Capítulo 24: Cómplices

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Capítulo 24: Cómplices

Aunque no pudiera decirse que fuera completamente inocente, incluso si lo fuera, aquel proceder resultaba excesivamente humillante.

Ren Yu apretó los dientes.

—¿Así es como Shuangcheng trata a sus invitados?

El guardia, con las manos cruzadas a la espalda bloqueando el torno, respondió imperturbable:

—Lo siento, señor Ren.

Ren Yu no sabía si reír o llorar. Giró la cabeza para consultar a Fang Yingli.

—Esto cuenta como vulnerar los derechos personales, ¿no?

Lo decía así, pero era evidente que, si la otra parte insistía, Fang Yingli no podía hacer que un tribunal se materializara allí mismo para dictar sentencia inmediata.

Fang Yingli propuso con calma:

—Puedes llamar a la policía. Si necesitas abogado, tienes mi WeChat.

Hacía apenas un momento se estaban besando con una intimidad casi embriagadora y, ahora, esa actitud tan estrictamente profesional le hizo hervir la sangre. Sin más remedio, Ren Yu volvió a mirar al guardia, que seguía firme como una roca, plantado como un solo hombre bloqueando el paso. Respiró hondo y vació todos los bolsillos del pantalón: aparte del móvil y unos pañuelos, estaban realmente vacíos.

El guardia fijó entonces la vista en el bolsillo del pecho. La tela estaba arrugada; era evidente que había contenido algo.

Y, en efecto, momentos antes había guardado allí las notas con el registro del matasellos.

Ren Yu frunció los labios antes de explicar:

—Está vacío.

—Necesito comprobarlo —insistió el guardia.

Se quedaron en un pulso silencioso durante unos segundos, hasta que Ren Yu abrió por fin el bolsillo del pecho. En ese espacio reducido solo había una estilográfica.

Tras confirmarlo, el guardia se volvió hacia el móvil que había sacado antes.

—El álbum de fotos. Enséñemelo.

Ren Yu agradeció de repente no haber entrado en la oficina a tomar fotografías. Desbloqueó el teléfono y deslizó el dedo un par de veces por la pantalla.

—Mire, la más reciente. Mi perro. No hay más.

El guardia siguió mirándolo.

—Se llama Theta, es hembra, tiene cinco meses y no está esterilizada. ¿Tiene usted algún perro para cruzar?

—…

Por fin el guardia se movió. Pasó la tarjeta por el torno y se apartó, dejando libre la salida.

—Que tengan buena noche.

Al reencontrarse por fin con el aire libre, Ren Yu volvió a colocar bien los bolsillos que había sacado del revés. Al levantar la vista, se dio cuenta de que se había quedado atrás y dio unos pasos rápidos para alcanzar a Fang Yingli, que ya abría la puerta del coche.

—Antes… gracias —dijo Ren Yu.

En el ascensor, aprovechando que estaba de espaldas a la cámara, Fang Yingli había sacado del bolsillo de su pecho las notas sobre el matasellos y, sin levantar sospechas, las había roto y arrojado a la papelera.

Fang Yingli alzó el mentón indicándole que subiera al coche.

—¿Adónde vas? Te llevo.

—A casa —respondió Ren Yu mientras se metía en el vehículo.

Observó cómo Fang Yingli aflojaba la corbata, giraba a la izquierda para arrancar y, al mover el volante, se le marcaban las venas de la muñeca; el antebrazo, tensado, rebosaba fuerza contenida.

Durante un rato ninguno de los dos habló. No fue hasta que se incorporaron a la arteria principal, repleta de tráfico, cuando la luz del sol se reflejó en la parte trasera del coche de delante, formando destellos deslumbrantes. Fang Yingli encendió el equipo de música y una voz de jazz, perezosa y envolvente, llenó el habitáculo. La atmósfera opresiva de antes terminó por disiparse.

Ren Yu se hundió en el asiento, estiró la espalda con comodidad y empezó a marcar el ritmo con el mentón. La voz, acariciada por el sol, cantaba You are the one I dreamed of. Ren Yu sonrió de pronto.

Fang Yingli le lanzó una mirada de reojo y vio que tenía los ojos perezosos, casi distraídos, pero brillantes.

—¿Te has dado cuenta? Esta frase se puede traducir como: eres el amor de mis sueños.

Acababan de registrarle los bolsillos y, aun así, no parecía lo más mínimo enfadado; seguía soltando chistes absurdos, si que era un descarado, coqueteando sin pudor. Fang Yingli no pudo evitar reírse.

—Me doy cuenta de que tú…

—¿Qué pasa conmigo?

Especial.

Y no era solo especial: era especialmente especial.

Pero lo que Fang Yingli dijo fue:

—Tú estás mal de la cabeza. Aunque, curiosamente, es una locura bastante encantadora.

—¿Qué? ¿Te gustó? —Ren Yu se animó al instante—. No es nada raro, hay mucha gente a la que le gusto.

El mestizo que cocinaba comida china en Chinatown, el hombre tímido y obediente al que había observado durante tres meses el año pasado, aquella chica de hace cuatro años en la estación de tren del Tíbet, a la que le hizo aparecer una flor mientras lloraba en la acera y que acabó siguiéndolo hasta el Potala… No era más que una broma amable. Cuando se dio cuenta de que podía dar lugar a malentendidos, dejó de usar ese pequeño truco, hasta que lo mostró de nuevo, dos semanas atrás, delante de Fang Yingli.

