Capítulo 22: Captura

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Capítulo 22: Captura

Tal como era de esperar, no pasaron ni tres minutos cuando una figura salió despedida y cayó con fuerza sobre el lado del ring más cercano a él, provocando un golpe sordo. Ren Yu, sentado en un banco largo en el exterior, chasqueó la lengua, apoyó el codo en la rodilla abierta y, con la barbilla sostenida en la palma de la mano, preguntó:

—¿Y el beso volado?

Qiu Ming enseñó los dientes, dolorido.

—La próxima… la próxima.

En cuanto vio acercarse a Fang Yingli y sintió cómo el ring se hundía bajo su peso, cambió de opinión al instante.

—No, no, mejor no.

—…

Tras la retirada “honrosa” de Qiu Ming, Ren Yu subió al ring. Fang Yingli estaba bebiendo agua; en las sienes le colgaban gotas de sudor y sobre los músculos del torso brillaban finas perlas.

Sabiendo que ya venía cansado por varios días seguidos de horas extra y que encima había peleado dos combates, Ren Yu preguntó:

—¿Aún aguantas?

Fang Yingli dejó el vaso y respondió con firmeza:

—Vamos.

Esta vez, al tener una idea clara del nivel de Fang Yingli, Ren Yu no atacó a ciegas como la primera vez. Lanzó un potente derechazo directo; Fang Yingli lo esquivó y contraatacó de inmediato con un codazo diagonal.

Por el desgaste físico, la reacción de Fang Yingli no fue tan rápida como cuando había peleado con Qiu Ming; sus pasos se notaban más lentos. Gracias a eso, Ren Yu logró sobrevivir un asalto. Pero en el segundo, Fang Yingli fue recuperando poco a poco la iniciativa. Aunque su ofensiva no era especialmente agresiva, el ritmo con el que esquivaba los ataques era impecable, con una soltura que daba la sensación de tenerlo todo bajo control. En cambio, Ren Yu empezó a notar el cansancio. Tras fallar una patada giratoria de izquierda, Fang Yingli se ladeó y barrió sus piernas, derribándolo al suelo.

Fang Yingli sonrió y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse, pero Ren Yu la apartó y respondió con un barrido de pierna. Fang Yingli retrocedió dos pasos; su expresión se endureció y frunció el ceño al mirarlo.

—Fang Yingli, no estás usando toda tu fuerza —dijo Ren Yu entre jadeos. El cuello de la camiseta ya estaba empapado de sudor; la levantó para secarse el cuello.

Fang Yingli se puso serio, volvió a abrir la guardia y su ataque se volvió mucho más incisivo. Un gancho de izquierda cortó el aire y fue seguido de una patada giratoria; los movimientos encadenados con fluidez, rápidos como un torrente, dejaron a Ren Yu con dificultades para defenderse.

Pero así era como de verdad se desahogaba. Ren Yu podía sentir que Fang Yingli había venido a golpear con rabia contenida; era evidente que el trabajo lo tenía bastante irritado. Mientras se cubría la cabeza, Ren Yu sonrió y preguntó:

—¿Te han hecho tragar sapos, eh?

Fang Yingli no respondió. Agarró con fuerza la rodilla que Ren Yu le lanzaba.

Ren Yu aspiró aire con un siseo.

—¿Por qué no te tragas el orgullo con la señorita Zhong? Le gustas; diga lo que digas, le va a parecer bien.

El tono despreocupado con el que lo dijo, como si a él no le importara en absoluto que Fang Yingli fuera a buscar a Zhong Sina, hizo que Fang Yingli apretara aún más. Le sujetó la rodilla con firmeza, pateó su pierna trasera y, apretando los dientes, dijo:

—Imposible.

Ren Yu resistió con todas sus fuerzas, sin ceder el tobillo. Ambos quedaron de pie, trabados en un forcejeo. Ren Yu esbozó una sonrisa forzada, respirando con dificultad.

—Si no, siempre puedes cambiar de trabajo. Con tantos jefazos y empresas que conoces, meterte en un departamento legal no sería más cómodo que seguir en un bufete.

Luego tanteó:

—¿Y si te vas a Shuangcheng? He oído que el trato es bastante bueno.

Antes de que terminara de hablar, Fang Yingli cambió de pronto la dirección de la fuerza. Tomó la cintura como eje, giró de costado con rapidez y, ayudándose de una patada frontal, arrojó a Ren Yu con violencia contra el suelo. Fang Yingli apoyó una rodilla en el ring, se inclinó hacia delante y le bloqueó el cuello con el antebrazo, frente contra frente, inmovilizándolo por completo.

