Con ese temperamento que tienes, cualquier día terminarás muriendo antes de tiempo.
Eres perfecto para acabar muerto lejos de casa, así que, de ahora en adelante, procura permanecer en el Palacio de la Perla.
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Aunque Calmen apenas había comenzado a darse cuenta últimamente, el príncipe Morres poseía un carácter sumamente indulgente, a pesar de su apariencia feroz.
Hasta ese momento había cometido numerosos errores, tanto grandes como pequeños, delante de él, pero el príncipe siempre los había dejado pasar sin darles demasiada importancia. Si se hubiera tratado de otra persona, probablemente ya habría recibido un castigo más que severo.
«Considérese afortunado de poder servir a una persona tan buena como Su Alteza, sir Calmen».
Dama Claudia, quien se había convertido sin darse cuenta en una fiel seguidora del príncipe imperial, lo había advertido en numerosas ocasiones.
«No estará tomándose demasiadas confianzas solo porque el príncipe aún es joven, ¿verdad? ¿Qué hará si los errores que comete dejan de ser simples errores y terminan perjudicando la reputación de Su Alteza? ¡Si no corrige pronto esa mala costumbre, la próxima vez seré yo quien no lo deje salirse con la suya!».
Sin embargo, Calmen pensaba que eso era imposible.
¿Quién entre los caballeros residentes del Palacio de la Perla se atrevería a tomar a la ligera al príncipe?
Cualquiera que tuviera un mínimo de intuición… No, cualquiera que hubiera visto entrenar a aquel príncipe, aunque fuera una sola vez no podía ignorar la peligrosa y extraordinaria presencia que desprendía de vez en cuando.
Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo y seguía repitiendo los mismos errores, incluso Calmen comenzó a plantearse algo en secreto.
“…¿Será que de verdad estoy tomando a la ligera al príncipe?”
Una vez que empezó a albergar aquella duda, Calmen ya no pudo hacer ninguna promesa delante del príncipe con plena seguridad.
—Lo… lamento, Su Alteza. Yo… nunca volveré a…
El príncipe apenas pareció escuchar aquella disculpa más que miserable. Después de reflexionar sobre algo con expresión malhumorada, dijo:
—Qué situación tan inquietante. A este paso, tendrás que pasar toda tu vida como caballero residente del Palacio de la Perla.
—¡…!
Ante aquellas palabras, Calmen sintió de pronto una extraña sensación de déjà vu y alzó la cabeza con los ojos muy abiertos.
Pensó que no podía ser, pero…
“¿No había escuchado alguna vez palabras parecidas por parte del príncipe?”
Sin embargo, no pudo continuar aquel pensamiento. El príncipe lo miraba con una sonrisa aterradora.
El significado de aquella comisura torcida hacia un lado y de aquellos ojos que brillaban con frialdad era evidente: Tú, mocoso. ¿Quieres que te entierre por seguir haciéndote el listo?
Calmen se quedó completamente petrificado. Era un miedo instintivo que brotaba desde las profundidades de su alma.
Entonces, paso a paso, el príncipe se acercó tranquilamente hasta él y le dio unas palmadas juguetonas en el hombro, mientras Calmen permanecía completamente tenso.
«Oye, no te asustes. ¿Cómo puedes espantarte por algo así? ¿Eh?»
Era como si escuchara aquellas palabras superpuestas en forma de alucinación auditiva. Después, como si la reacción de Carmen le resultara divertida, el príncipe abrió la boca.
—Por cierto, sir Calmen, ¿sabes quién es Pávlov?
Por supuesto, Calmen fue incapaz de responder.
“¿Pávlov?”
Sinceramente, no sabía quién era, pero probablemente se trataba de alguien que había provocado al príncipe sin saber con quién se metía y luego había desaparecido sin dejar rastro.
El mensaje que el príncipe quería transmitirle era evidente: Si no quieres despedirte de este mundo ahora mismo, ten cuidado de ahora en adelante, ¿entendido?
Calmen inclinó profundamente la cabeza y pensó:
“Claro. No podía ser de otro modo. ¿Quién se atrevería a tomar a la ligera a esta persona?”
