El alboroto se calmó enseguida. La razón fue que se reveló que el director Collins, quien había sido asesinado, era un contratista demoníaco.
Los médicos y sacerdotes que acudieron apresuradamente guardaron silencio y se persignaron al ver cómo su cadáver comenzaba a pudrirse y ennegrecerse en cuestión de segundos.
Se trataba de un fenómeno de corrosión que aparecía cuando el alma de un humano era arrastrada al inframundo por no cumplir debidamente con un contrato. No podía existir prueba más clara de que había pactado con un demonio.
Y a medida que avanzaba la corrosión, en la frente de Collins apareció una marca destacada en un tono más pálido: una larga espada apuntando hacia abajo, cruzada en diagonal por dos ganchos. Era la marca de Santa Terbachia, grabada con fuerza mediante poder divino.
En otras palabras, este asesinato a plena luz del día no era tal, sino una ejecución sumaria llevada a cabo por un exorcista.
—No lo puedo creer. Pensar que el director Collins era un contratista demoníaco… Era conocido como un devoto creyente del Dios Principal. Hace apenas unos días, en la celebración del natalicio del Santo Emperador, incluso se jactó ante el cardenal Benitus de que aumentaría sus donativos regulares.
Al escuchar los resultados de la investigación, Masain dejó escapar un suspiro en el que se mezclaban el desconcierto y el alivio.
Que un alto miembro de la Unión de Comerciantes hubiera estado coludido con demonios era, sin duda, motivo de lamentación. Pero, al mismo tiempo, aquello demostraba que Masain no tenía relación alguna con la muerte de Collins.
Después de todo, el incidente ocurrió justo tras haberse separado de él en un ambiente hostil.
Aunque la secretaria de Schmidt podría servirle de coartada, con un poco de mala suerte bien habría podido cargar con la acusación de asesinato.
—En cualquier caso, no logro comprender cómo una persona tan impía pudo infiltrarse sin levantar la menor sospecha en un puesto tan importante como el de director del centro de distribución logística.
Ante las palabras de Masain, Seong-jin y el jefe de la sucursal Schmidt, cruzaron una mirada.
En realidad, lo verdaderamente enigmático no era eso. Lo desconcertante era cómo un exorcista había conseguido infiltrarse por sí solo en un nido de contratistas demoníacos, atravesar la guardia y ejecutar allí la sentencia.
“Debería de quedarme callado?”
“Sí, quédate en silencio”.
Al fin y al cabo, cualquier asunto relacionado con demonios lo ponía a ese hombre especialmente nervioso.
Si llegaba a enterarse de que la mayoría de los presentes en ese edificio eran contratistas demoníacos, la reacción de Masain era más que predecible.
—Hay otro problema. Se trata de quién fue el exorcista que ejecutó al director Collins.
Schmidt, tras recibir algunos susurros de su secretaria, se dirigió a Seong-jin y sus acompañantes.
—Acabamos de verificar la localización de todos los exorcistas que permanecen en Regina. Había cinco alojados temporalmente en una iglesia en las afueras; dos de ellos embarcaron hoy rumbo a la Confederación de Chipre, y tres siguen aún en la iglesia.
Luego, mirando de reojo a Seong-jin, añadió:
—Aparte de ellos, hay un exorcista no oficial hospedado en la ciudad. Sin embargo, desde que dejó sus cosas en la posada no ha salido ni una sola vez.
“Ah, se refería a la dama Sharon que se quedó en el alojamiento”.
Así que de nada había servido disfrazarlo como un caballero residente. Todos sabían ya que Seong-jin estaba acompañado por caballeros sagrados en el grupo de trabajo contra monstruos.
—Sea quien sea, también resulta sorprendente que consiguiera infiltrarse en el centro de distribución sin que nadie lo notara —dijo Masain, que había estado escuchando—. El exorcista debió de entrar inmediatamente después de que yo saliera de la habitación del director Collins. De ser así, tuvo que permanecer un tiempo en los alrededores, pero, aparte de la presencia de los guardias del pasillo, no percibí en ninguna parte indicios que me hicieran sospechar de un caballero.
Si era capaz de eludir los sentidos de Masain, significaba que su manejo del aura ya había alcanzado el nivel de un Caballero Decaron o que se trataba de un paladín instruido en técnicas de asesinato avanzadas.
—Lord Masain, ¿Entre los exorcistas hay algún caballero Decaron?
—No. En la Orden de Santa Terbachia, el único caballero Decaron es su comandante, sir Leandros.
—Entonces, ¿podría haber sido él personalmente?
—No creo que sea así. Hace poco partió hacia el sur por orden de Su Majestad.
