Capítulo 9. Seguimiento

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Capítulo 9. Seguimiento

Ese cumpleaños resultó de lo más extraño. Dos tercios de los asistentes eran personas a las que apenas conocía o con las que solo se había cruzado un par de veces; por eso recibió regalos que no tenían nada que ver con sus gustos, y además un beso de un hombre con el que tampoco tenía demasiada confianza. Comparado con todo lo demás, ese último, curiosamente, fue el que más dio en el clavo.

Y el hombre que le había dado ese “regalo” estaba, en ese mismo momento, como de costumbre, en el edificio de enfrente, leyendo a Borges con serenidad.

Ren Yu se sentó en la cama, abrió el portátil sobre las rodillas y conectó la grabadora. Los archivos de audio se transfirieron al ordenador. Sus dedos se quedaron suspendidos un instante; al final, hizo clic en uno de ellos.

De fondo, un sonido con eco del equipo de música, mezclado con jadeos pesados y el chapoteo húmedo que provocaban lenguas entrelazadas.

No había llevado la grabadora ese día para grabar eso.

El calor volvió a subirle hasta el pabellón fino de las orejas. Ren Yu hizo clic con el botón derecho; el cursor se detuvo sobre Eliminar. Sus dedos vacilaron y, al final, apretó los ojos con fuerza y cerró el portátil de golpe, con un clac seco.

Durante los dos días siguientes, Ren Yu evitó deliberadamente el asunto y no volvió a aparecer de forma activa delante de Fang Yingli. En apariencia, se decía a sí mismo que era para esquivar sospechas; en el fondo, lo que quería era huir de esa pizca de incomodidad.

No era ningún lirio de cumbres inaccesibles; más bien, de los que se revuelcan en el barro y beben hoy todo lo que haya para hoy. Lo único extraño era que nunca había sentido algo así por ninguno de sus objetivos. Al fin y al cabo, todo era teatro: si uno era tan necio como para enamorarse de verdad usando una identidad falsa, eso ya era otro cantar.

Pensándolo en frío después, aquella noche tan voluptuosa –alcohol, luces, música, pista de baile, un espacio cerrado–, dos hombres adultos… que pasara algo era de lo más normal. Un beso inesperado solo significaba que, en ese momento, el otro tenía una necesidad sexual; no necesariamente dirigida a él, ni mucho menos una intención de ir más allá.

Abajo sonó el motor de un coche al apagarse. Ren Yu miró hacia la calle por la rendija de la cortina: era la hora a la que Fang Yingli volvía a casa. Al bajarse del coche, llevaba otra vez un transportín; dentro, encogido, había un cachorro blanco y negro, sucio, lo que despertó su curiosidad.

Ya en casa, Fang Yingli se hizo un filete. Parecía el tipo de hombre que cocina bien: cada paso medido al detalle, con una elegancia extrema; incluso al alzar el cuchillo de filo frío para cortar, no había un gesto de más. El filete estaba al punto, y cada vez que las fibras se abrían, brotaba un jugo rojizo.

Eso hizo que a Ren Yu le vinieran a la mente aquellas fotos horribles de maltrato animal que circulaban por el grupo del vecindario.

Tras la cena, Fang Yingli volvió a coger el transportín y salió de nuevo.

No había forma de localizar su destino; solo quedaba el método más antiguo: seguirlo. Ren Yu se puso una gorra, bajó la visera y salió detrás. Paró un taxi.

—Conduzca detrás del coche de delante.

El taxista le lanzó una mirada por el retrovisor, con toda parsimonia bajó el letrero de libre y, con un acento indefinible, dijo:

—Deja de ver tantas pelis de Hong Kong, hombre.

Ren Yu se quedó sin palabras. Vio cómo el Audi A4L negro de Fang Yingli giraba a la derecha y desaparecía de su vista. Se agarró con urgencia al asiento delantero.

—¡Rápido, maestro!

El taxista metió marcha y pisó a fondo. Ren Yu salió disparado contra el respaldo, casi empotrado.

—…

—Tranquilo, que lo seguimos.

El coche de Fang Yingli se detuvo frente a un centro de mascotas. Ren Yu observó desde el cruce de la esquina; cuando el otro entró, bajó del taxi y fue tras él.

El conductor tenía buena mano: Ren Yu sospechó incluso que había hecho de chófer en algún rodaje. El caso es que ahora le daban ganas de vomitar.

Volvió a bajar la visera y se acercó al centro. Desde fuera no vio a Fang Yingli, lo que le dio un vuelco al corazón, y entró de inmediato.

Era un centro integral: clínica, peluquería, venta y alojamiento. Todo parecía muy formal; no había rastro de las cosas horribles que él había imaginado. Justo cuando empezaba a tranquilizarse y a darse la vuelta para irse, oyó a su espalda la voz de Fang Yingli.

—Señor Ren, qué casualidad.

Ren Yu cerró los ojos un instante, respiró hondo y se giró con una sonrisa natural.

—Señor Fang.

Entonces se dio cuenta de que el transportín que Fang Yingli llevaba en la mano estaba vacío.

—No sé si el señor Ren ha venido aquí para… —Fang Yingli hizo una pausa sutil, como si hubiera captado el verdadero motivo de su presencia, y esperó con paciencia su respuesta.

Seguirte, pensó Ren Yu. Pero no podía decirlo.

Un olor tenue a excrementos animales flotó en el aire, acrecentando las náuseas. Ren Yu tragó saliva; el pomo de su nuez subió y bajó mientras buscaba desesperadamente una respuesta dentro de su campo de visión.

Aquí todos llevaban o bien un transportín en la mano, o bien un gato o un perro en brazos; solo él estaba con las manos vacías.

