El océano, vasto e infinito, escondía peligros por doquier. Aunque Qiao Qixi nunca había experimentado de cerca el poder de un tiburón dormilón de Groenlandia, sabía bien lo aterrador que podía resultar aquel viaje.
La última vez que había nadado desde el norte había sido en verano, cuando las condiciones eran mucho más favorables. Pero ahora… era de noche. Y en la oscuridad, todo se volvía más arduo, más incierto.
Sumido en el agua helada, Qiao Qixi se mantenía en alerta máxima, sin apartarse ni un metro de la silueta de Odys. Su mayor temor era ver, de pronto, la siniestra aleta de un tiburón asomando en la superficie… o peor aún, varias de ellas al mismo tiempo.
Intentó tranquilizarse. No, no puede ser. Con la suerte que tengo últimamente, no voy a toparme con algo así, pensó, queriendo creer en su buena estrella.
Pero justo cuando ese pensamiento cruzó su mente, las aguas a su alrededor comenzaron a agitarse con un movimiento extraño, profundo, como el rumor que deja tras de sí una criatura marina de gran tamaño.
—¿Qué será eso…? —murmuró para sí, conteniendo el aliento.
Incluso Odys redujo la velocidad y giró la cabeza con cautela, observando a su alrededor. Aquello bastó para que Qiao Qixi sintiera un escalofrío recorrerle la espalda; sus músculos se tensaron al instante, y abrió bien los ojos, vigilando cada dirección posible bajo la negrura del mar.
Odys echó un vistazo alrededor, pero no pareció darle demasiada importancia al movimiento del agua. Continuó avanzando a un ritmo constante, sereno, como si nada hubiera ocurrido.
Aquello solo podía significar una cosa: fuera lo que fuera, no representaba peligro alguno.
Y, en efecto, Qiao Qixi pronto pudo ver con sus propios ojos de qué se trataba. Eran dos marsopas del Pacífico, una pequeña pareja que nadaba plácidamente entre las olas.
Estas criaturas solían habitar en aguas poco profundas, a unos veinte metros de la costa. Sin embargo, su número había disminuido drásticamente en los últimos años, víctimas silenciosas de la contaminación que asolaba los océanos.
Contemplarlas tan de cerca fue para Qiao Qixi un regalo inesperado. Se sintió dichoso, como si el mar le hubiera concedido un breve momento de felicidad.
Al fin y al cabo, todos eran viajeros efímeros en el mismo océano. Y lo mejor de todo: ninguno de los dos estaba en el menú del otro. Un encuentro así —pacífico, fugaz y libre de temor— le pareció sencillamente perfecto.
Podrían repetirse más a menudo, pensó con una sonrisa. Pero sin tiburones, por favor. Los tiburones, que se queden lejos.
En el resto del trayecto, Qiao Qixi se cruzó con otras criaturas marinas, cada una más curiosa que la anterior.
Parecía que, al caer la noche, el océano entero despertaba y salía a jugar bajo el manto de las estrellas.
Tal vez era que el pequeño oso tenía, en efecto, una suerte envidiable… o quizás el mérito era de Odys, cuyo instinto experimentado sabía guiarles por rutas seguras, lejos de las temidas manadas de tiburones.
Por supuesto, no todo el viaje transcurrió sin peligro.
El mayor susto del pequeño oso polar llegó cuando una tortuga laúd —una de esas enormes criaturas cubiertas de escamas oscuras— decidió fijarse en él y comenzó a perseguirle las patas sin descanso.
De vez en cuando, la testaruda tortuga abría el pico con la clara intención de darle un mordisco.
—¿Eh? —pensó Qiao Qixi, desconcertado—. ¿Será que me huelen los pies o qué demonios pasa aquí?
No entendía por qué aquella vieja tortuga lo había tomado con él y no con Odys, que nadaba delante sin enterarse de nada.
Avergonzado por la absurda situación, Qiao Qixi prefirió no pedir ayuda. Odys iba completamente concentrado guiando el camino, y no tenía cómo saber que, detrás de él, una tortuga estaba armando semejante alboroto bajo el agua.
Pero cuando la persecución se volvió insoportable, el pequeño oso se revolvió con decisión. Giró en el agua y, con un par de poderosas patadas, le propinó varios golpes certeros al caparazón de la tortuga, mandándola a volar varios metros mar adentro.
