Tras alabar con sincera admiración los… dones naturales de su compañero, Qiao Qixi recordó de pronto que ya casi era primavera. Con razón Odys empezaba a comportarse de forma tan extraña.
No solo lo había llevado tierra adentro, lejos del hielo marino, sino que además, en plena noche, en lugar de dormir, hacía cosas… digamos, vergonzosas.
Claro, era algo completamente normal, pero Qiao Qixi no podía evitar sentirse tan incómodo como si hubiera sorprendido a un compañero de habitación en plena faena. Ni se atrevía a girar la cabeza hacia Odys, ni mucho menos a escuchar con atención aquellos sonidos que, inevitablemente, daban rienda suelta a la imaginación.
Y, como suele pasar, cuanto más intentaba no escuchar, más claros se volvían los ruidos.
Afuera soplaba un viento helado, pero Qiao Qixi alcanzaba a oír con toda nitidez los sonidos del placer de Odys.
—Vergüenza, vergüenza, vergüenza.
Hasta la respiración entrecortada del oso mayor le parecía un asalto directo a sus oídos inocentes.
Bueno… según su juicio, en momentos como aquel lo más sensato sería separarse un tiempo. Si no estaba equivocado, Odys debía de estar entrando en su temporada de celo.
Por eso buscaba pareja. Nada fuera de lo común: los machos crecen, las hembras también, y llega el momento en que cada cual debe buscar lo suyo.
El problema era que Odys, al ir tierra adentro a buscar una compañera, ¡no debía llevarlo con él!
Durante el apareamiento, los animales son especialmente sensibles a su entorno; jamás tolerarían la presencia de otro cerca.
Qiao Qixi se negaba a creer que su relación con Odys fuera tan estrecha como para que este lo dejara mirar mientras cortejaba a una hembra…
No, eso era imposible.
Así que, después de pensarlo bien, solo pudo concluir que Odys era un novato en esas lides.
Un joven oso guapo pero inexperto, enfrentándose por primera vez al despiadado mercado amoroso del Ártico.
Según había visto Qiao Qixi en un video de divulgación, la proporción entre machos y hembras en los osos polares era bastante desigual: durante la época de celo, a menudo una sola hembra en calor era rodeada por varios machos.
Así era la ley de la naturaleza: en un entorno tan implacable, los que lograban sobrevivir solían ser los machos más fuertes.
Y las peleas entre ellos no eran simples forcejeos. Los combates podían volverse feroces, con heridas profundas y sangre sobre la nieve. Una verdadera brutalidad.
En primavera, Odys tendría que unirse a esa competencia, lo que significaba enfrentarse a otros machos por el derecho de aparearse. Las posibilidades de salir herido eran altas.
La incomodidad de Qiao Qixi se transformó en preocupación.
—No puede ser… —pensó—. Con lo fuerte y guapo que es Odys, ¿habrá alguien tan temerario como para intentar quitarle a su pareja?
¿Y qué clase de rival sería ese?
Aunque, pensándolo bien, todo era posible. En cuestiones de reproducción, hasta los osos más calculadores podían perder la cabeza.
Qiao Qixi se inquietó tanto que, sin poder evitarlo, volvió la cabeza hacia Odys… y se arrepintió al instante.
¡Rayos! ¡Aún no había terminado!
Avergonzado, se cubrió los ojos con las patas y pensó con amargura:
—Hermano, el próximo año yo seré más grande que tú.
Su idea inicial de dejar a Odys para volver al hielo a cazar se esfumó por completo. Por mucho que no pudiera ayudarlo, prefería quedarse a su lado antes que preocuparse cada día por lo que pudiera pasarle.
Aunque, siendo sinceros, dudaba que Odys encontrara pareja llevando consigo a semejante carga…
Pero bueno, eso sería problema del futuro. Por ahora, el pequeño oso hundió el hocico en la nieve, se cubrió las orejas con las patas y pensó con desesperación:
#Qué hacer cuando tu compañero de cuarto no termina nunca#
Apretó los dientes y aguantó unos diez minutos, hasta que, incapaz de resistir más, empezó a arrastrarse discretamente por la nieve, moviendo el trasero con cuidado para alejarse del enorme oso polar que aún seguía… ocupado.
Claro que Odys, tan atento como siempre, no era fácil de engañar. Cualquier ruido o movimiento, por pequeño que fuera, enseguida llegaba a sus oídos.
Pero justo en ese momento, Odys estaba demasiado ocupado disfrutando de sí mismo, así que Qiao Qixi pensó que podía aprovechar para cambiarse discretamente de sitio. Con un poco de suerte, el otro ni se enteraría.
