La vida de soltero es feliz, sobre todo después de haber pasado por una relación tan estrechamente unida como esa; la libertad que trae la soltería resulta reconfortante.
Por supuesto, hay ciertos momentos en los que también se extraña tener pareja. Por ejemplo, cuando se cae la puerta del armario y uno no tiene ni idea de dónde buscar a alguien para repararla.
Este año, el invierno en Jīngkǒu llegó sorprendentemente temprano; a finales de octubre ya casi se rozaban los cero grados, y los sureños sin calefacción sufrían las consecuencias. Féng Nuòyī pasó diez minutos preparándose mentalmente, y luego, con un gorro de peluche bastante tonto cubriéndole las orejas, salió temblando de casa.
Después de deambular sin rumbo por la calle durante veinte minutos, no solo no encontró ningún lugar de reparaciones, sino que además se topó con un viejo conocido.
—¿Nuòyī?
Al escuchar esa voz tan familiar, se quedó paralizado un instante, suspiró, y se arrancó el gorro de peluche; era el único gesto que podía hacer para salvar un poco su imagen. Lo peor que podía pasar era encontrarse con un exnovio estando hecho un desastre, y encima el otro se veía mucho mejor que en aquellos años.
Féng Nuòyī forzó una sonrisa y se giró para saludarlo:
—Cuánto tiempo sin verte.
—Tenía el presentimiento de que eras tú —el otro se veía muy emocionado—. No has cambiado nada.
—Gracias —piensa en un tema, piensa en un tema—. Por cierto, ¿qué haces en Jīngkǒu? ¿Y tu empresa de videojuegos?
—La compró Qīngyǐng Tecnología —hizo un gesto con la mano—, ahora vivo tranquilamente con el dinero, sin hacer nada en particular.
Decir eso abiertamente en plena calle era no tenerle miedo a que lo golpearan. Féng Nuòyī no pudo ocultar su envidia:
—Esa es justo la vida que sueño tener.
—La familia de mi pareja es de aquí —dijo el otro con alegría—, vine a conocer a sus padres.
Féng Nuòyī sintió alivio al poder por fin sonreír de forma natural:
—Felicidades, qué vida tan plena, ojalá yo también tuviera esa suerte.
—¿No tienes pareja nueva? Pensé que te sería facilísimo encontrar a alguien —dijo el otro—. Puedes conseguir a cualquier persona que quieras.
Féng Nuòyī sonrió negando con la cabeza:
—Me sobrestimas demasiado.
—No —dijo el otro con total seguridad—. Puede que tú mismo no te des cuenta, pero tienes la capacidad de hacer feliz a la gente.
Aceptó el cumplido con gusto:
—Suena como un superpoder, me gusta.
El otro puso una cara de felicidad como si se hubiera sacado la lotería:
—Qué bien, no esperaba encontrarte hoy.
Aunque habían terminado en buenos términos, encontrarse con un exnovio tampoco era motivo de gran celebración, ¿o sí? Féng Nuòyī empezó a dudar de su propia memoria: ¿acaso no fui yo quien lo dejó a él?
—No se me da muy bien lo romántico —el otro explicó el motivo—, quiero hacerle una propuesta de matrimonio perfecta, ¿me puedes ayudar a pensar alguna idea?
¿Soy acaso una máquina de generar ideas? ¿A quién se le ocurre pedirle a su exnovio que le arme algo romántico para su prometido? La gente hoy en día de verdad tiene cada circunvolución cerebral más rara que la otra.
Y aun así, dijo:
—Está bien.
Tal vez porque acababa de escuchar el final feliz de otra persona, se sintió un poco deprimido al volver a su pequeño apartamento. Mirando la vieja escalera de concreto, casi pudo ver frente a sí su propio futuro envejeciendo solo.
—No te distraigas al subir las escaleras —llegó una voz familiar desde arriba—, es peligroso.
El corazón se le quedó suspendido de golpe. Alzó la vista y vio a Zhèng Mòyáng envuelto en un abrigo largo; su mano, dentro del bolsillo, se abría y cerraba en vano:
—¿Qué haces aquí? ¿Ya terminaste lo de Estados Unidos?
La persona frente a él negó suavemente con la cabeza, extendió los brazos y lo abrazó, hundiendo la cabeza en su cuello:
—Solo te extrañé de repente.
No hay que sacar la artillería pesada así de la nada, la verdad es que este hombre no tenía remedio.
Féng Nuòyī extendió la mano para empujarlo un poco, y sintió que el brazo alrededor de su cintura se apretaba todavía más. Zhèng Mòyáng, pegado a su hombro, dejó escapar un suspiro profundo, como si estuviera intoxicado de tanto oler gatos.
En esa situación, Féng Nuòyī, para su propia sorpresa, todavía conservaba la lucidez suficiente como para sacar las llaves, apuntar a la cerradura y abrir la puerta a la primera; sintió una profunda admiración por sí mismo.
—Vamos adentro —le dio unas palmaditas en la espalda—, hace mucho frío en el pasillo.
