El parque de emprendimiento estudiantil de la Universidad R se encontraba en la planta baja del Edificio de Cultura, en el centro del parque tecnológico, con muchos proyectos de emprendimiento en incubación. Junto a Weihang (*) había una empresa de diseño de imagen, una plataforma de citas universitarias, y una app de prácticas profesionales para estudiantes. En las noches en que Zheng Moyang estaba ocupado con el trabajo, Feng Nuoyi solía sentarse frente a él con la laptop en brazos, en una especie de “cita de estudio”.
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(*)Nota Trad. (Curiosidades): Weihang (未航), el nombre de la startup: literalmente podría leerse como “aún no ha zarpado” o “todavía sin navegar”, lo cual resulta sugerente para una empresa emergente que apenas empieza su rumbo.
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Al parecer había llegado a una pausa en el PowerPoint, así que Zheng Moyang cerró la laptop y, mirando fijamente a Feng Nuoyi frente a él, preguntó:
—¿De qué te ríes?
—¿Ah? —Feng Nuoyi se tocó la comisura de la boca con la mano—. ¿Me estaba riendo?
—Llevas tres horas riéndote. Hace un rato te llamé a comer y ni caso me hiciste.
Feng Nuoyi dejó de teclear:
—Estoy escribiendo el trabajo final de mi clase de escritura de novela.
—¿Estás haciendo tarea? —Zheng Moyang rodeó la mesa y se paró detrás de él—. Con esa sonrisa tan feliz, pensé que estabas viendo un compilado de modelos europeos y estadounidenses.
Feng Nuoyi, evidentemente molesto con ese estereotipo, dijo:
—No es que solo pueda sonreírle a una cara bonita.
—¿Y hacer tarea te pone así de contento?
—Me gusta el profesor de esta materia —dijo Feng Nuoyi—. Es un escritor bastante conocido, su estilo narrativo tiene algo de Borges y de Proust.
—¿Te gusta mucho la literatura? —le preguntó Zheng Moyang.
—De niño quería ser escritor —Feng Nuoyi echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el otro—. Siempre escribía novelitas en mi diario. Cuando en la preparatoria tocaba elegir entre ciencias y humanidades, yo quería irme a humanidades, pero toda mi familia se opuso en bloque.
—¿En tu familia nadie estudió humanidades?
Feng Nuoyi lo pensó un momento:
—Solo mi bisabuelo. Cuando yo era pequeño, todas las noches se sentaba junto a mi cama a leerme libros, pero murió cuando yo tenía diez años.
Zheng Moyang le sujetó la cabeza, que no dejaba de moverse contra él; los hábitos perezosos de Feng Nuoyi, su cabello siempre despeinado, y esa expresión de placer con los ojos entrecerrados cuando se rascaba la barbilla, siempre le daban la impresión de tener en casa un gato que hubiera alcanzado la iluminación espiritual. Le acarició la cara en señal de consuelo:
—Si de verdad te gusta tanto escribir, ¿por qué no lo conviertes en tu carrera para el futuro?
Feng Nuoyi levantó la cabeza y le guiñó un ojo:
—Es solo un pasatiempo.
—¿Y qué tiene de malo?
—Un pasatiempo no se puede convertir en trabajo.
Zheng Moyang sonrió, resignado:
—¿Quién dijo eso?
Feng Nuoyi respondió con toda honestidad:
—Mis papás.
En momentos así se le notaba la esencia por completo: un niño bueno de manual, aunque a veces tuviera el cableado mental un poco raro.
—¿Por qué un pasatiempo no puede convertirse en trabajo? ¿Acaso tienes que buscarte a la fuerza un trabajo que no te guste, y luego exprimir un poco de tiempo libre miserable para hacer lo que de verdad amas? Aunque tampoco tendría nada de malo hacerlo así, pero yo creo que poder convertir un pasatiempo en una carrera es de las cosas más afortunadas que existen en este mundo.
Feng Nuoyi puso una expresión dudosa, y preguntó sin mucha confianza:
—¿Y si resulta ser un error?
Zheng Moyang entendió a qué se refería, así que le devolvió la pregunta:
—¿Y entonces qué pasaría?
—Entonces tal vez viva en un sótano húmedo y frío, donde en días de lluvia se filtre agua por el techo, y en invierno se oiga a las ratas chillando.
—Vaya imaginación tan fértil que tienes.
—¿Y si de verdad fuera así? —Feng Nuoyi de repente le agarró la mano, como si eso no fuera una fantasía sino un futuro a punto de llegar—. ¿Y si acabo tan pobre que ni siquiera puedo mantenerme? ¿Y si resulta que no tengo ningún talento para escribir? ¿Y si termino arrepintiéndome de haber tomado esta decisión?
—Pero —dijo Zheng Moyang—, hay errores que están destinados a cometerse, aunque sepas de antemano que son un error. Porque solo así, cuando llegue el final de tu vida, no te arrepentirás de no haberlo cometido.
Feng Nuoyi se quedó pasmado un par de segundos, y luego se echó a reír:
—Suena a trabalenguas.
—Pero entiendes lo que quiero decir.
