Una vez que se abrió la compuerta, las críticas empezaron a caer como un aluvión.
—¡Es un adorador de demonios!
—¡Sucio embaucador!
—¡Dijo claramente que volvería a vender su alma al demonio! ¡Yo lo oí perfectamente!
—¡N-no! ¡Nunca dije tal cosa! Solo que, como ustedes desprecian mi arte diciendo que es algo impuro obtenido de un demonio, me dejé llevar por la rabia…
El joven agitó las manos intentando salvar la situación demasiado tarde. Pero incluso sus compañeros trovadores que antes lo defendían dieron un paso atrás, mirándolo con ojos llenos de horror.
—¡Cállate, adorador de demonios!
—¿A quién piensas corromper ahora con tu música impía?
—¡Malditos adoradores de demonios! ¡Basuras como ellos, que corroen el mundo, deberían morir aquí mismo!
Hasta ese momento, Seong-jin solo observaba con indiferencia, pero al ver que la reacción de la gente era más violenta de lo esperado, se sorprendió.
“Un momento, si un borracho se calienta, es normal que diga tonterías, ¿no? ¿Por qué se están enfureciendo así?”
Sin embargo, la situación fue empeorando.
Los mercenarios borrachos empezaron a rodear al joven. Algunos se remangaban los brazos, emanando una actitud amenazante; si las cosas seguían así, parecía que podrían matarlo a golpes en cualquier momento.
Al darse cuenta de que algo no andaba bien, Seong-jin se levantó de su asiento. Entonces, Masain, que estaba junto a la hoguera, se le acercó rápidamente.
—Es solo una disputa trivial entre borrachos. Si la situación se descontrola, los caballeros y yo intervendremos. No se preocupe, alteza. No creo que lleguen a matar a alguien por un asunto tan insignificante.
En ese momento, el sacerdote Gustav, que había salido a escuchar el alboroto, negó con la cabeza
—Es perfectamente posible, caballero.
—¿No es solo una simple riña entre borrachos?
—Para ustedes puede ser algo extraño. Los que viven en la capital imperial no lo comprenden bien, pues, envueltos en la gracia de Su Majestad, apenas tienen que preocuparse por los demonios.
—Entonces, ¿fuera de la capital es diferente?
—Claro que sí. Aunque la Iglesia y la Inquisición trabajan arduamente, en muchos lugares del continente los adoradores de demonios siguen actuando. Matan personas como sacrificio para invocar demonios, y los demonios invocados vuelven a matar a más personas. Especialmente entre los mercenarios, no habrá casi ninguno que no haya perdido a un familiar o a un camarada a manos de un demonio o de un adorador de demonios.
—Ya veo…
—Para ellos, los adoradores de demonios son una amenaza real. ¿Cómo cree que van a quedarse de brazos cruzados?
Los ojos de Gustav, mientras hablaba, eran fríos como el hielo.
Seong-jin pensó que era un hombre de carácter amable, pero claro, sigue siendo un sacerdote. En lo que respecta a asuntos demoníacos, no muestra piedad.
Pronto, un grito agudo resonó y comenzó el linchamiento por parte de mercenarios.
—Alteza ¿usted como príncipe del Sacro Imperio realmente necesita proteger a alguien que ha cometido blasfemia? Probablemente se detendrán a tiempo. Los mercenarios aliviarán su ira, y ese joven necio aprenderá una valiosa lección. —El sacerdote Gustav añadió rápidamente, en un intento de disuadir a Seong-jin de acercarse.
El príncipe dejó escapar un pequeño suspiro.
—Sacerdote Gustav, ¿cree usted que ese joven es un adorador de demonios?
—Al menos no percibo ningún rastro de energía demoníaca. Solo me parece un joven impulsivo aquejado de esa enfermedad llamada arte.
—Entonces, ¿no es obvio que debemos salvarlo? Si hablamos de amenazas reales, ¿qué diferencia hay entre un auténtico adorador de demonios y quienes acusan falsamente a este muchacho de ser uno?
—Pero alteza…
—Y sí, llevado por tal injusticia, este joven realmente se entrega a los demonios a causa de su resentimiento, ¿quién será, en realidad, el que lo ha entregado?
