Capítulo 33: Confesión

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Capítulo 33: Confesión

Tras acordar de manera preliminar los siguientes pasos, Deng Weizhi y Chen Xin se marcharon por asuntos propios. Ren Yu se quedó fuera del complejo residencial, mirando en dirección a las luces encendidas del piso trece, y se fumó un cigarrillo.

No había remedio. No podía hacer la vista gorda ante cosas así.

Y además, aunque decía que no quería meterse, desde el primer minuto en que aceptó la tarjeta ya había pensado en volver esa noche a casa para construir una identidad falsa y un calendario, y al día siguiente alquilar un piso justo enfrente del de Fang Yingli.

Todo aquello lo hacía desde hacía tiempo con soltura, sin necesidad de implicarse emocionalmente. Pero aun así, una y otra vez se dejaba arrastrar por el impulso, indignado ante el dolor y la maldad del mundo.

O quizá el mundo, en sí mismo, ya era absurdo.

Los ricos se hacen más ricos; los pobres, más miserables.
Quienes acumulan bondad no suben al cielo; quienes hacen todo tipo de maldades no bajan al infierno.

Cuando el cigarrillo estaba casi terminado, el coche que había pedido llegó justo a tiempo. Se volvió a colocar la mascarilla y se metió en el taxi. En ese instante, vio un sedán negro que se acercaba desde lejos y se dirigía hacia la entrada del complejo.

Entonces el entorno era demasiado oscuro y los faros demasiado brillantes; la matrícula, situada en el centro del haz de luz, quedaba ilegible por el reflejo sobreexpuesto. No le prestó atención alguna. Ahora, al pensarlo, en un lugar así, la presencia de un coche tan caro ya resultaba sospechosa. Resultó ser el coche de Zhang Xiang, y dentro iba Fang Yingli.

Pero aquel cruce duró apenas dos segundos. Separados por las ventanillas cubiertas por la noche y la mascarilla sobre su rostro, a cualquiera le habría resultado difícil guardar recuerdo alguno de un desconocido.

—Es cierto que entonces llevabas mascarilla —dijo Fang Yingli—, pero la proporción corporal de cada persona es única. Y tus ojos… también son muy especiales. En realidad, cuando fuiste al club de combate a buscarme, aún no había caído en que te había visto antes. Pero al día siguiente, cuando viniste a ofrecerme tus objetos de segunda mano, empecé a sentir que me resultabas familiar.

—Como sabes, tengo buena memoria. Muy pronto recordé que Zhang Xiang me había llevado una vez a Yi Feng, y que aquella noche tú también estabas allí.

Ren Yu se quedó sin palabras. Debería haberlo sabido: Fang Yingli no era una “persona común”.

—Además, en el coche de Zhang Xiang vi el vehículo con el que Deng Weizhi salió de Yi Feng. Puede que no te conociera, pero Deng Weizhi es casi una figura pública; yo sí la conozco. Después de que estallara el asunto de Yi Feng, muchos medios rondaban por los alrededores, así que no me pareció extraño.

 «—Hasta que te mudaste al mismo complejo que yo y apareciste una y otra vez frente a mí. Sumado a que tú y Deng Weizhi estuvisteis la misma noche en Yi Feng, no era difícil deducir que venías por el caso de Yi Feng que yo llevaba entre manos.»

—Pero eso solo era una suposición —Ren Yu frunció el ceño de repente, como si hubiera caído en algo—. Entonces, ¿en Yunding y en Shuangcheng cooperaste conmigo a propósito? ¿Por qué no me desenmascaraste?

—Tienes demasiadas preguntas —Fang Yingli caminó hasta el coche y abrió la puerta, indicándole que subiera. Luego sacó una baraja de cartas del compartimento—. Ronda de confesiones. ¿Te atreves?

—¿Cómo se juega?

—Los cuatro palos de siempre —dijo Fang Yingli, abriendo las cartas en abanico igual que había hecho Ren Yu antes—. Si saco corazones, tú respondes una pregunta. Si saco picas, me toca a mí responder.

