Capítulo 31

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Capítulo 31

En la estación de investigación de animales polares, un grupo de expertos y profesores comenzó a interesarse por aquella casita de piedra junto al mar.

Empezaron a hacer conjeturas: ¿sería una obra de los inuit o quizá de algún otro animal de gran inteligencia?

En cuanto a los osos polares… todos coincidían en que aquello era poco probable.

Los osos siempre habían dado la impresión de ser criaturas torpes y brutales, dueñas de una fuerza descomunal y un temperamento feroz, pero sin el menor atisbo de estrategia o astucia.

Aun así, nadie había olvidado que, durante la Segunda Guerra Mundial, existió un oso pardo con méritos sobresalientes. Su vida fue extraordinaria, llena de hazañas notables y gestas conmovedoras.

Aquel oso, que llegó a recibir el rango de cabo segundo como reconocimiento a su servicio, seguía siendo recordado en las historias populares.

Para averiguar qué estaba ocurriendo realmente, la estación de investigación decidió, tras debatirlo, instalar cámaras terrestres cerca de los dos osos polares.

En realidad, la idea no había surgido de repente: hacía tiempo que la estación deseaba hacerlo.

Por un lado, cuando llega la noche polar, el uso de drones se complica y resulta casi imposible obtener fotografías de buena calidad.

Por otro lado, las tomas aéreas solo podían ofrecer un único ángulo, lo que ya no bastaba para saciar la creciente curiosidad del público por Odys y Alexander.

Hasta ahora no se habían colocado cámaras terrestres porque ambos osos polares se movían constantemente: la velocidad de su migración superaba con creces la eficiencia de cualquier instalación.

Pero ahora… esas dos criaturas parecían haberse establecido junto al mar.

—Ja, ja —comentó uno de los investigadores—, parece que al fin tienen una casa.

¿Y qué podía ser más alentador que eso?

Solo imaginar a dos osos polares en medio de aquella tierra desolada, con un refugio donde refugiarse del viento y la nieve, bastaba para hacer sonreír a cualquiera. Además, si por fin se habían asentado, las cámaras terrestres podrían comenzar su trabajo.

Era una noche serena. Las estrellas brillaban con el mismo fulgor deslumbrante de siempre, tan hermosas como los ojos del encantador osito Alexander.

Una cámara móvil, camuflada bajo una coraza de piedra, se deslizó en silencio por la costa.

Era el modelo más avanzado de equipo de grabación en exteriores, importado del mercado chino. Según las especificaciones, contaba con un sistema de captura nocturna capaz de producir imágenes nítidas y luminosas incluso en la oscuridad total.

El único inconveniente era su precio: resultaba exorbitante.

Por ahora, aquel tipo de equipo tan costoso tenía una difusión muy limitada; solo se usaba para observar animales de carácter dócil, como las adorables nutrias, los zorros o los conejos.

Los osos polares, en cambio, eran criaturas fieras por naturaleza y ocupaban los primeros puestos en la lista de animales que más disfrutaban destrozando cámaras.

Que la estación de investigación se hubiera atrevido a invertir en un dispositivo tan caro para seguir a Odys y Alexander solo podía explicarse de dos maneras: o los científicos sentían un afecto especial por esas dos criaturas, o confiaban de verdad en que el prudente y sereno Odys, junto con el amable y encantador Alexander, no se divertirían “jugando” con la pobre cámara.

Ojalá aquella confianza no resultara defraudada.

La cámara terrestre había comenzado ya su labor. Quizá podían ponerle un nombre: Piedrecita.

Cada fotograma que capturaba Piedrecita se enviaba de inmediato a las computadoras del centro de investigación, donde un grupo de personas seguía las imágenes con atención.

Estaban a punto de observar de cerca la vida cotidiana de Odys y Alexander; hasta entonces solo los habían visto desde el aire. Los investigadores no parpadeaban, pendientes de cada detalle.

En la pantalla apareció primero la casa de los dos osos polares. El plano cercano revelaba con claridad que la construcción mostraba signos evidentes de haber sido trabajada: las rendijas estaban selladas con esmero y solo quedaba abierta la entrada.

En ese momento, los dos osos no estaban en casa. Probablemente se encontraban en el mar, ocupados en atrapar peces para llenar el estómago.

