Todos daban por sentado que la cabaña de madera estaba vacía; después de todo, acababan de librar un caos absoluto allí afuera y, sin embargo, no se había escuchado ni el más mínimo ruido en el interior.
Por eso, cuando la puerta crujió repentinamente, el grupo entero dio un respingo y giró la cabeza, con el corazón en un puño.
Pero lo que asomó no fue un monstruo ni un espíritu de pelo enmarañado, sino una jovencita de unos catorce o quince años.
Llevaba exactamente la misma ropa de lino blanco que el mayordomo Xiao Zhou, tan etérea como la niebla, pero en ella no daba la menor impresión de ser ropa de luto. Quizás se debía a la expresión traviesa y adorable de su rostro, o a la gran sonrisa con la que empujó la puerta.
En una mano agitaba una campanilla de bronce mientras tarareaba una cancioncilla. Sin dejar de sonreír, miró hacia el interior de la cabaña y advirtió: —Tengan cuidado al bajar las escaleras, no vayan a caerse de sentón y hacer el ridículo delante de los invitados.
Al escucharle mencionar «invitados», los que estaban afuera se pusieron en máxima alerta.
Clavaron la mirada en la puerta con los nervios de punta, aterrados de ver salir arrastrándose a alguna criatura espeluznante. De ser así, los que terminarían cayéndose de culo y haciendo el ridículo bien podrían ser ellos mismos.
Y entonces, por fin vieron lo que venía detrás: Una hilera de… ¿Niños vestidos con versiones en miniatura de esa misma ropa de luto?
El grupito salió rodando como si fueran bolitas de arroz dulce. Eran pálidos, de piel perfecta y tenían adorables hoyuelos al sonreír; irradiaban una ternura entrañable.
Pero a nadie allí le causó ternura.
El grupo afuera mantenía el rostro tenso, observándolos con extrema cautela, como si temieran que esas perfectas muñecas de porcelana se arrancaran la piel humana en cualquier segundo y empezaran a retorcerse de forma macabra.
La chica de la campanilla terminó de bajar a los niños y, al notar sus caras largas, comentó extrañada: —Qué expresiones tan aterradoras tienen.
«¿Acaso pueden dar más miedo que ustedes apareciendo de la nada?», pensaron todos.
A decir verdad, toparse con un fantasma en una instancia era horrible, pero presenciar una escena tan engañosamente inocente resultaba, por donde se le viera, mil veces más perturbador.
—No pongan esas caras tan serias. Si están así de desanimados, ¿cómo vamos a guiarlos en el ensayo? —añadió la chica.
Pese a su juventud, parecía tener mucho instinto maternal. Tras bajar los escalones, incluso cargó en brazos al niño que tenía las piernas más cortitas.
Tal vez por ese gesto tan “humano”, No Dejaré Que Pase —uno de los mayores del grupo sentado en los tocones— tomó la iniciativa y le preguntó: —¿Guiarnos en el ensayo? ¿Ust… edes?
Al pronunciar esa última parte, las miradas de todos se desviaron con una sincronía pasmada hacia las cabezas de los niños. Los pequeños levantaron sus caritas redondas y les devolvieron la mirada.
—Sí, nosotros. ¿Algún problema? ¿Nos menosprecian? —desafió la chica.
—No, no, claro que no. ¿Quién iba a atreverse?
Todos los presentes pensaban lo mismo: «No es menosprecio, ¡es puro terror!»
¿Qué clase de espectáculo podrían montar unos niños de cuatro o cinco años? Y encima, ¿”guiarlos”? ¿Acaso eso no significaba “enseñarles”?
Ya se imaginaban la escena: si esos niños pretendían ponerlos a dar saltitos disfrazados de conejitos o de flores, entonces… No sabían cómo reaccionarían los demás, pero al menos uno de ellos… preferiría masacrarlos a todos. Después de todo, esa misma persona ya había soltado una amenaza similar al pie de la montaña.
Parpadearon, miraron a los niños y, con la misma coordinación de antes, giraron la cabeza hacia el sujeto con tendencias homicidas.
Como si temiera que no se hubiera dado por aludido, Dan Bei habló en un tono de inocencia que rayaba en el chisme: —Jefe, dicen que nos van a guiar en el ensayo.
Yu Qing y Mi Xiaobai cruzaban el claro uno tras otro, llegando justo a tiempo para escuchar.
