Es difícil que emociones o impulsos no refinados se conviertan en una verdadera voluntad.
Además, para que esa voluntad se traduzca en acciones o fenómenos, suele requerirse más causa y efecto de la que uno imagina.
Entonces, ¿qué se debe hacer?
Como no se puede controlar el corazón de las personas, no queda más remedio que controlar la fuerza motriz que da origen a esa voluntad.
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Desde el primer día, el grupo de Seong-jin tuvo que acampar.
A pesar de que partieron temprano por la mañana con tiempo de sobra, coincidieron con el periodo del festival de cumpleaños imperial, y eso hizo que hubiera demasiados carruajes transitando hacia y desde Delcross. Incluso en las amplias carreteras pavimentadas era difícil mantener una buena velocidad.
Para colmo, uno de los carruajes comerciales que iba delante sufrió una avería, lo que provocó un atasco prolongado en el camino.
—De haber seguido el plan, ya habríamos llegado a Regina y descargado el equipaje. Todo es culpa mía —dijo Hermann inclinando su cabeza.
Era uno de los subordinados de Orden y el responsable de coordinar el itinerario de viaje del grupo.
—No, ¿cómo podrías prever este tipo de accidentes? No pasa nada —respondió Seong-jin con desgano, agitando la mano.
En ese momento, lo único que quería era descansar.
Para entonces, Seong-jin estaba completamente agotado por el estrés mental.
En un principio, había decidido tomarse las cosas con calma y meditar, independientemente del atasco. Pero hubo un imprevisto que no había anticipado en absoluto: en cuanto desapareció la Bendición, el maldito Rey Demonio, liberado de su carga, pasó todo el día haciendo alboroto con gran entusiasmo.
—[¡Ahajá! ¡Uajajá! ¡Mira esto, Lee Seong-jin! ¡Me he alejado de ti una buena distancia y no me pasa absolutamente nada!]
Ese sujeto entraba y salía de la mente de Seong-jin, interrumpiendo su concentración.
—[¡Guau! ¡Mira esto, Lee Seong-jin! ¡Puedo controlar a los ratones de campo!]
Acto seguido, poseyó a un roedor y comenzó a corretear tras el carruaje chillando sin parar.
—¡Chii! ¡chii!
—[¡Jajaja! ¿Qué te parece, Lee Seong-jin? ¡Este gran Rey Demonio ahora está volando por el cielo! ¡Uajajajá!]
Luego trajo un cuervo de quién sabe dónde, dio vueltas alrededor del convoy y finalmente aterrizó sobre el techo del carruaje, graznando de forma estruendosa.
—¿De dónde sale ese cuervo que no para de graznar? Dicen que los cuervos son sirvientes de las razas demoníacas. Es de mal agüero —murmuró Masain.
Ese joven comandante era bastante sensible al tema de los demonios, así que miró inquieto por la ventana una y otra vez, poniendo a Seong-jin aún más incómodo. Para empeorar las cosas, la única persona que podía comprender su sufrimiento, el comandante Bruno, no ayudaba precisamente.
—Señor Red, por favor, ya basta, está haciendo demasiado ruido.
—[¿¡Qué!? ¿Quién es el ‘Señor Red’? Idiota ¿Eh? ¡¿Ni siquiera viendo con tus propios ojos eres capaz de reconocer la grandeza de este Rey Demonio?!]
—¡Caaac! ¡Caaac! ¡Graaac! ¡Rrraaaac!
Con sus comentarios, Bruno solo echaba más leña al fuego, y el Rey Demonio se exaltaba aún más.
Por eso, cuando al caer la tarde Hermann anunció que pasarían la noche acampando, Seong-jin ya estaba resignado.
Las ojeras marcaban el rostro del príncipe, y Hermann se sintió aún más culpable al verlo.
—[¡Jajajá! ¡Lee Seong-jin! ¡Mira! ¡Estoy comiendo hierba junto a un caballo! Qué raro… es solo hierba, ¡pero sabe bien!]
Seong-jin frunció el ceño un instante, pero se bajó del carruaje sin hacer comentarios.
“Se lo dejo pasar… solo por ahora.”
Después de todo, era comprensible. Al fin y al cabo, el mismísimo Rey Demonio, el peor de los demonios, había soportado meses en Delcross, un lugar saturado de Bendición como si fuera aire y protegido únicamente por una barrera.
Y no solo eso; muchas veces tuvo que encogerse y quedarse quieto delante del Santo Emperador.
—[¡Lee Seong-jin! ¡Mira esto! ¡Puedo hacer trucos con este caballo!]
—¡Hihihiii!
El cochero sudaba intentando calmar al animal, que empezó a encabritarse de repente.
—¡Eeeeh! ¡Quieto! ¿Qué le pasa al animal? ¡Quieto! ¡Quieto!
Seong-jin cambió de idea. Si mañana seguía así, iría a la iglesia más cercana y lo exorcizaría sin dudarlo.
