Capítulo 15. Sondeo

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Capítulo 15. Sondeo

Al atardecer, Chen Xin le devolvió la llamada y le dijo que había encontrado una agencia de publicidad, Mona Advertising, que colaboraba con Shuangcheng. El director de operaciones de allí, Su He, era amigo de Deng Weizhi. Ren Yu podía ir a Shuangcheng con el pretexto de una visita de evaluación por parte de esa empresa y tantear el terreno.

Cuando recibió la llamada, Ren Yu estaba abajo, bajo la sombra de los árboles, fumando mientras sacaba a pasear al perro. El software de seguimiento mostraba que faltaban cinco minutos para que Fang Yingli entrara en el complejo residencial.

Chen Xin repasó una por una todas las advertencias, las necesarias y las innecesarias. Ren Yu, ansioso por colgar aquella llamada excesivamente parlanchina, lo interrumpió:

—Lo hablamos luego. En un momento voy a ver a Fang Yingli.

Pero Chen Xin, justo cuando no debía, sacó el tema, con un aire misterioso:

—¿Cómo va el plan de “alimentar al tigre con el propio cuerpo”?

Él hablaba de una alimentación falsa, sin saber que Ren Yu ya se había entregado de verdad.

El cigarrillo estaba casi consumido y solo quedaba una calada; no pensaba terminarlo. Pero, al oír la pregunta, se irritó aún más. No pudo evitar llevárselo otra vez a la boca y dar una calada. Se detuvo, viendo cómo Theta se agachaba frente a un árbol para empezar a marcar territorio.

—Más o menos —respondió.

Chen Xin volvió a ponerse pesado, como si sintiera una enorme culpa por el sacrificio que Ren Yu estaba haciendo por la actuación:

—Esto es solo fingir, ¿eh? No vamos a tener nada de verdad con él. Cuando atrapemos a ese mal tipo y pase este periodo, tampoco se lo mencionaré a nadie. Tranquilo, hermano Yu.

¿Desde cuándo era un “mal tipo”?

¿Desde cuándo hablar de llevarlo ante la justicia?

Todo eso eran castillos en el aire.

Ren Yu sonrió a medias, con un punto de ironía:

—Menciónalo si quieres, sin problema. Acostarse con un tipo guapo no es nada vergonzoso.

Un breve y seco “hm” llegó a sus oídos. Ren Yu se giró de golpe y vio a Fang Yingli, con las llaves del coche en la mano, de pie detrás de él, observándolo pensativo, con una leve sonrisa en la comisura de los labios.

Maldito Chen Xin: con tanta charla le había hecho perder la noción del tiempo.

Ren Yu colgó de inmediato, con el corazón en un puño. No sabía cuándo había llegado Fang Yingli a su espalda ni cuánto había escuchado.

—¿Cuándo llegaste? —preguntó Ren Yu con una sonrisa, sosteniéndole la mirada. Tiró de Theta, que estaba a punto de acercarse a olfatear el bajo del pantalón de vestir de Fang Yingli, y apagó el cigarrillo de paso.

Incluso cuando se ponía nervioso, este hombre seguía siendo bastante firme; comparado con la imagen de la noche anterior, temblando con las piernas abiertas frente al espejo, parecía otra persona. En la mirada de Fang Yingli había un dejo de ambigüedad que hizo ruborizarse a Ren Yu y lo arrastró de nuevo a las escenas nocturnas.

Jadeos ásperos, el sonido del agua, contención, embestidas.

—… Justo cuando dijiste: “Acostarse con un tipo guapo no es nada vergonzoso”.

Oír la frase repetida de su boca duplicaba la incomodidad. Pero, comparado con que hubiera escuchado algo como el “plan de alimentar al tigre con el propio cuerpo”, era mucho mejor. Ren Yu soltó un suspiro de alivio.

Fang Yingli acababa de salir del trabajo; en sus ojos se adivinaba un leve cansancio. Alzó un poco la barbilla, indicando si quería ir con él. Ren Yu tiró de la correa del perro y lo siguió a grandes zancadas.