Qué ingenuo. Qué equivocado estaba.
Apenas se había alejado medio metro, cuando Odys levantó la cabeza y lo miró con esos ojos negros, profundos e insondables, como si intentara descifrar qué demonios estaba haciendo.
Qiao Qixi, que había estado espiando sus movimientos con el rabillo del ojo, se quedó paralizado. Su mirada, inocente y culpable a la vez, se deslizó desde el rostro imperturbable de Odys —que, para su sorpresa, no parecía especialmente “distraído” por el placer— hacia abajo… hasta detenerse en eso.
En ese pequeño Odys que, a pesar de los muchos grados bajo cero, seguía tan imponente y lleno de vida.
El aire gélido le heló la lengua, y solo entonces notó que tenía la boca abierta. La cerró de golpe.
«…»
Y acto seguido, se lanzó de bruces contra la nieve, como un perro torpe que se tropieza solo, deseando cavar un túnel y desaparecer para siempre. ¡Qué vergüenza! ¡Qué horror! ¡Podría excavar con los dedos de los pies un campo de fútbol entero! ¡Y hasta con gradería incluida!
Pero claro, su vergüenza tenía una razón de peso. Porque justo antes de esconder la cara, Qiao Qixi había tenido la sensación —o quizá fue su imaginación— de que, en el momento exacto en que su mirada se cruzó con… eso, el pequeño Odys pareció erguirse un poco más, con un orgullo casi desafiante.
«…»
Y ahí se quedó, con la mente en blanco y la boca abierta, tragando el viento helado del Ártico.
Cuando ya sentía que su propio calor interno bastaría para derretir millones de kilómetros de hielo, escuchó un ruido a su lado: Odys se había levantado.
No miró hacia abajo ni pareció interesado en “su pequeño compañero”, sino que caminó directamente hacia él.
—¿Eh? ¿Qué… qué va a hacer?
El pequeño oso se tensó de inmediato. ¿Acaso los osos polares en celo se enfadaban si alguien los interrumpía? ¡Él no había hecho nada malo!
Odys, sin embargo, no se mostró molesto. Simplemente lo empujó con el hocico fuera del montón de nieve donde se había enterrado, lo agarró del pellejo del cuello y lo arrastró de nuevo hasta el lugar donde habían dormido antes.
Porque, según el estricto y meticuloso Odys, solo allí estaba el sitio perfecto para dormir.
Pillado en plena fuga y devuelto a su sitio, Qiao Qixi se encogió sobre sus propias patas, sin atreverse siquiera a mover un músculo. Notaba con claridad que Odys no estaba igual que de costumbre.
Cuando solía portarse mal, Odys lo regañaba con paciencia, con esa calma imperturbable que daba seguridad. Pero ahora… ahora todo en él era distinto: la respiración agitada, los movimientos rudos, una tensión apenas contenida que hacía vibrar el aire a su alrededor.
El pequeño oso, con su talento para “traducir” el lenguaje corporal de su compañero, lo entendió enseguida:
—Pequeño, no me busques problemas. No ahora. Estoy que me subo por las paredes.
Qiao Qixi guardó silencio.
Ni él mismo sabía por qué, últimamente, cada vez que interpretaba las reacciones de Odys, sonaba en su cabeza como un ejecutivo frío de una novela urbana.
—Ay… —pensó con resignación—, ahora resulta que vivo con un oso presidente de corporación.
Arrastrado de nuevo hasta el sitio original, Qiao Qixi no opuso resistencia; se tumbó quietecito, obediente. Entendía que Odys debía de estar pasándolo mal. Había interpretado mal la situación antes: no era placer, era incomodidad. Odys no era humano, después de todo. Sin una vía para desahogarse, aquello solo podía ser un tormento físico.
Y, efectivamente, así era. Media hora atrás, el joven oso polar había experimentado su primer impulso de celo. Una especie de incendio interno que se extendía bajo la gruesa capa de piel blanca.
El pequeño Qiao Qixi recordaba la imagen con una nitidez que lo hacía querer golpearse contra un témpano. No era culpa suya: incluso en la penumbra, la diferencia de color entre el blanco del pelaje y el tono oscuro del… resto, lo hacía imposible de ignorar.
Cualquiera con ojos lo habría visto. Y, para su desgracia, él los tenía muy buenos.
Odys, sin embargo, no parecía disfrutarlo. Todo en él era tensión y fuego contenido. El inicio del celo era para él una prueba de resistencia, no un placer. El deseo sin salida solo lo irritaba, le robaba el sueño, le encendía la sangre.