Piedrecita rodeó la entrada y, desde el ángulo de la puerta, captó un destello amarillo en el interior. En cuanto la imagen apareció en la pantalla, los investigadores frente al ordenador prorrumpieron en vítores.

—¡Miren, es el cubito de Alexander! —exclamó uno de ellos, al ver que estaba cuidadosamente colocado dentro de la casa.

—¡Qué ternura, jajajaja! —rió otro, encantado con aquella escena doméstica de los osos polares.

—Cuando Alexander lo llevaba en la cabeza parecía pequeño, pero ahora no lo es tanto —observó alguien, inclinándose hacia la pantalla.

—A ojo, diría que es un cubo industrial de boca ancha, de unos veinte litros de capacidad —añadió uno de los profesores, y pronto un coro de expertos se unió al análisis, comentando entusiasmados cada detalle del célebre cubo amarillo de Alexander.

Pobre cubo: difícilmente habría imaginado que un día se convertiría en objeto de tanta atención y elogio.

Y todo por una sencilla razón: era el cubo del pequeño oso polar Alexander.

Al poco tiempo, Piedrecita había recorrido con su lente toda la casa, por dentro y por fuera, y necesitaba ya buscar un buen punto donde situarse.

El primero en aparecer en pantalla, con la barriga recién llena, fue Alexander. Era la primera vez que lo grababan desde ese ángulo: se distinguía con claridad su rostro redondo, el paso lánguido y, de vez en cuando, el destello rosado de sus patas cuando levantaba una.

Las almohadillas de sus patas, negras y con forma de flor, eran adorables.

—¡Qué ternura, qué ternura! Alexander es tan blanco… esas patas fuertes y robustas son demasiado lindas —decía uno de los investigadores, mientras el resto imaginaba cómo sería tocar aquellos brazos macizos y sentir las redondeadas patitas del pequeño oso—. ¡Ah, esas mismas patitas que Odys solía sostener con tanto cariño entre los dientes!

—¡Aaah, miren esa carita redonda, esos ojos enormes! ¡Aaah y ese cuerpecito rechoncho! ¡Alexander! —gritó otro, levantándose emocionado, agitando los brazos y hasta contoneando la cadera—. ¡Es tan mono, tan mono!

La aparición frontal de Alexander en la pantalla resultó tan tierna que provocó una oleada de exclamaciones.

No era de extrañar: si ya desde el aire aquel osito se veía adorable, en primer plano era simplemente irresistible.

En comparación con las fotos tomadas meses atrás en el centro de rescate, Alexander había crecido; era más alto, más grande, y en su rostro empezaba a asomar el porte gallardo de un oso polar adulto… aunque seguía siendo increíblemente encantador.

Piedrecita siguió grabando durante un rato al pequeño oso de belleza incomparable, hasta que, fiel a su misión, se vio obligada a apartar con pesar el objetivo y enfocar hacia el gran oso polar que acababa de salir del agua: Odys.

Cuando la figura de Odys apareció en pantalla, todos contuvieron la respiración al unísono. En sus mentes resonó un mismo pensamiento: “¡Dios santo!”

Era, sin duda, un oso polar colosal; no había palabra más apropiada para describirlo que titán.

Hace apenas un instante, los investigadores habían comentado lo robustas que eran las extremidades de Alexander, pero al compararlas con las de Odys, el contraste resultaba abrumador.

Si el pequeño oso polar era sinónimo de ternura y belleza —el tipo de criatura que despierta una inmediata necesidad de abrazar y besar—, Odys representaba algo completamente distinto.

A diferencia de otros osos polares, que solían lucir desaliñados, él mantenía su pelaje de un blanco inmaculado. Desde el primer momento, su imponente silueta y las líneas firmes de su cuerpo cautivaron a todos los observadores; más que belleza, lo que emanaba de él era una sensación de fuerza pura.

Solo después se reparaba en su rostro: un semblante apuesto, poderoso, que ni siquiera en otoño mostraba señales de delgadez.

Era evidente que no solo cuidaba bien de Alexander, sino también de sí mismo.

Además, sus ojos, entornados con una calma contenida, le daban un aire distinto al de los osos polares comunes, a los que la gente suele considerar torpes o bonachones.

Los ojos son el reflejo del alma, y los suyos no mentían.

La mirada de Odys era profunda, llena de inteligencia. De él emanaba una nobleza serena, una autoridad tranquila que inspiraba confianza, justo como todos lo habían imaginado.

