Capítulo 50: Canal del parto

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Capítulo 50: Canal del parto

En algunas noches de duermevela o en momentos en los que deseaba escapar con todas sus fuerzas, en la inmensidad de su subconsciente aparecían recuerdos del inicio mismo de su vida.

Un canal de parto estrecho, de un rojo oscuro. Sin espacio para darse la vuelta. Su cerebro parecía ya capaz de distinguir olores: humedad, putrefacción, hedor metálico y viscoso.

No había aroma a leche ni dulzura alguna; tampoco esa santidad adorable de la que hablaba la gente. El acto de dar a luz era, en esencia, algo primitivo, sangriento y sucio.

Nunca había agradecido a Meng Yin el hecho de haberlo traído al mundo. Lo que sí le agradecía era haberlo criado, incluso si el recién nacido que fue resultaba tan feo, incluso si este mundo era un lugar tan poco adecuado para criar a un bebé.

Y ahora, una vez más, atravesaba con dificultad aquel interminable “canal de parto” antes de caer en aguas turbulentas.

El instinto de supervivencia despertó la naturaleza que traía consigo desde el nacimiento. Movió desesperadamente las extremidades; el agua se precipitó dentro de su nariz y la arena se sedimentó en sus pulmones, capa tras capa, convirtiéndose en desierto, en conchas secas abrasadas por el sol.

Exhalaba entre burbujas, subía a la superficie y volvía a hundirse.

Era igual que aquel sueño que tuvo en el avión rumbo a Kunming. Taiyi lo rodeaba, tiraba de él, lo inducía a caer.

Toda su vida se había esforzado por ascender. De pronto pensó: si dejaba de agitar las extremidades, si dejaba de aferrarse a algo… ¿qué ocurriría?

¿Sería agradable?

Tan agradable como para Meng Yin.

Todos creían que ella sufría, que el cuerpo inmóvil de una paciente en estado vegetativo la aprisionaba. Pero tal vez su alma hacía mucho tiempo que era libre; quizá había ido a bucear en Singapur para contemplar los arrecifes de coral que tanto le gustaban, o quizá había viajado a Wellington, dejándose llevar por el viento que recorría aquellas inmensas praderas verdes.

Él también podía hundirse.

Si no quería ir a clases, podía tomarse un año sabático. Si no quería graduarse, podía dejar una asignatura pendiente y quedarse un año más. Si ya no quería esforzarse… podía simplemente hundirse.

Todo daba igual.

Meng Yin no lo culparía.

Mamá no lo culparía.

Entonces sintió de pronto una presión en el hombro. Alguien le dio un impulso mientras una voz decía:

—Sube. Tienes que subir.

Como el repique de una campana cayendo sobre su cabeza, aquella voz le entumeció los nervios desde la coronilla hasta la nuca.

Su mente quedó completamente en blanco. Todos sus pensamientos se rompieron de golpe. Movido solo por la inercia, reunió hasta la última pizca de fuerza y emergió violentamente a la superficie.

La luz del agua frente a sus ojos se iluminó de pronto. El sol dorado abrasaba la superficie del río; las enormes hojas verde oscuro de las plantas tropicales se extendían desde ambas orillas hacia el agua, y el silbato de un barco lanzó un sonido largo y agudo.

Había sobrevivido.

La respiración agitada le dejó una sensación punzante en los pulmones. Miró alrededor… pero Fang Yingli no estaba.

Sin saber por qué, recordó de golpe cada detalle de aquel sueño. Siempre habían permanecido enterrados en lo profundo de su subconsciente, pero en ese instante se volvieron reales: las olas furiosas, la corriente del agua… y el hecho de no poder encontrar a Fang Yingli.

—xue玭g zaǐ (*)

Quiso llamar el nombre de Fang Yingli, pero algo le bloqueaba la garganta.

¿Agua? ¿Arena?

Parecía que tampoco era eso.