No era culpa suya si aquello parecía violento: al fin y al cabo —pensó resoplando—, ¡fue esa maldita tortuga la que empezó primero!
A diferencia de su anterior travesía, cuando avanzaban con pausas largas y un ritmo tranquilo, esta vez los descansos en tierra eran mucho menos frecuentes.
Odys parecía haber trazado un plan de viaje adaptado con precisión al ritmo del pequeño oso: ni demasiado exigente ni demasiado laxo, justo en el punto donde Qiao Qixi podía resistir sin agotarse del todo.
A mediados de noviembre, el mar comenzaba a congelarse a una velocidad alentadora. Más de nueve millones de kilómetros cuadrados de hielo se extendían sobre la superficie, suficiente para atraer de nuevo a la mayoría de los osos polares hacia su reino helado.
Qiao Qixi percibía la urgencia en los movimientos de Odys. Era como si algo invisible lo apremiara, una fuerza instintiva que lo impulsaba a regresar cuanto antes al hielo, a cazar y recuperar las reservas de grasa perdidas durante las dos estaciones pasadas.
Durante el verano y el otoño, el peso de Odys apenas había cambiado. Pero, al igual que el joven oso que lo seguía, aún se encontraba en pleno crecimiento; su cuerpo tenía margen para fortalecerse y, quizá, alcanzar su plenitud antes de cumplir los diez años.
Los osos polares adultos suelen darse un auténtico festín en invierno. Comen hasta quedar saciados, acumulando la grasa necesaria para resistir la escasez que traerá la primavera.
Cuando llega esa estación, sus prioridades cambian: ya no piensan tanto en la comida, sino en la búsqueda de pareja. Solo después de hallar a la compañera ideal y culminar el ciclo de reproducción, vuelven a preocuparse por el alimento.
Qiao Qixi, naturalmente, ignoraba que dentro del cuerpo de Odys —ya al borde de la madurez— ardía una llama impaciente. Esa era la razón secreta de su prisa por regresar al hielo: no solo lo movía el hambre, sino algo mucho más antiguo y profundo.
La razón por la que Qiao Qixi deseaba volver al hielo era, en cambio, mucho más simple:
allí lo esperaban las focas.
La velocidad a la que se estaba formando el hielo marino redujo la distancia que los dos osos polares tendrían que recorrer, una noticia que hizo que Alexander sonriera para sus adentros.
Una semana más tarde, alcanzaron por fin el borde del hielo marino.
Ante ellos se extendía un espectáculo sobrecogedor: enormes bloques de hielo blanco flotaban a la deriva sobre el mar que seguía endureciéndose, una escena tan majestuosa que haría contener el aliento a cualquier humano.
Pero para Qiao Qixi era un paisaje familiar, casi hogareño. A fuerza de verlo tantas veces, regresar al hielo le resultaba tan natural como volver a casa.
Junto a Odys, nadó entre los témpanos, abriéndose paso hasta llegar a una capa sólida, ya unida y firme.
Entonces Odys cambió su posición: en lugar de ir delante, se colocó detrás del pequeño oso y, con una dulzura que desmentía su corpulencia, lo empujo suavemente hacia adelante.
Así, paso a paso, lo ayudó a subir hasta la superficie helada.
—¡Oh, sí! —exclamó Qiao Qixi en su mente, jubiloso.
El instante en que su trasero tocó el hielo fue glorioso. ¡Logro desbloqueado: regreso triunfal al hielo!, pensó, riéndose para sí.
Empapado, se incorporó torpemente y dejo a un lado su pequeño cubo amarillo. Luego inspiró hondo, llenándose los pulmones con aquel aire limpio y cortante.
—Ah… Qiao el pequeño oso ha vuelto —murmuró con satisfacción.
Odys lo siguió enseguida, emergiendo del mar con una sacudida elegante. Giró la cabeza para desprenderse del agua, y el movimiento, ágil y poderoso, contrastó con la figura rendida y desmadejada de Qiao Qixi.
Si el pequeño oso estaba tan agotado que apenas podía mantenerse en pie, Odys, en cambio, parecía capaz de recorrer cincuenta kilómetros más sin despeinarse.
Qiao Qixi, demasiado cansado para sacudirse, se dejó caer de espaldas sobre el hielo y comenzó a rodar perezosamente, dejando que la escarcha absorbiera el agua de su pelaje.
