Capítulo 6. You yuan (Destino)

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Capítulo 6. You yuán (Destino)

Al verse descubierto de manera tan inesperada, Ren Yu se giró de inmediato y volvió a ocultarse tras la columna.

Pero el origen de la trayectoria de aquella lata no era difícil de deducir. Si Fang Yingli se acercaba a investigar, no le quedaría otra que rodar hacia el parterre contiguo. No sería precisamente discreto; que funcionara o no, dependería de la suerte. Y si no, solo quedaría salir con la cara dura, saludar y soltar un “hola, qué casualidad”.

Sin embargo, lo que temía no ocurrió. Los alguaciles judiciales llegaron enseguida y desviaron la atención de Fang Yingli, que ya no pudo profundizar más, y se llevaron al joven. Resultó ser uno de los damnificados a los que habían estafado en el juicio: su madre lo había criado sola y había puesto en ello todos los ahorros de su vida. La urgencia le había provocado un infarto y estaba ingresada en el hospital. Él, al borde del colapso, había presenciado la vista y, al ver que Fang Yingli seguía defendiendo con ahínco al acusado, perdió los estribos. Salió a comprar un cuchillo, decidido a que Fang Yingli también probara el sufrimiento.

Ren Yu observó a Fang Yingli frente al joven de rostro desencajado y comportamiento histérico. Su expresión era indiferente, como si el atacado hubiera sido otro y él no fuera más que un transeúnte.

Tras escuchar toda la historia, Fang Yingli se sacudió la manga, manchada de polvo, y habló con calma:

—La dignidad de la ley reside precisamente en que todos disfrutan, en igualdad, del máximo de derechos dentro de su marco y asumen también sus obligaciones mínimas. Él necesitaba defensa, y yo solo he hecho lo que debía hacer. Y tu comportamiento puede acarrearte una pena de hasta tres años de prisión, arresto o control judicial.

Tres años… incluso un mes bastaría para que la madre de aquel joven, sin el cuidado de su hijo, no pudiera sostenerse. Pero quién se equivoca debe asumir el castigo; en eso no había discusión. Además, Ren Yu pensó que Fang Yingli tenía toda la pinta de ser alguien que devolvía cada agravio.

—Pero… —Fang Yingli echó un vistazo al joven, que jadeaba de dolor, e hizo un gesto a los alguaciles—. Llévenlo al hospital. No voy a denunciar.

Ren Yu arqueó una ceja, sorprendido.

Tal vez fuera desprecio o hastío, considerar aquello insignificante; tal vez compasión, no querer empujar a nadie hasta el callejón sin salida. Fuera lo que fuese, Ren Yu sintió que Fang Yingli era todavía más interesante de lo que había imaginado.

Cuando Ren Yu regresó a casa, eran las seis y media. Envió un mensaje por WeChat y, con el estómago vacío, pidió comida a domicilio. El restaurante se equivocó con el pedido y no fue hasta las ocho cuando por fin llegó. A mitad de un cuenco de fideos picantes, sonó el teléfono. En la pantalla apareció Chen Xin, el joven reportero que trabajaba bajo Deng Weizhi, encargado de coordinarse con Ren Yu cuando hacía falta.

Al descolgar, oyó:

—¡Hermano Yu, lo de la subasta judicial ya está arreglado! ¡Conseguimos la calificación para pujar!

Tras enterarse en el juzgado de que Fang Yingli tendría una consulta sobre una subasta judicial pasado mañana, Ren Yu había escrito a Chen Xin para que le ayudara a conseguir acceso.

Aspirando aire por el picante, Ren Yu preguntó:

—¿Qué día? ¿A qué hora?

—Pasado mañana a las nueve de la mañana. Trae el DNI, luego te mando la dirección —suspiró Chen Xin—. Conseguir un cupo ha sido dificilísimo; las casas de subasta judicial son baratas y todo el mundo quiere una.

—Hermano Yu, si ves alguna que te cuadre, también podrías comprarla. Ya no eres ningún chaval; no puedes seguir yendo de un lado a otro así. Para casarte te hará falta.

El chico tenía muchas virtudes, pero era un parlanchín insufrible, más pesado que una madre. Ren Yu, poco acostumbrado a ese tipo de sermones, chasqueó la lengua:

—¿Y si compro, Yi Feng me lo reembolsa?

Chen Xin se escandalizó:

—Eso sí que no.

—Pues ya está —respondió Ren Yu, colgando el teléfono y dejando los palillos a un lado, con una sensación de opresión en el pecho.

