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Jorge Luis Borges escribió que, puesto que el tiempo se bifurca eternamente y conduce a innumerables futuros, en algún momento del porvenir yo seré su enemigo.
Antes de dormir, Ren Yu dio justo con esa frase. Con la punta del bolígrafo trazó debajo dos subrayados firmes; luego cerró el libro y se metió bajo el edredón, suave y confortable.
Media hora antes, había observado con un telescopio y un micrófono a Fang Yingli, desnudo de cintura para arriba, la piel tostada y el cuerpo firme, pasando la aspiradora y limpiando; después, se fue a duchar.
El bajo vientre de Ren Yu estaba un poco enrojecido, fruto de impactos continuos.
Apuntó el objetivo hacia allí, como si contemplara una metáfora obscena.
Qué vulgar. Y qué deslumbrante.
Como todo lo que habían hecho un momento antes, bajo el puente.
Era demasiado osado; si alguien pasaba, seguro que los vería. Así razonó cuando recuperó la calma.
Pero Fang Yingli parecía tener mil maneras de jugar con él y hacerlo arriesgar de buena gana. Encajaba con su mundo interior, secreto y profundo, y lo disponía en la forma justa. En la cama, podía ser un perro; bajo el puente, parecía agua. Lo que a plena luz del día Ren Yu no se atrevía a hacer, Fang Yingli –como la noche– lo amparaba, encubriendo sus parafilias inconfesables.
Un cuarto de hora después, Fang Yingli salió del baño envuelto en un albornoz. Se había secado el pelo a medias; el flequillo aún húmedo caía en mechones. Fue al comedor, bebió un vaso de agua y entró en el dormitorio.
La luz se apagó.
La oscuridad hueca del encuadre y el silencio en los auriculares dejaron a Ren Yu abstraído un rato. En ese tedio de largo regusto recordó a su anterior sujeto de observación: un hombre de mediana edad que llevaba a su amante a casa para retozar y se topó con la esposa, que regresó antes de un viaje. Ren Yu, pelando pipas, contempló en la pantalla las bofetadas, la mesa de té volcada; saliva y lágrimas volando a la par; bragas y sujetador fundidos con el cielo en una misma extensión.
Antes de ese, había sido un profesor de un instituto de élite, con gafas de montura plateada; en público, educado y respetable. Por la noche, se disfrazaba y se iba a un bar de striptease; el dinero que ganaba dando clase lo metía como propina en el escote generoso de las bailarinas y les entregaba luego un látigo de cuero negro.
Al fin y al cabo, el núcleo del ser humano no es más que dinero, sexo y deseo; al chocar con la moral, engendran lo dramático.
Comparada con la de otros que había observado, la vida de Fang Yingli resultaba casi anodina, sin siquiera necesidad de seguir hurgando.
Y, aun así, Ren Yu no se cansaba.
Tenía el presentimiento de que, a través de esa vida pobre y de aquella piel hermosa, iba distinguiendo poco a poco un mundo interior vasto.
Al menos hasta que se revelara toda la verdad y se convirtieran en enemigos de verdad, pensó, aún podía ser un buen vecino: encontrárselo y preguntarle si quería un cigarrillo Lanzhou, o si esa noche necesitaba un «combate de boxeo» a pleno rendimiento.
Al día siguiente, Ren Yu estuvo siguiendo los pasos de Fang Yingli. Por desgracia, por la mañana fue al despacho de abogados y por la tarde al tribunal; no fue a Shuangcheng.
Al atardecer le envió una foto de Theta, desganado, tumbado en su caseta. No había terminado de escribir la frase siguiente cuando Fang Yingli respondió:
—¿No es un poco demasiado frecuente?
Ren Yu borró lo que llevaba escrito y, despacio, tecleó un «¿?».
Enseguida cayó en la cuenta: Fang Yingli había tomado la foto de Theta como una insinuación de que él quería θ. Y se arrepintió de haberle puesto ese nombre al perro. Mucho.
—… Solo quería preguntar: estos días parece un poco estreñido. ¿Alguna recomendación?