—¿Y los diamantes y tréboles?

—Si sale diamantes, tendrás que confesar voluntariamente algo que yo no sepa —sonrió Fang Yingli—. Si sale tréboles, confieso yo.

Interesante, pensó Ren Yu. Ya le importaba la postura de Fang Yingli, y además tenía un montón de preguntas pendientes; un juego así venía perfecto para saciar su curiosidad desbordada.

Tomó la baraja, la miró: eran cartas normales y corrientes. Las barajó con cuidado una vez más y se las devolvió.

—Vamos.

Fang Yingli abrió el abanico y sacó una carta al azar. Corazones.

Ren Yu sentía que nunca había tenido mucha suerte en las cosas que dependían del azar. Adoptó una postura como si se enfrentara a un enemigo formidable.

—Pregunta.

Fang Yingli guardó silencio un momento, como si estuviera preparándose. Justo cuando los nervios tensos de Ren Yu empezaban a relajarse por descuido, lo oyó soltar una risa leve y preguntar:

—¿Sientes algo por mí?

—¿?

Ren Yu había pensado que le preguntaría por Huan Yan, o por las maniobras que había hecho. ¿Y salía con eso?

Fang Yingli miró la hora.

—Se hace tarde. Preguntas y respuestas rápidas. Cinco segundos.

 «—Cinco… cuatro…»

Contaba despacio, pero con una precisión casi de segundero, creando una presión difícil de describir. Lo más extraño era que, aunque no había dicho qué pasaría si no respondía, Ren Yu tenía la clara sensación de que, si no lo hacía, ocurriría algo que no podría soportar.

—Tres… dos…

—Sí —respondió Ren Yu, soltándolo en el último segundo.

Fang Yingli alzó ligeramente una ceja.

—¿No quieres explayarte un poco?

—Esa sería la segunda pregunta.

Fang Yingli sonrió sin darle importancia, bajó la mirada y sacó otra carta. Esta vez, entre sus dedos, había una pica.

Ren Yu lo pensó un momento.

—Sigo con la pregunta de antes.

En realidad, acababa de hacer varias, pero Fang Yingli fue generoso y no le importó responderlas todas de una vez.

—El día de la subasta judicial, cuando tomaste la iniciativa de mencionar Yi Feng y hablaste de tu relación de exalumno con Zhang Xiang, básicamente lo confirmé —dijo—. Y sí, tanto en Yunding como en Shuangcheng, estaba cooperando contigo.
Hizo una pausa sutil.
—Considéralo… una forma de devolverte el favor por haberme salvado la vida frente al juzgado.

—…

Incluso eso lo tenía clarísimo. Evidentemente, delante de Fang Yingli, Ren Yu no tenía secretos. Esa sensación le hizo apretar los molares con rabia contenida.

—Saca otra.

Esta vez salió tréboles.

Por fin le tocaba desquitarse. Ren Yu sonrió.

—Confiesa por iniciativa propia, abogado Fang.

Fang Yingli dio un par de golpecitos distraídos sobre la carta con la yema de los dedos, luego alzó los ojos y lo miró de frente.

—Un poco por encima de los 18 centímetros es tu punto más sensible.

Ren Yu se quedó en blanco dos segundos. Cuando reaccionó, soltó un “joder” por lo bajo; las orejas se le encendieron al instante.

—¿Puedes hablar de algo serio?

—Esto es serio —Fang Yingli se recostó en el respaldo, con una sonrisa en los ojos—. Te estoy ayudando a conocerte mejor. Y, de hecho, es algo que tú no sabías.

Ren Yu se consideraba bastante abierto, pero no hasta el punto de hablar tan descaradamente de zonas erógenas. Ya no tenía ninguna intención de seguir enredándose con Fang Yingli en ese terreno; directamente estiró la mano, sacó una carta por él y la dejó caer sobre su muslo.

