Capítulo 54: La llave (Fin)

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Capítulo 54: La llave (Fin de la novela)

Dos días después, al caer la tarde, Ren Yu llevó de nuevo a Fang Yingli al pueblo joyero para recoger la gema que había encargado.

Tras el mostrador estaba una chica, maquillándose frente a un espejo; se había aplicado el pintalabios a medias y estaba frunciendo los labios cuando vio entrar a los dos. Dejó el labial y tomó el resguardo que Ren Yu le tendía.

—¿Quieres terminar de pintarte primero? —dijo Ren Yu, apoyando la parte superior del cuerpo en el mostrador—. No nos importa.

Ella respondió que no pasaba nada y se dio la vuelta para buscar en los estantes, uno por uno. Al principio anduvo algo perdida; luego recordó de pronto que el tallador, el día anterior, había comentado que no era común ver a dos hombres enamorados, y que todos se habían quedado un buen rato mirando la pieza terminada. Esta vez dio con ella enseguida.

—Este —dijo, sacando una pequeña caja de terciopelo azul y colocándola sobre el mostrador.

La caja era pequeña. En el instante en que Fang Yingli se dio cuenta de que era un estuche para anillos, la tapa se abrió ante él: dentro, encajadas, había dos alianzas masculinas a juego, engastadas con aguamarina.

Tras el pulido y abrillantado, la piedra en bruto adquirió un azul de una transparencia extrema, que bajo la luz interior irradiaba un brillo suave.

Ren Yu tomó uno de los anillos y lo examinó con atención.

—Pedí que el aro tuviera un leve motivo de ramas de rosa inglesa, aquí —señaló—. Pero casi no se nota, ¿eh?

Fang Yingli siempre había creído que estaba actuando como consejero, ayudándolo a elegir algo que le gustara. No imaginó que al final Ren Yu encargaría un par de anillos de pareja.

—Mejor que no se note demasiado —dijo Ren Yu—. Así queda más sobrio.

Mientras hablaba, tomó la mano de Fang Yingli y le colocó el anillo, empujándolo hasta la base del dedo. Le quedaba perfecto. Le gustaba demasiado esa mano como para equivocarse con la talla.

Ren Yu, un poco orgulloso, se puso el suyo también. Juntó ambas manos y las observó un buen rato; cuanto más miraba, más le parecían hechas la una para la otra.

—Tengo buen ojo, ¿a que sí? Al principio quería grabar un perro encima, Theta, pero me dijeron que no se podía.

Fang Yingli chasqueó la lengua.

—Pues sí, tienes muy buen ojo.

La chica del mostrador ya estaba conteniéndose; esta vez no aguantó y soltó una carcajada.

Ren Yu se tocó el puente de la nariz y protestó, golpeando suavemente el mostrador con los nudillos.

—¿Nadie ha pedido algo así antes?

La chica se recompuso, con la sonrisa aún dolorida de tanto reír.

—La verdad, jefe, no. Es el primero.

—Entonces tendrán que ampliar el negocio y mejorar la técnica —dijo Ren Yu, no sin pesar—. Ni siquiera pueden grabar a nuestro perro del amor.

—Lo siento —respondió ella, ya más relajada—. ¿Son pareja, verdad? Pueden hacerse una foto aquí: una se la llevan y otra la colgamos en la pared.

Señaló la pared del fondo, cubierta por completo de fotos de parejas, todas sonriendo con brillo.

—Mejor no, gracias —dijo Fang Yingli.

Hacerse fotos en un lugar turístico para que luego las peguen en un escaparate y queden allí dos, tres, cinco años, a la vista de cualquiera, le parecía francamente cursi. Era su reacción habitual: negarse.

A Ren Yu le daba bastante igual, pero al ver que la chica ya había levantado la cámara instantánea con entusiasmo, tiró de Fang Yingli para colocarlo.

—Creo que nunca nos hemos hecho una foto juntos —lo persuadió—. Querido abogado Fang, coopera un poco.