Odys, que también necesitaba secarse, buscó un espacio despejado, dio dos vueltas rápidas y eficientes sobre la superficie y enseguida se incorporó de nuevo, listo para continuar.
Aquel lugar no era seguro: la capa de hielo aún era delgada y no había alimento a la vista.
Se acercó al pequeño oso, que seguía tendido en el suelo fingiendo estar muerto de cansancio, y lo empujó con el hocico para animarlo a ponerse en marcha. Su gesto era firme, pero lleno de paciencia.
—Arriba, pequeño —parecía decirle—. Debemos llegar a donde el hielo sea más grueso.
—¡Ya voy, ya voy! —refunfuñó Qiao Qixi, poniéndose finalmente de pie.
Por cierto, con la nieve cayendo sin cesar y sin rastro del sol… ¿las focas seguirán saliendo a esperar que los osos polares las atrapen? El pequeño oso novato no pudo evitar preguntárselo.
Pronto tendría su respuesta.
La sensación de las zarpas sobre el hielo era inconfundible. Gracias a la peculiar estructura de sus patas, los osos polares podían caminar firmes sobre la superficie helada sin resbalar con facilidad.
Llevaban ya una semana sin probar bocado y Odys no se detenía ni un instante en su búsqueda de comida.
Qiao Qixi, al verlo avanzar con paso apremiante, sintió una punzada de emoción.
«Si no fuera por mí —pensó—, Odys seguramente cazaría con toda la calma del mundo».
Eso sí, la elegancia y la destreza siempre habían sido su sello.
Y ahora, con una urgencia poco habitual, Odys ansiaba atrapar una foca. Quería que el pequeño oso, que no había probado una en todo el verano, pudiera al fin saciarse.
A pesar del cansancio, Qiao Qixi también estaba alerta desde que habían vuelto a tierra firme, atento a cualquier rastro de olor a presa. Pero, antes de que pudiera localizar con precisión a una, Odys ya había encontrado el objetivo.
—…
Su primera comida en tierra fue una foca anillada.
Esa especie abundaba por todo el Círculo Polar Ártico y ocupaba el primer lugar en la lista de delicias favoritas de los osos polares.
La sangre fresca tiñó de rojo un amplio tramo de nieve. El cuerpo de la foca, aún tibio, exhalaba un tenue vapor blanco. Odys se apresuró a desgarrar la gruesa piel del animal para que el pequeño pudiera comer algo caliente.
En aquel mundo de hielo y viento, llevarse a la boca un bocado tibio era el mayor de los placeres.
Una sola foca anillada no bastaba para saciar el hambre de dos osos famélicos. Aun así, el pequeño oso, consciente de ello, no comió más de la mitad, dejando que Odys comiera el resto.
Cuando terminó, Odys rozó su nariz con la del pequeño, en un gesto que parecía decir:
—Pequeño bribón, ya he descubierto tu truco, pero no tengo corazón para regañarte.
Qiao Qixi se quedó inmóvil.
«Cof, cof…», pensó. «Creo que ya me estoy acostumbrando a traducir esas cosas raras que dice con la mirada».
Bah, da igual. Mientras se entienda la intención, está bien.
Después de aquella comida que apenas le llenó a medias, Qiao Qixi recuperó buena parte de sus fuerzas, y en su interior empezó a crecer con fuerza una idea: quería salir a cazar por su cuenta.
Alzó la cabeza y rozó con la nariz la de Odys, que descansaba cerca, intentando comunicarle con gestos su deseo de ir solo. Sin embargo, el otro no pareció entenderlo. Entreabrió sus hermosos ojos y, en lugar de dejarlo marchar, bajó la cabeza para lamerle con una ternura que desarmaba.
—¡Ay! —pensó Qiao Qixi con fastidio—. ¡No me entiendes nada!
De verdad, era como si uno hablara en chino y el otro en pato.
Resignado, se dio la vuelta, le mostró el trasero en señal de protesta y, con el pequeño cubo amarillo entre los dientes, echó a andar decidido.
¡Por todos los hielos del Ártico! ¿Es que Odys no podía tener un poco de sentido común y dejarlo avanzar sin interponerse en su camino? ¿Así cómo iba a convertirse en una leyenda entre los osos polares? Con suerte, acabaría siendo una leyenda… de osos inútiles.