Pensándolo bien, llevaba muchos años a la deriva. Recién graduado se marchó al extranjero y vagó por ahí durante años; después volvió al país convertido en un zorro viejo. Había trabajado en medios, sido confidente, incluso excavado tumbas y ayudado en trabajos ajenos, cobrando unas decenas al día. Lo digno y lo indigno, todo lo había hecho.

Por suerte, distinguía el bien del mal. Con un arranque de idealismo, no había cometido grandes errores y también había hecho cosas buenas. Pero su nombre no quedaba en ningún sitio. Ayudó a Deng Weizhi a conseguir dos pistas de gran calado; al final, en el ranking anual de los diez grandes reportajes y periodistas, solo figuraba el nombre de Deng Weizhi.

Pero a Ren Yu no le importaba. Que esas personas corrientes, cuya sangre y sudor se habían ido por el desagüe, tuvieran un techo donde vivir y una compensación que cobrar significaba que todo su esfuerzo no había sido en vano.

El día de la subasta judicial, Ren Yu llegó adrede diez minutos tarde respecto a la hora oficial de inicio, las nueve en punto. Al empujar la puerta, en medio del mar de asientos abarrotados, captó la mirada que Fang Yingli alzó hacia él: afilada, penetrante, atravesando las capas de aire cargado como una cuchilla directa a la piel.

Hizo como si no la hubiera visto y fue derecho a un asiento vacío.

La mayoría de las viviendas subastadas judicialmente eran bienes que debían venderse por resoluciones arbitrales o sentencias. Si el precio era adecuado, si el origen era limpio o no, muchos compradores con dinero recurrían antes a abogados profesionales para pedir consejo. Ren Yu había pedido a Chen Xin que le consiguiera una acreditación precisamente para eso: para integrarse de manera natural, sin levantar sospechas, en el entorno laboral de Fang Yingli.

Después de todo, llevaba dos días seguidos acercándose a él en las inmediaciones del complejo residencial. Si seguía lanzándose de frente, lo más probable era que despertara sospechas. Necesitaba encuentros casuales más razonables.

Las primeras villas que salieron a subasta eran demasiado caras; pujar por ellas no encajaba con la identidad económica que Ren Yu se había construido. Aburrido, no tuvo más remedio que observar disimuladamente las manos de la gente a su alrededor. Lástima que no hubiera ninguna bonita: unas eran toscas, otras demasiado delgadas. Después de haber visto las manos de Fang Yingli, ninguna de aquellas le entraba por los ojos.

Al darse cuenta de ello, retiró la mirada con cierta vergüenza. Sin nada mejor que hacer, sacó un periódico del expositor cercano y se puso a resolver el sudoku. A mitad del juego, por fin aparecieron algunas propiedades con precios razonables. Ren Yu participó con mesura en varias rondas de pujas, sin apretar demasiado; si alguien ofrecía más, él se retiraba. Al final, como era de esperar, se fue con las manos vacías.

Al dispersarse la gente, Ren Yu se quedó a propósito medio paso atrás, recogiendo unos objetos olvidados sobre la mesa. Solo cuando Fang Yingli pasó a su lado levantó el pie y lo siguió.

—Señor Fang. Qué casualidad —dijo, acelerando un par de pasos para caminar a su altura.

Fang Yingli vestía hoy traje formal, igual que el día anterior en el juicio, aunque el corte del traje era algo más refinado y menos solemne. La línea amplia de los hombros se veía aún más recta; en el cuello llevaba una corbata negra de dibujo discreto, y el flequillo, completamente peinado hacia atrás, acentuaba la profundidad de sus facciones. Le lanzó a Ren Yu una mirada de soslayo y se detuvo dos segundos, con un deje significativo, antes de responder con una media sonrisa:

—Qué casualidad.

Su mirada pasó por la tarjeta de puja que Ren Yu apenas había usado.

—¿No ha encontrado el señor Ren una vivienda con la que tenga afinidad?

Al girarse, Ren Yu se dio cuenta de que aquel hombre le sacaba unos diez centímetros de altura; tuvo que alzar ligeramente la vista para encontrarse con sus ojos.

Sabía que, desde cierto ángulo, mirar hacia arriba podía hacer que el otro bajara la guardia. Así que levantó esos ojos negros como tinta y arqueó levemente las cejas, en un gesto que rozaba la vulnerabilidad.

—Aparte del señor Fang, no me he topado con nadie con quien tenga afinidad.

────୨ৎ────

El rostro de Fang Yingli no mostró la menor ondulación, pero por dentro estalló una bomba sorda:
Maldita sea. Qué bien sabe jugar sus cartas.

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