Capítulo 30: Atadura

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Capítulo 30: Atadura

A la mañana siguiente, Ren Yu despertó sobresaltado. Los ruidos cotidianos del piso de arriba, el murmullo del agua corriendo por las tuberías, el alboroto de los coches y los bocinazos que llegaban desde la calle le hicieron darse cuenta de que ya había amanecido.

Sin embargo, cuando levantó los párpados, solo pudo ver oscuridad. Al despejarse un poco su conciencia, descubrió que llevaba una venda cubriéndole los ojos.

La habitación estaba en silencio absoluto. Aparte de su propia respiración, no se oía nada más; Fang Yingli no debía de estar allí.

Alzó los brazos para quitarse la venda, pero de pronto se dio cuenta de que no podía mover las extremidades: ¡tenía las muñecas y los tobillos firmemente atados al cabecero y al pie de la cama!

Algo se desplomó de golpe en lo más profundo de su pecho.

Maldita sea. Fang Yingli lo había descubierto. Había descubierto su identidad, había descubierto sus verdaderas intenciones de la noche anterior. Todo lo que había hecho estaba ya a la vista de Fang Yingli; él solo había fingido no saber nada.

El corazón le latía con violencia, arrastrando consigo un dolor punzante en las sienes.

Ren Yu empezó a forcejear con desesperación. La tela rozaba sin cesar sus muñecas, raspando la piel hasta teñirla de rojo.

—¡Fang Yingli! —gritó. En medio del caos, el codo golpeó con fuerza la mesilla, provocándole un dolor agudo—. ¡Joder!

De pronto, una mano ardiente se posó sobre él. Los dedos se cerraron alrededor de su tobillo, que no dejaba de moverse, con una fuerza sorprendente, hasta hacer que la piel se tensara y palideciera.

—¿Fang Yingli? —preguntó a modo de prueba, con la voz temblorosa.

Pero el dueño de la mano no respondió. Simplemente avanzó despacio desde la parte interna y sensible de su muslo, con los dedos demorándose, como en un juego deliberadamente descuidado.

—Fang Yingli, suelta… —dijo, con los nervios tensos al límite. Las extremidades atadas y la oscuridad absoluta lo hacían sentirse como un pez sobre la tabla de cortar.

Pero el final casi suplicante de su frase se quebró en seco en el instante en que fue sujetado. Al segundo siguiente, sus piernas fueron separadas a la fuerza; un cuerpo desnudo y sólido se encajó entre ellas. Se oyó un leve roce de telas, el colchón cedió bajo el peso y una sombra cayó sobre él.

Alzó bruscamente la nuca.

Ren Yu abrió los ojos de golpe.

Era un sueño.

Había pasado la noche entera sin dormir y solo consiguió dormitar hacia las cinco o seis de la mañana. Aquello que más temía se transformó en una pesadilla de la que no podía despertar; luego durmió de un tirón hasta casi las nueve. Pero ahora, a su lado no había nadie y del baño llegaba el sonido abundante del agua de la ducha.

Fang Yingli no había salido a trabajar. No fue hasta ese momento cuando, empapado en sudor, Ren Yu recordó que era fin de semana.

—¿No duermes un poco más? —preguntó Fang Yingli al salir, secándose el pelo.

Tenía el torso desnudo, exactamente igual que en el sueño: la piel de color trigo brillaba húmeda bajo la luz, y Ren Yu casi podía recordar el calor que había quedado en su cuerpo.

La vergüenza que le había dejado el sueño se amplificó al ver a la persona real. Ren Yu aspiró hondo y apartó la mirada con dificultad, inquieto.

—Tengo que ir a la comisaría… y comprar una cerradura nueva.

Fang Yingli no entendía su evasión. Se limitó a observarlo con terquedad: Ren Yu estaba hecho un ovillo bajo la manta, con aspecto de no haberse despertado del todo. Aquella astucia habitual había desaparecido; lo que quedaba era una confusión inconsciente, casi inocente, como un gato ragdoll de pelaje esponjoso.

—Te llevo yo —dijo Fang Yingli.

Mientras no lo hubieran descubierto, mientras no hubiera acabado como en el sueño, todo tenía arreglo. Ren Yu no respondió ni afirmó ni negó; se pasó la mano por el pelo revuelto y fue al baño a lavarse la cara. Allí descubrió que había un cepillo de dientes nuevo ya abierto sobre el vaso, y que incluso le habían puesto la pasta.