Al principio, ninguno dijo nada. La noche anterior habían sido íntimos, pero una vez fuera de la cama, parecía que no era para tanto. Ambos percibieron con agudeza que ninguno tenía ganas de hablar de sentimientos; decir una palabra de más podía resultar empalagoso, provocar rechazo y estropear el ambiente.

El sol poniente teñía todo de un naranja pálido, alargando las sombras. Los árboles, frondosos y bajos, rozaban de vez en cuando la parte superior de sus cabezas.

Hasta que entraron en el edificio de Fang Yingli, subieron en el ascensor y se detuvieron ante la puerta de su casa. Entonces Fang Yingli sonrió ligeramente.

—¿Me buscabas?

Ren Yu, como si conociera el lugar de sobra, se puso unas zapatillas desechables y entró. Sin levantar sospechas, lanzó una mirada rápida al archivador del aparador, con la etiqueta de la inmobiliaria Huan Yan bien visible.

—¿Qué pasa? ¿Te subes los pantalones y ya no quieres saber nada?

—No es eso —respondió Fang Yingli, aflojándose la corbata, con expresión despreocupada—. ¿Tienes ganas de que te den duro?

Parecía haber dado en el clavo con el gusto de Ren Yu por las palabrotas; las dos últimas palabras las pronunció adrede con crudeza.

—Esta noche no —sonrió Ren Yu, totalmente despreocupado. Se tocó el puente de la nariz, rozando el pequeño lunar del lado derecho, con una ligereza casi provocadora—. He quedado para ayudar a un amigo a revisar una propuesta publicitaria.

Él llevaba un bar con aire siempre distraído; que se pusiera a revisar propuestas ajenas sonaba extraño. Fang Yingli arqueó una ceja sin decir nada. Ren Yu añadió, con fingida naturalidad:

—Parece que es un proyecto en colaboración con el Grupo Shuangcheng, pero no acaba de entender qué piensa la gente de allí.

—Tú eres abogado y tienes muchos contactos. No sé si conoces bien a Shuangcheng. Si es así, ¿podrías tantear un poco el terreno?

—Más o menos.

Fang Yingli bajó los párpados, borrando ese brillo cargado de intención en su mirada, y zanjó el asunto con una respuesta ambigua pero tajante. Luego, delante de Ren Yu, abrió el armario y empezó a cambiarse de ropa.

Se desabrochó por completo la camisa, dejando al descubierto un abdomen fuerte y bronceado. Bajo la luz excesivamente intensa, la cicatriz se veía con claridad por primera vez. Las irregularidades proyectaban sombras oscuras que acentuaban la dureza del contorno muscular e invitaban a imaginar el dolor violento que debió de acompañar el nacimiento de aquella herida. Ren Yu tuvo el impulso de preguntar por su origen, pero enseguida sintió que no era lo adecuado.

Después, Fang Yingli empezó a quitarse los pantalones con total naturalidad.

—… —los labios de Ren Yu se movieron, como si quisiera decir algo y no se atreviera. Apartó la mirada de donde no debía y la dejó descender hasta los tobillos firmes del otro, cubiertos por calcetines negros de vestir.

—¿Te molesta? —preguntó Fang Yingli, alzando la vista y cruzándose con esa mirada errante que no encontraba dónde posarse.

—¿Sabes que Theta es una perra? —respondió Ren Yu.

Fang Yingli no pudo evitar reír y siguió la broma:

—La próxima vez tendré cuidado.

Mientras Fang Yingli se cambiaba, Ren Yu se quedó mirando el archivador, dándole vueltas a cómo hacerse con él. Ir ahora a hurgar sería demasiado estúpido; preguntar de forma indirecta implicaría secretos comerciales de la empresa cliente, y Fang Yingli, sin duda, no se los mostraría.

Cogió distraídamente el cubo de Rubik que tenía a mano y lo lanzó al aire. Desordenó los colores bien alineados y luego volvió a recomponerlos. Tras pensarlo un rato, decidió tomárselo con calma y devolvió la atención a Fang Yingli.