Ren Yu estuvo a punto de quedarse sin aire. El rostro se le congestionó de golpe, las venas de las sienes se le marcaron, y, con la nariz rozando la de Fang Yingli, solo pudo aspirar con dificultad. Tenía la boca entreabierta, la lengua estirada dentro, roja y blanda.

La piel desnuda de ambos estaba pegada; el aliento y el sudor se mezclaban. Fang Yingli volvió a percibir ese aroma dulce y suave a coco, que en ese momento no hizo sino inquietarlo más.

—Si hablaras un poco menos, quizá tendrías alguna posibilidad —dijo con dureza, presionando aún medio centímetro más antes de soltarlo.

Ren Yu sintió como si hubiera vuelto a la vida. Inspiró grandes bocanadas de aire, entre jadeos bajos y una tos seca.

Cuando por fin alzó la cabeza, dispuesto a preguntar si seguían o no, descubrió que Fang Yingli ya estaba sentado fuera del ring, bebiendo agua. Las vendas de muay thai estaban medio desatadas; las tiras blancas colgaban de sus muñecas y arrastraban por el suelo. Su mirada estaba sombría, absorta en pensamientos desconocidos.

Ren Yu se dio cuenta de que cada vez que mencionaba Shuangcheng delante de Fang Yingli, este nunca seguía la conversación: o fingía no oírlo, o lo despachaba con una frase breve. Fuera intencionado o no, resultaba cada vez más difícil profundizar por ese camino.

Justo cuando Ren Yu empezaba a pensar que la vía de Fang Yingli y Shuangcheng no conduciría a nada, a la tarde siguiente volvió a ver, a través de la aplicación de localización, el coche de Fang Yingli circulando por la avenida Baiyang, directo hacia el Grupo Shuangcheng.

Antes, Chen Xin le había dejado el teléfono de un gerente de operaciones de Shuangcheng. Ren Yu llamó, fingiendo que quería concertar una visita para hablar de una propuesta publicitaria. Tras recibir una respuesta afirmativa, se preparó de inmediato y, del equipo, sacó un bolígrafo con una microcámara oculta antes de salir.

El Grupo Shuangcheng estaba situado en pleno centro de la ciudad. Como empresa líder, ella y sus filiales proporcionaban más del 15 % del empleo urbano. El edificio central tenía veinte plantas; las fachadas de cristal brillaban bajo el sol deslumbrante.

El gerente de operaciones, Yao Wen, bajó a abrirle el torno y lo recibió. Gracias a su elocuencia y a la información del dossier del proyecto que había estudiado de antemano, Ren Yu consiguió que el otro creyera sin reservas que venía en representación de una empresa colaboradora para conocer las necesidades de Shuangcheng. A eso se sumaban la camisa, el traje bien cortado y sus modales correctos: realmente desprendía elegancia.

Tras tratar los asuntos de trabajo y charlar animadamente, Ren Yu comentó:

—Es la primera vez que vengo a Shuangcheng. El entorno de trabajo y el nivel de digitalización son realmente impresionantes. ¿Sería posible hacer una pequeña visita?

Yao Wen se levantó encantado y lo condujo por la zona de oficinas, la sala de café y el área de descanso, además del comedor en el sótano y un gimnasio desmesuradamente grande en la planta dieciocho.

Mientras admiraba todo aquello, Ren Yu preguntó, como quien no da importancia:

—¿El presidente Liao suele venir?

—Cuando viene, sube directamente desde el aparcamiento del segundo sótano por el ascensor exclusivo hasta la vigésima planta, al despacho principal —dijo Yao Wen, tendiéndole un café—. Normalmente no se cruza con nadie.

—El presidente Liao es muy generoso con ustedes —comentó Ren Yu tras dar un sorbo, con sincera admiración—. Café Kona de primera categoría, para beberlo a diario.

Yao Wen no esperaba que el otro supiera tanto. Aquella frase no solo alababa la prosperidad de Shuangcheng, sino que halagaba a Liao Xiuming y, de paso, satisfacía el orgullo de Yao Wen como trabajador. Todo encajaba a la perfección.

La visita estaba llegando a su fin cuando entró una llamada. Yao Wen contestó, habló un par de frases y acabó diciendo:

—De acuerdo, vuelvo enseguida.

Justo cuando Yao Wen esbozaba un gesto de disculpa, Ren Yu aprovechó para decir:

—No se preocupe, puede irse. Yo bajo solo, conozco el camino.

