Capítulo 12.  Theta (θ)

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Capítulo 12.  Theta (θ)

—¿Y luego? Si era tan interesante, ¿por qué no seguiste estudiando? —preguntó Fang Yingli.

—Bah… —Ren Yu torció la comisura de los labios sin ganas y alzó la cabeza para vaciar otra copa. Aquel alcohol entraba como agua, tan fuerte que le enrojecía el rabillo de los ojos—. Luego mis padres tuvieron un accidente. Mi padre murió. Mi madre quedó en estado vegetativo, mantenida con máquinas. Tenía que ganar dinero, así que salí a buscarme la vida. Ahora he ahorrado un poco y hago pequeños negocios por mi cuenta.

Diez años bastaban para contarlo a la ligera. Pero solo para contarlo. Pensar más allá hacía imposible soltarlo.

¿Por qué me pasó a mí?
¿Y por qué no podía haber sido yo?

Todas las tragedias podían reducirse a esas dos preguntas, repitiéndose una y otra vez como un tormento.

La luz en los ojos de Fang Yingli se apagó un poco. A Ren Yu le incomodó; apretó la copa y le señaló con un dedo en actitud desafiante, aunque sonreía al hablar:

—Eh, no pongas esa cara de lástima ni empieces con lo de «el cielo te reserva grandes misiones» o «todo irá mejor». Esa parte no te la compro.

—No, no iba a decir eso —Fang Yingli se recostó hacia atrás—. El sufrimiento no merece ser glorificado.

En cuanto lo dijo, Ren Yu se sintió mejor.

No sabía por qué, pero Fang Yingli parecía alguien inaccesible, y aun así cada palabra y cada gesto suyo lo satisfacían. Ya fuera el silencio frío o una represión violenta, todo parecía atravesarle el corazón y aplastar de vuelta, una a una, las afiladas púas que Ren Yu usaba para defenderse, dejándolas lisas, bien planchadas.

Era tan frágil.

A Fang Yingli le bastaba comprenderlo un poco para que Ren Yu se emocionara hasta el extremo. Ren Yu se despreciaba por ello.

Bebieron en silencio. En medio, sonó el móvil de Fang Yingli. Miró la pantalla y no contestó; enseguida entró un mensaje de WeChat. Desbloqueó, echó un vistazo rápido y volvió a dejarlo. Pasaron unos segundos mudos, hasta que Ren Yu rompió el hielo:

—Pero después de graduarme, andar de acá para allá también fue divertido.

—En la India hay esos tuktuk, ¿los conoces? ¿Cómo explicarlo…? —se pasó la mano por el flequillo, algo frustrado—. Son como las motos-taxi de aquí: techo amarillo, carrocería verde. En un espacio así de pequeño meten a siete u ocho personas por viaje. Todo apretado, dando botes, con el olor de los demás… En ese momento pensé que el infierno no estaba bajo mis pies, sino dentro de ese tuktuk. Pero luego vomitas, te tomas un coco helado y piensas que, joder, vivir es buenísimo.

Al contar esto, a Ren Yu le brillaban los ojos, animado:

—Después incluso fui a excavar tumbas con un profesor. Bambúes Chu de ajuar funerario, cubiertos de lodo. Quitabas un poco con el cepillo y luego los ponías en agua desionizada. A través del papel secante, carácter por carácter, ibas reconociendo los signos.

Estaba realmente borracho: la mirada líquida, desbordado de ganas de hablar. Hunan, Hubei, barro húmedo, huesos, gas de pantano, cajas de comida de diez yuanes…

—Los antiguos también tenían culto al falo. En algunas tumbas se sacan modelos de ese… de eso… hechos en bronce.

Fang Yingli apoyó el codo en la barra, con los nudillos sosteniéndole la sien. Su expresión era neutra, como si estuviera distraído, pero aun así recogía con precisión cada frase, como una tentación medida al milímetro que lo guiaba a seguir hablando.

—¿Grande? —preguntó Fang Yingli.

¿Grande? ¿Grande cómo? ¿De tamaño, o de si cabía en la mano? Nunca lo había medido así.

Ren Yu giró el rostro para mirarlo. Sintió que la mirada de Fang Yingli atravesaba el aire espeso; era casi tangible, como un molde que se le incrustaba en el cuerpo.

Tenía la cabeza embotada. Enroscó los dedos, le faltaba el aire:

—Normal.

Fang Yingli pareció sonreír levemente.