Los investigadores, aunque no estallaron en vítores como antes, guardaron silencio por una razón distinta: estaban cautivados por la imponente presencia de aquel oso polar tan poco común.

¿De verdad era solo un oso?

La pregunta, más que una duda, surgió como un murmullo de asombro en el corazón de muchos. Lo contemplaban con una mezcla de admiración y respeto, maravillados ante la grandeza de aquel ser.

—Siempre se dice que el oso polar es el rey del Ártico, el soberano del hielo —suspiró un profesor—. Pero, siendo sincero, nunca lo había sentido así. Lo que yo he visto aquí son animales que apenas sobreviven, cansados, desamparados… No hay nada de realeza en esa lucha por subsistir.

Guardó silencio un instante y, de pronto, sonrió.

—Pero al ver a Odys, he cambiado de opinión.

—Odys tiene, sin duda, la presencia de un rey —asintió alguien.

—Así es —replicó el profesor—. Aunque, pensándolo bien, no solo Odys. Todo ser capaz de dominar su propio destino es, en realidad, un rey.

—Ajá —murmuró otro, como si acabara de entender algo importante.

¿Cómo iba a imaginar Qiao Qixi que, en el breve rato que salió a buscar comida, todo el interior de su casa —junto con sus pocas pertenencias— había sido visto por decenas de curiosos?

Al fin y al cabo, estaban en el Ártico, y cuando uno “construía” una casa allí, no se le pasaba por la cabeza ponerle cerradura.

Si Qiao Qixi llegara a saber que no solo habían espiado su hogar, sino que además habían instalado cámaras de vigilancia cerca, sin duda soltaría un sonoro: —¡Maldita sea! Ah, no… el mundo está perdido.

El pequeño oso polar, al salir del agua, no entró de inmediato en la casa.

Primero, porque seguía empapado y necesitaba sacudir el agua para que el viento del norte terminara de secarlo.

Y segundo, porque el interior del refugio era estrecho; salvo para dormir, el inquieto Alexander prefería pasar el tiempo al aire libre.

Así era la vida caprichosa de un oso con casa: si quería estar afuera, se quedaba afuera; si quería entrar, entraba.

Nada que ver con los pobres osos de los alrededores, que no tenían tal suerte.

Alexander, alarde diario (1/1).

La arena de aquella playa era fina y limpia, sin impurezas. Odys solía revolcarse en ella, dejándose cubrir por el polvo claro para absorber la humedad del pelaje y ayudarlo a secarse más rápido con el viento helado.

La nieve tenía el mismo efecto absorbente que la arena. Ambas eran, para ellos, pequeños trucos de supervivencia.

Así que cuando un oso polar rodaba y se frotaba sobre el hielo tras salir del agua, no era porque le picara el cuerpo, sino porque, al igual que los humanos se secan con una toalla después de ducharse, él usaba la superficie helada para eliminar la humedad del pelaje.

Al principio, Qiao Qixi no tenía mucha fe en aquel método. Le disgustaba revolcarse en la arena: ¿quién sabía si estaba realmente limpia?

No le entusiasmaba la idea de imitar a Odys, que se revolcaba por el suelo como un niño.
Pero, al verlo terminar tan blanco como antes —sin volverse un “oso gris y polvoriento”—, tuvo que rendirse a la evidencia.

—Bueno… no está tan mal —parecía pensar.

Mientras tanto, Piedrecita apuntaba su lente furtiva hacia las dos figuras que se retorcían en la playa, intentando captar cada uno de sus movimientos.

El pequeño oso polar, que hasta hacía un momento estaba tumbado panza arriba a un metro de Odys, se detuvo de pronto, giró la cabeza hacia él y, con un rápido impulso, rodó hasta chocar de lleno contra el costado de su compañero.

—¡Qué travieso y juguetón este osito polar… pero qué adorable! —exclamaron entre risas los investigadores frente al ordenador.

Todos los que observaban aquella escena comprendieron perfectamente que el pequeño oso lo había hecho a propósito. Pero ¿merecía un regaño por eso?

Las sonrisas en los rostros y las miradas fijas en la pantalla lo dejaban claro: no, al menos los humanos no iban a reprender a su adorado Alexander.

Piedrecita se quedó quieta en su sitio, apuntando el objetivo y esperando pacientemente el regreso de los dos osos polares.