Los ojos del sacerdote Gustav se abrieron de par en par, como si hubiera recibido un fuerte impacto y sus pupilas comenzaron a temblar.
“¿Qué dije para que reaccione así?”
Seong-jin lo miró con curiosidad por un momento, y luego se volvió.
Acompañado por Lord Masain y los caballeros residentes, se dirigió hacia el grupo de mercenarios.
La escena de la paliza estaba completamente rodeada por mercenarios furiosos.
Sin embargo, en cuanto vieron al séquito del príncipe, fueron los mercenarios quienes se sobresaltaron y abrieron paso.
Ni siquiera hizo falta que Masain levantara la voz; aquello demostraba que, aunque fingiendo indiferencia, llevaban todo el tiempo observando discretamente al grupo del príncipe.
Y no era para menos; desde el inicio, la comitiva de Seong-jin llamaba la atención. Al frente ondeaba el estandarte del Lobo, símbolo de la Caballería de Sigsmund, seguidos por los carruajes con el escudo imperial.
Las caravanas que, involuntariamente, viajaban junto al séquito del príncipe habían optado por mantenerse lo más lejos posible de ellos y evitar cruzar miradas.
¡Paf! ¡Pum!
Los mercenarios que golpeaban con furia bajaron la vista y retrocedieron al notar la presencia del príncipe.
—¡Ugh!
El joven trovador, que hasta entonces solo había podido cubrirse el rostro con ambos brazos mientras gritaba, dejó escapar un gemido y asomó tímidamente la cabeza al notar que los golpes cesaban.
En tan poco tiempo lo habían golpeado tan bien por todas partes que ya tenía los párpados completamente hinchados.
—Sir Valery
Al llamado de Seong-jin, el inquisidor pelirrojo se acercó rápidamente y empezó a canalizar poder sagrado sobre el maltrecho trovador. Aunque no hubo cambios visibles, el dolor parecía disminuir y el rostro del joven empezó a relajarse.
Solo entonces los mercenarios comprendieron que el príncipe había acudido para ayudar al muchacho y comenzaron a reunirse frente a Seong-jin, levantando la voz uno tras otro.
—…¡Es un adorador de demonios, alteza!
—¡Por favor, castíguelo! ¡Adoradores como él mataron a mi familia!
—¡Los adoradores del demonio deben pagar por sus crímenes!
Esos ojos brillantes, ardiendo en ira ciega, no buscaban justicia, sino solo desatar su rabia.
Seong-jin recordó de pronto algo que le había dicho Dominico Scarciapino hace poco.
«Como he vivido mucho tiempo en el extranjero por trabajo, a veces me resulta muy extraño ver ciertas escenas en Delcross».
Pensaba que quienes lloraban, emocionados ante el Santo Emperador eran como fanáticos de una secta… Pero, ¿acaso la gente fuera de la capital no es igual?
Quizás los humanos, en el fondo, siempre están un poco locos.
Seong-jin miró a su alrededor y habló.
—Como ustedes dicen, este hombre ha cometido el crimen de blasfemar contra Dios y el Imperio. Lo entregaré personalmente a la autoridad competente para que sea juzgado conforme a los procedimientos establecidos. Así que basta ya. Regresen todos a sus sitios.
Pero incluso ante la orden directa del príncipe, los mercenarios, exaltados, no se retiraron.
—¡Colaborar con los demonios es un crimen castigado con la ejecución inmediata!
—¡Alteza! ¡Ejecute aquí mismo a ese hombre y muestre la severidad de la Ley Sagrada!
—¡Conviértalo en un ejemplo para todos esos sucios adoradores de demonios!
El extraño fervor que se había apoderado de la multitud no desaparecía tan fácilmente. Finalmente, Seong-jin decidió usar su último recurso y miró a Masain.
—Lord Masain.
—Sí, alteza.
—¿Quién posee la autoridad para determinar si alguien es un hereje y castigarlo?
Masain, adivinando la intención del príncipe, respondió con gran formalidad.
—Únicamente los inquisidores autorizados oficialmente por la Iglesia Ortodoxa.
—Entonces estos insolentes, sin ser inquisidores, pretendían ejercer por su cuenta las facultades de investigación y acusación reservadas a ellos.
—Así es.