Aun así, Qiao Qixi no se dejó desanimar. Aceleró el paso con determinación: esta vez, pasara lo que pasara, cazaría solo.
Odys lo siguió a cierta distancia, perezoso, sin intención de adelantarlo.
Su actitud —pensó Qiao Qixi con una mezcla de ironía y ternura— parecía la de una madre que pasea al hijo por el barrio, vigilando sin intervenir. Solo le faltaba una correa de seguridad.
Y entonces, de pronto, el corazón del pequeño oso dio un vuelco.
¡Ah! Había olido algo. El inconfundible olor de una foca, muy cerca.
Gracias a los meses de experiencia acumulada, su instinto de oso polar —ese radar natural de orientación y caza— se había afinado bastante. Estaba seguro: la presa debía de estar a pocos metros.
Y, en efecto, tras avanzar un poco más, alcanzó a divisar a lo lejos una figura en la nieve. Su oportunidad de practicar la caza había llegado.
Primer paso de la operación “atrapar foca”: dejar el pequeño cubo amarillo en un lugar seguro. Ningún otro oso polar necesitaba ese paso, claro… razón por la cual todos los demás entraban en modo caza mucho antes que él.
Qiao Qixi apenas acababa de dejar el cubo cuando levantó la cabeza y…
—¡Maldición! —rugió para sus adentros.
¡Esa foca la había encontrado él primero!
¿Y qué hacía el descarado de Odys, que hasta hacía un momento venía tan atrás, adelantándolo de repente con un solo impulso para quedarse con su presa?
Qiao Qixi golpeó el hielo con una pata, enfurruñado, mordiéndose las ganas de gruñir. Por dentro, sin embargo, un ejército entero de insultos galopaba por su mente:
¡Odys, suelta esa foca ahora mismo y déjame cazarla yo!
Pero el aludido, completamente concentrado en su cacería, no le prestó la menor atención. Era un sinvergüenza, sí, pero un sinvergüenza eficaz.
Qiao Qixi apretó los dientes y se contuvo. No podía gritar ni armar escándalo: habría asustado a la foca. Así que se limitó a quedarse quieto, refunfuñando en silencio, mientras lo observaba con un rencor que casi derretía el hielo bajo sus patas.
—Bah —pensó, resoplando—, ¿y qué si pierdo una foca? No es que sean tan escasas. En este Ártico, encontrar un sapo de tres patas sería más difícil que hallar una maldita foca anillada. Buscaré otra y ya está.
La cacería, sin embargo, llevaba su tiempo. Incluso para un cazador experto como Odys, atrapar una foca requería paciencia y precisión: no se conseguía en menos de diez o quince minutos.
Cuando al fin logró sujetar a la foca y arrastrarla a la orilla, levantó la cabeza para buscar a Qiao Qixi. Pero el pequeño no estaba a la vista.
No se alarmó. El olor del osezno flotaba aún cerca, escondido entre los montículos de nieve.
Con un suspiro que era mezcla de resignación y ternura, Odys sacudió su enorme cuerpo para deshacerse del agua, tomó la presa entre los dientes y emprendió la persecución de su pequeño fugitivo.
Cazar tres focas en tan poco tiempo era, para cualquier oso polar, un golpe de suerte casi imposible. Ni el más bendecido por la fortuna lo conseguiría. Así que, en varios kilómetros a la redonda, no quedaba ya otra foca que cazar.
Y Qiao Qixi lo sabía.
Él solo quería cazar una, probarse a sí mismo… no alejarse tanto como para preocupar a Odys. No quería que aquello pareciera una ruptura.
Después de un rato, Odys lo alcanzó. El pequeño, con las patas vacías y el orgullo algo herido, se vio obligado a conformarse con una foca tibia que el otro había cazado.
—Tsk… —gruñó, bajando la cabeza.
Como si fuera culpa suya.
Odys lo miró en silencio. No lo reprendió ni lo miró mal. Solo había en sus ojos una calma paciente, casi indulgente, que decía sin palabras:
Pequeño terco…
Tras devorar dos focas seguidas, dieron por terminada la jornada. Era hora de dormir a pierna suelta.
