El Inquisidor Paris.
Era un caballero sagrado bastante competente, pero se decía que aún carecía de la experiencia y madurez necesarias para ejercer como comandante de la orden.
Aun así, ascendió al puesto porque el anterior comandante, sir Durand, falleció repentinamente en un accidente.
«Desde ahora, usted es el comandante de la Orden de Santa Marcia».
El día en que se abrió un Portal dentro del Palacio Imperial, un incidente sin precedentes, el Santo Emperador le había dicho claramente esas palabras a sir París.
Tal como lo había ordenado, sir Paris, que había sido el asistente del comandante, tuvo que asumir el puesto de comandante interino y reorganizar la orden completamente desordenada. Poco después, bajo la dirección del cardenal Benitus, se inició la búsqueda de los remanentes de la iglesia oscura.
Con tantas tareas posteriores, el puesto se le fue consolidando por conveniencia. Naturalmente, algunos inquisidores mayores y sus pares no veían con buenos ojos la situación.
—Si sabe que ese puesto le queda demasiado grande, también debería saber rechazarlo por iniciativa propia.
—Con el comandante muriendo de esa manera… supongo que lo vio como una oportunidad para ascender.
Precisamente quienes no habían movido un dedo durante las labores de limpieza posterior eran los que más hablaban. En lugar de calmar los ánimos como los veteranos que eran, fomentaban la discordia interna.
Pero como comandante, no podía quejarse con nadie.
Así, mientras se iba agotando entre días llenos de fricciones, llegó desde la Santa Sede una decisión completamente inesperada.
«La santa es la Apóstol que continúa la voluntad de Santa Marcia. Ha expresado personalmente su deseo de unirse a la Orden de los Caballeros Sagrados, por lo que deberá recibir un trato acorde con su posición».
Cuando escuchó esa orden, Paris no pudo creer sus oídos.
¿Iban a colocar de repente a una niña de doce años que ni siquiera era caballero en un puesto equivalente al de ayudante del comandante?
Por supuesto, en principio no era algo imposible.
La Santa era alguien proclamada como una santa viviente. Aunque no tiene poder real, por rango en la Iglesia Ortodoxa era tratada prácticamente al mismo nivel que un cardenal.
Se le asignaba un rango equivalente al de ayudante únicamente porque carecía de experiencia práctica; en realidad, era prácticamente una superior incluso por encima del comandante de la orden.
Pero la realidad no funciona así.
Si la propia Santa iba a ingresar directamente en la orden, entonces la historia cambiaba por completo.
¡¿Una ayudante del comandante entrenando junto con escuderos novatos?! ¡¿Tenía eso algún sentido?!
—¡Comandante, esto es demasiado! ¡Oficial dice! ¡Ni siquiera ha sostenido un arma como es debido! ¡No deja de ser una mocosa!
—¿No está recibiendo demasiados privilegios solo por pertenecer a la familia imperial? ¡La disciplina de la orden se verá afectada! ¡Por favor, haga algo!
Cuando sus subordinados, de repente, comenzaron a suplicarle con ese tono, Paris se sintió desconcertado.
Al menos, aquella situación sirvió para que los Caballeros de Santa Marcia fortalecieran su unidad interna.
Sin embargo, considerando que la medida era exagerada, Paris decidió ir personalmente a hablar con el cardenal Benitus para presentar sus objeciones.
Sin embargo, apenas un día después encontró al cardenal con el rostro visiblemente demacrado, quien le preguntó:
—¿Sabes que después de la revelación divina de San Aurelio, él recibió múltiples privilegios y tierras de la iglesia ortodoxa para cumplir su misión?
Paris parpadeó perplejo.
Eso era apenas una historia sobre ‘El Santo que recibió la revelación divina y guio al pueblo’, casi sin mención en los textos sagrados.
—¿Y conocías el caso de hace varios siglos, cuando el sacerdote Granius ocupó temporalmente el cargo de comandante de la orden para negociar de urgencia con los señores locales de Anatolia?