Mientras tanto, el rostro de Seong-jin rebosaba satisfacción mientras contemplaba al joven caballero regresar tambaleándose al campamento.
“Parece que sir Calmen se conmovió con los ánimos de este hermano mayor”.
Entonces, el Rey Demonio, quien había permanecido en silencio durante un rato, suspiró y dijo:
—[…Lee Seongjin, no vuelvas a sonreír así delante de cualquiera. ¿Entendido?]
—“¿Por qué? ¿Qué? ¿Por qué?”
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El perro de Pávlov.
Era un modelo de la teoría del aprendizaje que explicaba el condicionamiento clásico y que casi todo el mundo conocía en la Tierra.
El paso siguiente era el aprendizaje mediante condicionamiento operante. Es decir, el sencillo principio según el cual aumentan las conductas acompañadas de recompensas y disminuyen aquellas acompañadas de castigos.
Cuando Seong-jin llamó a Calmen y al comandante Bruno a la mañana siguiente y les explicó aquella teoría, ambos se quedaron completamente perplejos.
—Entonces, ¿qué relación tiene que el perro babee con los hábitos de Calmen?
Ante la pregunta del comandante, Seong-jin añadió una explicación sencilla.
—Dicho de manera simple, es lo siguiente: para corregir su costumbre de enfurecerse de manera refleja, vincularemos esa conducta con un estímulo aversivo y haremos que sir Calmen lo aprenda mediante la repetición. Al convertirla en una experiencia desagradable, la conducta disminuirá gradualmente.
—Pero hace un momento dijo claramente que ese era un entrenamiento para perros… —Calmen preguntó con expresión recelosa.
“Mmm, está más perspicaz de lo habitual. Ya se dio cuenta de que, en esencia, esta teoría consiste en adiestrar a un perro”.
—Sin embargo, Su Alteza, yo le he dado una buena paliza cada vez que este idiota provoca algún incidente, pero hasta ahora no ha servido de nada.
—¿Violencia? No pienso hacer nada tan inhumano, así que puedes estar tranquilo, comandante Bruno. —Seong-jin respondió fingiendo solemnidad.
Por supuesto, al principio también había pensado en golpear con fuerza la cabeza de sir Calmen cada vez que perdiera los estribos.
Incluso se le había ocurrido, sin ningún fundamento, que, si le provocaba una conmoción cerebral artificial y le blanqueaba el cerebro una vez tras otra, quizá el aprendizaje repetitivo quedaría grabado con mayor claridad en su mente.
Sin embargo, pronto cambió de opinión. Después de todo, no estaban en el Palacio de la Perla y sir Calmen también tenía una reputación que mantener.
Para un caballero, recibir una paliza de su superior delante de otra orden de caballeros debía de ser bastante humillante. Por supuesto, la reputación de Seong-jin, quien le daría la paliza, también caería por los suelos.
Por eso Seong-jin necesitaba la ayuda de una poderosa colaboradora. Esa era la razón por la que también habían llamado a Edith.
—A partir de ahora, el éxito o el fracaso de este asunto depende por completo de ti. Cuento contigo, Edith.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarlo, Su Alteza? ¿Qué debo hacer exactamente?
Seong-jin le dio instrucciones con voz solemne a la doncella encargada de atenderlo, quien lo miraba desconcertada.
—Edith, ¿podrías preparar una taza de té?
—… ¿Qué?
—Por favor, quiero que despliegues todo tu talento.
Para que pudiera brindarle una experiencia más intensa que cualquier violencia despiadada.
El comandante Bruno volvió hacia Seong-jin una mirada llena de horror. El significado de aquellos ojos entrecerrados era tan clara: ¿Este hombre es un demonio?
¡Vamos! Todo esto es por el bien de tu discípulo, comandante Bruno.
De ese modo, poco después apareció frente a Calmen una taza de té Melbourne de un intenso color marrón oscuro.
—¿Qué voy a hacer con esto…?
Seong-jin le dio una instrucción sencilla al desconcertado Calmen.
—No es nada difícil, sir Calmen. Limítate a soltar un buen insulto y después bébetelo de un trago.
—… ¿Qué?
