Al ver a Mi Xiaobai colocar los dedos sobre la frente de Xiao Tao, Yu Qing supo de inmediato que estaba prestando atención a algo.
A decir verdad, sentía cierta curiosidad por las voces de las almas que residían en Xiao Tao, pero dada su actual forma de muñeco, no le resultaba nada cómodo hablar. Como tampoco quería demostrar su intriga, optó por bajar la mirada y mantener su fachada de objeto inanimado.
Sin embargo, unos instantes después, Mi Xiaobai deslizó los dedos desde la frente de la niña hasta la cabeza del muñeco de fieltro.
Yu Qing: ¿?
Encontrar la frente en un muñeco no era tarea fácil. Mi Xiaobai reajustó ligeramente la posición de sus dedos y murmuró con una sonrisa difusa: —A decir verdad, tampoco es que me encante andar a escondidas con esto, pero llevas tanto tiempo callado, sin siquiera un gesto de aprobación o negación, que se me hace muy difícil saber si mi deducción es la correcta. Adivinar lo que piensa alguien es agotador…
Mientras soltaba esa queja, sintió el fugaz destello de curiosidad en la mente del señor Hua Pi. Inmediatamente dejó escapar un «Ah…» en señal de comprensión y explicó: —La niña dice que hay detalles que no cuadran en la leyenda y que el mural tampoco es correcto; al parecer, ambos han sido alterados.
Xiao Tao: ¿?
Apenas había recuperado la lucidez tras los espasmos cuando esas palabras la hicieron estremecerse de pavor.
Las palabras clave volvieron a detonar el conflicto interno en su conciencia, y la pobre chiquilla, que apenas se había calmado, volvió a sufrir sacudidas incontrolables.
Mi Xiaobai volvió a colocar sus dedos en la frente de ella, escuchó por un rato y actuó como intérprete simultáneo para Yu Qing: —Dice que, a pesar de que es su deber guiar nuestros ensayos, en el fondo no le gustan los muñecos. De hecho, les tiene bastante miedo. Ah… con razón no ha dejado de mirarte desde hace rato.
Tras la traducción, Mi Xiaobai se encargó de añadir una nota aclaratoria: —Por supuesto, las frases originales son muy inconexas; esto es el resultado de mis deducciones y un toque de licencia poética.
Yu Qing: …
Xiao Tao: …………
El rostro de la niña reflejaba a partes iguales el silencio sepulcral y la más profunda indignación. Y como justo cuando iba a respirar profundo volvieron a mencionar las dichosas palabras clave, por tercera vez cayó en un ataque de espasmos.
Mi Xiaobai intentaba descifrarlo: —Dice… que me estoy pasando de la raya.
—Bueno, de acuerdo, te daré un respiro —bromeó el demonio con una sonrisa sardónica. Finalmente, retiró la mano de la frente de la niña y la dejó en paz.
Xiao Tao recuperó por fin su estado normal. Con las manos cubriendo sus adoloridas mejillas y la comisura de los labios, se agachó al borde de las lágrimas.
Estaba acurrucada en el suelo, tan pequeña que hasta su sombra parecía un ovillito. Desde el punto de vista de Yu Qing, daba la impresión de ser mucho menor de sus catorce o quince años, como si sufriera de desnutrición.
De pronto, Yu Qing recordó la traducción de Mi Xiaobai con su “licencia poética” sobre el «miedo a los muñecos», y esa frase le resultó familiar. ¿Dónde lo había escuchado o mencionado antes?
Inmediatamente, hizo memoria…
Había sido durante el ensayo en el bosque.
En aquel momento, Xiao Tao había dicho: «Los muñecos son amuletos de protección en el bosque».
La niebla del bosque temía a los muñecos.
Para ser exactos, eran las almas errantes que habitaban el bosque las que temían a los muñecos.
Pero… ¿Por qué?
Yu Qing estaba inmerso en sus pensamientos cuando el zumbido de un teléfono celular rompió el silencio del túnel. Mi Xiaobai lo sacó de su pantalón y, con extrema cortesía, lo sostuvo frente a la cara del muñeco de fieltro antes de desbloquearlo.
