El nombre del demonio era Glumgos.
Era un demonio de rango medio sin una jerarquía particular, pero, gracias a que por casualidad había conseguido ocupar una posición ventajosa antes que los demás, últimamente ejercía una gran influencia entre los demonios. Había firmado un contrato con un humano justo después de que el guardián Delcross quedará atado por el [Acuerdo].
Si uno recordaba que los muchos demonios que habían firmado contratos antes que él, y que fueron despedazados sin piedad por el Cascanueces, se podía decir que había tenido muchísima suerte.
Su contratista era Wilhelm Schmidt.
En aquel entonces, Schmidt era un administrador de bajo rango de la Unión de Comerciantes y, para tratarse de alguien que había invocado a un demonio, tenía sueños modestos y pocas ambiciones.
Gracias a eso, Glumgos pudo concederle su deseo con facilidad y, poco tiempo después, logró apoderarse por completo del cuerpo y el alma de Schmidt.
A partir de entonces, todo fue un éxito tras otro.
Ocupó el puesto más alto al que podía aspirar un administrador de la Unión de Comerciantes y, de paso, acumuló enormes riquezas. Tomó por esposa a una mujer hermosa y recientemente había tenido incluso un hijo encantador.
En ese punto, ya era inevitable que le naciera un fuerte apego por la vida en el mundo humano.
Sin embargo, su situación actual era como una lámpara a punto de apagarse. Existían demasiados demonios dispuestos a dañarlo y a arrebatarle todo lo que había conseguido.
La Unión de Comerciantes, donde se reunían humanos de gran ambición, era especialmente prolífica en contratistas demoníacos; y entre ellos, algunos habían firmado pactos con demonios de rangos infinitamente superiores.
Para seguir manteniendo una ventaja entre semejantes rivales, Glumgos decidió forjar un arma propia.
Esta consistía en elaborar un registro que enumerara los nombres verdaderos de los demonios y a sus contratistas. Probablemente, en un momento de vida o muerte, aquel registro se convertiría en una daga con la que apuñalar a sus enemigos.
El problema era que aquello constituía un tabú absoluto para un demonio: violaba la regla tácita de no interferir en los contratos de los demás.
Si alguno llegaba a enterarse de la existencia de ese registro, Glumgos sería invocado de vuelta al Inframundo en contra de su voluntad y sufriría un destino tan cruel que casi sería preferible la aniquilación.
Ese era, pues, el arma definitiva en la que había arriesgado absolutamente todo.
“¿Por qué tenía que pasar mientras me ausentaba por un momento?”
Glumgos sentía que estaba atrapado en una pesadilla.
¡Un príncipe del Sacro Imperio había irrumpido repentinamente en su oficina, le había arrebatado el libro de cuentas que podía considerarse la totalidad de su poder y ahora apuntaba directamente contra él una temible reliquia sagrada!
Normalmente jamás se separaba del registro, pero en aquella ocasión tenía un asunto cerca de la iglesia y no tuvo más remedio que dejarlo temporalmente en manos de un subordinado menor. Y fue justo en ese preciso instante que aquel muchacho se apareció.
“¿Debería simplemente arrebatárselo por la fuerza? No, pero…”
El príncipe que tenía enfrente parecía un humano común, sin un gramo de poder divino, pero era impensable atreverse a tocarlo.
El hecho de que sujetara el Cascanueces hablaba por sí mismo. Ese humano estaba respaldado por el temible Santo Emperador.
“¡De todas las cosas, tenía que perderlo frente a él…!”
Glumgos alzó la vista hacia el techo de la oficina, abatido.
Pero lo hecho, hecho estaba. Ya no tenía alternativa. Tendría que apaciguar al muchacho y recuperar el registro.
—…No deseo más alboroto. Sentémonos a conversar un poco.
—¿Conversar?
Para desgracia de Glumgos, en el mismo instante en que Seong-jin sostuvo aquel libro en sus manos, sintió el presagio de un hallazgo extraordinario.
En una época donde los libros impresos ya eran comunes, aquel manuscrito estaba encuadernado con pergaminos irregulares, de bordes sin recortar, con un aire arcaico. Y de la cubierta manaba una ominosa energía negra que resultaba imposible pasar por alto.
