Capítulo 16. Exceso de velocidad

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Capítulo 16. Exceso de velocidad

—Dicho así, voy a pensar que escondes tu identidad y que en realidad eres vendedor, y que lo siguiente será ofrecerme una trituradora de papel.

Ren Yu soltó una risa incómoda y apartó la mirada hacia la ventana, mientras buscaba a toda velocidad la forma de continuar.

Dos segundos después, explicó con el mayor aplomo posible:

—Mi madre trabajó muchos años en un banco; era bastante meticulosa. Por eso yo también adquirí la costumbre de romper antes de tirar cualquier papel con cifras anotadas.

Y bromeó:

—La verdad es que desperdicia papel… nada ecológico.

Fang Yingli volvió a mostrar aquella expresión que tenía en el bar, apoyando la barbilla y observándolo actuar; sus ojos, hondos, parecían completamente al margen de todo.

Ren Yu apretó las muelas. Se arrepintió de la buena impresión que había tenido de él por la mañana.

Siempre conseguía desestabilizar a la gente con una facilidad irritante.

En el pasado, cuando Ren Yu mentía, solía obtener sin esfuerzo una reacción del rostro del otro: sabía si le creían o no, y podía decidir qué decir a continuación.

Pero con Fang Yingli, todas esas artimañas resultaban inútiles.

Con sus facciones ordenadas como un sistema inexpugnable, no dejaba escapar ni una pizca de sus pensamientos; más allá de una belleza que inquietaba, no revelaba nada.

Cuando terminó de hablar, el interior del coche quedó en silencio; solo se oía el ruido del aire al ser cortado por la carrocería. La respiración de Ren Yu se volvió tensa. Si en ese momento Fang Yingli replicaba con un “me temo que no eran simples cifras”, ¿qué iba a responder?

Sin embargo, Fang Yingli solo se recostó con comodidad en el asiento. La luz de las farolas iluminó su rostro; con la mirada ligeramente caída y un gesto relajado, expresó su acuerdo con indiferencia:

—Ajá, es comprensible.

Menos mal. Ren Yu dejó escapar el aliento.

El coche se internó cada vez más en las afueras; ya se distinguían a lo lejos colinas suaves, con contornos verde oscuro bañados por una pálida luz lunar. Al final, el taxi se detuvo frente a una fábrica abandonada. Dentro todo era negrura; las chapas oxidadas y los grafitis extraños de la fachada la hacían parecer especialmente siniestra.

De pronto, los matorrales de delante se agitaron y de ellos salió disparada una sombra negra.

—Es un gato —dijo Fang Yingli.

En realidad, no hacía falta explicarlo. Más aún: al pensarlo bien, Ren Yu percibió en esas palabras un atisbo de consuelo difícil de descifrar.

Aun así, no entendía por qué habían venido a un sitio así para recoger un coche. Tenía algo de turbio, poco serio.

Bajó del vehículo con cautela y caminó unos pasos detrás de Fang Yingli, dejando margen para retirarse. Pero apenas entraron en el recinto, una luz blanca y deslumbrante estalló ante sus ojos. Sumido en la oscuridad, Ren Yu fue tomado por sorpresa y cayó en una breve ceguera.

—Jiang Chao, no hagas el tonto —intervino Fang Yingli.

La luz se desvió y Ren Yu por fin pudo abrir los ojos. Vio que el resplandor procedía de dos motocicletas negras de gran cilindrada, aparcadas frente a ellos.

Un joven, apoyado de lado sobre el asiento con una mano en el manillar, arqueó las cejas y silbó.

—Vaya, qué descuido el mío. Hoy has traído compañía y no nos avisaste.

Mientras hablaba, lanzó un casco. Fang Yingli lo atrapó con naturalidad y, sin demasiada expresión, presentó:

—Ren Yu.

El otro hombre parecía algo mayor, quizá mestizo; el cabello le tiraba a castaño y el negro de sus pupilas se mezclaba con un matiz ámbar. Asintió levemente a modo de saludo.

—Él es Jiang Chao; yo, Lou Yu.