Mientras tanto, los preparativos para el campamento avanzaban con rapidez.
Siguiendo la guía de Hermann, se acercó a la fogata, donde un cocinero de los Caballero Lobo, junto a Edith, trabajaba afanosamente preparando la cena.
—Regina está a unas horas de aquí. Aunque el itinerario se retrasará, mañana llegaremos temprano y pasaremos allí un día más —explicó Orden cuando el grupo se sentó.
—¿Regina?
—Sí, allí hay un gran centro de distribución de logística para las mercancías.
Regina era una ciudad situada a un día de viaje de la puerta norte de Delcross.
Originalmente, había sido un pequeño pueblo rural, pero en la última década creció rápidamente gracias al inicio de las actividades de la Unión de Comerciantes. Todo el comercio que se dirigía hacia el norte y el este del continente pasaba por allí.
—Una vez lleguemos a Regina, el resto del itinerario no cambiará mucho —añadió Hermann.
Explicó que, tras pasar por el centro de distribución, las caravanas se dispersarían por todo el continente, y que el camino hacia el territorio de Sigsmund dejaría de estar congestionado.
—Podría ser incluso algo bueno. Igual que otros comerciantes, podremos quedarnos un día en Regina sin llamar la atención —comentó Orden.
Seong-jin siguió la dirección de su mirada hacia el otro lado del camino. Alrededor, había muchas caravanas que, como ellos, habían quedado detenidas y preparaban su campamento.
Entre ellas, justo enfrente, había un grupo que encendía su propia fogata y portaba un estandarte muy familiar para Seong-jin.
Recordó haberlo visto en los informes que Dasha había investigado.
El comerciante de rostro rudo y barba de chivo también le resultaba conocido.
—¿Es el grupo de comerciantes Milo?
—Exactamente.
Seong-jin chasqueó la lengua.
“Vaya sujeto más simple y bruto”.
Ahora entendía por qué había estado tan apurado con el itinerario: ¡su intención era emparejar el viaje con el de la caravana de Milo y seguirla de cerca para vigilar!
Mientras tanto, Edith le trajo a Seong-jin un estofado caliente. Apenas tomó la cuchara, pudo sentir miradas furtivas de reojo. Eran los miembros de los Caballeros del Lobo que acompañaban a Orden.
Aunque en un campamento no se podía esperar un banquete, la comida que le servían al príncipe era, sin duda, demasiado modesta. Parecía que les picaba la curiosidad por ver cómo reaccionaría el príncipe famoso por ser un incorregible malcriado.
“No sé qué esperan, pero yo soy alguien que pasó décadas comiendo raciones de supervivencia”.
Pensó Seong-jin con una sonrisa tranquila que se desvaneció en cuanto probó el primer bocado.
Al ver su reacción, los Caballeros Lobo se miraron entre ellos, intercambiaron señas y empezaron a reír por lo bajo.
—…
Seong-jin frunció levemente el ceño, pero sin decir nada tragó el estofado.
—Edith, ¿tú lo cocinaste?
—No, alteza. Yo solo corté las verduras y probé la sazón.
“Ah, con razón. Pensé que, aunque no estaba bueno, al menos se podía tragar”
En ese momento se oyeron por todas partes ruidos de gente escupiendo el estofado.
—¿Es… veneno?
—¡Creo que han intentado envenenarlo! ¡Su alteza! ¡Suelte el cuenco de inmediato!
—¡Un asesino! ¡Hay un asesino infiltrado!
…No, no creo que sea eso.
Seong-jin intentó calmar la situación antes de que se descontrolara, pero Masain, con el rostro pálido, ya le había arrebatado el cuenco para tirarlo al suelo mientras gritaba desesperadamente:
—¡Sacerdote! ¡Un sacerdote! ¡Su alteza ha ingerido veneno! ¡Rápido, trátelo!
—No, lord Masain no es eso…
—¡Maldita sea! ¡A pesar de que supervisé todo el proceso de cocina, esto ha ocurrido! ¡Debí probarlo yo primero! ¡Ya me parecía sospechoso que esos cuervos no dejarán de graznar de forma tan siniestra!
Seong-jin se llevó la mano a la sien, sintiendo un dolor de cabeza.
En ese instante, Edith, con expresión confusa, probó un bocado del estofado y frunció el rostro con fuerza.
—¡Puaj! ¡Sabe a bilis!
“¡¿Y eso es lo que tienes que decir ahora?!”
—[¡Wajaja! ¡Lee Seong-jin! Mira esto, ahora puedo poseer brevemente a personas también. Le hice comerlo yo mismo. Pero, ¿por qué este estofado sabe peor que el pasto que come el caballo?]
“¿Y para qué demonios andas probando eso tú también?”
Al final, el alboroto por el supuesto veneno se calmó solo cuando llegó el sacerdote.