—Picas —dijo Ren Yu—. ¿La quiebra de Huan Yan Inmobiliaria tiene o no tiene gato encerrado?

—Creo que sí, pero todavía no lo tengo claro —respondió Fang Yingli con franqueza—. Cuando Zhang Xiang me buscó, solo me pidió que lo ayudara con los trámites de la quiebra y que le diera asesoría. Sí, tuve acceso a algunos datos e hice ciertas investigaciones. En estos cinco años ha habido grandes movimientos de capital entre Huan Yan y Shuangcheng, pero dado el vínculo de dependencia entre ambas empresas, por ahora no puedo concluir que haya ilegalidad.

Al oírlo, Ren Yu por fin tuvo claro cuál era la postura de Fang Yingli y soltó un suspiro de alivio. Alguien como él era mucho mejor como aliado que como enemigo.

—Pero estos días he descubierto algo más.

—¿Qué cosa? —preguntó Ren Yu de inmediato.

—Acabo de decir que hace falta un intercambio —la expresión de Fang Yingli era significativa. Sin darle tiempo a responder, sacó otra carta. Era el tres de corazones.

La levantó ligeramente.

—Pregunto yo.

Por mucha curiosidad que tuviera, no le quedó más remedio que tragársela y esperar a la siguiente ronda. Ren Yu reprimió la impaciencia y aguardó resignado la pregunta. Pensó que ya no le quedaba ningún secreto capaz de ponerlo en aprietos… pero lo que oyó fue—

—¿Quieres intentar sumar otro punto?

—¿Qué? —Las pupilas de Ren Yu se dilataron un poco; no seguía el hilo en absoluto.

—Al principio no te desenmascaré porque me parecías interesante. Después, fue por otra razón. Porque no quería que tu misión terminara.

 «—A veces pienso: cuando termines este encargo, ¿adónde irás?, ¿en la vida de quién volverás a entrar? —dijo Fang Yingli. No parecía estar bromeando; su expresión era seria—. Y descubrí que esa idea me da celos.»

 «—Así que quiero preguntarte: ¿quieres salir conmigo?»

 «—Sé que le tienes miedo a una relación estable. Pero ya has probado a besarme, a acostarte conmigo… ¿qué tal si pruebas también a enamorarte de mí?»

 «—Creo que eres de los que, aunque no sepan resolver el problema grande, igual quieren escribir algo en la hoja —dijo Fang Yingli—. Ren Yu, se nota. En esta vida no quieres sacar un cero.»

Ahí estaba otra vez.
Esa capacidad de ver a través de las personas.

Incluso antes que el propio Ren Yu, Fang Yingli ya había percibido que los principios con los que había vivido empezaban a aflojarse.

Era cierto: no quería un cero. Si de verdad estuviera dispuesto a hundirse en el fango, no habría pasado la vida buscando, persiguiendo el viento, persiguiendo la luna, tratando de entender por qué alguien tan lúcido como Meng Yin podía amar, casarse, tener hijos y vivir de forma mundana.

En ese instante pensó en la caseta de Theta que había montado con Fang Yingli en el balcón la noche anterior; en el cepillo de dientes con la pasta ya puesta por la mañana; en el momento en que levantó la afeitadora y la apoyó sobre el rostro de Fang Yingli; en los dedos manchados de jugo al cortar tomates; en aquel beso con sabor a mandarina, y en el tallo de col china que, durante el beso, quedó cubierto sin querer por una mano.

Vivo. Palpitante. Cálido. Ardiente.

Así que eso era lo mundano.
Y tampoco daba tanto miedo.

Ren Yu bajó la mirada y se tocó el puente de la nariz, un poco incómodo, sin saber muy bien cómo quedar bien:

—Pero dicho así suena mucho a venderse.

—Es salir con alguien —corrigió Fang Yingli—. Y, además, ¿no suena bastante más digno que tu “plan de ofrecerte como carnada al tigre”?

—… ¿Eso también lo oíste?

