Capítulo 47: Punto débil

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Capítulo 47: Punto débil

Al día siguiente, ya cerca del mediodía, el muchacho volvió por fin a traer la comida. De por sí era callado y de trato suave, no del tipo hablador, pero ese día estaba todavía más silencioso. El cansancio se acumulaba en sus ojos; era evidente que lo ocurrido la noche anterior había dejado una sombra profunda en su ánimo.

No fue hasta que empezó a recoger las bandejas cuando, como si hubiera reunido un gran valor, le dirigió a Ren Yu sus primeras palabras del día:

—¿Eres periodista?

Luego se volvió hacia Fang Yingli.

—¿Y tú eres abogado?

Tras recibir la confirmación, se puso en pie y, como hablándose a sí mismo, dijo:

—Entonces ya sé para qué habéis venido aquí.

Cuando estaba a punto de marcharse, Fang Yingli lo llamó de repente:

—Te llamas Ah-Zhuo, ¿verdad?

El Ah-Zhuo del que hablaba Ah-Min. El Ah-Zhuo que le había celebrado el decimonoveno cumpleaños. Por lo ocurrido la noche anterior, estaba claro que eran muy cercanos.

El muchacho quiso negarlo, pero la sorpresa se le reflejó antes en el rostro y lo traicionó. Al final apretó los labios, no respondió nada y salió directamente.

Al caer la noche, Lu Yin volvió a mandar a sus hombres para llevarlos a la plaza.

—Otra vez nos vemos —los saludó con entusiasmo, un puro entre los dedos. Tenía un aire particularmente complacido; era evidente que Lu Yin disfrutaba mucho de ese tipo de encuentros irrepetibles.

Hubo un instante en que Ren Yu incluso sintió que eran como dos perros, y que Lu Yin se empeñaba en domesticarlos, considerando todo el proceso una forma de entretenimiento. Llegó a preguntarse si Lu Yin no sería impotente, y por eso buscaba el clímax en ese tipo de conductas.

Esta vez había dos balas en el tambor. No hacía falta explicar de nuevo las reglas. Tras girar el cilindro al azar, el arma volvió a las manos de Fang Yingli.

Abajo, Ah-Min estaba desnudo de cintura para arriba y atado, con los brazos inmovilizados a la espalda. Visto de frente, la piel fina de su abdomen apenas lograba cubrir las costillas salientes. Los moratones de la cintura tenían un color más oscuro que días atrás y, en el borde de lo que parecía estar sanando, habían aparecido nuevos hematomas a la altura de las costillas.

Era evidente que, después de lo de la noche anterior, esta vez había intentado resistirse. Pero fue inútil: lo golpearon y lo trajeron atado a la fuerza para servir de blanco vivo.

Respiraba con dificultad; el saltamontes de paja trenzada sobre su pecho subía y bajaba con cada inhalación. En sus ojos había una mirada de animal pequeño, usando la ferocidad para ocultar el fondo de terror.

Y Ah-Zhuo no apareció.

Fang Yingli tardó más que el día anterior en disparar. No fue hasta que Lu Yin contó hasta tres cuando finalmente apretó el gatillo. De nuevo, fue un disparo en vacío.

Todos soltaron el aliento de golpe.

La mirada de Lu Yin se volvió juguetona.

—Dos días, dos disparos, y ambos vacíos. ¿Es que Ah-Min tiene mucha suerte… o es que el abogado Fang tiene una mano extraordinaria?

Tomó el arma de manos de Fang Yingli y la examinó una y otra vez, para luego abrir el tambor y revisarlo con cuidado.

—Empiezo a sospechar que esta pistola está estropeada.

Antes de que terminara la frase, giró de pronto el cañón y apuntó a Ah-Min, apretando el gatillo.

Ese disparo fue imposible de prever. Demasiado repentino. Nadie tuvo tiempo de reaccionar: Ah-Min no pudo esquivarlo, Fang Yingli no pudo impedirlo. Todo ocurrió en una fracción de segundo y, por desgracia, esta vez no fue un disparo en vacío. El estallido de la bala atravesó los oídos y Ren Yu sintió cómo un pitido le invadía la cabeza durante unos instantes.

En medio de aquel silbido cruel y afilado, vio cómo Ah-Min abría los ojos de par en par, incrédulo. La bala había penetrado en su cuerpo y la sangre, de un rojo vivo, empezó a brotar a borbotones, tiñéndole al instante las clavículas.

—¡Ah-Min! —gritó Ren Yu.

Parecía que en ese momento solo podía oír su propia voz. Después, el sonido de una campana: el tañido de un gran badajo en una pagoda lejana. El Buda contemplaba la escena; el mal ocurría, el árbol bodhi seguía creciendo.

“—¿De verdad el Buda puede verlo todo?

—¿El qué?

—El bien y el mal, el sufrimiento de los seres.”

Por primera vez, parecía haber encontrado una respuesta distinta.

Ah-Min se desplomó de frente, rígido, como un arbolillo abatido por un rayo. A su alrededor, la gente seguía sentada en perfecto orden; aunque la sangre del herido les hubiera salpicado la ropa, nadie acudió en su ayuda. Tenían el rostro pálido, incluso indiferente, como si aquello ya no les resultara extraño.

De inmediato, varios hombres de Lu Yin se acercaron y arrastraron a Ah-Min fuera del lugar. Ren Yu no podía saber si seguía con vida; solo vio sus extremidades colgando inertes sobre el suelo, dejando tras de sí un reguero de sangre espesa, como manchas de óxido oscuro y frío.

