El día en que Seong-jin partió de la capital imperial.
Los hermanos y hermanas que lo despidieron se reunieron, como si lo hubieran acordado de antemano, en el Palacio de la Perla a la hora del almuerzo. Con el tiempo, se había vuelto costumbre comer juntos allí.
Incluso Seo Yi-seo, en modo Cadmus, se les unió, convirtiendo el almuerzo en el Palacio de la Perla en la comida más agotadora de todo el palacio imperial.
Los príncipes, las princesas y hasta la Santa estaban reunidos en la mesa.
Los sirvientes gritaban en silencio por dentro.
“¡Y nosotros que pensábamos que sería más fácil con el príncipe Morres ausente!”
Solo el jefe de cocina se sentía orgulloso, apretando discretamente los puños.
“¡Mis habilidades culinarias son las mejores de todo el palacio!”
Aun con semejante banquete servido ante ellos, los hermanos permanecieron callados por un momento.
Mores había abandonado el palacio apenas ese mismo día, pero la ausencia de aquel rostro serio y hosco que parecía tan natural ver todos los días les dejaba un extraño vacío.
Especialmente Amelia, que desde que él despertó de la fiebre había pasado prácticamente todos los días a su lado, estaba completamente desanimada.
—¿Por qué no comen? —preguntó Cadmus con extrañeza.
Amelia suspiró.
—¿Hasta dónde habrá llegado ya? ¿Estará bien? ¿Habrá viajado sin problemas?
—Claro que estará bien. Apenas han pasado unas horas desde que partió.
Entonces Sisley habló con expresión abatida:
—Sea lo que sea, allá todo será mucho peor que en el Palacio Imperial… Me pregunto si estará comiendo bien…
—Ni siquiera habrá llegado a Regina aún. ¡Deja ya esas preocupaciones! ¿Acaso crees que se ha ido a lo más remoto del mundo?
Cadmus se quejaba, pero Logan añadió con voz grave
—Por más que lo pienso, la escolta es demasiado reducida. Espero que no ocurra nada peligroso.
—…
Cadmus perdió el apetito de golpe. Desde que había entrado en este nuevo cuerpo, no le había pasado algo así. ¿Cómo podían estar así de apesadumbrados con semejante banquete frente a ellos? La luz dorada desapareció de sus ojos, y pronto volvieron a ser de un castaño oscuro.
—¿Eh? —Seo Yi-seo, que parpadeaba aún aturdida, vio el espléndido banquete frente a sí y se le llenaron los ojos de lágrimas— ¡Co… comida! ¡Es comida!
¡¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que probaba algo así?!
Desde que había adquirido la habilidad pasiva de Descenso de la Divinidad, no había tenido una comida decente. Entre lágrimas y mocos, empezó a llevarse la comida a la boca desesperadamente.
La noticia de que la Santa había vaciado todos los platos llorando de emoción hizo que el jefe de cocina del Palacio de la Perla se llenará de entusiasmo aún más.
Al día siguiente.
Frente a un almuerzo aún más abundante, Amelia, Logan y Sisley estaban todavía más desanimados.
—Desde la mañana siento un mal presentimiento. Mirabel rompió tres tazas seguidas al servirme té.
—¡Eso es porqué tiemblas tanto que dejas caer las tazas!
—Hoy sí que ha sido un día raro. En el patio de armas, todos los espantapájaros se destrozaron de un solo golpe…
—¡Eso fue porque los golpeaste con tu arma bruta, insensata descendiente mía!
—Fui demasiado imprudente. No debí confiar solo en la escolta. Al menos debimos haberle enseñado por completo la Séptima Forma de la Esgrima Estándar de los Caballeros Imperiales antes de enviarlo…
Cadmus chasqueó la lengua
—Hmph. Para ver estas escenas… tsk.
Y una vez más, durante la hora de la comida, Seo Yi-seo recuperó su cuerpo y, al ver la mesa servida, rompió en lágrimas.
—¡Comida! ¿Es esto un sueño?
Ese día, el mayordomo mayor Lewis recibió sucesivas consultas de los príncipes y princesas.
—…Así pues, Sus Altezas dicen estar muy preocupados por el príncipe Morres y preguntan si existe alguna manera de comprobar, aunque sea un momento, cómo se encuentra.
El Santo Emperador, que solo había conseguido terminar la interminable reunión de asuntos de Estado ya entrada la tarde, recibió el informe de Lewis y no pudo evitar sorprenderse.
“Pensaba echar un vistazo después de terminar mis deberes… pero ¿cómo se enteraron los niños de eso?”
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
Tras salir Seong-jin de la posada con los caballeros de su escolta, Bruno Green, que había quedado en la habitación, se arrepintió de su decisión.
Quiso evitar gente para no cansarse, pero terminó quedándose con la mujer más fastidiosa: una exorcista que recibía sin filtro pensamientos desordenados y los soltaba tal cual todo el día.