En la imagen, Odys se detuvo, extendió los brazos y atrapó al pequeño oso, acomodándolo sobre su vientre. Las dos cabezas redondas —una grande y otra pequeña— se rozaron con ternura, y pareció que Odys alzaba el hocico para lamer a Alexander.

Tras unos breves segundos de afectuoso contacto, Odys, aún abrazando al pequeño, volvió a rodar de lado a lado, dejando que la arena absorbiera el resto del agua de su espalda.

En ese momento, más que un oso, parecía un balancín viviente: no hacía falta echarle monedas, bastaba una mirada suplicante del osito para que se pusiera en marcha.

Qiao Qixi había descubierto hacía meses que Odys sabía “jugar” de ese modo. Por eso, cada vez que lo veía rodar panza arriba, corría encantado a subirse sobre él, disfrutando del paseo con la felicidad de un niño.

Se balanceaban a la izquierda, luego a la derecha. ¡Qué placer tan sencillo y delicioso!

Además, no necesitaba preocuparse por nada: Odys lo sostenía con firmeza, envolviéndolo con sus patas grandes y seguras. Era como si diera por sentado que aquello no era más que un juego para entretener al pequeño.

A veces, incluso cuando su pelaje ya estaba completamente seco, el gran oso seguía tumbado de espaldas, moviéndose perezosamente solo para que el osito se divirtiera un poco más.

Aquel rato de juego después de comer era su momento feliz del día, un descanso que aliviaba el cansancio acumulado, tanto para Qiao Qixi como para Odys.

Porque, aunque su vida pareciera reducida a comer y dormir, ¿quién había dicho que eso no podía cansar? El deseo de comodidad no conoce límites: cuanto más a gusto, mejor.

Por supuesto, Qiao Qixi no era tan egoísta como para tratar a Odys como un juguete automático gratuito. No, él no era ese tipo de oso. De hecho, cada vez que disfrutaba del “servicio” de su compañero, se encargaba de devolver el favor.

Recordaba que, cuando aún era humano, había oído hablar de algo llamado masaje para animales. Le había parecido un concepto extraño, casi absurdo.

Pero, bueno… al parecer, hasta los animales modernos apreciaban los pequeños lujos.

En efecto, aquello tenía base científica.

Algunos dueños de mascotas, deseosos de mantener a sus compañeros sanos y fuertes, no escatimaban en gastos para ofrecerles ese tipo de servicios.

Qiao Qixi también quería que Odys gozara de buena salud; si vivieran en el mundo humano, sin dudarlo le habría sacado una membresía vitalicia, pero, como no había manera de hacerlo, solo le quedaba encargarse él mismo.

Tras disfrutar de su turno diario en el “cochecito mecánico” —como le gustaba pensar—, llegaba la hora de que Qiao Qixi, con sus dos pequeñas patas de oso, le diera un masaje relajante a los músculos cansados de Odys. Era, después de todo, un método eficaz para aliviar la tensión.

¿No decían siempre los entrenadores del gimnasio que había que relajar los músculos después del ejercicio? Exactamente. Y los osos polares, pescando entre las heladas aguas, hacían un esfuerzo que no tenía nada que envidiarle a los que levantaban pesas en un gimnasio.

—¡Eh! —pensaba Qiao Qixi—. Si a Odys no le basta con mis patitas, siempre puedo usar las patas de verdad, las jio.

Claro que todo eso lo dejaba molido, pero mientras Odys estuviera más sano, valía la pena.

Agotado hasta el temblor, el pequeño oso se tendió sobre la arena y, mientras la somnolencia lo envolvía, se puso a divagar:
¿Cuándo harán un concurso en el Ártico para premiar a los osos ejemplares? Seguro que me dan el título de “Oso Tricampeón del Bien”…

Y, por supuesto, también pensó en Odys.
¿A él qué título le daría? ¿Tres veces bueno en…?

 Pero el sueño lo venció antes de decidirlo.

Soñó entonces que aquel concurso existía de verdad y que él había ganado el título de “Oso Tricampeón del Bien”. Le daban incluso una banderita de honor, que colgaba con orgullo en su casa. ¡Qué elegancia, por todos los cielos!

