Capítulo 40: Infierno

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Capítulo 40: Infierno

Cuando Deng Weizhi y Chen Xin llegaron al hospital, Ren Yu ya había terminado los exámenes médicos y Fang Yingli todavía estaba recibiendo tratamiento. Al quitarse la camisa, la marca amoratada de color púrpura oscuro que cruzaba su espalda bronceada quedó completamente al descubierto, una visión sobrecogedora.

Chen Xin apretó los dientes, furioso.

—¡Hay que denunciarlo! ¡Tenemos que llamar a la policía!

—Ya lo hicimos. Encontraron a esos gamberros; dijeron que simplemente les caíamos mal y que estaban “jugando”, no delataron a Liao Xiuming. Solo pueden considerarlo alteración del orden público; no estarán encerrados muchos días. Además, esa llamada se hizo con una tarjeta temporal, no hay forma de rastrearla —respondió Fang Yingli sin apenas emoción, frunciendo apenas el ceño cuando el desinfectante tocó la herida.

Ren Yu se pasó la mano por el cabello con brusquedad y, como si hubiera tomado una gran decisión, levantó la cabeza del banco. Sus ojos seguían rojos.

—Hermana Wei, planeo hacer un viaje al norte de Myanmar.

Deng Weizhi y Chen Xin se quedaron momentáneamente atónitos. Guardaron silencio al mismo tiempo. Pasó un buen rato antes de que Deng Weizhi hablara.

—¿Sabes qué clase de lugar es el norte de Myanmar?

Ren Yu esbozó una sonrisa amarga. ¿Cómo no iba a saberlo? Años atrás, cuando se ganaba la vida en el Sudeste Asiático, ya lo tenía claro: ocho o nueve de cada diez mendigos de la zona venían del norte de Myanmar. Algunos sin brazos, otros sin piernas, arrastrándose hasta allí para pedir limosna. Era un lugar donde no se prohibían las armas ni las drogas; si alguien moría, lo tiraban a una zanja y a nadie le importaba.

—Pero tengo que ir —dijo Ren Yu con firmeza—. Si no aclaro esto, no voy a poder quedarme tranquilo.

Qingzai

—Antes siempre pensé que la curiosidad era una palabra de poco peso. Me interesaban muchas cosas; investigaba y, si resultaban demasiado difíciles, tal vez lo dejaba. Creía que eso era curiosidad.

 «—Pero ahora creo que no es así.»

 «—Tengo curiosidad por saber si la justicia puede vencer al mal, si el bien puede imponerse a la maldad. Tengo curiosidad por saber si quienes gastaron el dinero ganado con sangre y sudor pueden cumplir su deseo de vivir en edificios altos; si una anciano de setenta y cinco años puede tener un apoyo en la vejez y subir en ascensor.»

 «—Necesito saber qué está pasando realmente en las fábricas del norte de Myanmar. Quiero mandar a Liao Xiuming al infierno».

Deng Weizhi guardó silencio. Como periodista, nadie podía sentirse más identificada con esas palabras que ella; pero al mismo tiempo, nadie entendía mejor que la curiosidad tiene dos caras, como una moneda: puede traer elogios, pero también atraer desgracias.

No decir nada no era negarse, sino una especie de consentimiento poco entusiasta.

Fang Yingli se puso de pie.

—Entonces iré contigo.

Conocía demasiado bien a Ren Yu: una vez que tomaba una decisión, era del tipo «aunque tenga a miles en contra, yo iré». Y más aún cuando se trataba de algo correcto. No quería disuadirlo; lo único que podía hacer era acompañarlo y enfrentarlo junto a él.

Pero en cuanto lo dijo, todas las miradas se volvieron hacia él. Cada cual lo observó con una expresión distinta.

Chen Xin pensó que estaba un poco loco: ¿qué clase de persona empuja a su propio novio a un pozo de fuego? Ya era bastante con no detenerlo; encima, ¿meterse él también?

Deng Weizhi, en cambio, pareció comprender algo. Su expresión se volvió sutil. Había visto a mucha gente y era perspicaz: para alguien como Fang Yingli, un “elite” acostumbrado a mantenerse neutral y a retirarse cuando quiere, ¿qué tan fácil habría sido apartarse?, ¿y qué tan difícil era decir simplemente “voy contigo”? Pero lo dijo. Por Ren Yu.