La expresión de Mi Xiaobai no pareció ensombrecerse en lo absoluto. Al contrario, como si acabara de oír algo fascinante, enarcó una ceja y se volvió para disfrutar la reacción de Yu Qing. Era innegable que se estaba divirtiendo a su costa.
Yu Qing frenó en seco. —¿Quién va a guiar qué?
A pesar de su evidente malestar febril, Mi Xiaobai no perdió el buen humor e inclinó la cabeza para responderle: —Al parecer, este escuadrón de mocosos.
La chica asintió y se señaló a sí misma. —En efecto, pero no me dejen por fuera, que yo también participo.
El rostro de Yu Qing se quedó totalmente en blanco.
Haciendo gala de su naturaleza traviesa, la chica señaló a Yu Qing y le preguntó a Mi Xiaobai: —¿Y a él por qué se le quedó esa cara?
Mi Xiaobai lo evaluó de arriba abajo y sentenció: —Es que no cabe en sí de la emoción.
A su lado, No Dejaré Que Pase, haciendo gala de la madurez de su edad, emanaba esa clase de resignación filosófica de quien piensa: «Si no me puedo resistir, que me golpeen y ya». Aceptó la surrealista situación en tiempo récord y le preguntó a la chica: —¿Cómo te llamas?
—Me pueden llamar Xiao Tao.
—¿Y cuáles son los nombres de los pequeños? —indagó él.
Siendo el primero en mostrar interés real por ellos, Xiao Tao parpadeó sorprendida, pero luego fue señalándolos uno por uno con una gran sonrisa: —Xiao Duo, Xiao Lai, Xiao Mi, Xiao Fa, Xiao Suo.
—¿Como las notas musicales? —intervino la novia de AAA Homo Sapiens de Fase Tardía—. Qué nombres tan dulces.
Al escuchar el cumplido, Xiao Tao pareció tomarle simpatía a la chica. Imitando la manera en que los adultos intentan entrar en confianza, se giró hacia ella y le preguntó: —Y tú, hermana, ¿cómo te llamas?
—Ejem, no te pongas a fraternizar con cualquiera —la interrumpió su novio. Aunque el pobre apenas se tenía en pie por la fiebre, aún tuvo los reflejos suficientes para darle unos tirones a la manga de la chica, advirtiéndole que no se hiciera “amiga” de lo que fuera esa niña.
Xiao Tao: …
La chica de la pareja ‘sapiens’ tenía en realidad unos rasgos finos y delicados. Estaba tan acostumbrada a llamarse por apodos tontos con sus amigos que no le veía el problema, pero ante la mirada atenta de Xiao Tao, titubeó un poco. Tras pensarlo un instante, aclaró: —La verdad es que mi apellido es Yuan, así que puedes decirme Xiao Yuan.
Xiao Tao sonrió hasta mostrar sus diminutos hoyuelos, con los ojos almendrados curvados en medias lunas.
Tal como había hecho con el resto, extendió un puño cerrado del que asomaban varias tiras de tela blanca fina. En tono solemne, le ofreció: —Hermana Xiao Yuan, la obra que vamos a presentar hoy es de gran envergadura y cada quien tendrá un papel distinto. Te dejaré sacar tu personaje primero.
Xiao Yuan: …
En una situación como esta, tener el privilegio de ser «el primero» no presagiaba nada bueno.
A pesar de tener la barra de salud en números rojos y el alma a medio devorar, AAA Homo Sapiens de Fase Tardía sacó fuerzas de flaqueza para proteger a su novia. —Yo me llevo muy bien con la hermana Xiao Yuan, ¿puedo sacar yo primero? —le preguntó a Xiao Tao.
Pero su novia le dio un manotazo para apartarlo: —Hazte a un lado y vete a reposar ese cerebro tuyo.
La chica era directa y decidida; sin pensarlo dos veces, tiró de una de las cintas de la mano de Xiao Tao.
En el extremo oculto de la fina tira blanca había unos caracteres minúsculos. Xiao Yuan los descifró en voz alta: —Una… persona a punto de morir.
Apenas terminó de pronunciarlo, se puso pálida como la cera.
—¡¿Qué es eso?! —AAA Homo Sapiens de Fase Tardía estiró la mano de inmediato para quitársela—. Dámela, te la cambio.AAA Pero antes de que lograra siquiera rozarla, el extremo de la tela soltó chispas y se encendió en llamas rápidamente.