—Lo entiendo.
Zheng Moyang retiró su mano, y giró la silla giratoria en la que Feng Nuoyi estaba sentado hasta hacerlo quedar de frente a él:
—Si llegaras al punto de no tener ni para comer, ahí sí habría que reconsiderarlo, pero no creo que llegues a eso. Después de todo, eres una de las personas más inteligentes que he conocido.
—¿Eso qué tiene que ver con si tengo talento literario o no?
—Digo que puedes ganarte la vida de otras maneras, en cualquier momento.
—Ah.
—Y además —dijo Zheng Moyang, mirándolo a los ojos—, el error que tú puedas cometer seguro no es tan grave como el mío.
Al sentirse mirado con tanta atención, Feng Nuoyi se quedó embelesado sin poder evitarlo:
—¿En serio?
—Si tú fracasas, en el peor de los casos te quedarás sin poder pagar una buena casa, o sin poder comer en buenos restaurantes —dijo—. Pero si yo fracaso, lo que se pierde son los ahorros de toda la vida de mis padres, y posiblemente varios cientos de miles, o incluso más de un millón, en deudas.
Feng Nuoyi sonrió levemente:
—No sé por qué, pero siempre siento que tú no lo harías.
Zheng Moyang le dio un beso suave en la frente:
—Al menos por ahora, tú tampoco estás seguro de si vas a fracasar o no, así que este error todavía vale la pena intentarlo.
Feng Nuoyi suspiró:
—Siempre he pensado que la razón por la que nunca logré resistirme con éxito, es porque en el fondo sabía que mis papás tenían razón.
—Depende de en qué nivel sea esa “razón” —dijo Zheng Moyang—. Así como una buena persona no necesariamente hace siempre buenas acciones, lo correcto tampoco es siempre lo justo.
—Otra vez con tus trabalenguas.
—Pero entiendes lo que quiero decir.
—Mmm —Feng Nuoyi extendió los brazos y se los enredó al cuello, acercando los labios del otro a los suyos—. Lo entiendo.
Zheng Moyang le entreabrió los labios con suavidad, recorriendo con la lengua cada rincón de su boca. Cuando terminó ese beso húmedo, Zheng Moyang lo miró a los ojos, esos ojos tan bonitos, y le dijo con mucha seriedad:
—Prométeme que irás a Japón.
El otro todavía estaba algo aturdido por el beso:
—¿Qué?
—Piénsalo como el primer paso —dijo Zheng Moyang—. Tal vez, al lograr esto, tengas el valor de intentar el siguiente. O tal vez te arrepientas, y vuelvas al camino que tus padres te trazaron; de cualquier forma, estará bien.
—Pero mis papás se van a enojar mucho.
Aunque la expresión abatida del otro le daba mucha ternura, Zheng Moyang sintió cierta impotencia:
—¿Por qué les haces tanto caso a tus papás?
—Es que invirtieron mucho en mí desde pequeño —Feng Nuoyi empezó a contar con los dedos—. Programación, piano, go, y toda clase de clases de preparación para concursos…
—¿Tú querías aprender piano y go?
—En realidad quería aprender guitarra —dijo Feng Nuoyi, dudando—, pero mi mamá pensaba que la guitarra no era un arte lo suficientemente elegante.
—Criar a un hijo no es hacer capital de riesgo —dijo Zheng Moyang, desconcertado—. ¿Acaso te van a exigir dividendos cuando salgas a bolsa?
—Pero… —Feng Nuoyi lo pensó largo rato, y al final soltó—: gastaron mucho dinero…
—Está bien tener gratitud, pero no tienes que pagar esa deuda con tu propio plan de vida —dijo Zheng Moyang—. Tal vez deberían sentarse a hablarlo con calma.
Feng Nuoyi dudaba profundamente de que eso fuera viable, pero de todos modos asintió obedientemente:
—Está bien.
Rápidamente hizo cálculos mentales: total, este era su año de reinicio, ir a Japón no tendría ningún impacto sustancial, y de paso podría aprovechar la ocasión para poner a prueba qué tan fuerte sería la reacción de sus padres si de verdad desobedecía su plan.
Luego recordó otro daño colateral del asunto, y suspiró con desánimo:
—Si voy a Japón, no te veré durante un año.
Zheng Moyang le pellizcó la mejilla:
—Puedo ir a visitarte.
—Estás tan ocupado, ¿de dónde vas a sacar tiempo para andar volando de un lado a otro?
—Siempre se puede sacar tiempo apretando la agenda —dijo Zheng Moyang—. El Día Nacional, Año Nuevo, algún fin de semana libre. De la capital a Tokio son solo poco más de tres horas de vuelo; en realidad, calculando bien, es casi lo mismo que el tiempo que toma volver a casa.
Entonces la persona frente a él sonrió muy feliz, y cada vez que veía esa expresión en su rostro, le surgía un pensamiento que ni él mismo terminaba de creerse: estaría dispuesto a darlo todo por esa sonrisa.
Como si pudiera oír esos pensamientos, el chico frente a él extendió los brazos y lo abrazó, murmurando en voz baja:
—Ahora mismo me siento muy feliz.