No había remedio: Fang Yingli caía rendido ante ese tono. Dio medio paso hacia atrás, colocándose ligeramente detrás de Ren Yu, para que él quedara delante.

La cámara se alzó, se ajustó y volvió a bajar. La chica levantó la mano para indicar:

—El de la izquierda, sonría un poco. De esas sonrisas con dientes, ¿vale?

Ren Yu no veía la expresión de Fang Yingli; solo oyó que la chica dijo «bien», volvió a apuntar y empezó a contar: tres, dos, uno.

Clic, clic.

La foto salió despacio, aún sin revelarse. La chica sujetó de una esquina y la agitó en el aire. Mientras esperaban, preguntó con cautela:

—Son la primera pareja del mismo sexo que veo. ¿Puedo hacerles una pregunta?

—Claro —respondió Ren Yu—. Dime.

—En casa… ¿quién manda?

La mirada de la chica fue de Ren Yu a Fang Yingli. Ambos eran hombres altos, guapos, de esos que rondan el metro ochenta. Le costaba imaginar cómo se llevaban en el día a día. Como antes: uno quería hacerse la foto y el otro no. En la vida cotidiana habría muchas situaciones así. ¿No acabarían peleándose?

Pero apenas terminó de formular la pregunta, ambos respondieron al mismo tiempo:

—Yo.

—Yo, claro.

El «yo» de Fang Yingli sonó categórico; el «yo, claro» de Ren Yu, aún más rotundo. Se miraron los tres a la vez y estallaron en risas.

Ren Yu fue el que más rió. Tras un momento para recuperar el aliento, le dijo a la chica:

—Mira, te voy a explicar algo…

—Mira: cero multiplicado por cualquier número da cero; uno multiplicado por cualquier número da ese número. Entonces, uno por cero es cero… ¿por el uno o por el cero?

La chica se quedó completamente enredada, contando con los dedos, atónita. En ese momento la foto empezó a revelarse. Ren Yu bajó la vista: los colores iban apareciendo poco a poco, las líneas subían. Primero, la manga de la camisa de Fang Yingli, arremangada con soltura en el antebrazo; luego, la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón gris claro, y la derecha apoyada en su cintura; después, el rostro con una sonrisa plenamente abierta. Fang Yingli sonreía de verdad, mostrando los dientes, los ojos entrecerrados: guapo y dulce a la vez.

Ren Yu pensó que él salía con una sonrisa un poco boba, pero no estaba mal. En la foto, los dos combinaban tan bien como los anillos. Colgada allí, destacaría muchísimo. Si la tienda abría diez años, dejarían que quienes pasaran durante diez años la vieran; si abría cincuenta, lo mismo durante cincuenta. Ellos seguirían avanzando, pero allí habría algo que no cambiaría, algo dejado atrás.

Ren Yu tomó una de las fotos y se despidió de la chica. Salieron de la tienda. Fang Yingli seguía frotando con el pulgar el anillo, el metal plateado y liso en el dedo anular.

—¿Cómo se te ocurrió encargar los anillos? —le preguntó.

Para ser sincero, Fang Yingli no es que no hubiera pensado en ello. Pero siempre había creído que Ren Yu era de los que no le gustan las ataduras, y el anillo representaba un compromiso, una ligadura. Pensaba que no le gustaría.

—Mira, al final usamos el pago restante del proyecto de Monzón. Ese dinero cuenta como mío, pero en realidad también es tuyo. Usarlo para hacer anillos, uno para cada uno, me parece perfecto —dijo Ren Yu—. Además, creo que lo que todo el mundo hace, uno puede hacerlo de vez en cuando sin que tenga nada de malo.

Fang Yingli seguía mirándolo.

—Vale, vale —cedió Ren Yu, como si lo hubieran calado—. La verdad es que de repente entendí algo.