Aquel día, abajo en el complejo, cuando Chen Xin le preguntó por teléfono cómo iba el “plan de ofrecerse al tigre”, estaba claro que Fang Yingli estaba justo detrás, oyéndolo todo con la vozarrona de Chen Xin… y aun así le había mentido diciendo que había llegado después.

—¿Puedes responder ya? —preguntó Fang Yingli. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Ren Yu, y empezó a contar despacio—. Cinco… cuatro… tres…

Parecía tener una especie de poder fatal; sus ojos eran como un abismo insondable. Ren Yu contuvo la respiración, con la sensación de que iba a caer.

—Dos…

Pero si el abismo se llamaba Fang Yingli, ¿cómo no iba a saltar?

—Uno…

En el último segundo del conteo, Ren Yu cerró los ojos y respondió con rapidez:

—Probemos.

Después soltó el aire que llevaba reteniendo y añadió, ya sin duda alguna:

—Probemos, entonces.

Probar a besarse. Probar a acostarse con un hombre. Probar a salir con alguien. Paso a paso, le fue abriendo la puerta a Fang Yingli.

—¿Qué día es hoy? —le preguntó Fang Yingli.

Ren Yu miró la pantalla del coche:

—Veinticinco.

Antes no lo entendía; ahora empezaba a hacerlo, así que completó la información:

—25 de julio de 2019, la una y siete de la tarde.

—Entonces —dijo Fang Yingli—, a partir del minuto 13:07 del 25 de julio de 2019, estamos juntos. Yo lo recordaré.

Mientras hablaba, los números del reloj electrónico saltaron al minuto 08.

—Ahora ese minuto ya ha pasado —continuó—. Así que aunque quieras arrepentirte, ya es tarde.

Era una frase sacada de Días salvajes. Muy al estilo de Wong Kar-wai.

Cuando alzaron la vista, sus miradas se encontraron y ambos rompieron a reír. Fang Yingli lo observó, contuvo un poco la sonrisa y, con un gesto, recogió las cartas en un montón.

—Una última ronda. Si hay algo más que quieras saber, aprovecha.

El resultado fue un diamante.

Otra vez le tocaba confesar a Ren Yu.

A esas alturas ya no había nada que no se atreviera a decir. Cerró los ojos con fuerza:

—Instalé un micrófono en tu casa. Y en tu móvil hay un programa de rastreo.

Al terminar, lo miró. Pensó que Fang Yingli se sorprendería, se enfadaría… pero no fue así.

—Eso ya lo sabía —dijo Fang Yingli con calma—. ¿Algo más?

—… —Ren Yu se sostuvo la frente—. Entonces… ¿anoche miré a escondidas tu carpeta?

La risa clara de Fang Yingli brotó de su garganta:

—Periodista Ren, la regla es confesar algo que yo no sepa. Algo tan evidente mejor ni lo menciones.

Ren Yu se quedó sin palabras. Así que aquella bolsita de té no había sido colocada por descuido; Fang Yingli lo sabía desde el principio y solo había seguido el juego para tenderle la trampa.

Entonces… ¿qué quedaba que él no supiera?

—Cinco… cuatro… tres…

—Me masturbé escuchando tu voz —soltó Ren Yu a toda prisa, presionado por la cuenta atrás.

La mirada de Fang Yingli se ensombreció. Apoyó el codo en la pierna, inclinó el torso hacia delante y lo guió con suavidad:

—¿Te masturbaste… cómo?

Ren Yu alzó las pestañas caídas y sostuvo su mirada. Los ojos de Fang Yingli eran ambiguos y profundos; lo estaba provocando, pescando esas palabras difíciles de pronunciar.

Ren Yu tomó aire y, de una vez, lo dijo todo:

—Masturbarme. Fang Yingli, me masturbé escuchando tu voz.

Fang Yingli curvó los labios con satisfacción y volvió a recostarse en el asiento:

—Bien. Eso sí que no lo sabía.

────୨ৎ────

A los adultos les gusta decir lo que sienten de inmediato.
Quién sabe si habrá un mañana.

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