Xiao Yuan la soltó con un grito ahogado.
La tira cayó al suelo, consumiéndose hasta quedar reducida a un montoncito de cenizas.
Xiao Tao observó las cenizas, parpadeó con lentitud y, alzando la mirada hacia Xiao Yuan, dictaminó: —Hermana, esto no admite devoluciones.
Su semblante seguía irradiando esa traviesa adorabilidad, y su tono cargaba un matiz de verdadera lástima, como si se compadeciera sinceramente del destino de Xiao Yuan.
Sin embargo, los que estaban más cerca retrocedieron un paso, revelando un terror y una desconfianza imposibles de disimular.
La mano de Xiao Tao, que aún ofrecía el resto de las tiras, quedó suspendida en el aire. Bajó la vista y, por una fracción de segundo, la chiquilla lució envuelta en una extraña y profunda soledad.
Aferrando su manojo de tiras de tela, hizo sonar la campanilla mientras caminaba frente al grupo, aguardando pacientemente a que un valiente diera un paso al frente para ser el segundo. Pero nadie se atrevió; el miedo los paralizaba.
El tintineo de su campana comenzó a acelerarse. No sabían si era una ilusión o no, pero el bosque entero pareció vibrar al ritmo de la percusión, y las hojas de los árboles comenzaron a crujir con fuerza.
De repente, una silueta se plantó firme frente a ella y extendió la mano hacia las tiras de tela. Xiao Tao dio un respingo. Al levantar la cabeza, se topó con Yu Qing.
La penumbra del bosque devoraba los detalles, dejando apenas un tenue círculo de luz proyectado por el farol de la cabaña.
A contraluz, los rasgos de Yu Qing se difuminaban en las sombras. La iluminación trasera solo perfilaba su imponente y espigada silueta, dotándolo de una majestuosidad casi intocable. Incluso aquel habitual halo de frialdad que repelía a los vivos parecía haber adquirido un barniz más suave y cálido bajo ese resplandor.
La sonrisa regresó de inmediato al rostro de Xiao Tao, quien lo observó con avidez mientras él retiraba una tira blanca. —¡Vamos, mira qué te tocó!
Yu Qing se giró ligeramente para captar la luz y, al leer los diminutos caracteres, frunció el ceño: —Shou Gong.
—¡Guau! —aplaudió Xiao Tao, maravillada—. ¡Qué suerte tienes! ¡Sacaste el papel del mismísimo dios a la primera!
Yu Qing: …
No le importaba en lo más mínimo si era un dios o no; después de todo, no solía codearse con las deidades humanas ni con otros dioses fantasmas. Pero lo que sí era un hecho incuestionable era su reciente alergia a la palabra «Guau». Con solo escucharla, sentía el impulso visceral de plantarle una patada a Mi Xiaobai.
Si logró contenerse, fue únicamente en consideración al lamentable estado febril de cierta persona.
Sin embargo, el gatito blanco sobre su hombro ejecutó la venganza por él: se giró y le lanzó un bufido fiero a Mi Xiaobai.
—¿Me estás haciendo mimitos? —preguntó Mi Xiaobai, imperturbable.
Tanto el pequeño felino putrefacto como su amo lo miraron como si no pudieran dar crédito a semejante nivel de descaro.
Con una sonrisa en los labios, Mi Xiaobai tomó con calma una de las tiras de la mano de Xiao Tao. Inclinándola hacia la luz, la leyó sin prisa: —… Persona muerta.
Xiao Tao volvió a aplaudir entusiasmada: —¡Guau, tampoco está nada mal! A la hora de actuar no tendrás que mover ni un dedo; te servirá para holgazanear.
Mi Xiaobai: …
Por primera vez en su existencia, el señor La Impermanencia comprendió que, en ocasiones, la palabra «Guau» realmente invitaba a la violencia física.
Dicho esto, Xiao Tao reanudó su alegre tintineo y avanzó hacia el siguiente en la fila.
Tener a esos dos tomando la iniciativa y viendo que ni siquiera sacar «Persona muerta» causaba estragos ayudó a destensar el ambiente. Los demás relajaron los hombros y se apresuraron a sacar su turno.
Los resultados, como era de esperarse, fueron de lo más variados.