—[¡Bip bip bip, ji ji ji! ¿Cuándo vuelve? Tilín tilín. Esta es una lista importante. Fiuuu, shuuu. Estás irritado, ¡qué lindo! ¡Ah! Bip bip. ¡Vamos tras él! ¡Kya ja ja!]
Bruno gimió, enterrando la cabeza bajo la almohada. ¿No habría sido mejor acompañar al príncipe?
Pero de pronto, aquel ruido ensordecedor cesó.
—[…]
Bruno aguzó el oído, y finalmente se levantó de golpe. El silencio era agradable, pero tan repentino que resultaba inquietante.
Al salir, vio a la exorcista caminando por el pasillo.
—¿Adónde va, dama Sharon?
Los pasos sigilosos de la exorcista se detuvieron de golpe.
—¿Dama Sharon?
Sin embargo, cuando ella volvió ligeramente la cabeza, los ojos que lo miraban no eran los negros característicos de Sharon, sino unos familiares ojos gris plateado, extrañamente familiar.
Una presencia inmensa que se percibía incluso siendo él un canalizador torpe; el aura contenida y controlada, inconfundible.
Al final, Bruno no pudo evitar preguntar:
—…¿No me diga que… es Su Majestad? ¿Qué hace aquí?
Entonces la exorcista, no, el Santo Emperador, suspiró.
—Perdón por asustarte. ¿Podrías hacer como que no me viste? Solo vine un momento para comprobar como está ver al niño.
—…
Bruno, que siempre se mostraba respetuoso con su Majestad, estaba tan perplejo que no pudo abrir la boca con la misma reverencia de siempre.
¿Comprobar como estaba?
¿Cuándo apenas había pasado un solo día desde su partida?
¡Pero si apenas llevaba un día fuera!
Preocuparse también tiene un límite.
¿Qué clase de niño creía que era un príncipe ya casi adulto?
—¿Eh? ¿Ustedes dos no van a comer? ¿Qué hacen aquí?
En medio del silencio incómodo, un joven que subía con su lira los descubrió. Era el trovador Laurent, con su larga cabellera trenzada enrollada alrededor del cuello.
Aquel mismo día el príncipe le había advertido muy seriamente que no saliera del alojamiento, pues podía resultar peligroso.
Sin embargo, el Santo Emperador lo observó detenidamente con una mirada extraña y, de repente, abrió mucho los ojos.
—Alguien que debió haber muerto…
—…¿Perdón?
El rostro del Santo Emperador se tornó muy serio.
Alguien que debería haber muerto ayer u hoy había recibido tiempo extra de vida. Y no solo eso: incluso había recibido una misión especial.
Era imposible no adivinar de quién podría provenir tal influencia. Y justo en ese momento.
Los sentidos del Santo Emperador percibieron una extraña corriente de poder que surgió rasgando el aire.
Numerosos hilos de causalidad, atraídos caóticamente por algo, salieron disparados hacia un mismo punto.
Ante aquel movimiento inesperado, el propio mundo, que lo observaba, comenzó a agitarse.
Con una creciente inquietud, el Santo Emperador dirigió su mirada hacia algún lugar del norte, donde todas aquellas casualidades estaban convergiendo.
Apenas había pasado un día desde que salió de la capital imperial.
“¿Qué demonios estás haciendo ahora, hijo mío?”
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
—¿Una cita de negocios? —El guardia repitió incrédulo, y Seong-jin asintió.
—No fijamos fecha ni hora exacta. Solo envié una carta diciendo que pasaría pronto por Regina y que podríamos conversar. ¿Acaso no la recibió?
—Si lo dice de repente así… —El guardia dejó la frase a medias con expresión incómoda.
De la nada había aparecido un muchacho acompañado por un grupo de caballeros impecables, solicitando una reunión con el jefe de la sucursal de la Unión de Comerciantes y asegurando que ya tenían una cita.
Era absurdo, pero no podían rechazarlo de plano: la identidad que había mostrado era demasiado auténtica.
El guardia le pidió que esperara un momento y desapareció en la estación de comercio.
Al poco salió un hombre de mediana edad con buena presencia, seguramente uno de los administradores contratados por la Unión.
—Lamentablemente, el jefe de la sucursal está en una visita externa, alteza. Si no es una molestia, podría contarme el asunto, y yo se lo transmitiré.
—¿Ah, sí?
Seong-jin habló con un matiz de decepción. Claro que no esperaba encontrarse directamente con el jefe tan fácilmente.
—Pues bien, transmítele que me gustaría cenar con él esta noche y que me contacte en la posada. Estoy planeando un negocio y necesito su ayuda.
—¿Un negocio?
—Sí. Quiero abrir un restaurante en la capital, especializado en salmón. Necesitaré un suministro estable, así que pedí en la carta, con bastante detalle, que aumentaran las cantidades traídas desde Ortona a través de la estación de comercio. ¿No recibió la carta? —Antes de escuchar la respuesta, inclinó su cabeza pensativo y añadió—: Claro… no la recibió. De otro modo, no tendría sentido que justo cuando yo llego a Regina, él decida salir.