—Vaya… esto da la sensación de estar embrujado.
Escuchando su seria conversación, Seong-jin se rascó la mejilla.
Hmm, ¿no era más bien que las posibilidades se habían reducido?
Al fin y al cabo, el único exorcista en los alrededores era Sharon, hospedada en la posada. Eso significaba que, otra vez, su padre había poseído a la dama Sharon para colarse discretamente.
“Pero entonces, ¿qué hace ese hombre apareciendo de repente en Regina?”
Al mismo tiempo, Schmidt, que estaba reflexionando, se puso pálido. Aunque no conocía los detalles exactos, parecía haber llegado a la misma conclusión que Seong-jin acerca de quién estaba involucrado en el asunto.
—Lord Masain, ¿sucedió algo en la habitación del director Collins?
Ante la pregunta de Schmidt, Masain frunció el ceño.
—No lo sé con exactitud. Me anticipé al pensar que intentaría hacer algo, así que me limité a intimidarlo un poco y luego salí dando un portazo.
Tras escuchar su explicación, Schmidt aseguró:
—¡Fue justamente eso!
—¿Cómo?
Masain quedó desconcertado, pero Seong-jin comprendió de inmediato lo que el jefe demoníaco de la sucursal quería decir.
La tercera pauta para tratar con demonios: bajo ninguna circunstancia se debía poner las manos encima de los hijos del Santo Emperador.
—Seguramente provocó un incidente deliberadamente llamativo para advertir a quienes los rodeaban. Quizá, en asuntos como este, sea mejor dar un escarmiento inequívoco.
Seong-jin coincidió con las palabras de Schmidt.
Al menos, los contratistas demoníacos del centro de distribución tendrían ahora mucho más clara la aplicación de esa tercera pauta.
—Sin embargo, Alteza…
—¿Hmm?
—Disculpe mi impertinencia, pero el alcance de esos ‘hijos’ es demasiado…
Ante el suave suspiro del jefe demoníaco, Seong-jin asintió en silencio.
Solo Masain, que no entendía nada, los miraba alternativamente con expresión confundida.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
—El jefe de la compañía es más tacaño de lo que imaginaba.
—Así parece.
—Con tantos obreros en el centro de distribución, ¿de verdad tenía que hacernos trabajar también a nosotras? Supongo que como no habrá campamento esta noche, no quiere vernos ni un momento sin hacer nada, ¿verdad?
Dasha asintió distraída a las palabras de la mujer a su lado.
Ellas eran parte del personal contratado por la caravana Milo y, en ese momento, iban en un carro rumbo al centro de distribución.
Les habían dicho que el jefe de la compañía no quería pagarle al centro una tarifa adicional por la carga y descarga, de modo que había ordenado que los trabajadores ociosos transportarán las mercancías en su lugar.
“Precisamente todos los empleados contratados de manera temporal están incluidos aquí. ¿De verdad puede ser una coincidencia?”.
El instinto de Dasha, una informante experimentada, hizo sonar una alarma siniestra.
Había podido integrarse en la caravana Milo porque surgieron de pronto varias vacantes repetidas. Algunas personas se habían visto envueltas de pronto en una disputa dentro de la capital imperial y habían resultado gravemente heridas.
El dueño, Giacomo Milo, reclutó apresuradamente reemplazos, y fue así como Dasha entró como ayudante de cocina. La idea era viajar encubierta hasta el territorio de Sigsmund.
Sin embargo, Giacomo Milo, el jefe de la compañía, era un hombre más desconfiado de lo que aparentaba.
Aunque había investigado minuciosamente los antecedentes de todos, nunca había descartado la posibilidad de que aquel repentino cambio de personal formará parte de la conspiración de alguien.
Dasha no pudo comprenderlo con certeza hasta que la carreta llegó frente a uno de los almacenes situados dentro del centro de distribución.
“Así que pensaba eliminar a algunos de nosotros después de todo…”
El edificio no era común y corriente.
Desde varios puntos notaba miradas penetrantes fijas en la carreta: asesinos escondidos en cada rincón del almacén.
Era solo cuestión de tiempo antes de ser descubierta. Por ahora mantenía su aura parcialmente oculta, pero unos asesinos experimentados no tardarían en empezar a sospechar de ella.
Entonces vio los ojos secos del jefe de la compañía, quien había descendido de la carreta y contemplaba a sus empleados.
Dasha lo entendió al instante.
“¡Esto se acabó! ¡Tengo que huir ahora mismo!”
Mientras comprobaba la posición de la daga que había ocultado bajo la ropa, Dasha comenzó a trazar mentalmente la ruta más adecuada para escapar sin que los asesinos pudieran detenerla.