Aburrido por una presentación tan apagada, Jiang Chao se pasó la mano por el cabello rapado muy corto y se irguió. La placa plateada que colgaba de su cuello, hasta el pecho, se balanceó, y un destello afilado como una aguja cruzó su mirada. Entrecerró los ojos y, a la luz de los faros, examinó a Ren Yu de arriba abajo con descaro.

—¿Eres mayor o menor que yo?

Una vez entendido qué tipo de “coche” habían venido a recoger, Ren Yu dejó de sentir miedo. Su mirada recorrió el rostro desinhibido del otro; Jiang Chao llevaba un piercing en el labio, cuyo brillo, casi de diamante, hacía el rostro aún más vivo.

Un crío, pensó.

Ren Yu curvó los labios en una sonrisa provocadora.

—Tendrías que llamarme hermano Yu.

Ante una respuesta tan directa, el otro chasqueó la lengua. Evidentemente, se dio cuenta de que no era alguien fácil. Giró la cabeza hacia Fang Yingli.

—¿Tú también lo llamas así?

Fang Yingli estaba concentrado en la rejilla de ventilación de la moto. Sin levantar la cabeza, dejó escapar un bufido frío, cargado de ironía.

Jiang Chao pareció cobrar ánimo. Hizo girar la llave de la moto con aire gamberro entre los dedos.

—Salvo que esté saliendo con alguien, no suelo llamar “hermano” a cualquiera.

—Qué casualidad —Ren Yu dejó escapar una risa—. Si no me llamas “hermano”, yo tampoco suelo salir con alguien tan fácilmente.

Fang Yingli alzó los párpados y le lanzó una mirada de soslayo. Aquel tipo, tan locuaz y afilado delante de los demás, con los ojos largos y una sonrisa cargada de frivolidad… ¿quién habría pensado que aún era un novato? De pronto recordó el baño del bar, cuando, con la mirada entornada por el alcohol, Ren Yu le había pedido que lo llamara hermano Yu.

Jiang Chao aún quiso replicar, pero Lou Yu lo frenó con una voz seca. Al final, cerró la boca, aunque siguió mirando a Ren Yu con las cejas arqueadas: un punto de inconformidad, mezclado con una curiosidad evidente.

—Perdón, es solo un crío, no sabe comportarse —dijo Lou Yu. Se acercó a Fang Yingli y apoyó una mano en el manillar—. Lo acordado: una Harley-Davidson, 317 kilos, motor Milwaukee-Eight 107. ¿Ves algún problema?

Fang Yingli hizo una revisión rápida. Se manchó un poco las manos y se frotó con fuerza las yemas de los dedos.

—Añade un casco.

Lou Yu sonrió y le lanzó el que tenía en la mano.

—Cuarenta minutos de prueba. Cuando termines, avísame.

Fang Yingli asintió y le tiró el casco a Ren Yu.

—¿Te apuntas?

No había razón para decir que no.

Ren Yu no sabía que Fang Yingli conducía motos. Rodeó con los brazos su cintura y, mientras tanto, preguntó:

—Tienes carnet, ¿no?

El viento rugió; la velocidad subió directamente hasta los cien. La pregunta pareció no salir nunca de su boca, empujada de vuelta por el aire hasta ser tragada. En medio del estruendo, Fang Yingli no oyó nada; solo sintió cómo los brazos alrededor de su cintura se tensaban, revelando un rastro de inquietud incómoda.

Bajó la mirada. Tuvo ganas de reír… y siguió acelerando.

Descubrió que le gustaba ver a Ren Yu perder la compostura.

Ver cómo aquel libertino aparentemente invulnerable se quedaba sin saber qué hacer en la cama; cómo el mochilero curtido en mil experiencias se sentía perdido en el asiento trasero de una moto. Como si, al arrancarle la ropa y la piel, pudiera ver su corazón al desnudo.

Le gustaban los contrastes. Le gustaba construir con esmero… y luego destruir.

Le gustaba Ren Yu hecho pedazos, para después volver a recomponerlo.

El pecho y la espalda se apretaron el uno contra el otro. En el mínimo espacio entre ambos empezó a acumularse un calor que parecía incluso más ardiente que el del motor.

