli tomó entonces el móvil, abrió el reproductor y puso la canción—
Perdóname por ser demasiado racional: estar conmigo exige guardar secretos.
Perdóname por ser demasiado salvaje: quiero que esta historia sea más profunda.
Fang Yingli preguntó:
—Entonces, director Ren, ¿qué debería decir ahora?
—Siguiendo el estilo de Wong Kar-wai, ahora deberías decir que ya no me amas.
Fang Yingli sonrió detrás del cigarrillo.
—Eso no puedo decirlo.
—Es actuar. Actuar… —Ren Yu también estaba a punto de reír—. El arte es arte. No metas tantos juicios morales, no pienses que acostarte con alguien y luego decir que no lo amas es ser un cabrón, un mujeriego, o lo que sea. El arte, como la cámara, es una mirada contenida, porque en el mundo existe gente así.
El móvil emitió un ding, el sonido de una notificación. Ren Yu abandonó el tema, volvió a trepar desde los pies de la cama y estiró el brazo hacia la mesilla. No llevaba ropa; la hendidura recta del centro de su espalda era hermosa, dividiendo con precisión simétrica el tatuaje negro, como pétalos dispersos.
Tenía las palmas llenas de sudor y le costó un poco deslizar la pantalla. Resultó ser una notificación de la app del banco: acababan de ingresar cuarenta mil yuanes en la cuenta.
—Aunque no venga muy a cuento —levantó el móvil para enseñárselo a Fang Yingli—, es el pago final de Monzón. Alcanza para mañana ir al pueblo de las joyas y elegir una piedra.
—No diría que no viene a cuento —pensó un momento Fang Yingli—. Tiene bastante fuerza dramática.
Dinero y amor. Transacción y sinceridad.
—También es verdad: te sigo, te echo el ojo, y encima gano dinero contigo —Ren Yu volvió a tumbarse, acomodándose con gusto—. ¿Sales perdiendo o no?
Fang Yingli replicó:
—Entonces, si yo te follo, ¿sales perdiendo o no?
Resultó que estaban a mano. Ren Yu se rió hasta que le temblaron los hombros.
Después, el reproductor pasó automáticamente a la siguiente canción, «Yumeji’s Theme», el tema principal de In the Mood for Love.
El cambio de música parecía transformar incluso el aire. El ambiente se volvió de pronto denso, cargado de relato; el futuro se desplegaba desde ese punto, desde aquel hostal ruinoso, desde los cuerpos de ellos dos.
A Ren Yu le entraron ganas de fumar. Le dio pereza encender; a Fang Yingli aún le quedaba un poco en la boca, así que se lo tomó para fumarlo él. Con una especie de manía obsesiva, alineó con cuidado las marcas de los dientes, cubriéndolas con precisión.
—Pero tú eres mi último encargo. Después de esto, no volveré a ganar este dinero.
—¿Y qué quieres hacer luego?
Ren Yu giró el rostro. No sabía si era imaginación suya, pero creyó ver en los ojos de Fang Yingli una especie de expectación.
—Si digo que aún quiero ir a muchos lugares y hacer muchas otras cosas, ¿te decepcionarías?
Sabía que a la mayoría de la gente le gustaba la estabilidad; él mismo había sido arrastrado y atrapado por esa corriente. Pero ahora sentía que ya se había acostumbrado por completo a este modo de vida. No le gustaba lo monótono, lo de ir siempre del punto A al punto B; no le gustaba una vida y un trabajo que pudieran hacerse por simple reflejo mental. Tenía una curiosidad desbordante que necesitaba ser saciada. Como Meng Yin, estaba esperando un tren: donde lo llevara, iría.
Fang Yingli guardó silencio.
Era de esperar. Él era abogado, con coche, con casa, con propiedades. En el entramado social urbano ocupaba una posición alta; mientras mantuviera lo que ya tenía, su vida sería cómoda.
—¿Conoces al pájaro sin patas? —Ren Yu dio una calada al cigarrillo, y así lo que venía después le resultó menos difícil de decir.
—En Days of Being Wild (*) dicen que en este mundo existe un pájaro sin patas: solo puede volar sin parar; cuando se cansa, duerme en el aire. Porque ese pájaro solo puede posarse una vez en su vida, y ese momento es cuando muere —dijo Ren Yu—. A veces siento que yo soy como ese pájaro, como si no pudiera detenerme.»
«—Sé que mucha gente piensa que Yuddy, en Days of Being Wild, es un cabrón: le dice a Su Li-zhen que, por ella, recordará para siempre ese minuto en que se conocieron; cuando lo dice parece profundamente enamorado, pero luego vive con ella y muy pronto la abandona.»
«—Pero después de verla bien, piénsalo: él es un pájaro sin patas. Estar dispuesto a posarse un minuto por Su Li-zhen equivale a estar dispuesto a morir por ella. Parece de esos que, en cada instante, son lo suficientemente sinceros.»
Ren Yu sentía que hablaba sin demasiada lógica, pero también con unas ganas enormes de desahogarse.
—Recuerdo que aquel día dijiste que el momento en que estuvimos juntos fue el 25 de julio de 2019, a la 1:07 de la tarde; que, de manera irrevocable, ambos recordaríamos ese minuto. Yo nunca me he arrepentido. Yo también quiero posarme, pero parece que simplemente no puedo ser ese amante que gira incondicionalmente a tu alrededor; no puedo buscar un trabajo estable, gestionar relaciones con compañeros, coger el metro para ir y venir, y llevar una vida así de estable… O quizá podría detenerme unos meses al año, acompañar a mi madre, y luego nosotros…
—Pero yo no quería que te posaras —lo interrumpió Fang Yingli al oírlo organizarlo todo con tanto esmero, intentando mantener un equilibrio sin preguntarle si él quería o no—. Yo no quería ser tierra. Yo quería ser cielo.
Ren Yu miró a Fang Yingli. Aunque los separaba el humo del cigarrillo, de pronto le pareció ver con claridad sus ojos. No había en ellos nada de la complejidad que había imaginado. Lo que él esperaba no era un tipo concreto de vida; lo que esperaba era estar con él.
Lo oyó decir:
—Así no morirás, ni tendrás que aterrizar. Estarás para siempre en mis brazos.
(*)Days of Being Wild (Nuestros años salvajes) es una película hongkonesa de 1990 dirigida por Wong Kar-wai.Su título original en chino es 《阿飞正传》 (Ā Fēi Zhèngzhuàn). Es una película muy influyente del cine asiático, famosa por su tono melancólico, romántico y nostálgico. Sigue a varios personajes jóvenes en el Hong Kong de los años sesenta, especialmente a Yuddy, un hombre emocionalmente inestable que va dejando huellas en la vida de quienes lo aman.