Algo no iba bien. Por primera vez, Ren Yu sintió una curiosidad genuina por el matrimonio.

Maldita curiosidad.

Después de ponerle comida a Theta, Fang Yingli revisó la oreja del pastor alemán que aún no se había erguido del todo.

—Esperemos medio mes más. Si sigue igual, habrá que comprarle un corrector de orejas.

Su nivel de conocimiento parecía superar con creces el de un simple aficionado. Ren Yu frotó la cabeza caliente de Theta y le preguntó:

—¿Te gustan mucho los perros?

—En realidad es una especie de compensación —respondió Fang Yingli—. Cuando era niño, mi padre no me dejaba tener uno. Una vez llevé a casa un perro callejero y lo regaló sin más.

 «—Yo lloraba a gritos y ellos se reían. A los adultos parece gustarles coleccionar las lágrimas de los niños, como si juntando suficientes pudieran compensar sus fracasos en el mundo adulto —sonrió con ligereza—. Claro que ahora siguen negando mi forma de vida, pero ya no me importa. Vivimos guardando una distancia prudente, sin interferir unos con otros.»

—Cómo decirlo… —Ren Yu pensó un momento—. Para alguien como yo, que no tiene nada, poder desgarrarse y enfadarse suena bastante valioso.

Fang Yingli asintió.

—Supongo que las familias desgraciadas lo son cada una a su manera.

Luego salieron juntos. Ren Yu llevó a Fang Yingli a desayunar a un puesto de comida matinal en un callejón frente al complejo residencial. Llevaba allí muchos años, aunque Fang Yingli casi nunca iba.

—¿Las élites no desayunáis siempre Starbucks y sándwiches? —preguntó Ren Yu al levantar la cortina del toldo, sucia y manchada. Una oleada de vapor caliente de las vaporeras, mezclada con el aroma de la comida, les dio de lleno. Sin esperar respuesta, añadió—: ¿Tú qué quieres?

—Cualquier cosa está bien —respondió Fang Yingli, mirando hacia el interior, donde cerca de la cocina quedaba libre una pequeña mesa alta, pegada a la pared.

—¡Jefe, dos tazones de leche de soja, dos porras y una vaporera de xiaolongbao!

Ren Yu pidió a voz en cuello y fue a sentarse con Fang Yingli. El local era pequeño y las mesas, también; sentados hombro con hombro, el espacio resultaba algo estrecho. Las mesas y las sillas no estaban especialmente limpias: Ren Yu las pasó por encima un par de veces con una servilleta y pensó que, por suerte, Fang Yingli iba vestido de manera informal ese día; de lo contrario, la tintorería habría salido por un pico.

—Aquí fríen las porras bien crujientes. La leche de soja también es recién hecha, muy fresca. Los bollos de cangrejo no valen mucho; mejor que los de carne.

Aunque llevaba poco tiempo viviendo allí, hablaba como un vecino de toda la vida, enumerándolo todo con soltura. Fang Yingli chasqueó la lengua.

—Sabes comer.

—Al final, vivir es eso: comer y dormir, las dos grandes cosas —dijo Ren Yu, sacando un par de palillos y tendiéndoselos—. Mi mayor deseo es comer cosas ricas y dormir con alguien con quien se duerma bien.

Luego aclaró:

—Ah, cuando digo “bien”, me refiero a que encaje, no a que sea fácil.

La leche de soja llegó a la mesa, soltando abundantes volutas de vapor blanco. Fang Yingli preguntó:

—¿Y ahora lo has conseguido?

Gezz~~ Cayendo en un romance apasionado.

Ren Yu bajó la cabeza y dio un sorbo a la leche de soja; estaba tan caliente que siseó, y enseguida se metió una porra en la boca. Al morderla, crujió con un sonido nítido. Una sensación de satisfacción le golpeó la cabeza. Entonces giró el rostro hacia Fang Yingli; su mirada descendió hasta ese punto donde ambos siempre encajaban a la perfección, sin dejar resquicio alguno.

Match.

Sonrió.

—Ahora… supongo que sí.

────୨ৎ────

Ren Yu: emmm… ¿y por qué no iba a contar?

  • match: compatible, que encaja bien, en igualdad de condiciones.
    Ren Yu se refiere con “alguien con quien se duerma bien” a una persona con la que resulta cómodo dormir, no a alguien con quien sea fácil acostarse.
  • En el próximo capítulo se revela la identidad.
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