El único problema era que había olvidado que el muñeco era minúsculo; la pantalla del teléfono era casi del mismo tamaño que él. Al estar tan cerca, las letras en la pantalla parecían estallar frente a sus ojos.
Así que, ante su atónita mirada, el pequeño muñeco que había estado totalmente inmóvil cobró vida de repente: levantó un bracito de tela para empujar la pantalla lejos de sí, echó la cabeza hacia atrás y solo entonces logró leer a duras penas lo que decía.
El mensaje provenía del canal del equipo.
Alguien había enviado un texto por ahí:
[Dan Bei]: Jefes, ¿dónde se metieron? Encontramos algunas cositas en el dormitorio y creo que nos va a tocar revolver todo; estamos a punto de desarmar la habitación entera. Pensé que debían estar al tanto @^ ^
[Dan Bei]: ¿Eh? ¿Resulta que el que no tiene ni nombre ni foto de perfil en el sistema es el jefe?
Desde que habían puesto un pie oficialmente en la Montaña Pan, nadie había usado el canal del equipo para enviarse mensajes, así que la pantalla se había quedado atascada en el recuento de compatibilidad calculado por el sistema.
Hasta ese preciso momento en que Dan Bei intentó etiquetarlos, nadie se había dado cuenta de que aquel usuario sin nombre ni foto en el grupo era, de hecho, Yu Qing.
Si hubiese sido en cualquier otra circunstancia, tratándose de un individuo venerado como una entidad espectral por la propia instancia, las sospechas habrían estado a la orden del día.
Pero en ese instante, a ninguno de los presentes se le cruzó por la mente desconfiar.
Solo Bar de Sushi reaccionó etiquetando al inútil servicio de atención al cliente V107 en el canal del equipo, quejándose:
Bar de Sushi: ¡¿Pueden de una vez restaurar el apodo y la foto de este jugador?! ¿Qué clase de maldito error es este?
La respuesta de V107 no se hizo esperar: [V107]: ¿Para cuál jugador le gustaría que restauremos el apodo y la foto?
Bar de Sushi estaba a un paso de iniciar una batalla campal contra la deficiente inteligencia artificial:
Bar de Sushi: ¡Si no tiene nombre ni foto, maldita sea, no puedo etiquetarlo! Si no puedo etiquetarlo, ¡¿cómo diablos quieres que te diga quién es?!
[V107]: Notamos su molestia, estimado usuario. Le rogamos no alterarse. Procederemos a recalcular los parámetros del jugador.
Bar de Sushi: [Emoji del dedo del medio]
[V107]: Estimado usuario, lamentamos su desdén, pero tenga la certeza de que nuestro sistema le proveerá una respuesta a la altura de sus expectativas.
[V107]: Atención: Error de recálculo.
Inmediatamente, una pequeña alerta del sistema apareció:
V107 ha detectado un fallo. Ingresando en modo de revisión y actualización automática. Diálogo suspendido momentáneamente.
Yu Qing, como espectador silencioso de esta absurda disputa, no supo qué opinar. Por otra parte, sentía curiosidad por saber qué era eso tan importante que habían descubierto en el cuarto, al punto de justificar un desmantelamiento digno de una demolición.
Pero dada su condición de muñeco de fieltro, la sola idea de teclear le resultaba humillante y patética.
Tras meditarlo unos segundos con semblante inescrutable, decidió levantar un dedo y darle unos golpecitos a la mano de Mi Xiaobai.
Sorprendido por el roce afelpado de las manitas del muñeco, Mi Xiaobai prestó atención y captó la voz de Yu Qing por el oído capaz de percibir los murmullos de los fantasmas: —Regresemos a revisar.
Inmediatamente asintió en silencio: —Hecho. No hay problema.
Diez minutos más tarde, con el muñeco de fieltro en brazos y escoltado por una Xiao Tao que iba como “invitada voluntaria”, Mi Xiaobai retornó al patio de la residencia.
A pesar del vasto conocimiento y experiencia de ambos dioses fantasmales, el panorama que encontraron al entrar a la habitación logró impactarlos.