No Dejaré Que Pase obtuvo «El Guardián del Árbol»; Dan Bei sacó «El Médico»; Bar de Sushi terminó como «El Mendigo de Agua»; mientras que AAA Homo Sapiens de Fase Tardía, Hielo Frappé y Dou Sha Liao corrieron con la misma suerte: «Persona a punto de morir».
—¿Eh? Me falta uno. —Xiao Tao recorrió el grupo con la mirada, desconcertada—. Traía diez tiras en la mano, ¿por qué solo son nueve personas?
El ánimo ya estaba por los suelos debido a la abundancia de papeles mortales; al recordar el destino de Nube Electrónica, un silencio sepulcral cayó sobre ellos.
Fue No Dejaré Que Pase quien finalmente rompió el hielo: —No va a poder asistir.
—Ah, qué lástima. Se me va a quedar esta sobrando —se lamentó Xiao Tao, agitando el pedazo de tela blanca.
Lejos de amedrentarse, Mi Xiaobai indagó directo al grano: —¿Y qué dice esa?
Xiao Tao la revisó rápidamente y contestó: —Fertilizante.
Todos: …
La verdad, no es tanta lástima, pensaron al unísono.
Terminada la repartición, Xiao Tao contempló cómo las tiras extraídas caían al suelo y se reducían a cenizas.
Durante la combustión, unos leves sollozos fantasmales resonaron sincronizados desde la espesura del bosque. Apenas se apagó la última chispa, el llanto cesó de golpe, dejando claro que su única función había sido aportar ambientación barata.
Esperó pacientemente a que desapareciera hasta la última hebra antes de alzar la vista y anunciar con entusiasmo: —¡Muy bien, ya todos tienen sus papeles! ¡Que empiece la función!
Todos se quedaron de una pieza. Dan Bei, con la confusión pintada en el rostro, preguntó: —¿Actuar qué, exactamente?
La sorpresa de Xiao Tao parecía mucho más genuina que la de ellos: —¿Acaso no son una compañía de arte y espectáculos profesional? Si ni siquiera saben a qué vienen, ¿para qué están aquí?
Nadie supo qué responderle. Tenía un excelente punto.
Abriendo sus enormes ojos almendrados de par en par, exclamó indignada: —¡¿No me digan que tengo que repasarles todo el guion?!
—Me temo que sí.
Xiao Tao soltó un suspiro melodramático hacia el cielo y, dejándose caer de hombros, concedió: —Bueno, ya qué… La obra cuenta una leyenda autóctona de la Montaña Pan. Me imagino que al menos saben que aquí veneramos a Shou Gong, ¿no?
Miró al grupo con gran ilusión. Dan Bei, que era el más próximo a ella, soltó una carcajada forzada. —Sí, bueno… nos acabamos de enterar.
Xiao Tao rodó los ojos con fuerza y retomó su relato: —Si la gente viaja de todas partes para visitar la Montaña Pan en la actualidad, es, primero, porque es un paraíso donde se puede purificar el alma y descansar. Y segundo, por nuestra vasta producción de melocotones frescos. Estos frutos crecen nutridos por el humo del incienso de Shou Gong, y se dice que quien los consume gozará de paz, salud y una vida extremadamente larga.
Sobre ese rumor, Yu Qing efectivamente había escuchado algo de pasada. Sin embargo, las leyendas urbanas en torno a deidades y fantasmas en la ciudad isleña siempre habían sido un popurrí caótico. Bastaba con que un hecho real pasara por siete u ocho bocas para que terminara totalmente irreconocible.
La versión que él conocía ni siquiera mencionaba a la Montaña Pan; simplemente dictaba que si pasabas un melocotón por encima del incienso de Shou Gong, alargarías tu vida. Eso desató una fiebre que inundó de vendedores de melocotones las calles de la ciudad durante una temporada. Pero la moda fue rápidamente desplazada por otras promesas, como que «lanzar una moneda al pozo de la Señora Lu te hará millonario» o «colgar una Campanilla de los Sueños del templo del Dios de los Sueños Nocturnos garantiza que se cumplan tus deseos». Con una población tan diversa y masiva, los mitos de la ciudad isleña se reciclaban a la velocidad del rayo.