Así que, en lugar de dedicarle su habitual ternura al pequeño, permaneció en un silencio denso, concentrado en sobrellevar el propio desorden de su cuerpo. Después de asegurarse de que Qiao Qixi estuviera bien acomodado, se tumbó a su lado.
Su respiración, más cálida y pesada de lo normal, formaba nubes blancas en el aire helado.
Qiao Qixi las miraba elevarse, una tras otra, sintiendo cómo cada exhalación aumentaba su preocupación.
Aun así, no se atrevía a moverse. Ni mucho menos acercarse a frotarle el lomo como solía hacer.
Esta noche, incluso el más mínimo gesto parecía fuera de lugar.
Odys, en cambio, levantó la mirada. Sus ojos negros y serenos se encontraron con los redondos y preocupados del pequeño oso, y en aquel instante pareció recuperar una chispa de la antigua ternura que había en él. Bajó la cabeza y le lamió suavemente el hocico, en un gesto que contenía tanto consuelo como disculpa.
Sin embargo, al verlo así, Qiao Qixi no pudo conciliar el sueño. Por más que cerrara los ojos bajo la atenta mirada de Odys, acababa abriéndolos de nuevo. Sus grandes pupilas oscuras se fijaban en el rostro imponente y hermoso del otro oso.
Cuando Odys notó que el pequeño había vuelto a despertar, entrecerró apenas los ojos. Bastó ese gesto mínimo para que Qiao Qixi captara la advertencia en su mirada. No sabía exactamente qué quería decirle con ello, pero sintió el peligro latente, como una corriente helada que recorriera el aire.
Así que, obediente, cerró los ojos de inmediato. Fingió dormir mientras intentaba de verdad conciliar el sueño, aunque mantenía las orejas erguidas, atentas a cada respiración irregular del otro.
—Debe de estar sufriendo mucho…— pensó. —Ojalá se recupere pronto.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando, por fin, el sueño comenzó a arrastrarlo. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de rendirse a los brazos de Morfeo, un sonido inconfundible volvió a colarse en sus oídos: Odys se estaba… complaciendo otra vez.
Aquel ruido, mezclado con los leves y contenidos gemidos que escapaban de su garganta, lo despertó de golpe. En ellos se adivinaban irritación y contención, un pulso entre deseo y rabia.
En la penumbra de la tormenta de nieve, los ojos del pequeño oso se abrieron de par en par, redondos como dos monedas de cobre. Miró fijamente durante demasiado tiempo, tanto que resultaba imposible que Odys no lo notara.
Cuando sus miradas se cruzaron, el contraste fue casi cómico: dos pares de ojos idénticos, uno grande y maduro, frío y sereno; el otro pequeño y tierno, lleno de desconcierto.
Descubierto otra vez, Qiao Qixi sintió cómo el calor le subía a las orejas. No solo estaba avergonzado, sino también un poco asustado. La mirada de Odys lo atravesaba con tal intensidad que el pobre no supo qué hacer.
—¡Snow escape! —pensó, y sin dudarlo hundió la cabeza en la nieve.
Pero su “técnica secreta” de oso polar era un fraude: solo consiguió esconder la cara. Todo su cuerpo seguía afuera, tiritando, visible de pies a cabeza.
Un auténtico acto de autoengaño… o más bien, de autoengaño oso.
Interrumpido una y otra vez por aquel pequeño oso, Odys finalmente desistió. Ya no intentó aliviar la tensión de su cuerpo; simplemente se recostó en la nieve, como si nada ocurriera.
Incluso sacó la lengua para lamer un poco de nieve, calmando la sed y, de paso, bajando el calor que lo consumía por dentro.
Pasó un buen rato sin que se oyera movimiento alguno. El pequeño oso polar, al no percibir nada sospechoso, suspiró aliviado. Alzó la cabeza con cautela y vio a Odys tumbado a su lado, comiendo nieve con tranquilidad. Parecía que estaba mejor.
Pero claro, si Odys ya se hubiera recuperado del todo… ¿cómo era posible que no lo abrazara, que no lo besara, como solía hacer?
Guiado por esa falsa suposición, Qiao Qixi, con el descaro de quien se hace el valiente, se deslizó poco a poco hasta su costado y acabó acurrucándose en sus brazos.
Con el frío cortante de la tundra, ¿cómo iba a dormir sin buscar algo de calor? Además, no quería que Odys pensara que era un ingrato.
—Sería cruel, pensó, hacer como si nada mientras él sufre, y yo aquí durmiendo tan tranquilo.
No, él no era ese tipo de oso.