El cuarto había sido saqueado por completo; la cama, en especial, estaba volteada de costado, dejando al descubierto todo el montón de cachivaches y cacharros que estaban ocultos debajo.
Pero lo “desordenado” no era lo más impactante. Lo que de verdad les dejó boquiabiertos fue la escena de sus compañeros hurgando en cada rincón.
No Dejaré Que Pase, Hielo Frappé, Dou Sha Liao y Xiao Yuan se habían dividido en parejas y sumaban fuerzas para mover cualquier cosa que no estuviera clavada al suelo.
A cada vuelta que daban, brazos blandos como gelatina volaban de un lado a otro y chocaban en el aire.
Dan Bei saltaba por todo el cuarto apoyándose en una sola pierna buena, mientras que Bar de Sushi simplemente se arrastraba por el suelo.
El único que permanecía inmóvil, enganchado a un sillón como un perezoso, era AAA Homo Sapiens de Fase Tardía, cuya transformación en algodón apenas estaba por debajo de la de Yu Qing.
Tal vez notando la mirada incrédula de Mi Xiaobai hacia Bar de Sushi, Dou Sha Liao sintió la necesidad de dar explicaciones por su amigo de la infancia: —Le pedí que se quedara tumbado en el sofá, pero como no tiene paciencia y siempre quiere meter mano apenas pasa algo…
Resultó que, al intentar meter la mano, terminó rodando del sofá para luego avanzar arrastrándose.
Dan Bei, que tenía buen corazón, añadió en defensa: —A decir verdad, todo es mérito de Bar de Sushi. Si no fuera por él, jamás habríamos descubierto lo que había debajo de la alfombra.
—¿Debajo de la alfombra? —inquirió Mi Xiaobai.
—Sí —Dan Bei brincó hacia el sofá y señaló la alfombra enrollada—. Justo aquí.
Resulta que, durante su frenética persecución con Bar de Sushi, habían arañado casi toda la superficie de la habitación.
Fue en medio de ese caos que chocaron contra el sofá, desacomodando una esquina de la alfombra y dejando a la vista el piso oscuro debajo.
Mi Xiaobai se agachó a medias para permitir que el pequeño muñeco de fieltro viera con claridad.
Al levantar más la alfombra, el suelo oscuro reveló instantáneamente un sinfín de marcas de distintos tamaños y profundidades.
Había arañazos de dedos mezclados con marcas de zapatos que pataleaban y, sobre todo, varias marcas de arrastre muy largas.
Esos surcos no se dirigían en un solo sentido ni eran de una sola pasada…
Daban la impresión de que algo había luchado y pateado ferozmente en ese sitio, solo para ser arrastrado de ida y vuelta múltiples veces.
Como Bar de Sushi seguía en el suelo, su cercanía le daba una perspectiva mucho más perturbadora. Estaba pálido y señaló las marcas: —Dan Bei dice que, por estas marcas, debió haber sido un niño pequeño. ¡Joder!
Dan Bei asintió, la imaginación jugándole en contra, y con un semblante igual de sombrío agregó: —Exacto, por la separación entre las huellas de los dedos y los pies, se nota que era un niño; no más de seis o siete años.
¿Seis o siete años?
Escuchando aquello, la mente de Yu Qing viajó a los rumores contados por el mayordomo Xiao Zhou: el extraño caso de la niñera, el chofer y el joven señorito rico que aparecieron ahogados en el estanque.
Si la deducción de Dan Bei era correcta, esas huellas debían pertenecer a ese mismo joven señorito.
Pero, ¿qué cosa podría haber causado que un chiquillo con tantos privilegios dejara marcas tan desesperadas de resistencia…?
—¡Oigan, se los dije! ¡Aquí hay algo escrito en el armario! —gritó Xiao Yuan, sin alejarse mucho de donde su novio estaba colgado del sillón—. Ya decía yo que ver tantas películas de terror serviría de algo.
Al acercarse, Mi Xiaobai comprobó que en la parte posterior de la puerta abierta del armario había una frase tallada. Parecía ser un mensaje arañado con las propias uñas de aquel niño mientras se ocultaba allí.