Adoptando un tono de estudiante recitando la lección, Xiao Tao continuó: —Ustedes van a escenificar el origen del Melocotón Inmortal de la Montaña Pan. Tienen que saber que, en sus inicios, este lugar no se llamaba así, sino Montaña Lancui.
La intelectual Xiao Yuan, pese al terror que le había causado sacar su macabro papel, reaccionó al instante al escuchar «Lancui», como si alguien hubiera activado su código de programación interno. —¿Lancui? ¿Del modismo chino que habla de la orquídea marchita y el jade roto? ¿Acaso eso no es un mal presagio de muerte prematura?
—Hermana, qué lista eres —la elogió Xiao Tao.
Xiao Yuan agitó las manos, ruborizada: —Ay, no es para tanto.
—Pero al principio, su significado era literal —afirmó Xiao Tao, cobrando suma seriedad—. En aquella época, absolutamente nadie en esta zona superaba los treinta años de vida. Era tristemente común ver a personas sanas desplomarse y morir apenas alcanzaban esa edad.
Xiao Yuan recordó de inmediato la tira que había sacado: —¿Significa entonces que las ‘personas a punto de morir’ representan a esos habitantes?
—Exactamente, representan a los lugareños —asintió Xiao Tao—. Cuentan que la gente de la Montaña Lancui estaba tan acomodada en este valle que detestaban salir; el mundo exterior les parecía asfixiante y ruidoso, carente del confort de su hogar. El problema era que quienes se quedaban… caían como moscas. Entre más morían, menos población quedaba, y entre menos población quedaba, más difícil les resultaba abandonar el lugar.
Vamos, el ciclo de autodestrucción perfecto.
—Llegó un punto en el que solo quedaban diez familias. Si seguían muriendo, el lugar se convertiría en un pueblo fantasma. Fue entonces cuando alguien tuvo la brillante idea de llamar a un médico.
Dan Bei, habiendo sacado el papel de «El Médico», no se pudo contener al escuchar su gran entrada: —¿En serio tuvieron que esperar hasta llegar a ese extremo para buscar asistencia médica?
—¡¿Y yo qué sé?! ¡Así va la leyenda! —espetó Xiao Tao, irritada.
—Vale, vale, entendido —capituló Dan Bei.
—El caso es que el dichoso médico solo diagnosticó una ‘enfermedad extraña’. Los menjurjes que recetó no salvaron a nadie y, para rematar, resultaron ser tan abrasivos que terminaron liquidando a un enfermo terminal que a duras penas se aferraba a la vida.
Yu Qing le lanzó una mirada de soslayo a Mi Xiaobai; era evidente que a él le correspondía el papel de esa «Persona muerta».
Xiao Tao abrió los brazos en un gesto teatral y lamentó: —Dado que el charlatán no hizo más que empeorar las cosas, los furiosos aldeanos lo ataron de pies y manos y lo arrojaron al río para ahogarlo.
Dan Bei balbuceó aterrado: —Un momento. ¿Me estás diciendo que también tenemos que actuar esa parte?
—¡Pues claro! —asintió ella con total naturalidad. El color huyó del rostro de Dan Bei. De pronto, fue él quien sintió que apenas le quedaba un hilo de vida.
Obviando el infarto inminente de su oyente, Xiao Tao continuó desgranando el mito: —Dice la leyenda que cuando la desesperanza era total y todos aguardaban resignados su inminente deceso, un joven forastero apareció repentinamente en las montañas.
A esas alturas del relato, ya todos intuían que era el momento de entrada triunfal de Shou Gong. Por ende, alguien no pudo evitar soltar una duda existencial: —¿Resulta que Shou Gong es, maldita sea, un joven? ¡Pero si literalmente su nombre significa ‘Anciano de la Longevidad’!
Xiao Tao puso cara de hastío: —A mí no me pregunten, jamás he visto a Shou Gong en persona. Además, su efigie en el templo lleva máscara.
En realidad, varios de los dioses nacidos humanos llevaban máscaras en sus altares, quizás como un mecanismo de defensa para evitar perturbaciones y mantener su verdadera identidad en el anonimato.
El propio Bar de Sushi era devoto de Shou Gong, pero las estatuas que él había reverenciado estaban enfundadas en voluminosas túnicas ceremoniales estilo Nuo, lo que hacía imposible distinguir la silueta o adivinar si escondían a un anciano o a un mozo. Dada la literalidad de su título, siempre había asumido por defecto que adoraba a un abuelo decrépito.