—¿Eh?
Naturalmente, era la primera vez que escuchaba algo semejante.
Entonces el cardenal Benitus frunció todavía más su ya arrugado rostro y soltó un profundo suspiro.
—¿No lo sabías? ¡Yo tampoco lo sabía, hasta hoy! ¿Qué podemos hacer? Por ahora no hay ningún fundamenteo para oponerse a la voluntad de Su Majestad. No sé de dónde demonios sacó todos esos documentos históricos, pero las pruebas y los precedentes son demasiado claros.
—…
—Cuanto más lo pienso, más aterrador me parece. No me digas que… ¿acaso memorizó por completo incluso las escrituras perdidas?
Si ese anciano tan exigente y estricto se había rendido, entonces no quedaba otro recurso.
Las preocupaciones de Paris se hicieron aún mayores.
Entonces surgió la idea dentro de la orden de hacer la ceremonia de ingreso para la santa. Aunque era llamada una ceremonia, en realidad era una tradición de someter a los nuevos escuderos a un entrenamiento brutal para forjar disciplina militar.
—¿No creen que, si pasa por la ceremonia de ingreso, se llevará tal susto que retirará su solicitud de unirse a la orden?
—Pero incluso los escuderos que ya han recibido cierto entrenamiento suelen acabar postrados en cama durante varios días después de la ceremonia. Si hacemos que una Santa tan joven reciba semejante castigo, ¿qué pensará la gente de nosotros?
—Entonces, con el pretexto de hacer un ensayo, mostremos al menos cómo es el entrenamiento real. Que experimente personalmente una parte del entrenamiento que realizan los escuderos novatos. Con eso no debería haber demasiadas críticas.
Esa propuesta sonaba razonable.
¿Una niña pequeña, criada entre algodones como la Santa, insistiría de verdad en ingresar en la orden después de presenciar el despiadado entrenamiento de los Caballeros Sagrados?
Así fue como, al día siguiente, el comandante París terminó convocando personalmente a la Santa al campo de entrenamiento.
—¿…?
Pero la situación fue diferente de lo esperado.
Incluso al ver a los inquisidores vestidos con armaduras de placas completas, en lugar de las ligeras armaduras de entrenamiento, proyectando una presencia feroz, la Santa no mostró el menor cambio de expresión.
Lo único que hizo fue exclamar con admiración:
—¡¿Este es el poder público del que hablaba mi hermano mayor?!
“…¿Poder público?”
Ante los ojos cada vez más brillantes de la santa, el comandante Paris tuvo un mal presentimiento.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
—¡Hyaat!
—¡Iryap!
—¡Hay!
En una esquina del campo, los escuderos blandían mazas con pinchos, sudando y actuando como delincuentes violentos, tal como les indicaron sus superiores.
La amenaza era palpable, como si pudieran matar a alguien en cualquier momento.
—¡Esa es el arma segura de la que habló el joven duque!
“¿Un arma…segura?”
El comandante Paris sudaba frío.
Algo estaba saliendo terriblemente mal.
Y su mal presentimiento alcanzó el punto máximo cuando pusieron un arma en las manos de la Santa.
El pesado mayal, que a la mayoría de las personas les costaría incluso blandir con ambas manos, fue levantado con facilidad por la Santa usando una sola mano, mientras imitaba a los escuderos y lo hacía girar alegremente en el aire.
Con esas manitas y esos brazos tan delgados…
Si era capaz de soportar semejante peso, significaba que ya estaba haciendo circular aura por sus músculos de forma completamente natural.
“¿Acaso la santa ha estado entrenando el control del aura?”
Pero antes siquiera de poder detenerse a pensar en ello…
¡Crack! ¡crash!
¡Y la coraza de placas que llevaba puesto el espantapájaros se hundió de golpe como si fuera papel!
—¡…!
—¡Huff!
Mientras todos los miembros de la orden de caballeros se quedaban pálidos del horror, la santa soltó un suspiro aliviado.
