Capítulo 11

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Capítulo 11. La mantis

Era una notificación que no dejaba margen alguno.

La última palabra quedó aplastada hasta reducirse a un simple soplo. Antes de que ese aliento reprimido se extinguiera, Ren Yu rodeó con fuerza la cintura de Fang Yingli, alzó el rostro y lo besó. Temía que el otro lo rechazara, así que la fuerza del beso fue brutal, como una imposición. Un leve sabor a sangre estalló sobre su lengua: sus dientes habían roto el labio de Fang Yingli.

Las pupilas de Fang Yingli se estremecieron, pero enseguida se negó a quedar en desventaja y devolvió el beso con la misma dureza. La nuca de Ren Yu chocó contra el muro de flores con un golpe sordo y breve. Fang Yingli no ofreció ni rastro de ternura; al contrario, empujó con más fuerza hacia atrás y, con todo su cuerpo, encerró a Ren Yu en la sombra de luz incierta bajo el muro, decidido a que pagara el precio de haberlo atacado primero.

Las campanillas trepadoras del muro cayeron sobre sus hombros; las ramas y hojas rozaron la piel, provocando un cosquilleo adormecedor que tiñó de rubor las mejillas de ambos.

Al sentir el enredo de las lenguas, Ren Yu abrió los ojos de par en par y fijó la mirada en el rostro de Fang Yingli. Tenía el ceño apenas fruncido, pero no abrió los ojos, como si de verdad estuviera disfrutando del beso.

La puerta corredera, oxidada por los años, chirrió con un sonido áspero al abrirse. Ren Yu oyó a Zhang Xiang salir y cruzar la mirada con quien subía por la escalera.

—Usted… buenas tardes. Vengo a recoger unos manteles limpios —dijo un camarero. Al parecer, abajo no había suficientes y lo habían enviado a buscar los que ya se habían secado.

Zhang Xiang se frotó el entrecejo y le hizo un gesto para que se marchara rápido, luego desvió la mirada hacia el muro de flores.

El cuerpo de Ren Yu se tensó por completo. Con la palma sudorosa apretó el cuello de la camisa de Fang Yingli. Le pareció oír a Zhang Xiang dar un par de pasos en su dirección. En ese momento, la mano de Fang Yingli subió y le arrancó la camisa que llevaba metida dentro del pantalón; la palma ardiente se apoyó directamente sobre su cintura desnuda.

Todo podía valer: besos, mordiscos, frialdad, incluso el rechazo. Pero no eso. No tocar, no dominar, no contrarrestar, no apretar. No con esa mano que provocaba y avivaba su deseo.

Y menos aún bajo una mirada ajena.

El cuerpo de Ren Yu comenzó a convulsionarse. Dejó escapar un gemido ahogado y pesado. Zhang Xiang se detuvo; volvió hacia la terraza y se inclinó para decirle a Liao Xiuming:

—Una pareja follando y un camarero.

Liao Xiuming asintió, sin intención de seguir con la conversación. Salió también y lanzó una mirada en dirección a Ren Yu. A través de los huecos del muro de flores se distinguía vagamente una franja de cintura firme bajo la camisa blanca, y se oía una respiración turbia, casi imperceptible.

Liao Xiuming se presionó la comisura de los labios y le dedicó a Zhang Xiang una mirada oscura, cargada de doble sentido.

—Je, bastante picante.

Zhang Xiang rió con él y ambos bajaron juntos.

Los pasos se desvanecieron.

No se sabía cuándo exactamente.

El beso no terminó hasta que el aliento se agotó por completo; no se interrumpió antes de tiempo solo porque Liao Xiuming se hubiera marchado.

Al final, los labios de ambos se separaron de manera natural, compartiendo el oxígeno escaso de aquel espacio reducido. Fang Yingli pasó la punta de la lengua por la herida del labio, sacando un leve sabor a óxido. Bajó la mirada para examinar a Ren Yu: lo vio jadeando, con un velo de embriaguez por la falta de aire en los ojos. Ren Yu alzó la cabeza para encontrarse con su mirada y, rozando los dos labios que acababan de ser mordidos con saña, se quejó con total franqueza:

—Hace un momento me empujaste contra ti.

Si de reacciones se trataba, ambos las habían tenido; no tenerlas habría sido lo extraño. Fang Yingli no mostró el menor apuro, solo lo acorraló con una pregunta:

—Señor Ren, ¿no piensa darme una explicación?