Ahora llevaba unos pantalones de trabajo y una chaqueta negra. Sin el cuello de la camisa, demasiado ceñido, quedaban al descubierto la nuca recta y la línea marcada de la garganta. Combinado con unos rasgos profundos y bien definidos, aquel conjunto amplificaba la ferocidad y la aspereza que llevaba en los huesos, imponiendo una fuerte sensación de presión.

Ren Yu se quedó un instante atónito; los dedos que giraban el cubo se detuvieron.

—¿Vas a salir?

—Ajá —respondió Fang Yingli. Le arrebató el cubo de las manos, lo movió un par de veces y lo dejó de nuevo perfectamente alineado por las seis caras. Luego lo colocó sobre el mueble bajo—. Me he comprado un coche nuevo. Voy a recogerlo.

Acto seguido, apagó la luz y cerró con llave, empujando a Ren Yu fuera de la casa sin darle opción a protestar.

Al salir de prisa tras cambiarse de zapatos, el tacón se le quedó pisado bajo el pie. Ren Yu se quedó en el pasillo, sosteniéndose a la pata coja como una grulla, levantando el zapato, sin saber muy bien qué hacer. Fang Yingli lo esperaba dentro del ascensor y, antes de que las puertas se cerraran, volvió a pulsar el botón de abrir para él.

Los dos quedaron de pie dentro de la caja metálica, mirando cómo los números descendían uno a uno. No se sabía si Fang Yingli había afectado de verdad a la salud física y mental de Theta, pero el caso es que la perra se empeñaba en restregarse contra el bajo de su pantalón.

Ren Yu tiró con fuerza de la correa y la reprendió en voz baja:

—¡Theta!

Y añadió para sí, con saña: como sigas en celo, te llevo a esterilizar.

Theta dejó de forcejear, aunque sus ojos seguían desviándose, con añoranza, hacia el lado de Fang Yingli.

Fang Yingli continuó mirando el panel del ascensor. Entre sus fosas nasales flotaba aún el olor a tabaco que quedaba en el cuerpo de Ren Yu: ese Lanzhou tan fuerte y salvaje. De pronto, preguntó:

—¿Vienes conmigo?

Al oír la voz, Theta movió sus ojos negros y brillantes hacia el otro lado. Acto seguido, Ren Yu respondió:

—¿Te viene bien?

Aceptó demasiado rápido. Fang Yingli dejó escapar una burla ligera:

—¿Ya no vas a mirar el plan?

Ren Yu sonrió.

—No hay nada más bonito que un coche nuevo, ¿no?

Después de llevar a Theta de vuelta a casa, pidieron un coche y se pusieron en marcha. A mitad del trayecto, el paisaje urbano pasó de las luces deslumbrantes y festivas a una franja de vegetación verde y difusa; la iluminación se volvió tenue, los coches y peatones escasearon. Evidentemente, no se dirigían a un concesionario 4S del centro de la ciudad.

—¿No íbamos a recoger el coche? —preguntó Ren Yu.

—No es el único sitio donde se puede recoger —respondió Fang Yingli.

Tenía sentido.

Ren Yu cerró la boca un momento y luego, de forma un tanto inconexa, buscó conversación:

—Gracias por sacar la basura esta mañana.

Había algo de tanteo en esas palabras.

Nada más decirlo, se arrepintió un poco. Aclarar las cosas en un espacio cerrado como el coche no era buena idea. En un enfrentamiento directo no tenía ninguna posibilidad contra Fang Yingli y, además, ahora mismo no había dónde huir.

Fang Yingli giró la cabeza y lo miró de reojo.

—De nada.

Dos segundos después, añadió:

—Pero sigo recomendándote que compres una trituradora de papel.

El párpado de Ren Yu dio un salto. Oyó a la persona a su lado decir con absoluta calma, oculto en la sombra que proyectaba la carrocería del coche:

—Es más cómodo que romperlo a mano.

────୨ৎ────

Ren Yu: o(╥﹏╥)o Yi Feng no ha dado presupuesto.

El capítulo 13 ya está desbloqueado. Aunque no queda mucho, agradeceríamos que entréis a echarle un vistazo para sumar algunas visitas. ¡Gracias a todos!

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