Parecía que, por puro instinto, sabía exactamente cuándo debía contener la respiración.
—Apuntar a un espantapájaros con armadura en vez de a una persona hace que me sienta más tranquila. Golpearlo así no los matará ¿verdad?
Todos los caballeros de Santa Marcia abrieron la boca en silencio.
“¡Pero acaba de destrozar el corazón y los pulmones de alguien de un solo golpe!”
Paris se frotó las sienes, empezando a sentir un dolor de cabeza. Algo estaba muy retorcido.
Y para colmo, los dos príncipes guardianes, que observaban sentados en la esquina, resultaban extremadamente molestos.
Sobre todo, el tercer príncipe.
Tenía una sonrisa arrogante y torcida como si hubiera previsto todo esto, su expresión era insoportable.
—Bien, Santa. Ahora vamos a comenzar el entrenamiento físico básico. ¿Desea participar?
Los inquisidores empezaron a trotar con rostro serio alrededor del campo de entrenamiento.
La santa los siguió sin decir palabra.
Aún no tenía uniforme de entrenamiento, así que corría con su larga túnica sacerdotal, sujetándose el amplio dobladillo mientras daba pequeños pasitos tras ellos.
La imagen de aquella pequeña santa corriendo con la túnica ondeando era algo adorable.
—Jeje, es un poco linda…
Los inquisidores se agarraron el corazón, aunque esa impresión no duró mucho.
—¿Por qué?… ¿por qué no se cansa?
No era una carrera de velocidad total, pues era un entrenamiento de resistencia, pero era impresionante que una niña tan pequeña mantuviera el ritmo sin desfallecer y sin perder velocidad.
Pero, sobre todo, no había ni una sola gota de sudor en ese trote calmado.
—Comandante, ya han superado el doble de la cantidad habitual de entrenamiento.
—¡Cállate! ¿Acaso piensas hacer el ridículo delante de la santa?
—Pero si siguen así, los soldados no aguantarán. Además, están más armados que de costumbre. Hay límites para reponer energía con poder sagrado.
Tal como lo dijo, pronto empezaron a desertar uno a uno los escuderos, y al final todos los inquisidores quedaron tendidos jadeando y exhaustos.
—Entrenan hasta quedar completamente agotados… Incluso durante el periodo del Festival del Natalicio mantienen un entrenamiento de esta intensidad. Sin una vocación verdaderamente admirable y una disciplina férrea, algo así sería imposible. —dijo con admiración Sisley
—…
Sin embargo, nadie le respondió porque estaban demasiado cansados para hablar.
Normalmente, la tradición consistia en que los caballeros veteranos hacían sufrir a los novatos para enseñarles disciplina, pero ahora la santa, una recién llegada, caminaba elegantemente entre los inquisidores exhaustos repartiendo su poder divino.
Su figura era sagrada y adorable, pero también era la causante del desastre, lo que generaba emociones contradictorias en los inquisidores.
—Oh, hoy sólo es un ensayo, así que…
El comandante Paris intentó despedirla.
—No exageres, Sisley. Esto es un entrenamiento físico leve para los caballeros. —intervinó con voz suave Morres. Tenía una sonrisa maliciosa—. Los otros caballeros entrenan todos los días a esta intensidad, ¿verdad, Logan?
El príncipe Logan asintió seriamente.
—El entrenamiento constante forma parte del deber de un caballero. Aunque, aún así, ¿no será este el mejor de los cinco cuerpos de Caballeros Sagrados? Nuestra Unidad Independiente Lilium también se enorgullecía de entrenar con una intensidad considerable, pero después de ver hoy a los Caballeros de Santa Marcias, siento que habíamos sido demasiado complacientes. Tendremos que reflexionar sobre ello.
—…
Los inquisidores intercambiaron miradas nerviosas al escuchar aquella sincera admiración.
“Oye… ¿Qué hacemos? ¿Tendremos que hacer esto todos los días?”
Pero, a diferencia de aquellos dos, que hablaban con total sinceridad, el rostro del príncipe Mores dejaba claro que se estaba divirtiendo muchísimo.
