Capítulo 4. Escucha clandestina

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Capítulo 4. Escucha clandestina

Fang Yingli giró el rostro para mirarlo. Más exactamente, lo clavó en una observación muy concentrada. Reparó en que Ren Yu llevaba en la cara una sonrisa ligera como el aire, como un globo: vistosa, multicolor, preciosa… y, a la vez, tan evidente que bastaría un pinchazo para hacerla estallar. Una sonrisa poco real.

Pero Ren Yu insistía en demostrar que su halago iba en serio. Le sostuvo la mirada sin esquivarla. Así quedaron, tironeando con los ojos de un lado a otro, hasta que Ren Yu percibió que Fang Yingli levantaba levemente los párpados, como si fuera a decir algo. Justo entonces, la luz del techo se encendió de golpe.

El retorno brusco de la claridad dejó la vista algo borrosa. Ren Yu parpadeó despacio una vez y, cuando recuperó el enfoque, vio a Fang Yingli de pie al lado izquierdo de la cabina, con una pierna ligeramente flexionada, apoyado, las manos en los bolsillos. De él emanaba una presencia fría y dura.

Aquella atmósfera indefinible se había evaporado por completo. La broma de antes ya no parecía cosa suya.

Como un sueño fuera de control.

Ahora el sueño había terminado y todo volvía a su cauce. Fang Yingli seguía siendo el abogado de élite, impermeable a todo; y él, el sujeto de segundas intenciones, capaz de cualquier cosa, de baja estofa.

Ren Yu sintió, sin saber por qué, que se aflojaba la tensión. Sin la protección de la oscuridad, había palabras que ya no podía permitirse. Sonrió con torpeza y retiró el comentario:

—Perdón. Me refería a un “me gusta” de admiración, nada más.

Fang Yingli se enderezó. Su expresión era neutra, como si no le importara gran cosa, y fijó la vista en los números del panel que ascendían sin pausa.

Piso diez.

Fang Yingli fue el primero en dar un paso. En el instante de salir, Ren Yu lo oyó preguntar:

—¿Cómo sabes que soy abogado?

Era más perspicaz de lo que había imaginado. Aun así, Ren Yu no creyó haber dejado ningún cabo suelto y respondió con naturalidad:

—Creo que en el club de combate todos te llaman “abogado Fang”. ¿No es así?

Fang Yingli lo dio por válido y no insistió. Abrió la puerta de casa y entró. El maestro Yang estaba medio metido en el mueble de la cocina, en una postura bastante lamentable; no se esperaba que pedir una llave inglesa llevara tanto tiempo.

—Se estropeó el ascensor —explicó Ren Yu, asomando la cabeza. Vio que Fang Yingli le acercaba de una patada unas zapatillas desechables. Se las calzó guiándose por el sonido y avanzó hasta la cocina para pasarle la herramienta.

—Uf, ha perdido bastante agua —el suelo estaba secado a medias, pero se notaba que hacía un momento había quedado empapado—. ¿Puedes con ello? Si no, lo miro yo.

—Casi está, solo que este tornillo no gira —gruñó el maestro Yang. Apretó con fuerza; el tornillo volvió a pasarse y, al aflojarse la válvula, el agua residual de la tubería salió disparada al instante.

Ren Yu cerró los ojos por reflejo, pero aun así acabó salpicado. El agua goteó desde su barbilla, oscureciendo el empapado del pecho. La camiseta blanca, fina, dejaba traslucir un tono de piel.

Hacía calor; mojarse era lo de menos. Pero la tela pegada al cuerpo resultaba incómoda. Se levantó el bajo para meter aire y acelerar el secado. Al alzar la vista, Fang Yingli le tendía una toalla seca.

—Gracias —Ren Yu se secó la cara y luego el pecho y los bajos del pantalón. La piel, tras el roce, adquirió un leve rubor; en el pecho, la fricción levantó relieves difíciles de disimular. Al alzar los brazos, el borde de la camiseta subió, estirando aún más una cintura ya de por sí larga.

Fang Yingli recordaba incluso la sensación en la mano cuando la había sujetado en el club de combate: fina y resistente, con aquellos hoyuelos en la espalda baja tan memorables.

Pero Ren Yu no era consciente de esa mirada cargada de significado. Al devolver la toalla, incluso sonrió, con un aire dócil:

—¿Hay secador?

Fang Yingli alzó la barbilla, indicándole que podía usar el baño sin problema.

Ren Yu se metió dentro y encendió el secador. El movimiento de muñeca era descuidado; en realidad, estaba distraído observando la casa.