El olor a sangre de aquella noche complació enormemente a Lu Yin, liberándolo de la frustración acumulada tras haber sido manejado por Fang Yingli durante dos días seguidos. Dio por terminada la sesión antes de tiempo y los encerró de nuevo en el almacén, dejándolos saborear la angustia de la impotencia.

Para quienes creen en el heroísmo, lo verdaderamente terrible no es la muerte, sino presenciarlo todo sin poder hacer nada.

Es el momento en que el héroe desciende del pedestal, cuando empieza a dudar de sí mismo y de sus convicciones.

Matar no solo acaba con la vida; destroza el corazón.

Tras casi una hora de silencio, al borde del colapso, Ren Yu habló por fin:

—¿Qué demonios quiere Lu Yin?

—Quiere que mate a alguien delante de todos —respondió Fang Yingli con calma—. Nos utiliza para completar otro lavado de cerebro de sus fieles. Si incluso nosotros acabamos cometiendo el mal, ellos creerán aún más en lo que predica: que en una selva llena de bestias, la violencia puede ser perdonada…

—Y nosotros, al haber matado, le daríamos un punto débil para controlarnos —continuó Ren Yu, completando el razonamiento—. En vida quedaríamos en sus manos; muertos, solo serían dos asesinos menos. Incluso si lo investigaran, podría eludir la responsabilidad.

Tras esos días juntos, ya habían empezado a comprender el carácter de Lu Yin. Aunque él y Liao Xiuming estaban en el mismo barco, Lu Yin no obedecía del todo. Era demasiado arrogante y demasiado calculador. Sabía perfectamente que Liao Xiuming le había arrojado una patata caliente: un abogado y un periodista no eran como los trabajadores anónimos que tenía allí encerrados y cuya desaparición a nadie le importaría. Si él mataba por Liao Xiuming, este se lavaría las manos al final. Mejor jugar primero con ellos: o bien utilizarlos, o bien mancharles las manos de sangre. Entre criminales, las cuentas nunca están claras, y si todo salía mal, siempre habría margen para negociar.

Por eso, el juego de Lu Yin continuaría.

La voz de Ren Yu temblaba.

—Así que por nada se va a detener. Mañana serán tres balas.

Fang Yingli le había explicado que, en un tambor de seis balas, si solo se introduce una, el centro de gravedad se desplaza y la bala tiende a quedar en la parte inferior, donde la energía potencial es menor. Por eso, la probabilidad real del primer disparo no era del dieciséis por ciento, sino de apenas un uno a un tres por ciento. Con dos balas, por el desequilibrio de peso, podría aplicarse un razonamiento similar. Pero una vez superadas las tres, ya no había margen de victoria.

—Sí. Tres —repitió Fang Yingli con los ojos cerrados.

Incluso la persona más inteligente tiene sus límites. Para Fang Yingli, el número tres lo atrapaba por completo.

Un rato después, volvió a hablar:

—Si muero, te quedas viudo. ¿Te da miedo?

El tono era relajado, con una risa baja, mitad broma, mitad verdad.

Ren Yu no pudo evitar reír.

—Entonces tendré que irme de juerga todas las noches, hasta sacarte de la tumba de la rabia.

Era exactamente algo que él haría. Los dos se echaron a reír, sin aliento. Cuando por fin se calmaron, Ren Yu dijo:

—¿Sabes qué es lo que más ganas tengo de hacer ahora mismo?

Fang Yingli abrió los ojos lentamente; la luz en su mirada era profunda.

—Tengo muchas ganas de hacerlo contigo.

Cuando el mundo resquebraja el cuerpo, quizá exprimir de los cuerpos del otro una dosis de morfina contra el dolor –un poco más de cantidad– bastaría para atravesar con suavidad esa larga noche. Pero no podían. Estaban atados a los pilares, solo podían apoyar hombro con hombro y sentir en silencio ese dolor lento, como si los desarmaran pieza a pieza.

—Si pudiéramos volver —Ren Yu quiso encontrar algo de diversión, como una cerilla para encender un poco de esperanza—. ¿Dónde te gustaría hacerlo? Si lo dices ahora, cualquier deseo te lo concedo.

Fang Yingli lo pensó un momento.

—En la cama.

—¿Solo eso? —Ren Yu esperaba algo más excitante.

—Solo eso.

Después de suficientes altibajos, lo único que quería era estar en una cama: poder besarlo despacio, entrar con calma, consolarse mutuamente y sentir en silencio ese calor sofocante.

Sentir que estaban vivos.

Eso era lo que más deseaba encontrar en Ren Yu.

Otra noche en vela.

Cerca de la madrugada, ninguno de los dos había logrado dormirse. El hambre seguía mordiendo, el almacén estaba húmedo y sofocante, y los mosquitos no daban tregua. Justo entonces se oyó el sonido de una llave entrando en la cerradura: un movimiento muy leve, deliberadamente discreto. Ambos contuvieron la respiración y clavaron la mirada en la puerta.

Al instante siguiente, la puerta se abrió despacio, dejando una rendija alargada. Y quien entró de puntillas fue, sorprendentemente, Ah-Zhuo, que no había aparecido en toda la noche.

Pero ese Ah-Zhuo ya no era el mismo que al mediodía. Estaba más pálido, más débil; el blanco de sus ojos estaba surcado de sangre. Y, lo más importante…

Le faltaba un dedo.

── ⋆⋅𖤓⋅⋆ ──

Sobre las teorías relacionadas con las armas, no se lo tomen demasiado en serio.

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