Qiao Qixi encontró un lugar que a Odys le gustaba especialmente y, con aire satisfecho, dio la vuelta a su pequeño cubo amarillo para dejarlo boca abajo sobre la nieve. Luego le dio un par de palmadas firmes.
Aquello era una lección aprendida con sangre —o mejor dicho, con experiencia—: el cubo pesaba tan poco que, si no lo aseguraba, salía rodando con el viento.
—Buenas noches, mundo. Buenas noches, estrellas —murmuró mientras se acurrucaba—. Y buenas noches también a Odys… un beso en la mejilla, y a dormir.
Antes de cerrar los ojos, el pequeño oso polar se prometió que mañana lo intentaría otra vez. Mañana sí lograría cazar solo. Y esta vez, ni el entrometido de Odys le arruinaría su gran plan de cacería.
Pero, como dicta la Ley de Murphy, aquello que temes siempre termina pasando.
Al despertar, Qiao Qixi volvió a intentarlo, decidido a demostrar su independencia. Sin embargo, a cada paso que daba, una inmensa sombra blanca lo seguía. Mientras no aparecieran focas, Odys lo dejaba deambular tranquilo, perezoso, sin intervenir. Pero bastaba que una asomara el hocico para que el adulto se adelantara en un destello y la atrapara antes de que el pequeño siquiera alzara una garra.
No había espacio alguno para su progreso.
No era que Qiao Qixi no tuviera iniciativa: ¡es que su mentor era el mayor obstáculo en su camino hacia la gloria!
—Ay… —suspiró, echándose en el suelo con expresión resignada—. La vida del osito no es fácil…
Y, en efecto, el ciclo se repitió día tras día, hasta convertirse en una rutina desesperante. Pero, pese a todo, el pequeño no renunció a su sueño de independencia.
En la estación de investigación, los técnicos recibieron los datos del GPS que confirmaban la buena noticia: las dos focas—perdón, los dos osos polares—habían llegado sanos y salvos a la banquisa.
Era mediados de noviembre, y los informes satelitales revelaban algo alarmante: la extensión total del hielo marino del Ártico era ya un millón de kilómetros cuadrados menor que en años anteriores. Si la tendencia continuaba, en apenas veinticinco años el Ártico podría quedar completamente libre de hielo.
Una predicción escalofriante.
Los científicos coincidían: había que actuar con urgencia frente al calentamiento global, o los animales que dependían del hielo marino pronto se quedarían sin hogar.
Mientras tanto, la capa helada seguía expandiéndose, y con ella, los osos polares regresaban uno tras otro a su reino blanco, cazando sin descanso para reponer fuerzas y acumular grasa antes de la primavera.
Entre ellos, las siluetas de Odys y Qiao Qixi avanzaban juntas, y pronto comenzaron a cruzarse con otros de su especie, saludándose en la inmensidad del hielo.
Después de un verano de penurias, los osos polares que se cruzaban en su camino estaban tan delgados que daban lástima.
Pero no importaba. Bastaba con que, durante los dos meses siguientes, lograran cazar suficientes focas para volver a ser esas bolas blancas y rollizas que todos amaban ver.
Durante ese tiempo, el pequeño Qiao Qixi, aunque no había conseguido cazar ni una sola foca por sí mismo, siempre tuvo el estómago lleno. Su cuerpo crecía con una rapidez asombrosa: los huesos se alargaban, los músculos se fortalecían, y por las noches, incluso, sentía ese incómodo hormigueo en las patas que solo trae el crecimiento.
Los osos en plena adolescencia suelen atravesar una etapa de torpeza: se les afila el rostro, pierden algo de redondez, y su aspecto resulta menos adorable. Qiao Qixi, sin embargo, era una excepción. Seguía siendo un osito de cara redonda y cuerpo regordete, ajeno a toda estética evolutiva.
Odys, por su parte, había cumplido cinco años.
La inminente primavera lo llamaba con fuerza, y quizá —solo quizá— ese año se convertiría en padre… si lograba encontrar a una hembra que le robara el corazón.
Su apetito voraz continuó hasta mediados de febrero, cuando comenzó a disminuir de forma notoria. Ahora, su figura se había transformado: era más alto, más fuerte, más imponente que nunca.
Qiao Qixi pensó que, después de tantas comilonas, su compañero simplemente necesitaba un respiro. Así que, emocionado, creyó que era el momento perfecto para poner en práctica sus habilidades de cazador.