Los mercenarios, desconcertados, comprendieron por fin la trampa en la que habían caído y palidecieron.
—Eso significa que hace un momento, han osado ustedes mismos a atribuirse y hacerse pasar por un inquisidor sin tener derecho alguno.
—¡…!
—Han insultado la Ley Sagrada y pisoteado la autoridad de la Iglesia; esto es precisamente lo que haría un adorador de demonios. Es, sin duda, un crimen grave que debe ser castigado con severidad. Así que…
—¡Ah!
Los mercenarios palidecieron y evitaron la mirada del príncipe mientras retrocedían de manera apresurada. Después de dirigirles una mirada severa, Seongjin caminó hacia el joven tendido en el suelo.
—Oye, ¿puedes moverte?
—Snif… ¡G-gracias! ¡Muchas gracias! —Con la tensión disipándose, el joven abrazó su lira rota y comenzó a sollozar.
Aunque los mercenarios habían retrocedido por miedo, seguían lanzándole miradas cargadas de una intención asesina.
“Si lo dejó aquí, es muy probable que terminen apuñalandolo sin que nadie se entere”.
—Entonces, levántate y sígueme.
—¿Eh? ¿Qué?
Mirando hacia abajo al joven hecho un desastre por las lágrimas, Seong-jin habló con solemnidad.
—Aunque lo hayas dicho borracho, has cometido blasfemia y ofendido a toda la familia imperial. Considero que debes de recibir un castigo y una reeducación apropiada.
Al lanzar esa indirecta, el inquisidor Valery se apresuró a levantar al joven.
—Venga ya. Levántate. Por ahora, acompáñenos a nuestro campamento. Te arrodillarás de inmediato ante las Escrituras y rezarás, arrepintiéndote sinceramente de tus pecados ante el Dios Primordial. ¿Entendido?
Cuando incluso un caballero sagrado que emanaba poder sagrado se unió a la escena, solo entonces los mercenarios apartaron a regañadientes la mirada del joven.
Así, Seong-jin y su grupo lograron abrirse paso entre los mercenarios hostiles y rescatar al muchacho.
—Nos turnaremos para vigilarlo toda la noche, así que no se preocupe por él.
Tras dejar al joven en manos de los caballeros de guardia y de la Unidad Especializada en Monstruos, Seong-jin regresó al carruaje ya entrada la noche y cerró los ojos.
Fue un día agotador, pero las ideas y pensamientos se agolpaban en su mente, impidiéndole conciliar el sueño.
La gente que, arrastrada en un instante por un miedo sin forma, se dejaba llevar sin remedio.
La sospecha y la hostilidad dirigidas contra un objetivo que ni siquiera ellos mismos podían identificar con certeza y la ira.
No era un panorama del todo desconocido. Tal vez, de hecho, se parecía más al mundo que Seong-jin conocía.
“Si lo pienso bien, lo raro eran los del palacio…”
Personas que, sin importar qué cosas sospechosas hiciera él, lo observaban con calma.
Aquella confianza y apoyo incondicional.
Hundiendo el rostro en la suave ropa de cama, Seong-jin pensó:
“Para ser sincero, no esperaba que, en un solo día, añorará tanto el aire de la capital imperial”.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
A la mañana siguiente.
Sentado junto a la hoguera para desayunar, Seong-jin volvió a encontrarse con el joven, que parecía estar en mejores condiciones de lo esperado.
Él se presentó como Laurent. Aunque aún tenía un gran moretón azulado en el párpado, la hinchazón había bajado y su rostro se veía relativamente presentable.
Con su larga trenza enrollada alrededor del cuello, Laurent inclinó profundamente la cabeza hacia Seong-jin.
—Ayer no estaba en condiciones de agradecerle apropiadamente. Muchas gracias por salvarme la vida, alteza.
Aunque de vez en cuando se encogía ante las miradas filosas de los mercenarios, el joven tenía buena labia, propia de un artista. En poco tiempo, convirtió a la compañía reunida en torno a la hoguera en su público, relatando su historia con naturalidad.
—Últimamente, mi inspiración proviene de la vida del caballero errante Fernand.
Fernand Brac.
Tras el Santo Emperador, quien era considerado el mujeriego más famoso del continente, Fernand era la nueva sensación entre los conquistadores de corazones.