Ren Yu, al escucharlo, solo sintió que aquello era una molestia innecesaria. Tenía ganas de fumar; metió la mano en el bolsillo del pantalón y apretó la cajetilla, pero al darse cuenta de que no era apropiado delante de Deng Weizhi y de las enfermeras, aflojó la mano. Solo pudo decir, seco:

—No hagas tonterías. Tú tienes que trabajar.

En realidad, siempre había planeado ir solo. El dolor de casi haberlo perdido hacía un momento aún lo llenaba de temor. No pensaba llevarse a nadie.

—Renuncié.

Ren Yu soltó una risa incrédula, burlándose de él por mentir sin siquiera ensayar.

—¿Cuándo?

Fang Yingli sacó el teléfono del bolsillo, tocó la pantalla un par de veces y se la mostró.

—Justo ahora.

Después de todo, una jefa como Zhong Sina no era algo que valiera la pena conservar.

Ren Yu se quedó sin palabras. Pero aun así, sin darle opción, se negó:

—Iré solo yo. Tú busca tranquilo otro trabajo.

Fang Yingli soltó una risa fría, con un deje sarcástico nacido del enfado, y luego apartó la cara, guardando silencio. No volvió a discutir delante de los demás.

Muy obediente.
Muy dócil.

Eso pensó Ren Yu más tarde, mientras hacía el equipaje.

Fang Yingli era, sin duda, un novio considerado. Entendía que él estaba decidido a ir costara lo que costara, y aceptaba en silencio su rechazo. No lloraba ni se aferraba, no lo ponía en una situación imposible ni lo hacía sentirse más confundido. Su valentía tampoco era infinita.

Así que estaba bien. Ese era Fang Yingli. Y esa era una de las razones por las que lo quería.

Hasta que Chen Xin lo llamó por teléfono y entonces se dio cuenta, con retraso, de que desde fuera no se veía igual. Chen Xin volvió a mencionar a Fang Yingli de manera tentativa; al parecer, al saber que él no había mostrado nada en privado, se sentía algo inconforme.

—Ya te lo había dicho antes: parece que no sabe cuidar a la gente. Ni siquiera intenta convencerte, como si no le preocupara nada —dijo Chen Xin.

—Ahora mismo, quien intente convencerme, se las verá conmigo.

Esa frase dejó a Chen Xin sin respuesta. Ren Yu oyó entonces a Min Xiaoyue gritarle a Chen Xin desde el otro lado del teléfono:

—¡Ay, deja de meterte donde no te llaman! La parejita está perfectamente bien, tú no entiendes nada.

Ren Yu contuvo la risa. Percibió cómo Chen Xin cubría el micrófono, claramente intentando que Min Xiaoyue no siguiera escuchando, y cambió de tema con voz apagada:

—Entonces… ¿qué vas a hacer con tu perro? ¿Por qué no lo traes a mi casa?

Recordando lo mucho que le tenía miedo a los perros, que hiciera una propuesta así seguramente le había costado todo su valor. Ren Yu sonrió.

—Gracias, se lo dejaré a Fang Yingli.

Cuando colgó, bajó con Theta de la mano hacia el edificio 2. Al tocar el timbre abajo, Fang Yingli abrió sin hacer preguntas. Al llegar al décimo piso, Theta ya reconocía el camino y, con total familiaridad, empezó a rascar con la pata la puerta negra de seguridad del apartamento de Fang Yingli.

Viéndolo tan entusiasmado, parecía que ya estaba en un sitio mientras su corazón pertenecía a otro. Ren Yu lo maldijo en silencio por desagradecido.

Tocó la puerta. Fang Yingli apareció para abrir, vestido con pijama. El cuello amplio dejaba ver las clavículas; el ribete de algodón rozaba la piel, haciéndolo parecer más suave de lo habitual. La herida en la sien estaba al aire, sin venda; había formado una costra de color púrpura oscuro y ya no se veía tan terrible.

Como si hubiera anticipado la visita de Ren Yu, se apoyó en el marco de la puerta. Su mirada se detuvo en el moretón que aún quedaba sobre el puente de su nariz. Con una mano en el bolsillo y la otra, tomó a Theta de sus brazos.

—Tres comidas al día. ¿Hace sus necesidades por la noche?

—Sí —respondió Ren Yu—. Los fines de semana le doy algunos snacks para perros, para que se limpie los dientes.