Odys lo miró acercarse, pero no reaccionó como de costumbre. No lo envolvió con su cuerpo, ni le lamió la cabeza con ternura.
En cambio, alzó ligeramente el rostro, sacudió las nieves que le caían del lomo y exhaló una nube blanca que se disolvió en el aire helado.
—Así que todavía se siente mal—, pensó Qiao Qixi, mirándolo con el corazón encogido.
Levantó una patita, con la intención de tocarle el rostro, pero antes de que pudiera hacerlo, Odys se giró de golpe y lo cubrió con su cuerpo, encerrándolo suavemente contra su pecho.
Al principio no se movió. Qiao Qixi quedó completamente envuelto, protegido por un calor intenso que subía como una ola bajo el peso del otro. El viento helado no lograba colarse; todo su mundo se había vuelto tibio y seguro.
Y entonces, de repente, Odys se movió. Apenas un roce, una fricción leve… pero suficiente para que la mente del pequeño oso se quedara en blanco.
—¿Qué… qué está haciendo Odys? —pensó, petrificado.
Como si el destino quisiera darle respuesta, Odys volvió a moverse, otra vez, con la misma cadencia controlada.
Esta vez, no solo Qiao Qixi entendió. Incluso el pequeño cubo amarillo volcado a un lado —el dispositivo que los vigilaba— habría podido adivinar lo que estaba ocurriendo.
Qiao Qixi quedó mudo, los ojos muy abiertos.
—¿Eh? ¿¡Qué…!? —fue todo lo que alcanzó a pensar.
¡Rayos!
Lo que vio hizo que una chispa de furia se encendiera en sus ojos. Por dentro, Qiao Qixi estaba al borde del colapso.
—¡Ahhh, maldito pervertido de Odys, suelta a este pobre oso inocente ahora mismo!
Sí, sabía perfectamente que era guapo, con su pelaje blanco como la nieve, las facciones delicadas y el cuerpo más esbelto desde que había crecido un poco… En todo el círculo polar no debía de haber muchos osos que pudieran compararse con él.
Y justo Odys, con esa necesidad suya de desahogarse, ¿tenía que elegirlo a él?
—¡Qué fastidio!
—…— Qiao Qixi, dispuesto a sacrificarse por un hermano, no estaba dispuesto a ser ese tipo de herramienta para su hermano. Intentó zafarse con todas sus fuerzas, pero olvidaba que la diferencia de tamaño entre ambos era abismal. No podía contra él.
Sintió otro movimiento, otro roce.
—¡Puaj!— Definitivamente, los machos eran todos iguales.
El pequeño oso soltó un par de gruñidos agudos, una protesta clara, rogando que Odys se detuviera.
El otro respondió también con dos sonidos graves, cargados de tensión, frustración y contención. Hasta ahí, todo podría parecer normal.
Pero lo que dejó a Qiao Qixi perplejo fue lo que captó entre esos rugidos: un matiz inconfundible, una súplica disfrazada de ternura. Era como si Odys dijera:
—Ya sé que estás enfadado… pero aguanta un poco, por mí, no te enojes.
Qiao Qixi se quedó helado.
Le dieron ganas de levantar el hocico y rugirle al viento:
—¡Odys, ¿qué clase de tontería estás diciendo?! ¡¿Cómo se supone que voy a soportar esto?!
Presenciar cómo el otro se daba placer ya era bastante vergonzoso y turbador; ¡pero verse arrastrado en el proceso era otra cosa completamente distinta!
A diferencia de un animal común, Qiao Qixi tenía pensamientos humanos, emociones complejas, un sentido agudo del pudor. Por mucho tiempo que llevara siendo un oso, su sensibilidad y su timidez seguían intactas.
Y sin embargo, cuando percibió con claridad en Odys no solo el deseo, sino también la desesperación, la incomodidad y un silencioso ruego de ayuda, toda su indignación se desmoronó.
Habían pasado tanto tiempo juntos, compartido tanto, que entre ambos se había tejido un lazo profundo, difícil de romper.
—Bah… está bien, está bien—, pensó al fin, rindiéndose con un suspiro.
«…»
Qiao Qixi apretó los dientes, pensándolo un segundo, y al final cerró los ojos. No valía la pena seguir resistiéndose.
Si aquello servía para que el otro se calmara y dejara de sufrir, entonces… podía soportarlo un poco más.
Cuando Odys se excedía, cuando parecía perder el control, Qiao Qixi emitía pequeños gemidos lastimeros —una mezcla de llanto y súplica— para llamar su atención. Y funcionaba: cada vez que lo oía, el enorme oso se detenía un instante, reducía el movimiento y, a veces, hasta le lamía suavemente la cara, como para tranquilizarlo.