Tenía miedo de llamarlo y no recibir respuesta. Miedo de que, si lo hacía, el sueño terminara convirtiéndose en realidad.

Justo cuando aquel terror inmenso estaba a punto de reventarle el pecho, la superficie del río, a unos veinte metros de distancia, se abrió de repente. Fang Yingli emergió del agua, levantando una cortina de salpicaduras vivas y un pequeño arcoíris.

Avanzaba de cara al frente, cubierto por una fina capa de destellos dorados. Y con su grito, las aguas del río parecieron volverse dóciles y tranquilas.

—¡Mira, un barco chino!

Ren Yu sintió que, aunque solía tener mala suerte en todo aquello que dependía del azar, esta vez habían sido increíblemente afortunados.

Por pura casualidad, el barco que pasaba los rescató. Por pura casualidad, era un barco chino. Y gracias a él pudieron regresar al país.

Tal como Fang Yingli había contado aquella noche en su historia, habían encontrado esa posibilidad perfecta que hacía que todo ocurriera de la mejor manera.

Cuando fueron a denunciar lo sucedido en la comisaría, Ren Yu entregó la cámara oculta y la grabadora que llevaba consigo. Antes de escapar, ya habían registrado pruebas más que suficientes, y gracias a la bolsa impermeable, ambos dispositivos seguían funcionando milagrosamente.

Mientras revisaba los archivos almacenados en la grabadora, Ren Yu descubrió por accidente un audio que él no había grabado.

La fecha indicaba dos noches atrás: la última noche que pasaron en Bhamo.

Ren Yu pulsó reproducir.

Primero sonó un ruido áspero y caótico, una mezcla de fricción y teclas siendo presionadas.

—Ah, perdón.

Una voz deliberadamente bajada de tono apareció de repente, como si estuviera avergonzada de haber manipulado mal el aparato.

—Creo que no sé muy bien cómo usar esto… Ya está, ahora sí.

A esas alturas ya podía distinguirlo: era la voz clara y limpia de Ah-Zhuo.

Probablemente, antes de devolverles la bolsa con el equipo, había encontrado la grabadora dentro y había intentado registrar aquel mensaje.

Una oleada de amargura le llenó el pecho a Ren Yu. Entre el leve canto de insectos que sonaba de fondo, escuchó a Ah-Zhuo continuar:

—Si pueden escuchar esta grabación, significa que lo lograron. Pensar que todos podrán volver a casa me hace realmente feliz. Aunque fui yo quien escapó de casa al principio, en realidad extraño muchísimo Jinghong. A veces sueño con mamá regañándome por volver otra vez todo sucio, y aun así me siento muy feliz… Pero yo… probablemente ya no pueda regresar.

Después se oyó una risa muy suave y resignada de Ah-Zhuo, mezclada con esa respiración turbia que dejaba el hábito de mantener la voz reprimida durante tanto tiempo.

—Si de verdad ya no estoy… por favor, entréguenle esta grabación a Ah-Min.

Hizo una breve pausa y luego se aclaró la garganta con solemnidad.

—Ah-Min, quiero decirte que lo siento. No supe cuidarte bien. Desde pequeños siempre me llamaste hermano Ah-Zhuo, y yo también quería ser un buen hermano, pero cometí muchos errores. Por ejemplo, cuando escapaste de casa y me dijiste que querías venir conmigo… yo sabía perfectamente que eso estaba mal, pero estabas tan feliz, tan emocionado, que terminé cediendo y permitiéndolo. También fui tan estúpido como para traerte al norte de Myanmar… Y hubo demasiados momentos en los que fui incapaz de hacer nada. Por eso preferiría entregar mi vida si con ello pudiera hacer que todo en la tuya volviera al camino correcto.

 «—Pero después de pensarlo mucho, confirmé que entre todos esos errores no está el haber aceptado y correspondido a tus sentimientos. De hecho… quizá sea la única cosa correcta que hice en toda mi vida.»