—Su alteza está bien, lord Masain. No es veneno, puede estar tranquilo —dijo un hombre regordete con una sonrisa amable, retirando su poder sagrado. Era el sacerdote Gustav, sanador de los Caballeros Lobo.
—¿Es cierto? ¿Me juras que no hay ni una pizca de mentira en eso?
—Sí, sí, por supuesto. Tranquilo. Lo único es que el estofado esta… un poco… bueno, muy… malo.
Era un hombre extraordinariamente sociable.
¿Quién, si no alguien así, sería capaz de seguir sonriendo de forma tan bondadosa incluso ante un Masain que estaba comportándose como un familiar histérico?
En cualquier caso, una vez aclarado el malentendido, el estofado con sabor a bilis fue “rescatado” gracias a los esfuerzos del cocinero y se volvió medianamente comestible.
A Seong-jin le había parecido un desperdicio tirarlo todo. Por supuesto, durante la nueva preparación. Naturalmente, tampoco olvidaron mantener a Edith bien alejada durante toda la segunda preparación.
Cuando el príncipe terminó su estofado, el resto se animó a comerlo, aunque a regañadientes. Al poco, las miradas de los Caballeros Lobo hacia Seong-jin llevaban un matiz de respeto.
“Vaya, el príncipe Morres es increíble. ¡Comerse eso tan tranquilo!”
“Y encima mantiene con vida a una sirvienta así…”
“Es más indulgente de lo que pensaba”.
Aunque no era precisamente esa forma en la que deseaba ganarse su respeto.
Cuando terminaron su cena, ya tardía, algunas caravanas cercanas, que habían acabado antes, estaban celebrando con alcohol.
La mayoría eran mercenarios contratados como escolta, que dejaban solo a los centinelas y se emborrachaban sin pudor.
¿Así pretendían proteger a sus clientes?
—Aún estamos en una ruta segura y hay muchas caravanas viajando juntas. Los dueños suelen pasar por alto este tipo de cosas —comentó en voz baja el sacerdote Gustav, al notar la expresión de Seong-jin—. Además, este ritmo relajado se acabará en cuanto dejemos Regina.
Pero en cuanto hay alcohol en un grupo numeroso, los problemas no tardan en aparecer.
Como era de esperar, pronto comenzaron a escucharse insultos, voces altas y hasta peleas a puñetazos.
Era algo que no se veía en absoluto al pasar por la Puerta Norte; como si todos se hubieran quitado de golpe una máscara y estuvieran mostrando su verdadero rostro.
—Decían que fuera de la capital todo, personas y animales, se vuelven más toscos. Veo que era cierto. —comentó Masain, algo sorprendido.
Pero el comandante Bruno negó con la cabeza.
—Creo que es al revés, lord Masain. Los de carácter brusco se comportan mejor al entrar en la capital.
—¿Se comportan mejor?
—Sí. Un mercenario que conozco tenía un subordinado bebedor empedernido y problemático que causaba líos todos los días. Pero, curiosamente, cada vez que entraban en la capital, dejaba de comportarse mal, casi como por arte de magia. Él pensaba que era por la influencia de la Bendición.
—¿La Bendición?
—Sí. Las personas de temperamento impulsivo se tranquilizan notablemente. La buena seguridad de la capital, a pesar de la diversidad de gente que llega de todo el continente, se debe en gran parte a esa Bendición.
—Qué curioso…
En ese momento, una mujer atrajo la atención de Seong-jin.
Era una camarera contratada por la caravana de Milo, que iba de un lado a otro con una bandeja llena de copas de licor, sirviendo a los mercenarios. Tenía piel oscura, propia de la región de Varsha.
Pero lo que realmente llamó su atención fue su figura ágil y sus pasos sigilosos.
“…¿Dasha?”
Seong-jin parpadeó.
“¿Por qué estaba allí?”
Estaba seguro de que estaría usando ocultamiento de aura para seguirlo en secreto. Ella pareció notar su mirada, le guiñó un ojo y desapareció dentro del carruaje de la caravana.
Al mismo tiempo, el rostro del comandante Bruno se volvió serio. Él también debía haber reconocido aquella presencia familiar que había sentido en el Palacio de la Perla.
Seong-jin comprendió las intenciones de Dasha y negó con la cabeza, asombrado.
“Vaya, ¡qué mujer tan competente!”
En vez de seguirlos escondida, había decidido trabajar para la caravana, viajando cómoda y abiertamente con ellos.
Así tenía resuelto el tema de la comida y el alojamiento, además no gastaba energía ocultando su aura. Y al mismo tiempo, estaba investigando de incógnito la caravana Milo.
¿No era Dasha una auténtica genio?
—[¿No llamaste hace poco bruto y simplón a ese joven maestro?]
El Rey Demonio, que había terminado su “salida” y regresado a su mente, preguntó con desdén.
“Bueno, Orden es Orden”.
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