Ren Yu empezó a entender por qué Fang Yingli había insistido en probar la moto allí. Esa carretera era remota, casi abandonada: sin cámaras, sin tráfico. La luz de las estrellas caía como escarcha a lo largo del camino.

Al principio estaba tenso, pero cuando la velocidad se estabilizó en ciento cincuenta, comenzó a sentir la emoción. Con la adrenalina disparada, el paisaje del rabillo del ojo se transformó en líneas plateadas que pasaban una tras otra, desenfocadas. El aire se colaba por la visera del casco y le arañaba las cuencas de los ojos. Los dos, apretadamente entrelazados, se convertían en una flecha, afilada, rompiendo el aire con un rugido.

Como una huida privada que traicionaba al mundo.

No.

No era suficiente.

Era correr contra el tiempo.

Era perseguir la luz.

Era jugarse la vida.

Ciento ochenta.

—Es demasiado rápido —la garganta de Ren Yu se cerró; no pudo evitar gritar. Cada sílaba fue despedazada por el viento; apenas una consiguió llegar.

Fang Yingli dejó de acelerar. El corazón de Ren Yu golpeaba, a través de la tela, contra su columna.

Pum, pum, pum.

Como cuando lo abrían a embestidas en la cama.

Pum, pum, pum.

—Fang Yingli —dijo Ren Yu. Pero no pudo ser oído.

Así que, de pronto, se quitó el casco.

Fang Yingli miró el retrovisor y lo reprendió:

—Póntelo.

—Fang Yingli —gritó Ren Yu, apoyando la frente en su espalda para esquivar el viento—. Es demasiado increíble. Tan increíble que siento que no me he despertado, como si estuviera soñando.

Para entonces, Fang Yingli ya había reducido un poco la velocidad. La brisa se colaba entre su cabello.

—Mírate a ver si te duele.

Los dientes afilados atraparon la carne blanda de la nuca. Fang Yingli aspiró con fuerza y frunció el ceño.

—¿Eres un perro o qué?

Los labios de Ren Yu rozaron una y otra vez la marca de los dientes; luego sacó la lengua y la pasó con suavidad, sonriendo.

—¿Duele? Entonces me quedo tranquilo.

¿Cómo podía esa lengua provocar así? Desde ese punto, la sensación recorría los nervios hasta lo más hondo del corazón, despertando un hormigueo letal. El rastro de humedad se secó con el viento, dejando una frescura tenue.

Tras la visera, los ojos profundos se oscurecieron un poco. Fang Yingli sintió cómo la mano de Ren Yu se deslizaba bajo el bajo de la chaqueta; las yemas, impregnadas de la humedad nocturna, contrastaban con la calidez de la palma. Amasó despacio el punto más estrecho de su cintura, luego subió trazando los surcos de los abdominales y se detuvo bajo las costillas.

La suavidad de los dedos se encontró con la aspereza elevada de la cicatriz, como una caricia de pluma.

Daba un poco de cosquillas.

Ren Yu sintió cómo los abdominales de Fang Yingli se tensaban de golpe.

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“De entre mil caminos, la seguridad es el primero. Al conducir, usa casco; en el coche, nada de hacer el amor.”

NT Explicación:

道路千萬條,安全第一條,行車戴頭盔,車上不doi

– “道路千萬條,安全第一條” es una frase famosa que se popularizó en la película ‘The Wandering Earth’ (2019), inspirada en eslóganes reales de seguridad vial en China. Viene a decir: “Hay millones de caminos, pero la seguridad es el primero (de todos los mandamientos)”.

– “行車戴頭盔” : “Al conducir, usa casco”.

– “車上不doi” : ‘doi’ es la abreviatura en inglés de “do it” (hacerlo, en referencia al sexo). Es una modificación cómica del eslogan original, que en la película terminaba con “行車不規範,親人兩行淚” (“si no conduces siguiendo las normas, tu familia derrama lágrimas”).

En este contexto, la frase es un “aviso humorístico” que juega con la estructura del eslogan de seguridad para añadir una regla graciosa: nada de mantener relaciones sexuales en el coche. 

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