Naturalmente, la noticia de que el príncipe imperial pasaría por Regina ya se había difundido.
Si en verdad existía tal cita, era un desprecio abierto hacia un miembro de la familia imperial. El administrador sintió un sudor frío recorrerle la espalda.
—No me importa demasiado, así que no se preocupe. Solo asegúrese de darle el recado de que me contacte en la posada.
Después de dejar esa instrucción al nervioso administrador, Seong-jin salió.
—¿Un restaurante de salmón? ¿Desde cuándo le interesa un negocio así, alteza? Siempre está tan centrado en las lecciones de esgrima, así que no lo noté. —preguntó Masain que se le acercó.
Seong-jin lo miró con expresión compasiva.
¿Aún no me conoces, Masain? Obviamente, lo acabo de inventar.
—“¿Cómo está la energía demoníaca? ¿Notas algún cambio?”
—[Aún no, no se ha movido de su sitio.]
Hmm. Entonces, pese a señalar directamente al jefe, no hubo reacción. ¿No era él ni sus allegados?
“Si hay un demonio, pensé con certeza que estaría ligado al jefe …”
Seong-jin siguió meditando mientras caminaba.
En el fondo, esperaba encontrarse pronto con demonios.
La Iglesia Oscura, que adoraban al Rey Demonio como a un dios.
La Compañía Milo, que dejaba caer sus símbolos por todas partes.
Y la Unión de Comerciantes, que permitía y respalda la expansión al norte de la Compañía Milo.
Así que era lógico pensar que, en alguno de esos eslabones, debía de estar un demonio.
¿Pero ocultarse así, en plena gran ciudad?
—“Tal vez Dasha ya se infiltró ahí dentro. Estarán también Orden y su grupo, que siguen al jefe de Milo. ¿Dejar al demonio ahí sin más será seguro?”
—[Por ahora está oculto, su presencia completamente escondida. No creo que se mueva de manera precipitada.]
—“Entendido. Entonces esperemos un poco más”.
Seong-jin tenía sus respaldos.
Su visita a la estación de comercio no era solo para tantear al jefe: sobre todo, era una advertencia velada para que nadie hiciera nada imprudente ese día.
Al fin y al cabo, aunque iban disfrazados como caballeros residentes del Palacio de la Perla, todos sabían que parte de su séquito era en realidad caballeros de la Unidad Especializada en Monstruos.
—“Además, como mencioné lo de la cena, puedo intentar colarme antes a solas y tomar la iniciativa.”
En ese momento, una brisa pasó discretamente y se enroscó alrededor de su brazo. Absorbido en sus pensamientos, Seong-jin ni siquiera lo notó.
Condujo a su desconcertado grupo hacia la zona de restaurantes.
—¡Guau, la fama era cierta, estaba delicioso!
El restaurante recomendado por la dama Claudia era extraordinario. Al principio se sorprendieron por la multitud y la larga fila, pero el lugar era tan popular que contaba con mesas de honor reservadas.
Gracias a ello, pagando un suplemento, pudieron comer cómodamente sin esperar.
—Me alegra que le haya gustado, alteza. Hacía tiempo que no comía con tanto apetito, ¿verdad? —Masain sonrió satisfecho.
Desde que controlaba su peso, Seong-jin rara vez comía hasta llenarse, pero esta vez lo hizo.
Claro que la comida estaba rica, pero había otra razón de peso.
—[¿Ya terminamos? ¡Dame un bocado más de bistec! ¿Eh? ¡Sería un desperdicio dejarlo! ¡Ah, ese pastel de queso! ¡Un poco más de pastel de queso!]
De no haber sido porque Seong-jin le gritó que se controlara, el Rey Demonio habría acabado devorando incluso los platos de los demás. Finalmente, tras la comida, el demonio se revolcaba en su mente.
—[¡Uuuhhh, esto sí es vida! ¡Qué felicidad!] —murmuró.
Seong-jin se quedó pasmado.
—“¿Felicidad? ¿Un demonio que se alimenta de la desgracia humana, hablando de felicidad?”
—[Lo dices porque no entiendes. Los demonios usamos la desgracia como combustible para hacernos felices. No buscamos la desgracia en sí. Piénsalo: ¿acaso existe algún demonio que quiera ser desgraciado a propósito?]
…Visto así, tenía sentido.
—[En el inframundo es casi imposible experimentar placeres como estos. Por eso los demonios buscan con tanto ahínco contratos con humanos. Deseos primitivos como el apetito o el deseo carnal son tremendamente atractivos incluso para nosotros.]
El demonio, contento, rodaba por su mente.
—[Por eso, a veces, los demonios novatos fracasan en controlar estos deseos y ponen en peligro a su contratista. Los convierten en cerdos glotones de la noche a la mañana, o en asesinos hedonistas. Incapaces de resistir sus impulsos, lo arruinan todo. Estúpidos.]
¿Y eres tú el que dice eso?
¡Si hace un momento casi lamías el plato de Masain!
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