En un raro despliegue de interés por su papel actoral, Yu Qing inquirió: —¿Y qué fue lo que hizo ese joven?
—Buscó al aldeano más robusto de los que aún no estaban en las últimas y le entregó un plantón de árbol. Le ordenó descender siguiendo el cauce del arroyo hasta llegar a un lago formado en una hondonada, y plantar el arbolito en sus orillas.
No Dejaré Que Pase, asumiendo su identidad de «El Guardián del Árbol», comprendió al instante: —Esa debe de ser mi parte.
—Estás en lo correcto —le sonrió Xiao Tao—. Tu único trabajo era custodiar el plantón e impedir que se marchitara. Shou Gong designó a otro sujeto para que fuera de puerta en puerta mendigando un cuenco de agua diario para regarlo. Con el paso del tiempo, el mendigo de agua, por pura pereza y para ahorrarse la caminata, excavó túneles conectando todos los pozos de las familias.
El «Mendigo de Agua», Bar de Sushi, sintió que le estallaba la cabeza: —¡¿Pero qué reverenda estupidez es esa?! ¡¿Desde cuándo ponerte a cavar una red de túneles subterráneos es más fácil que pedir un maldito cuenco de agua?!
—¡Te digo que es una leyenda! —le espetó Xiao Tao, fulminándolo con la mirada.
Yu Qing, por el contrario, se sumió en sus pensamientos. Aquella madrugada, cuando Mi Xiaobai y él persiguieron al mayordomo Xiao Zhou, saltaron al interior de un pozo seco y abandonado. La intrincada red de túneles que hallaron allá abajo parecía conectarse con cada rincón del complejo turístico, lo que encajaba milimétricamente con el mito.
—En fin, ¡como dice la LEYENDA! —recalcó Xiao Tao con molestia antes de proseguir—. Shou Gong les instruyó cuidar fervientemente del árbol. Les prometió que, una vez que madurara y diera frutos, si compartían esos melocotones con los habitantes, la maldición se rompería.
—Los aldeanos acataron la orden, consumieron los melocotones y, en efecto, superaron la barrera de los treinta años; de hecho, vivieron mucho más que la media humana. Este valle experimentó un verdadero renacimiento: dejó de ser la fosa común de los jóvenes para convertirse en el hogar de la longevidad, ganándose así el nombre de Montaña Pan. A partir de entonces, los habitantes se consagraron con devoción absoluta a Shou Gong, y el Festival de la Montaña Pan de cada año se convirtió en una celebración magna. Para coronar la historia, guardaron los huesos de aquellos primeros melocotones, los sembraron a orillas del lago y originaron el inmenso bosque de melocotoneros que hoy abastece al mundo entero.
El grupo había asimilado toda la trama y apenas iban a consultar las directrices de la puesta en escena, cuando la voz de Yu Qing los interrumpió: —A tu historia le falta un integrante.
Dan Bei y los demás parpadearon, despistados: —¿Quién falta?
—El Fertilizante —sentenció Yu Qing.
Cierto, la epifanía golpeó al grupo. —¡Es verdad! Había diez tiras en total, y la única que se quedó sin dueño decía «Fertilizante».
—¡Pues porque ninguno de ustedes tiene ese papel! —se quejó Xiao Tao, intentando zafarse del trabajo extra. Sin embargo, ante la insistencia tácita, vaciló un instante antes de confesar el macabro desenlace—. El Fertilizante es… Según cuenta la leyenda, el guardián y el mendigo rondaban el árbol día y noche, venerándolo casi como a un ancestro, pero la maldita planta se negaba a crecer. El pueblo entero entró en pánico. Fue entonces que el chamán local, experto en rituales de sacrificio, fue a inspeccionar el área. Descubrió que el lodo a orillas del lago, justo en las raíces del árbol, amanecía teñido de rojo cada mañana. Concluyó que el árbol estaba vivo y que tenía un hambre atroz; si lograban saciarlo, aceleraría su crecimiento de forma milagrosa.
—¿Y entonces? —Un escalofrío generalizado recorrió a la audiencia—. ¿No me digas que usaron a un aldeano vivo como abono?
De pronto, Mi Xiaobai ató cabos: en la historia también figuraba un paciente moribundo asesinado por la negligencia de un matasanos. ¿Habrían usado el cadáver para fertilizar el árbol? Fuera vivo o muerto, ambas opciones ponían los pelos de punta.