Ren Yu levantó el brazo y mostró el interior de la manga, a la altura de la muñeca:

—Me manché con vino y estaba buscando el baño. Sin querer oí la conversación del señor Liao y del señor Zhang. Sentí que estaba fuera de lugar, así que te pedí prestado como coartada.

A su juicio, la explicación sonaba de lo más natural.

—Eso sí, no esperaba que el señor Fang también estuviera aquí.

A juzgar por eso, durante el beso no había estado nada concentrado: toda esta cadena de cálculos y palabras ya estaba preparada.

Fang Yingli dejó escapar un bufido breve y frío, como si aceptara la versión. Dio un paso atrás y levantó la mano para arreglar con parsimonia el cuello de la camisa que Ren Yu le había arrugado al agarrarlo. Con los dedos angulosos sujetó la corbata y la ajustó hacia dentro.

Un gesto tan simple bastó para que el fuego en el bajo vientre de Ren Yu no solo no se apagara, sino que ardiera con más fuerza. Se obligó a apartar la mirada y bajó la cabeza para volver a meterse la camisa dentro del pantalón.

En realidad, no había pasado nada, pero aquella escena tenía inexplicablemente un aire de “vestirse después”. Y, de manera evidente, Ren Yu era el más descompuesto de los dos.

Por un instante pensó que no había sido él quien había usado a Fang Yingli para esquivar un desastre, sino que, como la mantis que acecha a la cigarra, había acabado siendo atrapado por el gorrión que venía detrás.

La idea no le resultó nada agradable.

Pero el trabajo seguía siendo trabajo, el pago final lo estaba esperando y, ya que el encuentro había sido fortuito, ¿por qué no tender otra red y cazar un gorrión más?

Ni él mismo sabía si quería cumplir la misión o si simplemente el ambiente lo empujaba. Miró el reloj y dijo:

—Vamos, ¿tomamos otra copa?

Para su sorpresa, Fang Yingli no se negó. Ambos llamaron a un conductor y se marcharon para continuar la noche en el bar Qian Ye.

Chu Weiyi estaba preparando cócteles. Al ver a Ren Yu entrar con Fang Yingli, lo entendió al instante y, muy considerado, lo llamó “señor Ren” sin detener las manos: añadió hielo y purpurina comestible; usó whisky como base, exprimió limón, lo midió con el vaso medidor y lo vertió en la coctelera. Los cubos de hielo tintinearon con estrépito mientras agitaba, y luego sirvió el contenido en dos copas altas, que deslizó hasta ellos.

—Es una receta nueva, pruébenla.

Tras una noche de tensión extrema, Ren Yu por fin se relajó. En su mirada asomaba el cansancio; con pereza, removía con los dedos la hoja de menta clavada en la copa. El líquido violeta brillante giraba sin cesar, como un vasto universo color de rosa.

—¿Cómo se llama?

Chu Weiyi sonrió con doble intención.

—Stealer.

¿Robar? Ni hablar.

A Ren Yu le dio un salto el párpado y le lanzó una mirada significativa. Chu Weiyi se divertía tanto que apenas pudo contener la risa; se llevó las copas vacías y se alejó.

—Disfruten.

Al volver a mirar a Fang Yingli, lo examinó con ojos de cazador, entrecerrando ligeramente los párpados. Él era así: pupilas negras como la noche que, al fijarse en algo, se volvían afiladas.

A Ren Yu se le erizó un poco el cuero cabelludo. Levantó la copa y dio un gran trago. El ardor del alcohol y la acidez del limón le atravesaron la garganta; cerró los ojos con fuerza.

—Pruébalo, no está mal —dijo, alzando la copa a modo de brindis.

Sintió cómo el calor del alcohol subía y se quitó la chaqueta del traje, dejándola sobre el respaldo de la silla. Se aseguró de que el lado del broche quedara hacia arriba y, de paso, se desabrochó a propósito los dos primeros botones de la camisa. Las luces multicolores dibujaron en sus clavículas un relieve marcado, con sombras cargadas de ambigüedad.

Fang Yingli dio un sorbo, bajó un poco la mirada y contuvo el filo de sus ojos.

—El señor Ren luce muy bien con ropa formal.

Desde el momento en que Ren Yu había entrado, lo había visto. Mucho más correcto que aquella imagen despreocupada que recordaba del complejo residencial: la languidez desordenada se había recogido por completo, resaltando la belleza de su estructura ósea. No sabía bien cómo explicarlo; Fang Yingli sentía que Ren Yu tenía un aire natural de literato: por muy callejero que pareciera, no lograba ocultar la distinción que llevaba en los huesos.

Ren Yu sonrió.