—Qué pena. No me interesan los lugares llenos de gente —dijo Fang Yingli—. Como las ferias abarrotadas, los supermercados con colas interminables, los centros comerciales repletos. Cuando algo hay que ganarlo a empujones, uno ya está demasiado cansado para disfrutarlo.

—Entonces ámame a mí —sonrió Ren Yu con desenfado—. Los que me aman no son muchos.

Cuando terminó de hablar, a Ren Yu le pareció oír el primer canto de cigarras del verano, un sonido irritante en el interior estrecho y silencioso del coche. Sin darle tiempo a responder, añadió enseguida:

—Es broma, abogado Fang. Acabas de ayudarme, no voy a pagar un favor con reproches.

No podía decirse que aquello fuera un “reproche”. En realidad, salir con él no sería tan malo: era interesante, atractivo, nada cursi, no del tipo que se te pega encima pidiendo besos y abrazos a todas horas. Eso no era tan común, pensó Fang Yingli mientras se humedecía los labios. Entonces oyó a Ren Yu preguntar con seriedad:

—¿Cómo supiste que iban a registrarme?

—¿Necesitas que te recuerde que fuiste tú quien se metió en la oficina de otro? —replicó Fang Yingli de soslayo.

—Solo abrí para ver si había alguien —dijo Ren Yu, impotente—. ¿Quién iba a pensar que un empresario se comportaría como si estuviera investigando física nuclear, muerto de miedo de que me llevara un trozo de papel y provocara la Tercera Guerra Mundial?

—Liao Xiuming no es tan simple como crees —respondió Fang Yingli—. Ya te lo advertí.

Ren Yu se encogió de hombros y se rindió sin disimulo:

—Yo solo hago pequeños negocios. Antes de eso, un medio matón, acostumbrado a no respetar ninguna norma. La próxima vez no me atreveré.

En realidad, Ren Yu quería saber qué pensaba Fang Yingli de que hubiera copiado en secreto aquel matasellos, pero todavía no había decidido cómo preguntarlo cuando Fang Yingli se le adelantó.

—Ese matasellos… ¿te importa tanto?

Ante la pregunta directa, Ren Yu se sintió incluso aliviado. Al parecer, el otro no había hecho demasiadas conjeturas.

—Estuve una temporada en Tailandia y Singapur, y me interesa mucho la cultura del Sudeste Asiático —explicó—. Me resultó familiar, pero no lograba recordar de dónde. Me obsesioné un poco y quise anotarlo para investigarlo luego.

Fang Yingli recordó el tatuaje en sánscrito de la espalda de Ren Yu y cómo este le había descrito con todo lujo de detalles sus experiencias en la India. Parecía claro que había pasado una etapa en el Sudeste y el Sur de Asia.

—Ahora da igual —suspiró Ren Yu—. No recuerdo absolutamente nada.

Aprovechando que estaban parados ante un semáforo, Fang Yingli sacó la estilográfica del bolsillo del pecho de Ren Yu y, ante su mirada dubitativa, empujó el capuchón con el pulgar.

—Este capuchón pesa bastante —dijo Fang Yingli, desviando sus ojos oscuros hacia un lado antes de clavar la mirada en Ren Yu, cuyo rostro pasó del blanco al verdoso—. ¿Qué marca es?

Esas cosas eran siempre de marcas desconocidas. Nadie iba a anunciar abiertamente que fabricaba microcámaras y, aun así, pretendía ser líder mundial. Lo importante eran las especificaciones: el sensor CCD, la lente cónica, la compensación a contraluz.

—Es caro —respondió Ren Yu arrebatándole el capuchón y cerrando el puño alrededor de él.

Por suerte, la pluma era una pluma de verdad; lo único falso era el capuchón.

Dos segundos después, Fang Yingli levantó la servilleta de papel en la que había escrito y la puso delante de Ren Yu. Era exactamente el topónimo del matasellos. Garabateado como si fueran dibujos de un niño, pero lo había memorizado de verdad.

Incluso Ren Yu, que se había esforzado en recordarlo, tenía muchas zonas borrosas y no era capaz de reproducirlo con esa fidelidad casi fotográfica.

Chasqueó la lengua, admirado. Tomó la servilleta y realizó una búsqueda rápida en el móvil. Acto seguido, dijo como si de pronto todo encajara:

—Birmania.

—¿El birmano y el sánscrito son muy distintos? —preguntó Fang Yingli.

Ren Yu lo miró, sorprendido de que quisiera hablar de algo tan técnico.

Fang Yingli mantuvo la vista al frente mientras giraba el volante a la derecha.

—Simple curiosidad.

—No tienen nada que ver —respondió Ren Yu—. El sánscrito pertenece a la familia indoeuropea; el birmano, a la sino-tibetana. Aunque el birmano escrito parezca más abstracto que el sánscrito, en realidad está más cerca de nosotros.

—Interesante —dijo Fang Yingli.

Fijó la mirada en la carretera. Su rostro quedaba a ratos cubierto por la sombra densa y verde de los árboles que pasaban, volviéndose indescifrable.

La noche en que regresaron de probar el vehículo, Ren Yu aún pensaba que, con insistencia, acabaría viendo con claridad a esa persona. Pero a esas alturas, la posición de Fang Yingli se volvía cada vez más ambigua.

De pronto, una idea audaz lo asaltó: Fang Yingli no parecía un enemigo. Su prudencia, su manera de dejar siempre una salida, sus advertencias a medio camino… se asemejaban más al comportamiento de un cómplice competente.

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