Para su sorpresa, Xiao Tao negó lentamente con la cabeza: —El chamán decidió ser él mismo el abono y se arrojó al lago.
Con un tono sombrío, continuó detallando: —Se cuenta que, a la mañana siguiente, el guardián y el mendigo madrugaron para visitar el lago. Al llegar, antes del amanecer, se encontraron el cadáver del chamán flotando en el agua, con bancos enteros de peces devorando su rostro sin piedad.
El silencio cortó el ambiente como un cuchillo. La mente de todos evocó instantáneamente el cadáver de Nube Electrónica flotando en el estanque. Era una coincidencia nefasta que, precisamente, el único rol sin asignar fuera el de «Fertilizante».
Mientras los demás procesaban esa escalofriante conexión, Yu Qing buscó la mirada de Mi Xiaobai y, en un murmullo apenas audible, deslizó un nombre: —Xiao Zhou.
Mi Xiaobai entendió a la perfección.
Si aquella fábula cimentaba los cimientos mismos de la Montaña Pan, era inconcebible que un empleado del recinto la ignorara. Por lógica pura, cuando el chofer, la niñera y el joven señor se ahogaron de esa forma atroz en el estanque del patio trasero, alguien debió vincular el hecho con el mito del chamán. Y con mayor razón, al presenciar la grotesca muerte de Nube Electrónica, la reacción instintiva de Xiao Zhou debió ser mencionar ambos precedentes. En cambio, se limitó a referir el incidente antiguo, sepultando deliberadamente la leyenda fundacional de la Montaña Pan.
… ¿Acaso el mito que Xiao Tao acababa de relatar estaba amañado? ¿O Xiao Zhou se había callado la boca a propósito? O lo que es peor… ¿Acaso Xiao Zhou sabía que el asesinato de Nube Electrónica estaba anclado únicamente al primer incidente y no al mito?
Sus tribulaciones fueron interrumpidas de tajo por una voz que cuestionó a Xiao Tao: —Ya que la historia original exige que el chamán se convierta en fertilizante, ¿cómo diablos vamos a actuar si nos falta ese personaje crucial? La trama está coja. Lo que no entiendo es por qué pareces tomártelo a la ligera.
Dan Bei, desesperado por eludir su destino acuático, se aferró a un clavo ardiendo: —¿Significa eso… que en realidad no tenemos que apegarnos al guión? ¿Acaso las muertes de la historia no van a ser de verdad?
Xiao Tao parpadeó. Evitando elegantemente responder si la muerte sería real o no, sentenció: —La obra debe ser fiel a la leyenda, por supuesto. Pero no importa que falte el chamán; el desenlace no cambia en absoluto.
—¿Qué quieres decir?
—Porque tenemos a Shou Gong de nuestro lado.
Xiao Tao dirigió la mirada hacia Yu Qing, el portador de dicho rol. Estiró las comisuras de los labios y curvó sus ojos almendrados en lo que pretendía ser una sonrisa. Sin embargo, su boca temblaba espasmódicamente, delatando que, bajo aquella máscara de júbilo, una emoción aterradora luchaba por salir a la superficie.
Con aquella mueca perturbadora instalada en el rostro, se dirigió a Yu Qing: —Resulta que, en un acto de compasión infinita, Shou Gong consideró que el anhelo del chamán por salvar a su pueblo era tan puro que no merecía morir. Así que sacrificó su propia vida a cambio de la de él.
—¡¿Cómo que sacrificó su propia vida?! ¡¿Pero no se supone que Shou Gong es un dios inmortal?!
—La leyenda dice que el forastero era su avatar, quizás un receptáculo temporal de una fracción de su alma —explicó Xiao Tao—. Lo importante es que el joven ofrendó su propia sangre y alma para nutrir el melocotonero. Su muerte obró el milagro: el chamán resucitó; el paciente desahuciado por el médico, resucitó; ¡incluso el médico ahogado regresó a la vida! El árbol floreció y sus frutos purificaron a la aldea entera.
Manteniendo intacta su escalofriante mueca y clavando los ojos en Yu Qing, Xiao Tao concluyó con una crudeza desgarradora: —En pocas palabras, cuando baje el telón al final de la obra, una sola persona habrá muerto de verdad.
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