Justo entonces, el secretario de la compañía mercantil Milo corrió hacia Giacomo completamente agitado.
—¿…El director Collins?
—Sí. ¡El rumor de que era un contratista demoníaco ya se ha extendido por todo el centro!
Aunque hablaban en susurros, Dasha, que había agudizado su oído con aura, pudo escucharlo perfectamente.
—¿Cómo reaccionó el jefe de sucursal?
—Por el momento, su directriz es que nos controlemos y no hagamos nada que llame la atención. Probablemente hoy tampoco será posible realizar la limpieza del personal…
—¿No parece estar prestando una atención especial a nuestra compañía?
—No. No mencionó nada en particular.
—Mmm…
Giacomo se quedó pensativo un instante, apoyando la barbilla en la mano, y luego, sin más explicaciones, entró al edificio. Parecía haberse olvidado por completo de los trabajadores, concentrado de repente en este nuevo problema.
—Hoy usaremos a los obreros del centro. Regresen todos regresen al alojamiento.
Después de transmitirles apresuradamente la orden, el secretario desapareció siguiendo al jefe de la compañía.
Solo entonces Dasha dejó escapar un suspiro de alivio y se acomodó el borde de la falda.
“Parece que, por esta vez, lo he esquivado…”
Y aquella noche.
Después de seleccionar cuidadosamente la información que tanto se había esforzado por reunir, Dasha fue al alojamiento de Seong-jin y quedó profundamente desconcertada. Seong-jin, como si hubiera estado esperándola, le extendió un montón de documentos.
—¿…Qué es esto?
—Los registros del paso por aduanas de la compañía mercantil Milo y los registros de ventas reales investigados por la propia Unión de Comerciantes. Dicen que, si los comparamos con las ventas declaradas, encontraremos una diferencia bastante grande.
Dasha examinó rápidamente los documentos, incapaz de ocultar su sorpresa. Con pruebas de esa magnitud, ¿no podrían registrar e incautar la compañía de inmediato?
—¿De dónde sacó información tan valiosa?
—Sí. Conseguí un colaborador de confianza dentro de la Unión de Comerciantes.
Y, cuando escuchó la identidad de aquel colaborador, Dasha se quedó horrorizada.
—¿El jefe de sucursal Wilhelm Schmidt? ¿Se refiere al mayor adicto al trabajo de la Unión de Comerciantes, ese hombre del que dicen que es un demonio sin sangre ni lágrimas?
Bueno, sí. Claro que parecía un demonio.
Después de todo, aquel sujeto era un demonio verdadero que había tomado posesión del cuerpo de su contratista.
—En cualquier caso, más adelante presentaremos estos documentos ante el tribunal junto con las demás pruebas.
—Sin duda son pruebas excelentes. Sin embargo, aunque pueden servir como pretexto para retener a la compañía, quizá no sean suficientes para acorralar por completo a su jefe. Sacrificará a sus subordinados para salvarse y saldrá libre bajo fianza.
Seong-jin negó con la cabeza.
—Ah, no te preocupes por eso. Quien se ocupará del jefe de la compañía será el Tribunal de la Inquisición. Te aseguro que no podrá escapar.
—¿Qué?
Y ante las palabras que Seong-jin pronunció a continuación, Dasha abrió la boca de par en par.
—Giacomo Milo es un contratista demoníaco. También obtuve esa información directamente del jefe de sucursal.
Ante aquella historia que avanzaba sin pies ni cabeza, Dasha sentía que la cabeza comenzaba a darle vueltas.
—¿…Un contratista demoníaco? ¿Tiene pruebas?
—Pruebas circunstanciales, sí. Pero la evidencia definitiva la encontraremos en la investigación de lo ocurrido en el territorio de Sigsmund. Si además, logramos establecer que tiene vínculos con la Iglesia Oscura, será perfecto.
—Y-ya veo
La información que el príncipe imperial había conseguido en tan solo un día no era poca cosa.
¿Acabaría resolviendo él solo toda la investigación a este paso? Entonces, ¿qué sentido tenía que ella estuviera a su lado como informante?
Mientras Dasha se hundía en aquella sensación de inutilidad, Seong-jin alzó de pronto la cabeza, como si acabara de recordar algo.
—¡Ah, cierto! Por cierto, Dasha. Hay algunas cosas que necesito enviar ahora mismo al palacio imperial…
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
De Regina a la capital imperial había un día de camino.
Los objetos enviados por medio de los informantes durante la noche, ya habían llegado al palacio al mediodía del día siguiente.