—De acuerdo.

En realidad, ni siquiera hacía falta explicarlo con tanto detalle: Fang Yingli tenía más experiencia criando perros que él. Así que Ren Yu se quedó en silencio, apretó los labios y aguantó un momento… pero al final no pudo evitarlo.

—¿Eso es todo?

¿Qué clase de novio, antes de que el otro se vaya lejos, termina con un “tres comidas al día, hace sus necesidades por la noche”?

Fang Yingli preguntó:

—¿Qué más?

Y Ren Yu ya no supo qué decir. No era que él no fuera comprensivo, ni que hubiera hablado con sarcasmo. Le estaba ayudando a cuidar al perro, y eso ya era bastante considerado. Pensando así, Ren Yu encogió de manera inconsciente los dedos vacíos de su mano.

—Ah, y mañana el clima estará despejado —añadió Fang Yingli—. El vuelo debería salir puntual. Sal temprano.

—…

Al menos había revisado el tiempo, aunque sonaba un poco a despedida a miles de kilómetros. Ren Yu no supo si reír o llorar.

—Entendido.

Volvió a preguntar:

—¿Nada más?

Esta vez, de verdad, no había nada más.

Así que Ren Yu se fue.

Al atardecer ya lo tenía todo casi listo. Tras pensarlo por última vez, Ren Yu seguía intranquilo, así que llamó a Deng Weizhi para pedirle que, durante su ausencia, cuidara un poco de Meng Yin.

—No te preocupes, mis compañeros y yo iremos turnándonos para vigilar —le dijo ella—. Más bien tú ten cuidado allá. Mira lo que tengas que mirar y vete, no te enfrentes de cara a nada.

Con tantas cosas que decir, Deng Weizhi tampoco sabía por dónde empezar. Tras una pausa de dos segundos, decidió ir a lo simple:

—¿A qué hora sale tu vuelo mañana? Xiao Chen y yo podemos ir a despedirte.

—No, Wei-jie —Ren Yu soltó una risa—. Ya sabes cómo soy yo: quedarme quieto me incomoda, estar por ahí dando vueltas es lo normal para mí. Nunca he necesitado que me despidan, ¿no?

Deng Weizhi quiso decirle que esta vez era distinto. Que no se trataba de despejar la mente ni de un viaje. Que ahora estaban prácticamente jugando cartas abiertas contra Liao Xiuming. Que Liao Xiuming, dentro del país, aún tenía ciertos escrúpulos y no quería provocar muertes, pero si movía algún hilo en el norte de Myanmar, donde el cielo está alto y el emperador lejos, de verdad nadie acudiría al rescate aunque uno gritara.

Pero decirlo en voz alta parecía innecesario: ¿cómo no iba a saberlo Ren Yu? Seguramente solo estaba tranquilizándola. Además, Ren Yu siempre había sido alguien que veía las cosas con amplitud; ella no quería apagar el ánimo. Prefería albergar la esperanza de que, como antes, saliera a tomar aire, a ver otras realidades humanas, y que se fuera feliz y regresara feliz. Así que al final no dijo nada más.

Al día siguiente, Ren Yu salió solo.

Vio a la gente entrar y salir del edificio 2, pero Fang Yingli no aparecía por ninguna parte. Por la mañana había mirado a escondidas su ubicación. En realidad, desde que habían confirmado su relación, casi no usaba aplicaciones de localización para saber dónde estaba el otro, pero en ese momento se sentía incómodo, sin saber bien por qué. El caso es que vio que Fang Yingli había salido temprano en coche, por la ruta habitual al trabajo, y en ningún momento dio señales de querer acompañarlo.

Así que Ren Yu salió y tomó un taxi al aeropuerto. Su plan era volar primero a Kunming, luego hacer escala en Mangshi, después tomar un autobús a Ruili, tramitar la salida del país y, finalmente, alquilar un coche hasta Bhamo.

El trayecto no sería precisamente cómodo, así que llevaba poco equipaje: solo lo imprescindible y algo de equipo. En la sala de espera el aire acondicionado estaba muy fuerte. Ren Yu subió el cierre de su chaqueta anti-UV hasta arriba, encontró un asiento y se sentó. Miró el teléfono: la pantalla estaba limpia, sin mensajes. Faltaba más de media hora para el embarque, así que sacó el portátil.