Los seis puntos suspensivos, mudos e incómodos, complacieron a Fang Yingli, que acababa de salir del juzgado y se pellizcaba el entrecejo. Imaginó la expresión indescriptible de Ren Yu y se le escapó una carcajada; luego escribió:
—Ejercicio y verduras secas. Si no, al veterinario.
Media hora después, Ren Yu vio que la ubicación de Fang Yingli había llegado a la entrada del complejo. Sin embargo, su punto no avanzó; se quedó allí. Pasaron veinte minutos enteros hasta que, por el telescopio, Ren Yu lo vio aparecer en la ventana del edificio de enfrente. Aflojó la corbata y dejó sobre la mesa del comedor una bolsa de plástico que llevaba en la mano. Ajustando el enfoque, Ren Yu distinguió el logotipo: la farmacia de la entrada del barrio.
¿Está enfermo? No me dijo nada, pensó. Luego vio a Fang Yingli abrir la nevera, sacar ingredientes y ponerse a preparar la cena.
Aquello ya empezaba a aburrir. Se frotó los ojos y estaba a punto de bajar el telescopio cuando, de pronto, Fang Yingli dejó el tomate y caminó hacia la puerta. Parecía que alguien llamaba. Era la primera visita que recibía desde que Ren Yu lo observaba. Sorprendido, se apresuró a ir al ordenador y se colocó los auriculares de escucha.
Fang Yingli miró por la mirilla y, acto seguido, abrió la puerta.
—Te dejaste los documentos para la visita en mi coche.
Era una voz femenina.
—Gracias —dijo Fang Yingli al recibirlos. Su cuerpo seguía bloqueando la entrada, sin intención de apartarse—. ¿Cómo has subido?
—Justo entraba alguien abajo —respondió ella, notando su falta de bienvenida, y añadió con buen talante—. ¿Qué pasa? ¿No me invitas a sentarme un rato?
Fang Yingli frunció el ceño, como si fuera a negarse, pero por algún motivo cambió de idea de repente. Dio dos pasos atrás y la dejó pasar. No le dio tiempo a sacar unas zapatillas; ella tampoco se anduvo con ceremonias y se calzó directamente las que antes había usado Ren Yu, entrando en el salón.
La dueña de la voz llegó por fin a la ventana. Ren Yu descubrió a una mujer joven, vestida con un traje sastre blanco, el pelo recogido en una coleta baja, pulcra y bien cuidada; llevaba un bolso de mano de Louis Vuitton nada barato, y desprendía un aire refinado y eficaz. Había que admitir que, de pie junto a Fang Yingli, hacían buena pareja.
De pronto, Ren Yu se dio cuenta de que, aunque se había acostado con Fang Yingli, en realidad no tenía claro si a este le gustaban solo los hombres o ambos sexos.
—¿Estabas cocinando? —preguntó ella, hojeando con desparpajo los ingredientes sobre la encimera—. ¿Ibas a cenar solo?
Fang Yingli, sentado en el sofá con las manos en los bolsillos, respondió:
—Ahora que ha venido la abogada Zhong, no ceno en casa. Salimos a comer algo; elige tú.
La señorita Zhong sonrió levemente. Se plantó ante Fang Yingli, se llevó con la mano derecha un mechón de pelo tras la oreja y se inclinó un poco. Ren Yu estaba seguro de que, desde el ángulo de Fang Yingli, era facilísimo ver el vaivén del pecho bajo el pronunciado escote en V.
La provocación era evidente, incluso con la seguridad implícita de llegar a la última base. Sin embargo, la mirada de Fang Yingli no descendió ni un ápice; se limitó a sostenerle la mirada, imperturbable.
Ren Yu, que al principio había estado curioseando, perdió de golpe el interés. Una maleza de irritación le brotó en el pecho. Apretó con fuerza los prismáticos contra las órbitas y, justo cuando cayó en la cuenta de que la farmacia a la que Fang Yingli había ido antes también vendía preservativos, abrió los ojos de par en par: vio a la señorita Zhong apoyarse en la rodilla de Fang Yingli, envuelta en los pantalones oscuros, y agacharse, diciendo con intención:
—El abogado Fang es un hombre inteligente. Sabrá que no he venido a cenar, ¿verdad?
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✔ Actualización extra del día: completada