—¿Una figurilla de San Aurelio? Que lo mande como recuerdo de viaje… vaya, es un obsequio poco común.
El mayordomo principal, Lewis, se acariciaba la barbilla mientras observaba la pequeña talla de madera de un hombre calvo que descansaba sobre el escritorio del despacho.
El pequeño San Aurelio.
Generalmente se refiere a una pequeña estatua de madera de un adulto entregada como talismán por una persona que espera el regreso seguro de otra que emprende un viaje.
Se decía que San Aurelio había sido un gran administrador y diplomático, que pasó su vida viajando por todo el continente. Con la esperanza de que ese santo también protegiera a sus seres queridos en el camino, se acostumbró a regalar su figura, hasta convertirse en una tradición.
Regina era la ciudad base que todas las caravanas que se dirigían al norte del imperio debían atravesar al menos una vez. Por ello, abundaban allí las tiendas que vendían esas figurillas, como augurio de un retorno seguro del viaje.
Al parecer, el príncipe imperial había visto las pequeñas estatuas colocadas por todas partes en la zona comercial y las había confundido con una especie de producto típico de Regina.
El Santo Emperador observó la pequeña estatua con rostro inexpresivo, y entonces habló:
—Ahora que lo pienso, es curioso, Lewis. Cuando Sisley emprendió su primer viaje pastoral me sentí tan intranquilo. Y en aquel entonces ella tenía apenas diez años.
“Eso se debe a que la escala de los problemas que provoca Su Alteza Morres es completamente distinta, ¿no cree?”
Lewis apenas logró tragarse esas palabras que le subieron hasta la garganta.
—Pero ahora debo reconocerlo. Morres no solo sabe valerse muy bien por sí mismo, sino que a veces logra resultados que superan toda imaginación.
Al decir eso, una tenue sonrisa cruzó fugazmente el rostro del Santo Emperador.
El mayordomo, que lo había servido durante muchos años, comprendió que, cosa poco habitual, el regalo le había gustado muchísimo. Entonces se apresuró a decir:
—¿Qué le parece si lo coloca como adorno frente al pisapapeles, para que todos lo vean bien?
—Sí. Buena idea.
Así, la pequeña figurilla de Santo Aurelio quedó colocada en el centro del escritorio, junto al antifaz blanco de conejo.
En una lujosa mansión cercana a la calle Bertrand.
Herna y Gadeth fruncieron el ceño al ver dos figuras idénticas de ancianos calvos.
—¿Morres es idiota? ¿Qué pretende enviando algo como esto cuando el que se fue de viaje fue él?
—Morres es Morres. Siempre ha sido idiota, ¿por qué esperabas otra cosa a estas alturas?
Aun así, los gemelos juguetearon un buen rato con las estatuillas, hasta que al final colocaron a los dos ancianos en los extremos de un tablero de ajedrez, mirándolos en silencio por un momento.
—… ¿Vamos a ver qué está haciendo Morres?
—… ¿Lo hacemos? Solo será un instante.
—Además, tengo curiosidad por cómo está Red.
—Sí. Hay que comprobar que Red esté bien.
Los gemelos se tomaron de las manos, percibieron que el canal se abría y cerraron los ojos en silencio.
Mientras tanto, en el deshabitado Palacio de la Perla.
Sentada frente a la mesa rebosante de comida, como siempre, Amelia acarició suavemente la figurilla.
—¿Qué es esto? ¿Para qué sirve? —preguntó.
—Es un objeto que se vende comúnmente en las calles de Regina, hermana. Según me dijeron, es una especie de amuleto con el que se pide que alguien regrese sano y salvo de un viaje.
Logan, quien había pasado a menudo por Regina mientras dirigía las fuerzas de subyugación, se lo explicó. Entonces Sisley inclinó la cabeza hacia un lado.
—Aun así, qué excéntrico por parte del hermano Morres, ¿no fue él quien se marchó de viaje? —La chica hizo rodar la figurilla calva sobre el mantel.
Los tres olvidaron comer y se quedaron en silencio contemplando sus respectivas tallas de madera.
—…De todas formas, este viejito es algo tierno.
—Eso es cierto.
—Es realmente delicado y adorable.
Pronto, entre hermanos comenzó a flotar un aire cálido y suave.
—Ay, qué empalagoso. Ya se me quitó el apetito, por favor… —Cadmus incapaz de aguantarlo, terminó por suspirar y se retiró.
—¡Co-comida!
Como resultado, y por tercer día consecutivo, Seo Yi-seo recuperó el control de su cuerpo durante la hora de la comida y rompió a llorar a mares, profundamente conmovida. Era la consecuencia más natural.
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