En ese breve recorrido, Ren Yu vio al cachorro que Fang Yingli se había llevado el día que fue al club de boxeo: ahora estaba bien limpio y saltaba sin parar dentro de una vitrina de cristal.

—Quiero comprar una mascota —respondió por fin Ren Yu.

—¿Perro o gato? —preguntó Fang Yingli. Su mirada se deslizó desde la visera, hundida muy abajo, hasta esos labios que ya habían probado un beso; eran más firmes de lo que aparentaban.

Los gatos eran demasiado delicados; los perros, mejor. Además, siempre podría aprovechar los paseos para “encontrarse” con Fang Yingli.

—Un perro.

—¿Te gusta inteligente o tonto?

—Mejor inteligente. Me gustan los inteligentes.

—Te recomiendo un pastor alemán o un border collie —dijo Fang Yingli—. Esto lo lleva un amigo mío; di mi nombre y te hacen un veinte por ciento de descuento.

La sonrisa, prendida en el rabillo de sus ojos, tenía un filo oculto; por eso, la frase sonó a broma, casi a puya.

No fue hasta que un cuidador le metió una correa en la mano cuando Ren Yu cayó en la cuenta de que el descuento era real… y de que él había ayudado a subirle las ventas a otro.

Un cachorro negro y peludo de pastor alemán se sentó en el suelo, ladeó la cabeza y miró a su nuevo dueño con unos párpados de un negro puro; una oreja todavía no se le había levantado y caía medio doblada sobre la frente.

Parecía que también habría que comprarle una cama, pienso y empapadores.

Fang Yingli se pasó la lengua por el interior de la mejilla, con expresión de quien disfruta del espectáculo.

—Señor Ren, siga mirando. Yo me voy.

Ren Yu no hacía negocios a pérdida. El dinero ya estaba gastado; pasara lo que pasara, hoy tenía que conseguir su WeChat. Le cortó el paso un instante. Fang Yingli giró la cabeza hacia él, frunció el ceño y esperó a que hablara.

Los labios de Ren Yu se movieron; tenía el rostro algo verdoso.

Al segundo siguiente, su nuez se contrajo con violencia. De forma refleja, se agarró al brazo de Fang Yingli y, con una arcada, vomitó a sus pies.

—…

—…

En la sala de descanso, Fang Yingli estaba recostado en la silla, observando con interés cómo Ren Yu echaba la cabeza atrás y bebía agua a grandes tragos. Su nuez era redondeada, como un pequeño hueso de dátil; en el rabillo de los ojos quedaba un leve enrojecimiento, y la piel se le había teñido de rubor por las violentas náuseas.

La gente de piel clara era así: parecía frágil y delicada; en la cama, quizá, lloraría.

Cuando Ren Yu levantó la vista y captó la mirada cargada de intención de Fang Yingli, leyó en ella, sin saber por qué, unas palabras muy claras: regodeo ajeno.

—Perdón —murmuró Ren Yu, bajando los ojos hacia el borde del zapato del otro, salpicado de suciedad.

—¿Necesitas ir al hospital?

—No.

Solo era mareo. No iba a decir que se había puesto a vomitar por perseguir su coche.

Se justificó de forma torpe:

—Puede que el aire acondicionado esté demasiado fuerte.

Fang Yingli apoyó la barbilla en la mano; su expresión seguía siendo neutra.

—Qué lástima.

—¿Lástima por qué? —preguntó Ren Yu.

—Si hubiera sido otra persona, quizá debería haberle dicho que se apoyara en mí y le habría dado mi ropa —Fang Yingli se puso en pie. Ese día llevaba una camisa informal de corte amplio, de un beige suave, que ocultaba lo afilado de su interior y dejaba traslucir un aire perezoso—. Lástima que solo lleve esta.

Ren Yu sentía que se veía bastante lamentable: no solo había manchado los zapatos del otro, sino que además le había hecho perder tiempo. En ese momento, pedir algo parecía tener pocas probabilidades de éxito, pero aún así levantó el móvil.

—La ropa da igual; lo que no sé es si sería posible añadirnos en WeChat.

Fang Yingli lo miró. En el fondo de sus ojos había algo parecido a una masa de agua profunda e insondable; imposible leer la emoción.

Ren Yu no logró descifrarlo, así que se apresuró a explicarse:

—Como compensación por la tintorería. Cuando mandes a limpiar los zapatos, te transfiero el dinero.

Fang Yingli no confirmó ni negó nada. Mostró un código QR. Ren Yu lo escaneó y, cuando Fang Yingli salía ya por la puerta, envió la solicitud de amistad.

Mandar solo un «Soy Ren Yu» habría sido demasiado vulgar. Fang Yingli tenía mil razones para ignorarla o rechazarla.

Pero para alguien aficionado a los juegos de cuadrícula de nueve casillas, las ganas de resolver un enigma y ganar deberían imponerse a cualquier otra cosa.

Así que el mensaje de la solicitud decía:

1 + 0 = ?

No hubo respuesta.

Bajo un sol deslumbrante, Ren Yu miró el móvil una y otra vez, sin novedades. Hasta que, cargado con bolsas grandes y pequeñas y llevando de la correa al cachorrito de pastor alemán, entró dando tumbos en el complejo residencial. Entonces el teléfono vibró dos veces.

Fang Yingli ha aceptado tu solicitud de amistad.

Y, además, envió la respuesta:

θ (Letra griega “Zeta o theta”)

────୨ৎ────

Ren Yu (emocionado):
—Oye, este tío hasta en lo raro va en la misma frecuencia que yo.

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