El ordenador seguía con la configuración que Fang Yingli había dejado para mostrar las carpetas ocultas, de modo que todos los archivos invisibles aparecían descaradamente en el disco D. Por costumbre, Ren Yu les echó un vistazo rápido, dispuesto a cerrar enseguida… pero entre un montón de carpetas nombradas con iniciales en pinyin, vio dos caracteres chinos:

老公.  (Lǎogōng=Marido)

El corazón de Ren Yu dio un vuelco. Al abrirla, descubrió que era la carpeta que antes se llamaba FYL.

Evidentemente, Fang Yingli había cambiado el nombre en algún momento, a escondidas. Quizá aquel día en que miró esas carpetas pensativo y dijo: “Entonces tengo el mismo trato que los demás”. Él sintió que no debía ser así. No lo permitía. Así que lo cambió.

Su carpeta debería llamarse novio.
Pero novio no era suficiente. Novios se pueden tener muchos.
Marido es distinto.
Marido solo hay uno.

Marido.

Ren Yu miró esas dos palabras frente a sus ojos; sintió un leve escozor en el pecho y calor en la cara. Cerró la pantalla de golpe, temeroso de que alguien pudiera verlo.

Este tipo era un verdadero desgraciado: claramente no había venido con él, y aun así estaba en todas partes. De repente, empezó a echarlo de menos.

Si iba a Myanmar, sería difícil encontrar comida china decente; extrañaría la mano de Fang Yingli en la cocina. Además, la infraestructura de señal en el norte de Myanmar era un desastre: ni siquiera sabía si podrían hacer videollamadas.

Irritado, Ren Yu metió el portátil en la mochila cuando, de pronto, una sombra cayó sobre él. Dos piernas largas y rectas se plantaron ante sus ojos, envueltas en unos pantalones casuales gris claro. Al levantar la vista, vio un bolso de viaje colgado del hombro derecho; la correa negra delineaba un pecho firme que tensaba una camisa de lino color beige. Más arriba aún, su mirada se encontró con los ojos de Fang Yingli, entre sonrisa y no sonrisa.

El corazón de Ren Yu dio un brinco. Pensó que quizá era una alucinación; de lo contrario, aquello era demasiado propio de un drama romántico. Siempre había creído que ese tipo de escenas solo funcionaban con chicas. No esperaba caer él también.

—CA 1475, 11A —dijo Fang Yingli, mirando la tarjeta de embarque en su mano—. ¿Cuál es tu asiento?

A contraluz, su figura quedaba oscura por delante, con un halo difuso bordeando el contorno. A Ren Yu se le vino a la mente una estatua divina que había visto en un templo de la India: al entrar, el rostro tampoco se distinguía con claridad.

El corazón le golpeaba como una campana, pesado y profundo.

Ren Yu apartó lentamente la mirada de su rostro y bajó la cabeza. Tardó un segundo en reaccionar, aturdido.

—12E.

—No está tan lejos. Quizá podamos pedir a alguien que cambie de asiento —dijo Fang Yingli.

En ese momento comenzó el anuncio de embarque. Al ver que Ren Yu seguía en estado de shock, Fang Yingli le arrebató la mochila de la mano, la cargó al hombro y echó a andar a grandes zancadas hacia la puerta.

—¿Cómo es que viniste? —preguntó Ren Yu, rascándose la cabeza mientras lo seguía—. ¿Y Theta?

—Lo llevé esta mañana a una residencia para mascotas. De paso fui a la empresa a entregar la renuncia y hacer el traspaso —respondió Fang Yingli.

Antes de que terminara la frase, Ren Yu aceleró el paso, se puso frente a él y le tocó la cara al girarse. La barba seguía afeitada con cuchilla, aunque se notaban algunos puntos donde el vello no había sido cortado del todo, dejando una aspereza evidente.

Bajo la mirada desconcertada de Fang Yingli, Ren Yu sonrió.

—Se siente un poco irreal. Quería comprobarlo.

De verdad estaba siendo un idiota.

¿Cuándo había sido Fang Yingli alguien que obedeciera?

Ya en su primer encuentro lo había calado por completo: había medido sus avances y retiradas, contenido su cobardía, recogido su torpeza, incitado su valentía.

Ren Yu sabía que, quizá, que no fuera obediente era una de las razones por las que le gustaba.

Pero en ese instante, era la razón por la que iba a amar a Fang Yingli con todo su ser.

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