El sonido de la respiración de Odys dominaba el aire, incluso por encima del rugido del viento y la nieve. Bajo su cuerpo, el pequeño oso ya no sentía el frío polar. En cambio, lo envolvía un calor denso, sofocante, y un peso que no podía mover.
Qiao Qixi permanecía en vilo, temeroso de que algo traspasara el límite. No podía permitir que pasara eso. Hasta aquí, hasta este punto —solo los roces—, era todo lo que podía tolerar.
«Uuuh…» volvió a sollozar, deliberadamente débil, recordándole a Odys, con ese pequeño sonido, que seguía siendo un cachorro frágil. Que debía tratarlo con cuidado.
Los ojos de Odys se entornaron lentamente, la tensión de su mirada diluyéndose en una expresión de calma. Era un gesto que solo aparecía cuando tenía al pequeño oso entre sus patas: la serenidad de sentirse cómodo y en paz. Nada quedaba ya del estado de agitación de antes; el aire alrededor parecía más limpio, más tranquilo.
Qiao Qixi soltó un suspiro de alivio. Había conseguido acompañar a Odys a través de esa tormenta.
No sabía cuánto tiempo había pasado; sus patas, inmóviles contra la nieve, estaban entumecidas. Apenas se atrevió a moverse un poco, intentando deslizarse fuera del abrazo.
Pero aquel pequeño movimiento bastó para llamar la atención del otro. Odys, que parecía al fin relajado, abrió los ojos con calma y dejó escapar un ronco sonido bajo, casi un murmullo.
En esa voz, Qiao Qixi entendió con claridad el mensaje:
—No te muevas. Déjame abrazarte un rato más.
—¿Eh?— pensó el pequeño oso, desconcertado, sin saber si debía reír o llorar.
Qiao Qixi abrió mucho los ojos, furioso. ¡¿Qué demonios era aquello?!
Ya había sacrificado su dignidad —su blanca hermosura, su porte impecable— para convertirse en el objeto de las fantasías del otro, ¿y ahora también tenía que quedarse ahí, acompañando la resaca emocional de la escena?
Por lo visto… sí.
Aunque el fuego que antes ardía dentro de Odys ya se había apagado, el enorme oso seguía empeñado en mantener al pequeño entre sus patas. Le gustaba sentirlo cerca.
Después de unos minutos de descanso, cuando recuperó algo de energía, Odys se inclinó sobre él con una delicadeza inusitada. Empezó a limpiarlo, desde la cabeza hasta la cola, deteniéndose con especial cuidado en los mechones que él mismo había ensuciado. Cada lamida era lenta, minuciosa, casi reverente.
Qiao Qixi, que aún no se había repuesto de la vergüenza, se quedó tieso. Después de lo ocurrido, aceptar ese tipo de contacto era… demasiado. Pero tampoco podía simplemente quedarse sucio.
—Uuuh… —emitió un pequeño quejido, girando la cabeza con resignación y mirando hacia el cielo estrellado. —Estoy sucio—, pensó, con un nudo en el pecho.
Y mientras Odys continuaba su tarea con paciencia, Qiao Qixi reflexionó, solemne:
—La próxima vez que pase algo así, me largo. Me voy de casa. Él que busque a su novia en la montaña, y yo volveré al hielo a cazar mis focas. Cuando se le pase el celo, entonces… quizá volvamos a vernos.
Pensando en eso, y envuelto por la calidez de las caricias del otro, el pequeño oso fue cerrando poco a poco los ojos. El sueño lo atrapó antes de darse cuenta.
Odys, en cambio, no dormía. Cada tanto alzaba la cabeza, observando en silencio el perfil dormido del pequeño. Luego volvía a inclinarse y repasaba con cuidado las zonas que aún no había limpiado.
La pureza del pelaje de Qiao Qixi, esa blancura impecable que brillaba incluso bajo la luna, era mérito suyo; él mismo se había encargado de mantenerla así.
Solo cuando terminó aquella labor, el rey del hielo se recostó junto a él. No obstante, el sueño no llegaba. Giró un poco la cabeza y, con el hocico, rozó suavemente la mejilla del pequeño oso dormido.
Quería jugar con él. Pero, al ver que Qiao Qixi descansaba profundamente, se contuvo.
Y así, con movimientos mínimos, casi imperceptibles, Odys se permitió satisfacer esa leve necesidad de ternura… sin romper la paz del sueño de su pequeño compañero.