Fshhhh.
Seong-jin agitaba el libro mientras observaba cómo la energía demoníaca se dispersaba por el aire. El director de la sucursal Schmidt, o, mejor dicho, el demonio con la apariencia del director, continuó hablando con voz temblorosa:
—Por favor, cálmese y escúcheme bien. Devuélvame ese peligroso libro. Por su propio bien, se lo ruego. La magia que emana de él es extremadamente nociva para los humanos. Una exposición prolongada lo debilitará y finalmente lo llevará a la muerte.
—¿Ah, sí? —Seong-jin detuvo el movimiento de su mano y le preguntó al Rey Demonio:
—“Oye, ¿lo que dice ese tipo es cierto?”
El Rey Demonio contestó con un deje de inquietud.
—[No está mintiendo. Es de sentido común: la energía demoníaca jamás podría tener un efecto positivo en un ser humano vivo. Pero…]
—“¿Pero qué?”
—[[Si lo pienso así, hay algo que me inquieta. Aunque sea una cantidad pequeña, mi alma también emite energía demoníaca constantemente. Es decir, hasta ahora has estado expuesto de manera continua a cierta cantidad de energía demoníaca.]
Seong-jin giró sus hombros de un lado a otro, pero no sintió ninguna anomalía en su cuerpo.
—“Me siento bien. Tal vez sea porque ya estoy muerto, ¿no crees?”
Al fin y al cabo, era un espíritu. El Rey Demonio respondió con voz dubitativa:
—[Podría ser…]
En cualquier caso, la energía demoníaca no parecía representar una amenaza real para él. Concluido aquello, Seong-jin decidió examinar el libro con calma.
—¡No… no lo abra! ¡La energía demoníaca que envuelve el libro contiene una poderosa maldición mortal! Si un humano lo toca…!
—¿Eh? —Seong-jin levantó la cabeza tras abrirlo justo en la página central y miró a Glumgos—. ¿Qué pasa si lo toca un humano?
—…No, nada, nada en absoluto.
El demonio, viendo que el muchacho no mostraba el menor signo de daño, apartó la mirada mientras le corría un sudor frío.
Qué decepcionante.
Seong-jin le lanzó una mirada fría y comenzó a hojear el libro lentamente. Entonces el demonio que fingía ser el director lo observó de reojo y habló con una voz que apenas se oía.
—…De todos modos, aunque se quede con ese registro, no le servirá para nada. ¿Por qué no me lo devuelve? —murmuró con voz apagada.
—¿Y eso por qué?
—Porque no es algo que un humano pueda leer. Está escrito en la lengua del mundo demoníaco.
Tal como había dicho, los caracteres que aparecían en las páginas eran extraños e irreconocibles para Seong-jin.
Eran símbolos extraños, como si fueran cuñas entrelazadas de forma irregular, acompañados de complejos patrones sin sentido aparente.
“Hmm. Así que era el idioma del mundo demoníaco ¿eh?”
—[Esto es una maldita locura…]
En su mente, se escuchaba la voz murmurante del Rey Demonio.
—“¿Puedes leerlo?”
—[Por supuesto. Está escrito en la lengua demoníaca. El problema es que no puedo leerlo directamente y explicarte su contenido.]
—“¿Por qué?”
—[¡Porque contiene una lista entera con los nombres verdaderos de los demonios! ¡En cuanto leyera uno solo, invocaría aquí al demonio correspondiente! ¿Cómo pudo crear algo tan peligroso? ¿Ese tipo ha perdido la cabeza?]
—“¿Nombres verdaderos?”
—[Así es. Este es un registro que contiene los nombres de los contratistas y de los demonios con quienes firmaron sus contratos. Si alguien descubre esto, ese tipo estará prácticamente muerto. Se convertirá en enemigo público del mundo demoníaco.]
“Hmm”.
Hmm. Seong-jin empezaba a comprender por qué el demonio que fingía ser el director estaba pálido y no dejaba de observarlo.
Pero, dejando eso de lado, ¿de verdad había tantos contratistas de demonios en Delcross?
Seong-jin pasó rápidamente las páginas. Poco después, tomó una decisión y cerró el libro de golpe.
—Me lo voy a llevar.
