A inicios de enero, aunque en el norte del continente ya caía una fuerte nevada, en esta isla del sur la temperatura se mantenía en unos agradables veinte grados.
Féng Nuòyī se quitó el abrigo y lo guardó en su mochila, se acomodó los lentes, y extendió los brazos frente a la brisa marina, húmeda y tibia, soltando un largo suspiro.
Acababa de terminar los exámenes finales, algo equivalente a renacer tras salir del infierno; en ese momento, el futuro se veía luminoso y hermoso, e incluso lo de volver a casa por Año Nuevo ya no parecía tan aterrador. En cuanto a esos correos molestos que anunciaban el año de reinicio, con un sol tan radiante como este, también podían quedar relegados al olvido por un rato.
Faltaba poco para el atardecer; lo pensó un momento, y decidió no ir todavía a registrarse al hotel, sino caminar hacia la playa a disfrutar del hermoso paisaje.
Evitando el mirador de atardeceres tan popular en las guías de viaje, se dirigió deliberadamente hacia una zona menos concurrida. Fue justo en ese momento cuando vio a esa persona.
Sobre un promontorio que sobresalía de la costa, esa persona estaba de pie en silencio, fundido con la inmensidad del mar y del cielo, con una belleza capaz de detener a cualquiera en seco.
Entonces, esa persona se giró lentamente.
En el instante en que logró ver bien su rostro, fue como si lo hubiera golpeado un objeto caído desde una gran altura; sintió que todo su cerebro retumbaba por el impacto excesivo.
Dios mío, se dio cuenta con espanto, resulta que soy homosexual.
Y esa persona que acababa de cambiarle la vida solo estaba ahí, de pie, observándolo en silencio. Esa mirada silenciosa tenía algo penetrante, que le hacía sentir que cada uno de sus órganos internos estaba mal colocado. Como no sabía dónde poner tanto nerviosismo, solo pudo, como estrategia, acomodarse los lentes.
El otro notó su incomodidad, y tomó la iniciativa de romper el silencio:
—¿Vienes a ver el atardecer?
—Sí —dijo él—, tú…
Esa frase debía ser sencillísima, apenas unas palabras, y aun así logró arruinarla.
—Tú… —dijo—, tienes las piernas muy largas.
¿Por qué el tema se había desviado hacia las proporciones corporales? Todo por culpa de esas malditas piernas largas que no dejaban de balancearse frente a él, lo cual había hecho colapsar por completo su sistema nervioso encargado del habla.
—Gracias —el otro sonrió, evidentemente sin poder contenerse.
Féng Nuòyī suspiró, sintiéndose ahora como un completo idiota:
—¿Podrías apartarte un poco? Quiero saltar desde aquí…
La sonrisa del otro se hizo aún más evidente:
—No hagas eso, no sé nadar, no podría salvarte.
—¿No sabes nadar? —se sorprendió un poco—. Pareces de esas personas buenas en todos los deportes.
—¿Eso también se nota?
—¿Te has visto en el espejo? —su lucidez seguía apagándose por momentos—. Se te notan los músculos hasta con la ropa puesta.
Se estaba ahogando; ahora sonaba o como un acosador o como un pervertido, o como una mezcla aleatoria de ambos.
Sí que se nota, el otro se esforzó por mantener viva la conversación:
—Es cierto que se me da bien el ejercicio, pero nunca aprendí a nadar.
Suspiró, se pasó la mano por el cabello despeinado por el viento marino, y dijo sin mucha confianza en sí mismo:
—¿Podrías darte la vuelta, fingir que no me conoces, y que nos volvamos a encontrar desde cero?
El otro soltó una risa baja, y en algún rincón de su mente resonó un susurro: “su voz también es bonita”.
—No hace falta tanta molestia —el otro le tendió la mano, con el tono de un primer encuentro—. Hola, ¿tú también vienes a ver el atardecer?
—Sí —extendió la mano y se la estrechó, esforzándose por respirar profundo—. Me llamo Féng Nuòyī, el “Nuòyī” de “una promesa vale más que mil monedas de oro”.
—Zhèng Mòyáng —dijo el otro—. ¿De dónde vienes?
—De la capital —Féng Nuòyī no se dio cuenta en absoluto de que seguía sosteniendo la mano del otro sin soltarla—. Estudio ahí en la universidad.
—Qué coincidencia —Zhèng Mòyáng volvió a contener la risa—, yo también estudio ahí, en la Escuela de Negocios de la Universidad R.
—Computación, en la Universidad T.
—Todo un genio académico—. Zhèng Mòyáng volvió a agitar la mano entrelazada, en señal de admiración. Fue entonces cuando Féng Nuòyī se dio cuenta de lo acosador que estaba siendo, y soltó la mano tan rápido como si el otro fuera un poste de alta tensión.
—Bueno…— Metió las manos en los bolsillos en un intento inútil de parecer tranquilo—, tal vez tengamos oportunidad de volver a vernos cuando regresemos.
—Sí —dijo el otro.
Entonces, sin motivo aparente, ambos sonrieron al mismo tiempo, y la escena se volvió bastante extraña. Féng Nuòyī intentó evitar que su emoción se le notara en la cara, pero fracasó por completo.
Se sintió algo abatido:
—Normalmente sueno mucho más inteligente que ahora mismo, te lo prometo.
—Un estudiante de Computación de la Universidad T no necesita demostrar que es inteligente.
—Ahora mismo tengo el cerebro completamente colapsado, no sé ni qué estoy diciendo.
—A mí me pareció que la conversación iba muy bien.
