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Ya estaban a punto de llegar al complejo residencial cuando el móvil de Ren Yu empezó a sonar. Fang Yingli notó claramente cómo se tensaba en el instante en que vio la pantalla, y cómo contestaba con un gesto apresurado.
—¿Qué pasa, tía Zhang?
Volvió a mirar de reojo y lo oyó decir a toda prisa:
—De acuerdo, voy enseguida.
—¿Adónde vas? Te llevo —propuso Fang Yingli.
—No te pilla de paso. Déjame en el cruce de adelante, bajaré a coger un taxi —dijo Ren Yu, mientras abría la aplicación para pedir uno.
Ante la negativa, Fang Yingli frunció el ceño.
—Es hora punta, no será fácil.
Ren Yu miró de nuevo el móvil: veintitrés personas en cola. Dudó un momento.
Por supuesto, no quería que nadie supiera lo de Meng Yin. Pero, en esa idea tan profundamente arraigada, parecía haberse abierto una rendija solo para Fang Yingli: le concedía el privilegio que da la confianza.
El origen de esa confianza era abstracto, sutil, imposible de definir. Si tenía que buscarle una base racional, quizá fuera porque Fang Yingli era abogado: creía que, incluso si algún día descubría su verdadera identidad, no reaccionaría con furia ni recurriría a métodos extremos.
Ren Yu apretó los dientes y, al final, dijo:
—Tercer Hospital. Gracias.
Fang Yingli configuró el navegador sin hacer ninguna pregunta más y aceleró de inmediato para incorporarse a la vía principal, en dirección a la circunvalación exterior.
Hasta hacía un momento, Ren Yu no paraba de soltar bromas y comentarios ligeros; ahora guardaba un silencio absoluto. Solo bajaba la cabeza para mirar una y otra vez el tiempo y la distancia que marcaba el GPS, visiblemente inquieto.
Fang Yingli entendía que tenía prisa y aumentó la velocidad todo lo posible sin infringir las normas de tráfico. Aun así, frenaba con suavidad, de modo que Ren Yu no sintió mareo alguno. Pero cuanto más cuidadoso era al volante, más culpable se sentía Ren Yu. Al principio había insistido en que no lo llevara porque Meng Yin era su punto más vulnerable; se protegía de él y, al mismo tiempo, tenía muy claro que no era una buena persona, valia por alguien que mereciera ser querido sin reservas.
Ren Yu dijo con sinceridad:
—Te he hecho perder tiempo, perdón.
Al oírlo hablar con tanta distancia, la línea de los labios de Fang Yingli se tensó. Mientras miraba por el retrovisor y giraba el volante, respondió:
—No tenía otros planes.
Al salir de la vía principal, tuvieron que atravesar varios semáforos. Era plena hora punta y el tráfico avanzaba con lentitud.
Ren Yu se inquietó un poco.
—¿No puedes ir un poco más rápido?
—Agárrate bien.
Al principio, Ren Yu no comprendió la importancia de esas dos palabras. Hasta que Fang Yingli pisó el acelerador a fondo y, como un relámpago, se coló entre los huecos del tráfico. En el momento en que el retrovisor derecho quedó a apenas un dedo de distancia del taxi contiguo y aun así lograron cruzar ilesos, se dio cuenta de que había sujetado sin darse cuenta el asidero del techo y tenía las palmas empapadas de sudor.
Aquella destreza al volante lo dejó boquiabierto.
—Antes, en el ejército, ¿eras conductor, no?
Era solo una broma al pasar. Pero Fang Yingli asintió.
—Sí. Estudié tanques durante medio año.
—…
Llegaron al hospital cinco minutos antes de lo previsto. Cuando Fang Yingli aparcó, Ren Yu habló con cautela:
—Subo yo solo.
Ante aquella clara invitación a marcharse, Fang Yingli se mostró sereno.
—¿Es tu madre la que está en este hospital?
A esas alturas, mentir delante de él sería inútil; lo descubriría al instante. Ocultarlo ya no tenía sentido. Tras dos segundos de silencio, Ren Yu respondió con un leve:
—Sí.
Así que dejó de oponerse y permitió que Fang Yingli lo siguiera. Entraron casi corriendo al hospital y se lanzaron hacia el ascensor directo.
Parecía que en un hospital nunca faltaba gente. Por todas partes había adultos de mediana edad con el rostro exhausto y el paso apresurado, ancianos temblorosos y desorientados, niños llorando a gritos. Personas al borde de la muerte encontrando una oportunidad de vivir, gente común enfrentándose a la desgracia; llegadas y despedidas, esperanza y desesperación, todas las caras de la vida apiñadas en un mismo rincón.
Cuarta planta.
—Tía Zhang, ¿qué ha pasado? —Ren Yu empujó la puerta de la habitación y se inclinó, apoyando las manos en las rodillas, sin aliento.
—Siempre tan atropellado —dijo la mujer, acercándole de inmediato un vaso de agua mientras le daba palmadas en la espalda para ayudarlo a respirar—. ¿No te dije por teléfono que vinieras despacio?
Cuando recuperó un poco el aliento, Ren Yu respondió:
—No podía, tenía prisa.
En la llamada le habían dicho que Meng Yin había mostrado una mínima reacción. Pensó que, si acaso despertaba —aunque fuera un segundo, diez segundos, un minuto—, con llegar a tiempo para verla y decirle una palabra le bastaría.
—Cuando le estaba limpiando el cuerpo a tu madre, se le movieron los dedos. Te llamé enseguida —dijo la tía Zhang, acomodando el edredón de Meng Yin—. El médico ya vino a verla. Dijo que era un espasmo nervioso normal, que no necesariamente significa que vaya a despertar. Pero, en general, que haya reacción es buena señal.
Al oír eso, Ren Yu se agachó de inmediato junto a la cama, tomó la mano de Meng Yin y la llamó.
—Mamá.
Lo dijo muy suave, como si temiera asustarla. El tono era uno que Fang Yingli nunca le había escuchado: el tono que se usa con la familia, cargado de una confianza absoluta, de la certeza de que el otro siempre responderá sin condiciones.
Pero la persona en la cama no reaccionó. No había conciencia alguna. Ren Yu fijó la vista en la punta de sus dedos: ni el más mínimo temblor.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres segundos.
Aquella esperanza tan plena se desinfló poco a poco, como un globo al que se le escapa el aire.