 «—Tampoco tienes que preocuparte por mí. Mamá decía que cometer errores no importa, siempre que uno se arrepienta y trate de compensarlos. Cuanto más se esfuerce una persona, un poco más la perdonará Buda, y así sufrirá menos después de morir, incluso en el infierno.»

 «—Además… yo ya he visto el verdadero infierno. De ahora en adelante, todo será el paraíso.»

 «—Vive bien, tal como prometimos.»

  «—Adiós, Ah-Min.»

El audio terminó abruptamente allí.

La grabación fue sellada dentro de una bolsa de evidencias, esperando el día en que pudiera llegar a manos de Ah-Min. Para decirle que alguien había luchado por su libertad. Para decirle que incluso el amor más oculto podía florecer entre las grietas de las piedras. Para decirle que una vez tuvo –y seguiría teniendo siempre– lo más valioso del mundo, y que viviría llevando eso consigo.

Al tercer día de descanso en Mangshi, Ren Yu arrastró a Fang Yingli al mercado nocturno para cenar algo.

El pequeño local al aire libre estaba abarrotado. El ambiente era bullicioso y lleno de humo y calor, como si fuera una sauna; el sudor se pegaba al cuerpo.

—¡Listos los panecillos fritos de la mesa doce!

El acento era tan cerrado que apenas pudo distinguirse el número doce. Ren Yu estaba a punto de levantarse cuando Fang Yingli se puso de pie antes que él.

—Iré yo.

Al cabo de un rato regresó cargando una vaporera, como una locomotora de vapor ambulante. El vaho ascendía y le cubría por completo las facciones.

Ren Yu llevaba rato esperando con el cuenco en la mano. Apenas la vaporera tocó la mesa, tomó uno de los panecillos y se lo metió en la boca sin esperar; el calor lo hizo jadear de inmediato.

Lo primero que sintió fue el aroma de las cebolletas y el sésamo espolvoreados encima. Luego, bajo los dientes, la base crujiente y dorada del panecillo. Al romperse, el caldo de carne explotó en su interior, llenándole toda la lengua de un sabor intensamente fresco y dulce.

Parecía que solo la comida podía hacer que uno olvidara temporalmente las cosas pesadas.

Pescado cocido con papaya agria, paoluda, fideos de arroz con crema de soja.

La comida hacía que las personas siguieran adelante.

En el viejo televisor colgado de la pared emitían con entusiasmo las noticias nocturnas. En pantalla aparecía un operativo conjunto entre la policía china y la birmana contra un centro de estafas telefónicas en Bhamo que estaba a punto de ser trasladado. El noticiero decía que los ciudadanos chinos involucrados probablemente podrían volver pronto a casa.

Un poco antes, Deng Weizhi le había enviado un mensaje a Ren Yu diciendo que, debido al reportaje urgente de Monsoon Weekly y al testimonio de Lu Yin, Liao Xiuming había sido arrestado bajo sospecha de delitos económicos.

Resultó que su imperio empresarial no era tan glorioso como aparentaba. La falta de liquidez lo había llevado a correr riesgos desesperados, y ahora lo esperaba el juicio de la ley. Al mismo tiempo, la inmobiliaria Huan Yan también tendría que asumir responsabilidades legales y efectuar las compensaciones económicas correspondientes.

Frente a todas esas noticias, Ren Yu no mostró una alegría ni un alivio excesivos.

Se veía tranquilo.

O más bien, durante esos tres días se había mantenido ocupado deliberadamente, evitando dejarse tiempo para pensar. Estaba especialmente entusiasmado con arrastrar a Fang Yingli de un lado a otro.

El día anterior, apenas descansaron un poco, lo llevó al parque de pavos reales y pasó media tarde persiguiendo por todo el recinto a un pavo real blanco que se negaba a abrir la cola. Al día siguiente fueron a la selva tropical; llovió y volvieron completamente empapados. Cuando acababan de abrir la puerta del baño para ducharse, se encontraron cara a cara con una serpiente de vientre verde. Entre los dos y el dueño del hostal tardaron muchísimo en echarla afuera. Esa noche incluso jugaron mahjong con la propietaria del hostal; por suerte apostaban cacahuetes, porque de otro modo habrían perdido una fortuna.