—¿Comparado conmigo?

Era una broma. Ren Yu también sonrió. Su mirada, cargada de insinuación, descendió despacio por el cuerpo de Fang Yingli, como un río espeso y lento.

—Eso no.

En realidad, a través del pantalón de vestir no se distinguía gran cosa; era solo que aquel contorno le evocaba la imagen de Fang Yingli desnudo que había visto por el telescopio. El calzoncillo, evidentemente, era al menos una talla más grande que el suyo.

Pero había bebido de más.
Debería haber dicho que no lo sabía.

No debería saberlo.

Ese día había dicho demasiadas cosas reales sobre sí mismo. En otros contextos, cuando todo era puro trámite social, nunca llegaba tan lejos.

Y, sin embargo, la mirada de Fang Yingli volvió a desvestirlo con soltura, sin esfuerzo alguno.

—¿Quieres probar?

La nuez de Ren Yu se movió. Había decidido no beber más, pero en ese momento volvió a querer otra copa.

Fue Chen Xin quien me dijo que probara, pensó. Es por el trabajo, ¿no? Si no, ¿cómo iba a querer acostarme con este hombre?

Se estiró el cuello de la camisa, los dedos rozándole las clavículas.

—¿Dónde?

Sin esperar la respuesta de Fang Yingli, añadió:

—En mi casa. El perro aún no ha comido.

De fondo sonaba Jardin d’hiver, una canción francesa suave y envolvente. Los dos cogieron sus chaquetas y se pusieron en pie.

No se molestaron en buscar conductor. Dejaron el coche allí; el bar Qian Ye no quedaba lejos de casa, así que regresaron caminando juntos. La noche estaba avanzada; las luces de la calle eran exuberantes, casi excesivas, de una sensualidad ostentosa. El viento de principios de verano era húmedo y punzante, con el aroma áspero de las hojas; una fina capa de sudor cubría la piel.

—¿No te pareceré demasiado… fácil? —preguntó Ren Yu. Por el alcohol, el final de la frase se le volvió blando. Pensándolo bien, aunque siempre era Fang Yingli quien lanzaba la invitación, al final quien tomaba la iniciativa era él. Tanto aquel «podemos probar» en el baño del bar como ahora este «en mi casa».

Era él quien aceptaba.
Y quien abría la puerta.

Fang Yingli llevaba el cuello abierto, la chaqueta colgada del brazo y un cigarrillo entre los labios. Al apretarlos, el color se le desvaía. A través del humo, ladeó la cabeza para mirarlo. Tal vez por haber bebido, Ren Yu tenía sudor en el puente de la nariz; las mejillas, blancas con un rubor tenue.

—No me lo parece.

Las dos últimas palabras llevaban un énfasis añadido. No significaban solo «no», sino que ni siquiera había pasado por su mente. Fang Yingli parecía no entender por qué se lo preguntaba.

—Esto es como el boxeo. Yo lanzo el golpe, tú lo recibes. Sudas y resulta agradable. Nada más que eso.

A Ren Yu le gustó esa manera de decirlo.

Nadie tenía intenciones puras; así no hacía falta responsabilizarse de nada. Se pelea y luego cada uno por su lado. En toda su vida, lo que menos podía permitirse era cargar con responsabilidades.

Al pasar por una tienda de conveniencia, Ren Yu se detuvo.

—¿Compramos algo?

—¿Y la caja que te di la otra vez? —preguntó Fang Yingli.

—En la mesilla. ¿Algo más?

Lubricante y demás.

Fang Yingli lo entendió al instante.

—Aquí no venden eso. Yo tengo en casa.

Ren Yu respiró hondo y volvió a andar.

—Estás nervioso —Fang Yingli entrecerró los ojos, con esa mirada capaz de calar a la gente.

—No —Ren Yu enderezó la espalda, enganchó el cuello de la camisa y lanzó la chaqueta hacia atrás. Parecía indolente; incluso soltó una risita—. ¿Cómo voy a estarlo?

Al llegar a casa, lo primero fue guardar el telescopio y algunos dispositivos electrónicos bajo llave. Arrancó en pedazos los post-its que había usado para registrar los movimientos de Fang Yingli y los tiró a la basura. Luego añadió agua y pienso al cuenco del perro.

Salvo porque este alojamiento provisional resultaba excesivamente ordenado y había muy pocos objetos de uso cotidiano, no se veía ninguna fisura.