Pero, para su sorpresa, Odys cambió el rumbo y empezó a guiarlo tierra adentro.
—¿Eh? —pensó el osito, confundido—. ¿Y esto qué es ahora? ¿Por qué dejar el hielo, con toda esa comida por aquí, para ir a la tierra firme?
Miró las placas heladas llenas de focas, luego la espalda robusta de Odys alejándose, y sintió una punzada de indecisión.
¿Seguirlo o no seguirlo?
Finalmente, suspiró y echó a andar tras él. Después de todo, Odys era un oso experimentado; seguirlo siempre parecía la opción más segura.
Lo que Qiao Qixi ignoraba era que el comportamiento de su compañero tenía una explicación muy concreta.
El ciclo de apareamiento de los osos polares seguía su propio orden: los machos adultos deambulaban por vastas extensiones en busca de una hembra dispuesta. Si captaban un olor que los atraía, lo seguían sin descanso, rastreando sus huellas sobre la nieve.
Cuando finalmente se encontraban, la hembra solía conducir al macho hacia una zona alta y apartada, normalmente la cima de una colina o una elevación rocosa. Allí, lejos de las miradas curiosas de otros osos, sellaban su unión en la intimidad del hielo y el viento.
La escena de varios osos polares machos disputándose a una hembra era algo común en primavera. En esa estación tan bulliciosa, los investigadores que seguían su rastro durante todo el año, por supuesto, no se la perderían.
Aún no amanecía; era apenas el preludio de la temporada.
El dron del centro de investigación captó imágenes de Odys deteniendo su alimentación. Era algo esperado: incluso con la responsabilidad de alimentar a un osezno, el instinto de apareamiento terminaba por imponerse.
Ahora, se dirigía hacia el interior, hacia el hielo firme. El siguiente paso sería buscar una pareja.
Todo transcurría conforme a las previsiones de los investigadores… salvo por un detalle: Odys seguía llevando consigo a Alexander, y no parecía tener intención de dejarlo atrás.
—¿Ah? —exclamó uno de los investigadores—. ¿Va a buscar pareja con el cachorro a cuestas?
—Con todo respeto —añadió otro—, sus posibilidades de éxito son… muy, muy bajas.
Para tener éxito con una hembra, Odys debía dejar solo a Alexander. De lo contrario, no habría oportunidad alguna.
¿Quién ganaría, entonces, entre su instinto paternal y su deseo de reproducirse? Los observadores, fascinados, esperaban ansiosos el desenlace.
A lo lejos, las sombras de las montañas nevadas se delineaban con nitidez. Allí no había más que hielo y nieve, ¿verdad? Si nada cambiaba, ese camino conducía directamente hacia las montañas. ¿Pero qué pensaba hacer Odys allí?
Qiao Qixi, intrigado, no pudo evitar preguntárselo. Y no era culpa suya olvidar por un momento la cuestión de la primavera; después de todo, él no tenía esas necesidades. A decir verdad, desde que se había convertido en un oso polar, jamás había pensado en esas cosas.
Sin embargo, pronto se vio obligado a entender la realidad.
En medio de la ventisca, él y Odys dormían acurrucados en un rincón resguardado del viento. A medio sueño, Qiao Qixi sintió cómo la fuente de calor que lo envolvía se apartaba de pronto. Acostumbrado a dormir pegado a Odys, despertó de inmediato.
¿Ya iban a ponerse en marcha otra vez? Pero si apenas acababan de dormir un rato…
El pequeño oso, con los ojos aún entornados, levantó la cabeza y, al ver lo que ocurría, se quedó completamente inmóvil.
Ah… eso…
En un instante cerró los ojos con fuerza y giró la cabeza hacia otro lado. Pero por más que los apretara, la imagen que acababa de ver seguía grabada en su mente.
Odys estaba sentado a su lado, con las patas abiertas, lamiéndose… a sí mismo.
—¡…! —Qiao Qixi agitó la cabeza con desesperación, intentando borrar aquella imagen de su mente.
¡Ah, ah, ah, no, no lo pienses más! ¡Olvídalo!
Pero, tras unos segundos de calma, un pensamiento curioso se le escapó entre el desconcierto:
Hum… así que los osos polares hacen eso… Qué admirable, en cierto modo.