—No suelo ir a este tipo de eventos. Solo escuché que se podía hacer algo de negocio y fui porque me lo presentó un amigo. Al final, como era de esperar, no es lo mío: casi termino ofendiendo a alguien como Liao Xiuming.

Luego hizo un gesto con la mano y añadió:

—Además, a estas alturas, con la relación que tenemos, llámame Ren Yu. Nada de “jefe o señor”.

—¿Ah, sí? —Fang Yingli lo encontró divertido—. ¿Y qué relación tenemos?

—La de sentarnos en la misma mesa a beber —Ren Yu volvió a alzar la copa y, de paso, echó la cabeza atrás para terminarse el Stealer de un trago. Le quemó el pecho entero, así que pidió otro tequila helado para bajar la temperatura.

Tras dos copas, empezó a sentir calor en la cara; incluso el pequeño lunar a la derecha del puente de la nariz se le tiñó de rojo.

—¿Te graduaste en la Universidad A? —preguntó de pronto Fang Yingli.

—Sí —respondió Ren Yu—. Filología china. Una carrera interesante, pero bastante pobre.

—¿En qué sentido interesante?

La mirada de Ren Yu se quedó un poco perdida, mitad por el alcohol, mitad por los recuerdos.

—En primero y segundo escribía poesía torcida y andaba metido en el club de literatura. Las asignaturas de la carrera también eran curiosas —apoyó la barbilla en la mano y clavó los ojos en Fang Yingli—. ¿Sabes que el autor de Viaje al Oeste no es Wu Cheng’en? En aquel momento pensé: “maldita sea, me han engañado durante años”.

—Luego, en tercero y cuarto, me juntaba con gente de filosofía, historia y comunicación; aprendíamos un poco de todo —como si de repente recordara algo, dio una palmada en la mesa—. ¡Ah, cierto! En cuarto hice performance art. Las fotos se colgaron en la web de la universidad y causaron un revuelo tremendo, pero no duraron ni 48 horas antes de desaparecer con un 404. ¿No es gracioso?

NT:El “404” hace referencia al error estándar de internet llamado Error 404 Not Found, que indica que la página ya no existe o no se puede encontrar en el servidor.

Los ojos de Fang Yingli se entrecerraron levemente.

Era una serie de fotografías sobre la protección del océano. Él las había visto.

En ellas, Ren Yu estaba de pie sobre una roca, cubierto por una enorme cúpula de cristal transparente. Al fondo, el cielo y el mar se fundían en un crepúsculo gris y apagado. Estaba desnudo, completamente desnudo; su cuerpo húmedo se enredaba con algas verde oscuro que ocultaban las marcas rojizas pintadas sobre la piel, simulando heridas.

En aquel entonces, Ren Yu aún vivía en la torre de marfil, sin haber sufrido los vaivenes del mundo. Era romántico y desenfrenado, llevaba el pelo semilargo cayéndole sobre el cuello. Tenía una pierna flexionada y se cubría el pecho y las partes íntimas con los brazos cruzados, pero no del todo: desde los abdominales desnudos hacia abajo todavía se distinguía vagamente un cuerpo de líneas hermosas.

No esquivaba la cámara en absoluto. Bajo el embate de las olas a su espalda, miraba de frente. Su mirada era demasiado singular: si solo hubiera sido vacío, habría resultado vulgar; en sus ojos crecía el deseo salvaje.

Era la mirada de alguien que sabía lo bella que era su desnudez, que la exhibía y provocaba a otros a invadirla.

Demasiado salvaje. Eso fue lo que pensó Fang Yingli la primera vez que vio aquella foto.

Ni siquiera la palabra “atrevido” era adecuada. “Atreverse” implica vencer algo, tener un objetivo, una intención. “Salvaje”, en cambio, no necesita vencer nada: es la propia naturaleza, por encima de la moral y de las reglas.

La serie se eliminó rápidamente y el original se volvió casi imposible de encontrar, pero grabaciones de pantalla o capturas seguían circulando en secreto entre generaciones de estudiantes. Por la baja calidad de imagen, Fang Yingli solo sabía que el protagonista era un antiguo alumno ya graduado.

Y no fue hasta este momento cuando confirmó que aquel senpai estaba ahora mismo, impecablemente vestido, sentado frente a él, con unos ojos ligeramente ebrios y cautivadores, sin saber que Fang Yingli ya lo había visto desnudo, mucho antes, a través de su ropa.

────୨ৎ────

Fang Yingli: Así que era un “0” salvaje.

Sobre la autoría de Viaje al Oeste hay muchos estudios; aquí no se desarrolla.

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