Aunque llevaba días espiando aquel salón minimalista y frío a través del telescopio, el ángulo limitado le había hecho pasar por alto muchos detalles: un cubo de Rubik sobre el aparador; en la estantería, además de Borges, libros de economía, derecho y entrenamiento físico; y, en el estante más alto, incluso varios volúmenes de esquemas de armas militares.

También había pequeños hábitos de Fang Yingli: exprimía la pasta de dientes desde abajo y no usaba afeitadora eléctrica, sino cuchillas tradicionales.

Pero lo que más le llamó la atención fue una pila de carpetas sobre el aparador. Cada una llevaba una etiqueta para clasificarla, con nombres de distintas empresas. En una de ellas se leía: “Huan Yan Inmobiliaria”.

Fang Yingli parecía tener la costumbre de archivar y compilar la documentación de cada empresa. Aquella carpeta era un anzuelo de lo más tentador, y despertó en Ren Yu una curiosidad intensa.

Pero, evidentemente, no era un buen momento para acercarse a investigar. Palpó distraído el bolsillo del pantalón corto; dejó la ropa medio seca, apagó el secador y salió. Con la mano, tanteó una vez la parte inferior del mueble bajo.

Fang Yingli estaba en la cocina ayudando al maestro Yang a dar la última vuelta al tornillo y no reparó en lo que ocurría allí.

—¿Qué tal? —preguntó Ren Yu al entrar en la cocina.

—Listo —respondió el maestro Yang, devolviéndole la llave inglesa—. Gracias a ti.

Como vecino ejemplar, Ren Yu le devolvió una sonrisa sincera:

—No es nada, lo importante es que ya esté arreglado.

Cuando regresó a su casa, eran casi las doce. Ren Yu se quitó de un tirón la ropa húmeda, encendió el ordenador y, tras realizar la conexión, en los auriculares no tardó en oírse un tenue chisporroteo eléctrico. Ajustó y calibró, y entonces apareció el roce de unas zapatillas de estar por casa sobre el suelo, seguido del sonido abundante del agua corriendo.

En casa de Fang Yingli, había aprovechado para pegar a escondidas dos micrófonos: uno bajo la mesa del comedor y otro en el mueble bajo. Este último estaba muy cerca del baño y del dormitorio. A juzgar por todo, vivía solo y no tenía la costumbre de cerrar bien la puerta del baño.

El chapoteo del agua al caer sobre los azulejos producía un sonido sordo, capaz de despertar una especie de sinestesia: el bochorno húmedo del vapor, la fragancia intensa del gel; y, con ello, la imagen de Fang Yingli desabrochándose uno a uno los botones con esos dedos de nudillos marcados, quitándose la camisa y dejando al descubierto un cuerpo robusto, de piel tostada; las pupilas desenfocadas por el calor, la nuez prominente bajo el chorro, las fibras musculares brillando con el agua…

En medio de aquel rumor vago y constante, tuvo un sueño.

Primero, una voz que le preguntaba, liviana:

—¿Es bonito?

¿Bonito qué? ¿Fang Yingli? ¿Vestido? ¿O desnudo?

Estaba confuso cuando la voz volvió a preguntar:

—¿Es bonito?

Esta vez lo oyó con claridad. Era la voz de Fang Yingli. La palabra “miralo” salía apretada entre los dientes, con fuerza.

Luego sintió un dolor agudo en la raíz del cabello, tironeado de pronto: Fang Yingli le agarraba el pelo y lo obligaba a echar la cabeza atrás, girándolo para estrellarlo contra el cristal del baño.

Lo extraño era que él era a la vez quien estaba siendo oprimido y un tercero que observaba la escena, viéndose invadido. Vio sus propias palmas apoyadas contra el vidrio transparente, limpiando el vaho condensado: algunas zonas quedaban claras, otras apenas visibles. Vio su cuerpo, como si fuera líquido, siendo comprimido sin cesar, los pectorales aplanados y extendidos contra la superficie húmeda.

Era como si continuara la pérdida de control del ascensor. En ese sueño, se deshacía sin reservas de la ropa de Fang Yingli, arrancándole la camisa y el traje, y sin reservas también era desgarrado él mismo, exponiendo reacciones reales, sin ocultarlas.

En cierto sentido, entre todas las mentiras que le había dicho a Fang Yingli, había una que era verdad: que de verdad le gustaría.

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Para desbloquear: versión con ligeros recortes.

(NT: o lo que es lo mismo: se realizaron pequeños cortes y modificaciones para desbloquearlo de la censura. Igual que en capítulos anteriores).

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