Ren Yu se divertía como un loco. Parecía completamente normal.

Pero Fang Yingli sabía que, bajo aguas tranquilas, corrían corrientes profundas. En el interior de Ren Yu se estaba desarrollando una auténtica tormenta.

En realidad, tanto en el periodismo como en el sistema judicial, cada caso era como una obra de teatro.

Ellos eran los actores.

Leían el guion, preparaban las emociones, hacían todo lo posible por meterse en el papel y se lanzaban a la escena sin reservas. Y cuando todo terminaba, el agotamiento y el vacío invadían el cuerpo.

Necesitaban salir del personaje.

Y ese proceso solo podía depender de uno mismo.

—¿Cuándo llegarán las maletas? —preguntó Fang Yingli.

Sentía que, si no le decía algo a Ren Yu, aquel hombre iba a seguir comiendo hasta desmayarse.

Más tarde, Ren Yu había contactado al casero chino para pedirle que enviara el equipaje que habían dejado allí. El paquete ya estaba en camino, pero tenía que pasar controles fronterizos, así que tardaría un poco.

Por suerte, las cosas importantes seguían dentro de la bolsa del equipo; al menos no estaban completamente arruinados.

—En un par de días, supongo.

Ren Yu terminó la primera vaporera y la apartó, dejando al descubierto la segunda: papaya al vapor con lirio y azúcar de roca como postre.

Mientras cambiaba de cuchara, finalmente hizo una pausa.

—Yo también tengo prisa. Si no llega pronto, me voy a quedar sin ropa interior limpia.

—Creo que había una tienda de ropa en la calle del mercado nocturno.

De esas diminutas, tipo mayorista de ropa barata.

Fang Yingli se levantó.

—Sigue comiendo. Voy a dar una vuelta.

Cuando Ren Yu terminó de comer, Fang Yingli regresó justo a tiempo. Llevaba una bolsa en la mano, con aspecto de haber salido directamente de un mercadillo barato.

Ren Yu lo encontró divertido y lo observó sonriente, apoyando la barbilla sobre la mano.

Fang Yingli tenía hombros anchos y cintura estrecha, con una elegancia natural. Pero allí, mezclado entre el humo y el bullicio callejero, vistiendo una simple camiseta blanca y cargando una bolsa roja de plástico barata, desprendía una extraña sensación de marido dócil y hogareño.

—¿Ya compraste?

—Sí. Lo vendían al peso, así que agarré un montón al azar.

Ren Yu soltó una carcajada.

Cuando alguien tan serio como Fang Yingli hacía una broma, el efecto era el doble de gracioso. Los ojos de Ren Yu se curvaron en una sonrisa. Justo cuando Fang Yingli iba a volver a sentarse, él dejó caer los palillos y preguntó:

—Vamos. A la Gran Pagoda, ¿vienes?

—¿A estas horas?

—Sí.

Ren Yu sonrió.

—Precisamente a estas horas.

── ⋆⋅𖤓⋅⋆ ──

Séquense las lágrimas, que de aquí en adelante viene lo dulce con un poquito de amargura.

* “約” no es un error tipográfico; aquí realmente se pronuncia yāo (primer tono) y significa “pesar en una balanza”.

Nota traductora: El texto original presenta aquí la secuencia “xue玭g zaǐ”, que el autor indica que debe conservarse tal cual. Podría tratarse de una representación gráfica o fonética de un sonido inarticulado, o de una clave interna.

Nota revisada: la secuencia “xue玭g zaǐ” carece de significado relevante, solo fue usado para hacer enfasis en que el personaje no era capaz de hablar correctamente.

En todo caso lo más aproximado a su “significado” sería:

—Xue… zai… (como intento fallido de pronunciar el nombre de Fang Yingli).

 

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x