Como si ya hubiera absorbido suficiente dosis para recuperarse, la persona sobre su hombro alzó la cabeza:
—¿Ya no estás enojado?
Féng Nuòyī dijo con vergüenza y cierto desprecio por sí mismo:
—Al ver tu cara, la verdad es que me cuesta mucho seguir enojado.
—¿Tan fácil es que se te pase el enojo? —Zhèng Mòyáng entró detrás de él—. ¿Y tu recta moral tan íntegra?
—Te equivocas—, tiró las llaves sobre la mesa con enfado—, tengo el mismo nivel de sentido de justicia que cualquier otra persona, solo que soy incluso más débil de voluntad que ellos.
Zhèng Mòyáng echó un vistazo alrededor, y a duras penas encontró un lugar donde quedarse de pie. Féng Nuòyī se quedó al otro lado de la mesa, mirándolo fijamente, mientras el aire húmedo y frío del sur se llenaba de incomodidad.
Zhèng Mòyáng escogió un tema que pudiera alegrar al otro:
—Tu compañero de escuela terminó con Yáo Mènglín.
—Lo sé —Féng Nuòyī se cruzó de brazos, sin ninguna intención aparente de servirle té a su invitado—. Vi lo que publicó en su feed de momentos, todo amargado, se nota a leguas que tiene el corazón roto.
—¿Qué publicó?
—”Me enamoré de la mejor jugadora, pero ella ama más al videojuego que a mí” —dijo Féng Nuòyī—. Con ese nivel, se nota a la legua que no lo escribió él mismo. Lo busqué, y resulta que era una frase de la exesposa de Musk.
—Le queda bastante bien usarla aquí.
—¿Tú crees? —dijo el otro con un tono con doble intención, como si estuviera a punto de soltar un “también nos queda bien a nosotros”.
—Vi el informe que me mandó Dèng Xiǎo —dijo Zhèng Mòyáng—. Donaste todo el dinero y las propiedades que te di a la Fundación para el Desarrollo Juvenil.
Féng Nuòyī se tocó la nariz:
—Sí, para acumular un poco de mérito a tu nombre, no vaya a ser que te caiga un rayo en un día de lluvia, o que te secuestren los extraterrestres para experimentos.
—¿No te parece un poco contradictorio hablar de supersticiones antiguas y de extraterrestres al mismo tiempo?
El otro replicó con bastante inmadurez:
—A ti qué te importa.
—Y encima apagaste la pulsera de actividad física.
Féng Nuòyī se encogió de hombros:
—Eso no fue porque estuviera enojado contigo, simplemente quería flojear un rato.
—Y encima viniste a escaparte de mí hasta acá.
Féng Nuòyī lo fulminó con la mirada:
—Eso no cuenta como escaparme, solo volví a vivir al lugar que yo mismo tenía rentado, ¿no fue que apenas investigaste y me encontraste enseguida?
Zhèng Mòyáng lo miró con impotencia:
—¿Tantas ganas tienes de marcar distancia conmigo?
—Para nada —dijo él con obstinación—, solo quiero tener mi propio espacio, ¿por qué no puedes mudarte a vivir aquí tú?
Zhèng Mòyáng echó un vistazo rápido por el interior del cuarto, y su desagrado se notaba sin necesidad de decir nada.
—¿No que es solo un poco modesto? —dijo él con desagrado—, tampoco es que tuvieras tantas exigencias sobre la vivienda cuando estábamos en Lánshān, ¿o sí?
—No es cuestión de que sea viejo o pequeño —Zhèng Mòyáng se sorprendió de su ceguera selectiva—. ¿Alguna vez has mirado bien tu propio cuarto?
—¿Qué tiene?
Zhèng Mòyáng levantó un trapo de debajo de una silla; las manchas grises y las marcas de grasa que tenía encima eran suficientes para hacer desmayar a cualquiera con fobia a los patrones repetitivos:
—En este cuarto no puedes dar un paso sin pisar tu propia ropa, el sofá y la mesa ya ni siquiera tienen su color original. En esa cocina, con solo girarme, podría romper tres platos sucios.
—Eso es porque tú eres demasiado grande —Féng Nuòyī le arrebató el trapo de la mano y lo tiró a la basura—, si no te gusta el color de la silla, no te sientes.
Zhèng Mòyáng bajó la vista hacia el respaldo de la silla por un instante, y su tono de repente sonó agotado:
—Acabo de pasar más de doce horas en un avión, y encima despegó a las dos de la madrugada.
Féng Nuòyī fingió no entender la indirecta:
—¿No puedes comprar vuelos con mejores horarios? No es que te falte dinero.
—No había boletos —dijo Zhèng Mòyáng—, ese era el vuelo más próximo, quería verte lo antes posible.
Féng Nuòyī miró fijamente la silla bajo el otro, despreciándose a sí mismo por dentro mientras decía:
—¿Y tienes hambre?
El otro asintió con algo de duda, como si no hubiera anticipado que la conversación tomara ese rumbo.