Aquel joven prodigio de Bretaña, recorría el continente con la excusa del entrenamiento, tejiendo una gran epopeya de amor.
Laurent explicó que se había inspirado profundamente en él, y que había decidido dedicar su vida a escribir bellas historias de amor entre hombres y mujeres.
Su primera obra interpretada ante el público había sido un poema improvisado titulado ‘El espadachín prodigio y la hija del conde’.
Y su mayor éxito, sin embargo, había sido una balada de amor llamada ‘El espadachín errante y la joven de amables ojos castaños’.
—¿Y cuál fue la última que escribiste?
—Sí. ‘El espadachín errante prodigio y la dama de la luna’.
Seong-jin, que sospechaba que la bendición de la capital quizá había influido en el arte del muchacho, cambió de idea al instante.
“¿No será que su espíritu artístico llevaba muerto desde mucho antes?”
“Todos sus temas son terriblemente trillados.”
—Durante las celebraciones del aniversario, tenía la esperanza de que Fernand Brac apareciera en la capital. De haber sido así, habría nacido mi obra maestra: el espadachín errante encontrándose con una hermosa rosa del palacio…
En ese momento sintió una mirada intensa. Al alzar la vista, Seong-jin se encontró con la mirada significativa de Orden.
El mensaje era claro:
‘¿Deberíamos matarlo?’
‘Sí. Hay que enterrarlo en algún sitio’.
Nunca imaginó que llegaría el día en que estaría completamente de acuerdo con ese tipo.
Sin notar que su vida pendía de un hilo, Laurent siguió hablando con naturalidad.
—Esta vez vine a la capital no solo por la invitación, sino también para buscar inspiración.
—¿Inspiración?
—Sí. ¿Acaso Su Santidad no es el protagonista de una historia viva? En mi tierra, Cartago, desde hace más de diez años se han cantado canciones sobre él sin que pierdan popularidad.
Canciones como ‘El príncipe errante y la dama de ojos azules’ o ‘El espadachín prodigio y la orgullosa duquesa rubia ’.
El grupo de Seong-jin intercambió miradas extrañas. Todos podían adivinar quiénes eran los protagonistas de esas canciones.
Visto así… ¡El Santo Emperador sí que tenía una vida digna de un relato!
—La imagen que busco es esta: una copa de licor que consuele al solitario espadachín… y una bella dama. —Laurent tomó su lira. Una nota breve y fuerte vibró, como si la cuerda fuera a romperse.
—¡Una mirada que se cruza! ¡El estremecimiento de ese instante! ¡Un amor que arde con intensidad! ~
¡Tiririn!
La melodía se suavizó, como acariciando a un amante.
—Y la espera solitaria y efímera de la dama que queda atrás.
Laurent alzó la voz:
~ Oh, mi amado, aquel que nunca volverá. Mientras los crocus dorados florecen y se marchitan, el búho llora triste toda la noche~.
—[…Patético.] —El Rey Demonio soltó un breve comentario.
Y tal cual, cuanto más avanzaba la canción, más se torcían las expresiones del grupo.
Lamentablemente para el joven lleno de fervor artístico, la verdad era que su estilo resultaba rancio y anticuado. Percibiendo el ambiente negativo, Laurent dejó de tocar y dejó caer los hombros.
—Ejem. —El comandante Bruno se acarició el bigote con incomodidad—. Si eso es tu arte, entonces tu inspiración no tardará en volver.
—¿Cree que será así?
—Claro. Ven con nosotros a Regina. Allí, después de pasar un tiempo, seguro que recuperas la inspiración. ¡Regina es una ciudad sin noches, donde se reúnen todos los placeres y excesos!
Laurent, con el rostro pálido, se tambaleó.
—Así que… ¿mi arte no es más que pura decadencia y libertinaje?
—No, no es eso…
El comandante intentó consolarlo, pero el joven abrazó su lira y se encogió en silencio.
La sensación de derrota era tan palpable que parecía una obra de arte vanguardista que representa un espíritu creativo destruido sin remedio.
Seong-jin lanzó una mirada fulminante al comandante Bruno.
“De verdad… Si no sabes arreglar la situación, ¡al menos no la empeores echando más leña al fuego!”
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