La felicidad de esa persona siempre llegaba con facilidad: por ejemplo, que hubiera poca fila en el comedor, o que terminara la tarea media hora antes, o que descubriera un restaurante de barbacoa autoservicio bueno y barato. A veces, caminando por el campus, Zheng Moyang recibía algún mensaje sin ton ni son: “Ya florecieron los cerezos frente al dormitorio”. Incluso a través de la pantalla, podía imaginárselo parado bajo el árbol, sonriendo con la cabeza hacia arriba.
Un mundo capaz de hacer infeliz a una persona así, tenía que estar loco.
—¿Tienes hambre? —le preguntó a su novio, sumido en la creación literaria—. Voy a calentar la comida a domicilio.
—¿Qué hay? —el otro se acercó, muy interesado.
—Filete de lenguado frito y sopa de tofu.
—¿Por qué no puedes comer un poco de comida chatarra? —Feng Nuoyi se lamentó frente a los recipientes de plástico—. Yo quiero pollo frito y brochetas a la parrilla. Y ese tofu ya lo pediste al menos cuatro veces, ¿tan rico está?
Zheng Moyang evitó responder esa pregunta, lo que hizo que el otro lo siguiera hasta el microondas. Sacó los recipientes, le advirtió que tuviera cuidado de no quemarse, y luego dijo, de mala gana:
—Porque sabe muy parecido a como lo hace mi mamá.
¿Qué tenía de malo decir esa razón? ¿Acaso el apego al amor materno le iba a dañar la imagen? Feng Nuoyi probó un bocado:
—Está rico. ¿En tu casa hacen pollo frito? De ahora en adelante podríamos pedir todos los días algo que sepa igual.
—No lo hacen.
Feng Nuoyi se quedó un momento fastidiado, pero luego se olvidó del asunto, y empezó a quejarse de que los profesores daban las clases con demasiada altura conceptual. Después le preguntó a Zheng Moyang cómo iba la empresa, y este le contó que últimamente se le había ocurrido una idea de repente:
—Ahora mismo pienso que la recomendación personalizada podría dar lugar a un nuevo tipo de delito.
Feng Nuoyi lo miró boquiabierto:
—¿Por qué?
—Con el bonito nombre de “optimizar la experiencia del usuario”, pero en realidad la recomendación personalizada hace que la información a la que accede el usuario se vaya estrechando cada vez más. Solo terminas viendo lo que ya querías ver, y al final se forma una especie de capullo de información —dijo Zheng Moyang—. Y en ese momento, qué se manda dentro de ese capullo, queda en manos de quien controla los recursos de información: la plataforma.
Feng Nuoyi asintió pensativo:
—Quieres decir que la plataforma puede filtrar de manera premeditada la información que le envía al usuario.
—Exacto —dijo Zheng Moyang—. Supongamos que el estado psicológico del usuario ya es de por sí peligroso, por ejemplo con tendencias suicidas o de venganza contra la sociedad; en ese caso, un empujoncito suave bastaría para hacerlo caer al abismo. Y además, el envío en sí no deja ningún rastro, es prácticamente el crimen perfecto.
Feng Nuoyi se estremeció y dejó el recipiente que tenía en la mano:
—Cada vez me da más miedo lo que dices.
Así que Zheng Moyang detuvo la conversación, y le revolvió el cabello. Miró el celular un momento, y saltó de la mesa:
—Ya casi se apagan las luces, si no volvemos ya, no nos va a dar tiempo de bañarnos.
Zheng Moyang lo miró meter sin ningún orden las hojas de tarea en la mochila, y le dolió un poco ver las arrugas que se formaban en ellas; luego, para consolarlo, le dijo:
—No hace falta que te apures tanto, si no llegas a tiempo, puedes bañarte en algún hotel.
Esa frase, en su cabeza, no había sonado tan extraña, pero al decirla en voz alta adquirió cierto tinte de mala intención.
En todo el piso ya no quedaban más que ellos dos, así que solo tenían encendida una luz en una esquina. En ese momento, Feng Nuoyi se alegró un poco de la penumbra, porque de verdad no sabía qué expresión poner.
—¿Tú… ?—preguntó Zheng Moyang con vacilación— ¿quieres ir?
Feng Nuoyi lo pensó un momento:
—Si vamos… ¿no habría que comprar algo?
—Debo confesarte algo —dijo Zheng Moyang—. La verdad es que ya compré esas cosas hace más de un mes.
—Ah… —Feng Nuoyi lo miró, con expresión algo nerviosa—. Entonces yo también tengo que confesar algo.
—¿Qué?
Feng Nuoyi dio un pequeño salto y se sentó sobre la mesa, y luego estiró la mano para jalar a su novio hacia sí:
—Yo también llevo mucho tiempo imaginándome esta escena.
—Aunque a mí también me gusta mucho esta escena —Zheng Moyang le dio un beso en los labios—, esta mesa no es lo bastante ancha.
Feng Nuoyi giró la cabeza para calcular a ojo, y asintió:
—Entonces mejor vamos al hotel.
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