Entonces, el demonio director de la sucursal dio un salto en el lugar.
—¿Qué? ¡No serviría de nada llevarlo! ¿Por qué?
—No importa si no puedo leerlo. Se ve bastante antiguo y elegante. Creo que sería un buen recuerdo de viaje para mi padre.
¿El registro de demonios para el Santo Emperador?
Por un instante, Glumgos sintió que la mente se le quedaba en blanco.
—¡Esto es una locura! ¿¡Por qué?!
¡Zas!
Como reflejando su agitación, una ola de energía negra surgió con fuerza y pronto se calmó.
El demonio ahora temblaba de manera casi patética.
—¡Vamos, vamos! ¡Debe calmarse!… ¡Todavía podemos manejar esto antes de que se convierta en un gran problema!
Aunque el demonio director pronunció aquellas palabras con voz temblorosa, parecía que quien necesitaba calmarse era él.
Movía sin cesar sus inestables manos y hacía ya tiempo que tenía todo el cuerpo empapado de sudor.
“No puede ser…”
Un pensamiento pasó fugazmente por la mente de Seong-jin.
—Por si acaso lo pregunto… ¿mi padre puede leer este registro?
—¡Gah!
El director, cuyo rostro había adquirido una palidez mortal, escupió energía demoníaca por la boca.
Así que esa era la respuesta correcta.
—[Guau, esto es un escenario de aniquilación inevitable. La existencia misma de este registro genera consecuencias poderosas. ¿No sería una condición suficiente para que tu padre pudiera actuar?]
Seong-jin se iluminó de alegría.
—¡A mi padre le encantará! Cada vez que se aburra, leerá una línea y, cada vez que se invoque un demonio, ¡lo decapitará en el acto!
—¡Ah! ¡Eso no está bien! —El demonio gritó desesperadamente y comenzó a suplicarle fervientemente a Seong-jin—. Si un demonio desaparece, el humano que pactó con él tampoco podrá sobrevivir. ¡Y todos los que están en este registro ocupan puestos clave en la Unión de Comerciantes! Si desaparecen de golpe, ¿te imaginas el caos económico que causaría?
—Bueno, mi padre sabrá qué hacer. Puede cazarlos lentamente, sin excederse, ¿no?
—¡Si este registro se hace público, estoy acabado!
—Eso no es asunto mío.
—Pero si yo desaparezco, ¿no desaparecerá también ese registro, que fue creado con mi poder?
—Hmm, eso sí sería un problema. ¡Ah! ¿Quieres venir con nosotros a la capital imperial? Te protegeremos. No te preocupes demasiado por la gracia divina.
El Rey Demonio había sobrevivido hasta ahora, así que pedirle al Santo Emperador que protegiera a este registro no sería difícil. Entonces Glumgos se rindió, se sentó en el suelo y lloró lágrimas de sangre.
—¡Por favor, ténganme piedad! ¡Tengo una esposa como un conejo y un hijo como un zorro que dependen de mí!
—…
—¡No los dejarán en paz los del reino demoníaco! ¡Si muero, ellos serán destrozados en mi lugar!
Curiosamente, esta súplica improvisada conmovió a Seong-jin. Seongjin contempló en silencio al demonio, de cuyos ojos manaba sangre profusamente. Esperó a que se calmara un poco y finalmente habló.
—Está bien. Te lo devolveré.
—Me… ¿lo devolverá? —Glumgos levantó la mirada con expresión incrédula.
Estaba considerando atacar al chico ahora, aunque eso significaba morir ante el Santo Emperador.
¿Cómo podía haber cambiado de opinión con tanta facilidad?
—Pero no te saldrá gratis. A cambio, tengo algunas condiciones.
Entonces Seong-jin le comunicó a Glumgos, con claridad y palabra por palabra, lo que tenía en mente.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
En la planta más alta del centro de distribución de logística.
Incluso después de que Seong-jin se escondiera en la oficina de Wilhelm Schmidt, el pasillo del edificio seguía estando en completo silencio.
Dentro de la oficina, los demonios se agitaban y la energía maligna estallaba y se calmaba, pero al menos afuera no se percibía ningún impacto. Gracias al sello que Glumgos había preparado. Los guardias vigilaban la puerta sin saber nada, y los asesinos que deambulaban por los pasillos no notaron nada extraño y pasaron de largo.