La letra del pequeño no era horrible, pero sí excesivamente grande y desorganizada. Los caracteres se pisaban unos a otros, formando un borrón ilegible.
—¿Por qué está lleno de ‘eso’, ‘aquello’, ‘yo’…? —Xiao Yuan inclinó la cabeza, logrando descifrar solo un puñado de caracteres.
Fue Hielo Frappé quien se adelantó: —Como leo mucho texto escrito por niños, déjenme intentar.
Se puso en cuclillas y, tras un buen rato, empezó a leer en voz alta:
«Se movió.»
«Esto es… Ah, está copiando cómo me muevo.»
«Me… está… mirando.»
«Se mueve y siempre me está mirando cuando no me doy cuenta. Creo que a escondidas imita mis movimientos y hasta las cosas que suelo hacer.»
«Romperlo no sirvió de nada…» —continuó Hielo Frappé.
«El tío se murió de repente.»
«Parece que la tía me tiene miedo.»
…
«Tengo miedo.»
Cuando terminó de leer, un silencio sepulcral se apoderó de la habitación.
Incapaces de evitar imaginarse las escenas, y siendo lo desconocido el mayor caldo de cultivo para el pánico, el color fue abandonando los rostros de todos los presentes.
Sin embargo, el rostro más pálido de todos resultó ser el de Xiao Tao, que ni siquiera era una jugadora.
Al darse la vuelta, Yu Qing se percató del cambio en su semblante.
En ese mismo instante, la curiosidad pudo más que Bar de Sushi, y se arrastró hacia el armario para mirar la escritura.
Como bien había señalado Dan Bei, la perspectiva que el suelo le ofrecía era inmejorable. Su intención era examinar los caracteres grabados, pero al estar a ras del suelo, lo primero que captó su mirada fue la base del gran armario.
La distancia entre las patas de aquel voluminoso mueble y el suelo era reducida. Meter la mano allí para curiosear habría sido complicado, pero Bar de Sushi, fiel a su terquedad, se esforzó por extraer lo que acababa de descubrir.
—¿Qué es esto? ¿Agujas? —murmuró sacando con dificultad un par de objetos diminutos que, de otro modo, habrían pasado totalmente inadvertidos.
Llevaban una espesa capa de polvo, quién sabe cuántos años olvidados en la hendidura.
A pesar de la suciedad y los cabellos enredados, saltaba a la vista que eran un par de clavos finos y alargados atados con hilos de lino blanco; exactamente iguales a los que habían utilizado horas antes en el ensayo para atravesar la cabeza y las extremidades de los muñecos.
Protegido por la fachada imperturbable del muñeco de fieltro, Yu Qing le dedicó un fugaz vistazo a los clavos de plata antes de devolver su escrutinio a Xiao Tao.
En un rincón donde nadie más le prestaba atención, el rostro de Xiao Tao volvía a experimentar breves espasmos. Sus ojos, fijos en el armario y en los clavos plateados extraídos por Bar de Sushi, lo decían todo; su boca se abrió para luego sellarse con tal fuerza que los labios amenazaban con sangrar.
Al ver esto, Yu Qing dio unos toquecitos en la mano de Mi Xiaobai.
Al bajar la vista, Mi Xiaobai notó que un bracito de fieltro apuntaba en dirección a Xiao Tao antes de volver a su posición estática.
Al segundo siguiente, Xiao Tao sintió un zumbido ante ella. Al alzar la vista, se topó nuevamente con la deidad plaga que la acosaba sin descanso.
…
—Parece que por tu cabeza rondan muchas cosas que quieres decirnos.
—N-n-no es cierto —tartamudeó Xiao Tao, debatiéndose contra su propia boca, como una máquina trabada.
—No te preocupes. —Mi Xiaobai apoyó un dedo en su frente y, hablándole directamente a la conciencia que batallaba en el interior de la niña, dijo: —Puedo escucharte.
Al caer la última sílaba, escuchó la leve voz de Xiao Tao emerger: —A los muñecos… si se les clavan las agujas de plata, aprenden de ti…
—Romperlo no sirve de nada.
—Se parecerá… cada vez más a ti.
—Y luego, tomará tu lugar.
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