—Vamos, Sisley. Ya eres parte de los caballeros sagrados. ¿Por qué no entrenas con ellos hasta la misa? Después de todo, se han tomado la molestia de invitarte ¿no?
Parecía que unos cuernos demoníacos negros aparecían sobre la cabeza del príncipe por un instante.
“Ese lo está haciendo a propósito ¿verdad?”
“¡Oye, demonio!”
“¡Hoy era mi día libre y me obligaron a venir! ¡Por favor, ten piedad!”
Mientras los inquisidores lanzaban gritos silenciosos de desesperación, la Santa inclinó ligeramente la cabeza.
—Pero ya aprendí a manejar armas y terminé el entrenamiento físico, ¿qué falta ahora?
—La esgrima.
—¿Esgrima?
Cuando el príncipe Morres se lo mencionó, la santa pareció algo sorprendida.
—Pero escuché que los caballeros de Santa Marcia valoran la vida, y por eso no usan espada…
Los inquisidores se quedaron completamente atónitos y se miraron unos a otros.
“¿Lo hemos dicho nosotros? Yo solo recuerdo que siempre nos dicen que los capturemos vivos para llevarlos a la sala de interrogatorios… ”
—¿Qué estás diciendo, Sisley? Por supuesto que todos los Caballeros Sagrados deben valorar la vida. Pero, ante todo, un caballero del Imperio debe aprender la esgrima estándar de los Caballeros Imperiales. ¿Quién te dijo algo así?
La santa vaciló un poco antes de responder.
—Ah, eh… escuché que las espadas dan miedo porque pueden matar a personas. Y entonces…
Sisley había creído firmemente en lo que Orden le dijo, aunque no se atrevió a delatarlo, pero Logan la reprendió con seriedad.
—Qué pensamiento tan ingenuo, Sisley. No me digas que decidiste unirte a la orden con esa mentalidad tan superficial. Si un caballero teme matar, ¿quién confiaría en ti como una compañera de armas y te confiaría su espalda?
—¿Compañera de armas…?
—Así es. Imagina que te enfrentas a adoradores de demonios o demonios mismos. Mientras observas cómo hieren a personas inocentes, ¿vas a excusarte diciendo que no puedes detenerlos porque nunca aprendiste a matar?
—¡…!
—La espada del enemigo al que dudaste en abatir podría atravesar, al instante siguiente, el corazón del Caballero Sagrado que lucha a tu lado. Cuando eso ocurra, ¿podrás mirar a su familia a los ojos y decirles que hiciste todo lo posible por salvar su vida?
Los ojos de Sisley temblaron por la dura reprimenda. Pero la niña que había luchado durante años contra la muerte que se acercaba, era fuerte.
Apretando con firmeza sus manos temblorosas, miró a Logan.
Poco a poco, la vacilación desapareció de su mirada y fue reemplazada por unos ojos decididos.
Luego se giró hacia el comandante París, inclinó respetuosamente la cabeza y dijo:
—Fui ingenua, comandante. A partir de este momento participaré inmediatamente en todos los entrenamientos de la orden.
—No, no hace falta…
Paris intentó detenerla sudando, pero Sisley soltó una suave risa clara que resonó en el aire.
Era una risa cristalina, tan pura que parecía resonar limpiamente en el aire.
—Sí. Hoy todos han sido considerados conmigo con un entrenamiento ligero, ¿verdad? Pero desde ahora soy parte de Santa Marcia. Desde este momento enfrentaré todas las dificultades junto a mis compañeros. ¡Estoy decidida!
—…
Los rostros de los inquisidores tendidos en el suelo se volvieron aún más sombríos.
Mientras todos en el campo estaban solemnes, solo una persona desvió discretamente la cabeza con el rostro completamente rojo, esforzándose por contener la risa.
“¡pff! ja,ja,ja! ¡No puedo más con esto! Ja,ja”
—[… Lee Seong-jin, maldito demonio.]
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