Solo una persona.
Una persona sentada tranquilamente en el techo del centro logístico observaba todo desde el principio hasta el final.
Era una exorcista de cabello negro como un cuervo, contemplando sin cesar el flujo del largo río Breeze, extendido al norte del edificio.
Sus ojos, igual de negros que su cabello, a veces emitían un extraño resplandor plateado que parpadeaba y desaparecía.
—…Su Majestad. —De repente, habló en voz baja—. ¿Está bien dejarlo así? Si conseguimos ese registro, podríamos eliminar en un instante a una parte considerable de los seres impíos que controlan y manipulan la economía del continente.
Después de un breve silencio, el Santo Emperador respondió.
—[Dama Sharon, ¿sabe cuántos humanos con pactos demoniacos hay en la Unión de Comerciantes?]
La exorcista negó con la cabeza. Solo podía suponer que eran muchos; no tenía forma de identificarlos de inmediato a todos.
Los humanos con pactos son personas normales. A menos que invoquen demonios a la realidad o realicen actos sobrenaturales con su ayuda, no emiten energía demoníaca por sí mismos.
Por eso, aunque el continente esté lleno de sacerdotes creyentes en el Dios Principal, los demonios pueden infiltrarse fácilmente en el mundo a través de sus contratistas y actuar en secreto desde las sombras.
Solo existía una señal: la marca del demonio grabada en el alma.
Probablemente, el único que conocía su número exacto era el Santo Emperador, capaz de ver la marca demoníaca grabada en el alma.
Y su respuesta fue impactante.
—[Se puede decir que casi todos los que ocupan puestos clave en la Unión de Comerciantes son contratistas.]
Los miembros y administradores de la Unión de Comerciantes, que habían aumentado su poder durante décadas, enfrentaban una feroz competencia interna más allá de lo que se veía desde afuera.
Para enfrentarse a los contratistas ya establecidos, los recién llegados no tenían más opción que hacer pactos con demonios.
—Entonces…
—[Si eliminamos a todos los que están en el registro, otros nuevos tendrán que convertirse en contratistas de demonios para ocupar esos puestos.]
Aunque en esta ocasión lograran, gracias a la causalidad obtenida fortuitamente mediante el registro, erradicar a una parte de los demonios, seguirán sin poder hacer nada contra los nuevos contratistas que aparecieran.
Después de todo, el Emperador Sagrado continuaría atado al [Acuerdo] indefinidamente.
Si esa era la alternativa, resultaba preferible permitir que aquel modesto demonio de rango medio mantuviera la situación actual.
La mayoría de los deseos que los miembros de la Unión de Comerciantes pedían a los demonios eran riqueza y poder.
Mientras Wilhelm Schmidt mantuviera firmemente su posición, esos deseos tardarían en cumplirse. Eso significaba que el número de demonios que podían moverse libremente en cuerpos humanos sería naturalmente limitado.
—[Confía en el juicio de Morres. Ese niño obtendrá el máximo provecho posible de este registro.]
—¿Es gracias a la habilidad del Oráculo que tiene como usted, Majestad? —Dama Sharon preguntó inclinando la cabeza, y en su mente llegó un débil eco, como una risa baja.
—[Se trata de algo un poco distinto. ¿Lo sabías? Morres ha tenido un talento instintivo para los cálculos desde que era pequeño.]
Ahora que lo mencionaba, tenía sentido. Dama Sharon lo comprendió.
El padre del príncipe Morres era el Santo Emperador, quien administraba un vasto imperio, y su abuelo materno era el archiduque Asein, considerado uno de los más despiadados del continente. La sangre heredada de ambos era innegable.
La exorcista alzó los ojos ausentes hacia el cielo. Entonces, como si algo se le hubiera ocurrido, levantó de repente las comisuras de los labios en una sonrisa socarrona.
—Por cierto, ¡qué inmensa fortuna habrá sido para ese demonio el encuentro de hoy! Después del señor Red, ese demonio insignificante se convertirá ahora en el cuarto demonio cuya existencia ha sido permitida por Su Majestad.
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