Se despidieron con cortesía. Ren Yu, con el café en la mano, vio alejarse a Yao Wen hasta que desapareció por completo. Miró entonces el móvil: Fang Yingli seguía en el edificio, sin moverse de posición. Tras pensarlo un instante, dejó el café, pulsó el botón del ascensor hacia arriba y se dirigió a la planta veinte.

En el último piso había pocos departamentos y la oficina principal; la densidad de personal descendía de forma evidente. Al salir del ascensor apenas se cruzó con nadie. Sin embargo, las cámaras de vigilancia eran numerosas: justo frente al ascensor había una. Ya que no podía evitarlas, lo mejor era mostrarse con naturalidad, como alguien que buscaba a otra persona.

Y, en efecto, no tuvo que esforzarse demasiado. Al doblar una esquina captó de repente la voz de Fang Yingli; más exactamente, las voces de Fang Yingli y Liao Xiuming, avanzando juntos por el pasillo del ala oeste.

Ren Yu no entendió del todo el contenido de su conversación. Parecía tratarse de un contrato técnico. El tono de Fang Yingli era sereno: no excesivamente deferente, pero correcto; avanzaba y retrocedía con medida, respondiendo a cada pregunta con precisión.

Cuando ya habían salido por completo de su campo de visión, Ren Yu salió de detrás de la pared y miró hacia la oficina del presidente. Aunque sabía perfectamente que no había nadie dentro, se acercó igualmente y llamó a la puerta. Se arregló la ropa y, bajo la mirada de la cámara situada en lo alto, esperó dos segundos, fingiendo formalidad. No hubo respuesta. Probó el pomo sin demasiadas esperanzas y, para su sorpresa, con un clic la puerta se abrió una rendija: no estaba cerrada con llave.

Si la puerta no estaba cerrada, significaba que ambos solo se habían ausentado un momento y volverían pronto. Ren Yu barrió el interior con una mirada rápida: un amplio escritorio de caoba, una silla de cuero auténtico; sobre la mesa, una pila de documentos. En la pared, tras el respaldo de la silla, colgaba una caligrafía de autor reconocido; los trazos, vigorosos y voladores, componían cuatro caracteres: «El caballero se fortalece a sí mismo».

Había algo de querer tapar lo evidente. A Ren Yu le hizo gracia por dentro: un verdadero caballero no necesita colgarse el título en la frente.

No vio nada más fuera de lo común; era, a fin de cuentas, una oficina corriente. Estaba a punto de cerrar cuando un sobre de papel kraft, intercalado entre los documentos, atrajo de pronto su atención.

Quizá al guardarlo con prisas, la esquina superior derecha había quedado sobresaliendo, dejando ver parte del matasellos. Los caracteres, recargados y llamativos, no eran chinos ni ingleses. Por experiencia, debían de pertenecer a algún idioma del sudeste asiático. En el estudio previo que había hecho sobre el Grupo Shuangcheng no recordaba negocios en esa región. Aunque, dado el bajo coste de la zona, muchas empresas la elegían como proveedor de materias primas, así que no resultaba especialmente extraño.

Aun así, por pura intuición, algo le parecía raro. Acercarse para comprobarlo sería demasiado arriesgado. Deambular frente a la puerta tenía excusas de sobra; entrar y ser sorprendido in fraganti significaba acabar detenido.

La distancia entre la puerta y el escritorio no era corta, y la calidad de imagen de la microcámara no daba para mucho. Dudó unos instantes, miró con cautela hacia el exterior y luego volvió la cabeza para memorizar la forma de los caracteres del matasellos.

Por desgracia, ni siquiera una vista de 5.0 bastaba para captar los detalles; además, no tenía base alguna en ese idioma. Solo pudo imaginarlos como si fueran un dibujo y retener, de manera aproximada, el trazo general.

Diez segundos después, consideró que había memorizado lo esencial. Aún quedaban zonas borrosas, pero estaba claro que no debía permanecer más tiempo ante la oficina presidencial.

Se retiró en silencio. Justo en el instante de girarse para cerrar la puerta, un frío le recorrió la nuca; el corazón le dio un salto. Reconoció con absoluta claridad que unos pasos se habían detenido a su espalda.

Contuvo la respiración y oyó que aquella persona, con la voz grave y sonriente que ya había escuchado en la terraza del Hotel Yunding, le preguntaba:

—¿Y bien? ¿Bonita la decoración?

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