—Me di cuenta de que estos días contigo en Mangshi he sido más feliz que viajando solo.

 «—Es raro. Antes siempre pensaba que estar solo estaba bien, porque con otra persona hay que ceder, hacer cosas que no te apetecen, decir cosas que no quieres decir. Por ejemplo, si tú quieres ir al sitio A y yo al B, no queda otra: primero te acompaño al A y luego vamos al B. O cuando estoy cansado y no quiero hablar, pero tú sí quieres, tengo que acompañarte.»

 «—Pero contigo, viajando juntos, no siento que eso me moleste.»

 «—Al contrario: cuando comemos algo que no está bueno, pienso que Fang Yingli cocina mejor que esto; cuando el hotel es incómodo, pienso que menos mal que la cama de Fang Yingli en casa es comodísima. Incluso cuando en el viaje pasan cosas no del todo satisfactorias, tú haces que tenga buenas expectativas del futuro.»

Mientras caminaban, Ren Yu se acercó a Fang Yingli, hombro con hombro, y entrelazó sus dedos.

El gesto fue totalmente inconsciente. Pero cuando los dedos se engancharon y se balancearon en el aire, recordó de pronto, como un fogonazo, que hacía muchísimo tiempo, en una tarde de finales de otoño, su padre y su madre caminaban así, de la mano, por una acera cubierta de hojas doradas. Él solía ir un paso por detrás, mirándolos.

En ese instante comprendió de repente a Meng Yin. Parecía haber encontrado una respuesta distinta a la “solución” correcta, una capaz de llenar por completo el examen de su vida.

—Dicen que para vagar felizmente por el mundo hay que tener un lugar al que volver. Ahora creo que puede ser verdad. Tú eres ese lugar al que puedo volver.

 «—No creo que un anillo o un diamante puedan representar una vida entera sin cambios —dijo Ren Yu—. Tampoco les he dado ese significado.»

 «—Para mí, se parece más a una llave que abre la puerta de casa.»

Le levantó la mano a Fang Yingli. La delicada gema brilló bajo el sol con un azul puro y limpio.

—Significa que yo te abro a ti, tú me abres a mí, y volvemos a casa.

—Fin—

── ⋆⋅𖤓⋅⋆ ──

Esta es la historia de un viajero errante que encuentra un lugar al que pertenecer, y de un lugar que está dispuesto a vagar con él. Hay romanticismo en un hogar que se construye durante el viaje; ellos pueden amarse y, al mismo tiempo, seguir siendo ellos mismos.

En realidad, al llegar al final, la complejidad de esta historia superó con creces lo que había previsto. No tanto por la trama (nunca he sido especialmente buena en eso), sino por la exploración de muchos temas: justicia, verdad, bien y mal, arte, relaciones familiares, elecciones de vida, posibilidades… Puede que estas reflexiones no sean profundas, pero creo que son valiosas. Agradezco también la tolerancia hacia las ideas aún inmaduras de Xiao Fang y Xiao Ren. Además, debido a los cambios en la plataforma que redujeron drásticamente la visibilidad, la etapa final de la escritura no fue sencilla; todo se sostuvo gracias a las recomendaciones de los lectores a amigos y conocidos, que evitaron que la obra cayera en el olvido.

Después vendrán varios relatos extra, incluidos algunos pedidos por lectores (sí, también los picantes con micrófonos ocultos), que se publicarán próximamente. El próximo libro probablemente se titulará Cámara rosada y quizá continúe con el estilo tenso de esta historia. Si te interesa, puedes ir a la otra página, guardarlo y seguir al autor. Ojalá volvamos a encontrarnos en el siguiente.

⊹₊˚‧︵‿₊୨ᰔ୧₊‿︵‧˚₊⊹

Nota de la traductora: Este tercer libro al que la autora hace referencia, está en proceso de traducción y edición, así que esperamos poder compartirlo pronto con ustedes en Pabellón Literario.

Gracias por seguir ahí.

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