—¿En serio? —soltó una risa amarga—. Hace un momento tenía ganas de invocar un clon de mí mismo para pararlo a un lado y darme una cachetada.
Fue entonces cuando el otro dio un paso más cerca, se inclinó lentamente hacia adelante, lo observó con seriedad un momento, y dijo:
—Tienes unos ojos muy hermosos.
Ahora sí necesitaba con urgencia que apareciera ese clon, para echarle un chorro de agua helada en la cara y hacerlo reaccionar.
—En mi casa tengo una maceta con una flor del paraíso —continuó el otro—. Tiene el color de tus ojos.
Féng Nuòyī tardó medio minuto en pensar una respuesta:
—Gracias.
Zhèng Mòyáng se enderezó, y ambos volvieron brevemente a una distancia social normal:
—Es una lástima solo poder verla a través de los lentes.
Al volver, se pondría lentes de contacto; nunca más volvería a usar armazón.
Desde la perspectiva de Zhèng Mòyáng, él se había quedado ahí de pie, aturdido, como un muñeco colocado en el lugar equivocado, algo que daba ganas de estirar la mano y despeinarle el cabello. El ánimo del estudiante de la Escuela de Negocios mejoró de forma inexplicable, y hasta los problemas de su empresa emergente parecieron de pronto menos preocupantes:
—¿Tienes algún plan para este viaje?
Féng Nuòyī parpadeó, y tardó dos segundos en reaccionar:
—Encontré algunos lugares poco conocidos en la guía, pensaba ir a recorrerlos. ¿Tú tienes algún plan?
—No tengo ningún plan —dijo Zhèng Mòyáng—, solo pasear sin rumbo.
Y entonces ambos volvieron a mirarse fijamente de forma extraña; para ser más precisos, esta era una escena lamentable en la que Zhèng Mòyáng lanzaba indirectas unilateralmente, sin que el otro captara absolutamente nada.
Zhèng Mòyáng suspiró, y decidió mejor decirlo directamente:
—¿Te importa si te acompaño?
—¿Qué? —Féng Nuòyī abrió mucho los ojos, con un gesto adorable—. ¡Claro que no! No me importa en absoluto.
—¿En qué hotel te hospedas? Podría ir a buscarte.
Féng Nuòyī le dio el nombre, y descubrió que el otro se hospedaba en el mismo hotel económico que él; qué destino tan predestinado por el cielo —o quizás simplemente porque, con el presupuesto limitado de un estudiante, ese era el único hotel cercano dentro de su rango de precio aceptable.
Zhèng Mòyáng se giró levemente hacia el mar, y con un tono de leve sorpresa y arrepentimiento, dijo:
—El atardecer ya terminó.
Féng Nuòyī miró sorprendido hacia el horizonte marino. Era verdad, el último resplandor ya se había hundido entre las olas, y él ni siquiera se había dado cuenta.
La persona frente a él señaló con la mano hacia la dirección del hotel y dijo:
—¿No deberíamos volver ya?
—Sí —Féng Nuòyī caminó a su lado, dando pasos irregulares sobre las rocas—, menos mal que te tengo a ti, se me da fatal orientarme, así ya no tengo que esforzarme en encontrar el hotel.
Ambos regresaron al lobby del hotel, y Féng Nuòyī sacó su identificación para registrarse. La bonita recepcionista le entregó la tarjeta de la habitación, mientras miraba de reojo, con frecuencia, a Zhèng Mòyáng a su lado.
Mientras esperaban el elevador, Féng Nuòyī, sosteniendo su tarjeta, giró la cabeza para examinar a su “romance de viaje”. Ciertamente, tenía el tipo de rostro que le gusta a las chicas, lástima que fuera gay.
Entonces, de pronto, cayó en cuenta de algo: el otro nunca había dicho que fuera gay.
En cuanto surgió ese pensamiento, lo reprimió de inmediato; después de esa conversación tan extraña, casi rozando el acoso, si el otro no fuera gay, no habría hecho falta que él mismo saltara del acantilado, ya lo habría empujado de una patada.
—¿Qué me miras? —Zhèng Mòyáng aceptó con calma el escrutinio de su mirada.
—Espiar la identificación de otra persona es de mala educación —dijo Féng Nuòyī. Estaba seguro de que, mientras la recepcionista miraba de reojo a Zhèng Mòyáng, este a su vez había estado mirando de reojo la foto de su identificación.
Zhèng Mòyáng lo admitió sin ninguna vergüenza:
—Para ser alguien miope, tu capacidad de observación es bastante impresionante.
Féng Nuòyī extendió la mano con arrogancia:
—Una por otra.
El otro entregó su identificación sin resistirse en absoluto; Féng Nuòyī se quedó mirando fijamente esa foto de identificación, hermosa hasta rozar lo milagroso, tratando de mantener la calma.
Sonó un “ding”, y las puertas del elevador se abrieron lentamente; Féng Nuòyī, con dificultad, le devolvió el documento. Los dos quedaron de pie uno junto al otro en ese espacio estrecho; Féng Nuòyī, mirando cómo subían rápidamente los pisos, no pudo evitar que le cruzara por la mente el pensamiento aterrador de “ojalá el elevador se descompusiera de repente y pudiéramos pasar la noche aquí los dos”.
Por desgracia, ese giro tan predecible de dorama no llegó a ocurrir; el elevador se detuvo suavemente en su piso.
—Nos vemos mañana —le dijo Zhèng Mòyáng justo antes de que se cerraran las puertas del elevador.
—Nos vemos mañana —respondió él.
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