Odys asomó el hocico para olerlo. El pequeño roncaba plácidamente. El gran oso parpadeó, miró alrededor con resignación y soltó un suspiro. Bueno, al menos hoy no había viento: dormir fuera no era ningún problema.

Exhaló una nube blanca y, tras moverse un poco, se tumbó de manera que su cuerpo rodeara al pequeño. Así, incluso al aire libre, Qiao Qixi dormiría tan cómodo como en una cama caliente.

Los observadores, tras las cámaras, comprendieron enseguida: Alexander se había dormido, y Odys velaba su sueño. La imagen destilaba una ternura serena.

—Buenas noches, Alexander. Buenas noches, Odys —susurraron algunos.

Cuando Qiao Qixi despertó, seguía sobre la arena, sin haber vuelto a casa. Se incorporó, bostezó y, de repente, recordó algo.

Saltó sobre el lomo de Odys y, esta vez, logró cruzarlo sin tropezar. Un pequeño logro, pero suyo al fin y al cabo.

Entró corriendo a la casa, se quedó mirando las paredes y soltó una risita tonta:
Qué sueño tan absurdo… hasta una banderita me habían dado.

De pronto, un ruido extraño le hizo alzar las orejas.

Tal vez a un oso polar salvaje no le habría llamado la atención, pero él sí lo notó: sonaba exactamente como un coche teledirigido rodando por el suelo.

Salió de inmediato y rodeó la casa, buscando el origen del sonido. Desde el laboratorio, los investigadores se tensaron.
¡Ahí viene! El enfrentamiento entre el oso y la cámara, otra escena digna de documental.

Dudaron: ¿era mejor quedarse quietos o mover el pequeño dron para sacarlo del campo de visión?

—Dejadlo. Si se mueve otra vez, lo descubrirá —decidieron finalmente.

En ese momento, Qiao Qixi ya había localizado la piedra sospechosa. El terreno estaba despejado —él y Odys lo habían limpiado a conciencia—, así que esa piedra nueva destacaba como un lunar en la nieve.

Otros osos no le habrían prestado atención, pero Qiao Qixi no era cualquier oso. Una piedra nueva donde antes no había nada… ¡eso daba miedo!

—¡Fenómeno paranormal!

 Erizó el pelaje, dudando entre correr a buscar a Odys o enfrentarse al misterio.
Entonces, con su buena vista, distinguió unas pequeñas ruedas bajo la piedra.

Qiao Qixi: —No me engañas… tú no eres una piedra normal.
La “piedra”: —¡¡¡…!!!

Se acercó lentamente y, con solo una mirada, confirmó la verdad: era una piedra falsa, un disfraz para una cámara oculta.

Por dentro, casi gritó:
¿Qué? ¿¡Me están grabando!? ¡Aaaaaah!

Trueno en cielo despejado.

Mientras tanto, los investigadores interpretaban su expresión de otra forma:
—Debe de ser la primera vez que ve una cámara. Mírenlo, tan curioso, tan inocente. Qué encantador animalito.

¡Tonterías! Qiao Qixi había visto suficientes documentales para saber de sobra lo que era una cámara de campo.

Lo que lo sorprendió fue descubrir que también había una observandolos a él y a Odys.
Ellos que nunca se quedaban demasiado tiempo en un mismo sitio… ¿desde cuándo los seguían?

Si lo pensaba bien, quizá desde que habían dejado el centro de rescate alguien había estado registrando sus movimientos.

Qiao Qixi se quedó inmóvil.

Al principio, la idea de ser grabado lo incomodó.

 ¡Qué atrevimiento! ¿Acaso no sabían que eso violaba la privacidad de dos respetables osos polares?

Pero luego lo pensó mejor. Tal vez esas personas solo querían comprender mejor a los animales, estudiarlos para protegerlos.

Y eso, en el fondo, era algo hermoso. Qiao Qixi creía firmemente que en el mundo existía gente buena, valiente y silenciosa, que dedicaba su vida a proteger la naturaleza y sus criaturas.

—Si puedo ayudarles de algún modo… ¿por qué no hacerlo?
Solo aportaría un poco de información, nada más.

Claro, con una pequeña advertencia: que no se asustaran si los datos salían un poco… fuera de lo común. No falsos, no… solo no tan normales.

El pequeño oso alternativo tenía una única petición:
—Que el centro de investigación, al menos, se asegurara de filmarlo —a él y a Odys— luciendo geniales.

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