Ren Yu pensó que aquella noche estaba un poco loco: un informante llevando al objetivo a casa para hacer eso. Todos los días se plantaba frente a la ventana para espiarlo, calcularlo, medirlo. Y aun así se atrevía a meterlo en su propia casa.

Pero era estimulante, pensó, con el alcohol aún subiéndole a la cabeza.

También pensó qué pasaría si Fang Yingli descubriera de verdad su voyeurismo: ¿se marcharía furioso sin mirar atrás, o lo empujaría contra la ventana justo frente a su edificio y se lo haría allí, doloroso y placentero a la vez?

Estaba loco. De verdad que estaba loco.

En aquella copa que Chu Weiyi le había servido tenía que haber algo. Demasiado jodidamente hechizante.

Veinte minutos después llamaron a la puerta. El pastor alemán levantó la cabeza del cuenco, agitó las orejas y empezó a ladrar.

Con los botones de la camisa ya desabrochados hasta el cuarto, Ren Yu, con el pecho abierto, fue a abrir. Dejó pasar a Fang Yingli, que llevaba el lubricante en la mano, y lanzó una orden seca:

—Deja de ladrar, Theta.

El cachorro encogió su esponjosa cabeza, volvió a hundir el hocico en el cuenco y siguió bebiendo con un gluglú, aunque mantenía los párpados entornados, observando con cautela a Fang Yingli.

—¿Theta? —repitió Fang Yingli.

—¿No es bueno su nombre? —Ren Yu sonrió con una picardía evidente.

—Está bastante bien.

Muy acorde con la ocasión. Él había venido precisamente para eso de θ (*). 

*(Nota editor: Pertenece a un juego visual de símbolos, una forma de representar a la parte inferior(que recibe) en la relación sexual es con el símbolo cero (“0”) mientras que la parte superior (quien da) se identifica con un uno (“1”). Capítulos antes se realizó el chiste de “1 + 0?” donde la respuesta fue θ, que visualmente parece un 0 atravesado por una línea…haciendo referencia a la penetración. Además de ser la letra Zeta del alfabeto griego, claro!!!) 

Entonces volvió a fijarse en que Ren Yu llevaba la ropa a medio quitar.

—¿Te ayudo?

La pregunta era educada, casi caballerosa. Pero desvestir a alguien era algo que hacían los amantes; al imaginárselo, todo parecía demasiado íntimo. A Ren Yu le resultó un poco extraño. Hizo un gesto con la mano.

—Yo me encargo.

Se quitó la camisa del todo y la lanzó sin mirarla sobre el sofá. Cogió el lubricante, apretando con los dedos el frasco frío. Estaba un poco nervioso. De pronto recordó que en realidad nunca habían hablado a fondo de sus preferencias: si había un rol fijo o si podían alternarse. Lo pensó un segundo y creyó que él podía con cualquiera de las dos cosas; aun así, por respeto, soltó una pregunta bastante tonta:

—¿Lo vas a usar tú?

—Pensé que eso estaba bastante claro —Fang Yingli no esperaba que hubiera confusión—. Pero mejor aclararlo ahora. Yo no soy el de abajo, ¿no?

—Hay que saber que arriba y abajo en realidad no dicen gran cosa.

Fang Yingli sonrió.

—De acuerdo, entonces yo seré el de dentro.

Una sola frase y parecía que ya le hubieran machacado el corazón hasta sacarle jugo. Ren Yu lo entendió. Caminó hacia el baño, dándole la espalda a Fang Yingli. En los omóplatos tenía una línea de tatuaje, demasiado borrosa por la escasa luz.

Fang Yingli apartó la mirada de la puerta cerrada del baño y la llevó hacia el ventanal, con las cortinas cerradas de forma tan obvia que resultaba sospechosa, y hacia el suelo bajo la ventana, donde se distinguían unas marcas blanquecinas muy tenues por el desgaste.

Cuando Ren Yu salió, ya se había duchado. Solo llevaba puestos unos calzoncillos; la línea trasera era plena y firme, y el tamaño de delante armonizaba con su complexión. Parecía una escultura griega, de proporciones precisas.

Fang Yingli se levantó para recibirlo y lo apretó contra la puerta, besándolo.

────୨ৎ────

Chu Weiyi: Excítate tú solo y no me cargues el muerto, joder.

¿Te acuerdas de nuestro pacto sobre la estrella de mar? Ah— (abre la boca y se traga la estrella de mar).

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