—Espera un momento —Féng Nuòyī se quitó el abrigo—, si tienes sueño puedes ir a acostarte un rato en la cama, si no te importan mis sábanas —le lanzó una mirada de advertencia.
—Cómo crees que me importarían, aunque tu estufa tiene bastante grasa, y la olla también se ve un poco…
—¡¿Vas a comer o no?!
—Sí.
Al final no logró cumplir su meta de dormir un rato, porque Zhèng Mòyáng, después de tocar la mesa del comedor con la mano, decidió ponerse él mismo manos a la obra. Usando todo el detergente que quedaba en el gabinete, y como medio litro de agua, finalmente logró que la superficie de la mesa dejara de sentirse resbaladiza.
—Múdate de vuelta —dijo Zhèng Mòyáng con sinceridad mientras comían—, lo digo por tu salud.
—Llevo varios años viviendo solo, y no me he envenenado todavía, ¿de qué te preocupas?
—Múdate de vuelta.
—No.
Viendo que la conversación estaba a punto de degradarse al nivel de un jardín de infancia, Zhèng Mòyáng decidió resolver el asunto como un adulto. Sacó su teléfono, tocó la pantalla un par de veces, y se lo deslizó hacia el otro lado de la mesa. Féng Nuòyī le echó un vistazo desconcertado, y se quedó sin palabras.
Otra vez ese acuerdo laboral.
—Antes de que expire el acuerdo, tienes que cumplir con las cláusulas que aparecen ahí —dijo Zhèng Mòyáng—. Tu lugar de residencia lo decido yo.
Féng Nuòyī puso los ojos en blanco:
—¿No puedo simplemente romper el acuerdo?
—La penalización por incumplimiento está al final..
—Está bien —Féng Nuòyī recordaba perfectamente esa cifra aterradora, y se rindió sin ninguna dignidad—, fui yo el idiota que quiso firmar por su cuenta, ¿cuándo nos vamos?
—Cuando terminemos de comer.
—¡¿Tanto asco te da mi casa?!
—Creo que hasta pisar el suelo aquí conlleva riesgo de contagio de alguna enfermedad.
Féng Nuòyī, indignado, amontonó todas las ollas, platos y utensilios en el fregadero, y luego, sacudiéndose las manos, salió de la cocina.
—¿No los vas a lavar? —Zhèng Mòyáng miraba los platos sucios con inquietud.
—¿No que te disgusta cómo los lavo?
Zhèng Mòyáng lo pensó un momento y le tendió la mano:
—Dame las llaves.
—¿Para qué?
—Voy a mandar a alguien a limpiar esto —dijo Zhèng Mòyáng—. Ya que dijiste que “quieres tener tu propio espacio”, creo que es mejor mantenerlo en orden.
La boca de Féng Nuòyī se contrajo en una mueca por un momento, y le lanzó las llaves de la puerta, que el otro atrapó sin esfuerzo.
—Vámonos.
—¿No esperas a que empaque mis cosas?
Zhèng Mòyáng echó un vistazo a la camisa de color caqui tirada en el suelo:
—¿De verdad quieres conservar esta ropa?
Féng Nuòyī dudó solo medio segundo, y decidido, se puso la ropa y abrió la puerta.
Pidieron un auto hacia el aeropuerto, y mientras esperaban el vuelo, Zhèng Mòyáng se quedó dormido apoyando la cabeza en su hombro; ni siquiera un niño berrinchudo cerca logró despertarlo. Féng Nuòyī no tuvo el valor de decirle que pesaba mucho, pero compró una almohada de viaje en forma de U en una tienda del aeropuerto, y en cuanto subieron al avión, se la puso alrededor del cuello. Zhèng Mòyáng lo miró con una expresión llena de tristeza y reproche.
Féng Nuòyī sintió que había hecho algo verdaderamente cruel:
—Si la próxima vez no encuentras boletos en un buen horario, puedes pedírmelo a mí.
Zhèng Mòyáng lo miró con calma:
—¿A ti?
—Tengo un sistema especial para conseguir boletos, normalmente siempre logro conseguir algo.
—No sabía que tenías potencial para ser revendedor de boletos.
—Podría hacerlo, solo que no quiero, si no, ¿crees que estaría viviendo en ese cuarto? —apoyó la cabeza en el borde de la almohada en U—. El sistema para conseguir boletos en realidad se parece bastante al programa que usaba en la universidad para inscribirme a las materias que quería.
—¿Un programa para inscribirte a materias?
—Lo hice en segundo año —se dio golpecitos en el pecho con cierto orgullo—. En tres años, nunca tuve que preocuparme por no poder inscribirme a una clase. El hecho de que pudiera ser económicamente independiente a los dieciocho años se lo debo en gran parte a eso… y también al programa para falsificar el conteo de pasos… ¿Qué mirada es esa?
Zhèng Mòyáng bajó la vista hacia la persona recostada en su almohada, y con el tono más neutral que pudo, le dio su evaluación:
—Realmente eres muy hábil usando la tecnología para holgazanear.
—Eso es mejor que ser hábil usando la tecnología para cometer delitos, ¿no crees?
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