—Vamos, adelante.
Seong-jin sonrió con dulzura. Por alguna razón, Calmen se quedó completamente rígido y llevó la taza hacia su boca con vacilación.
—Ah, espera. No olvides el insulto.
—¿Hi… X de puta?
¿Qué clase de insulto carente de energía era ese?
Seong-jin estaba estupefacto, pero, bueno, lo importante era empezar.
Cuando Seong-jin asintió, sir Calmen suspiró aliviado y bebió ruidosamente el contenido de la taza.
Y entonces…
—크^&@(ㅖ8y?t e걃JM#T?! 1
Se levantó de un salto con una expresión imposible de describir y después cayó sentado en el suelo mientras su rostro adquiría un tono amarillento.
—¡Gagh! ¡Uagh!
Calmen terminó vomitando violentamente el té y miró a Seong-jin con ojos temblorosos mientras un sudor frío le recorría el cuerpo.
Seong-jin le ofreció la siguiente taza y ordenó con tranquilidad:
—Bien, el siguiente insulto.
—¡…!
—El siguiente insulto.
Incapaz de resistir la presión de Seong-jin, Calmen acabó abriendo la boca tímidamente.
—…erda.
—¿Eh? No te oigo. ¡Más fuerte!
—¡Mierda! ¡¿Qué xxxx estás haciendo, pedazo de xxxxx!
—¡Bien!
Después de beberse toda la taza, Carmen la dejó caer y se estremeció con todo el cuerpo encogido.
—뷃ㅁ?ie끼이hn#@Pt?;od!
—¡Demonio! ¿Estás bien, Calmen? ¡Será mejor que lo escupas todo!
El comandante Bruno, horrorizado, corrió hacia él y comenzó a golpearle frenéticamente la espalda.
¡Paf, paf, paf!
—¡Puagh! ¡Uaaaaagh!
Con la ayuda del comandante, Calmen apenas consiguió vomitar el té. Por alguna razón, parecía que sus ojos comenzaban a enrojecerse.
Entonces apareció ante él una tercera taza de té Melbourne.
—Vamos, el siguiente.
—…
—El siguiente.
¡Sollozo!
“¿Mmm? ¿Por qué este bastardo está a punto de llorar por algo así?”
Seong-jin colocó personalmente la taza en las manos de Calmen y lo consoló con amabilidad.
—Vamos, vamos, cálmate. Si te comportas así, parecerá que te estoy atormentando.
—Pero, Su Alteza…
—Escúchame con atención. Todo esto lo hago por tu bien. Si hubieras corregido antes ese temperamento explosivo, ¿habría tenido yo que pasar por todas estas molestias y quedarme escuchando tus insultos?
Por lo tanto, todo esto es culpa tuya. ¿Verdad?
Seong-jin le recalcó aquel hecho varias veces a Calmen.
—Todo lo hago para ayudarte a convertirte en una persona decente.
—…
—Vamos, si lo entendiste, tienes que decir el siguiente insulto.
Entonces sintió que el Rey Demonio se estremecía dentro de su cabeza.
—[Guau, qué tipo tan aterrador. ¿Ahora también manipulas psicológicamente a tus subordinados?]
—“¡Cállate!”
Seong-jin esperó con paciencia hasta que Calmen se tranquilizó. Él permaneció un rato cabizbajo y en silencio, pero finalmente pronunció un insulto con voz temblorosa.
—…Cabrón despiadado.
—Mmm, demasiado débil. ¡Más fuerte!
—¡Maldito hijo de puta!
—¡Todavía te falta mucho, sir Calmen! ¡Vamos, llénalo con toda la ira que brota de tu corazón!
Entonces Calmen se levantó de golpe y, reuniendo toda la indignación que llevaba dentro, gritó hacia el vacío:
—¡Aaaaaaagh! ¡¡¡Eres el maldito hijo de xxxx eres el más xxxx y xxxxx y xxxx de todo el mundo!!!
Al mismo tiempo, glup, glup, glup.
Calmen vertió de una sola vez todo el té por su garganta.
—¡¡¡꺄미&;댜ㅗ3@##쨔^ㄸ3io3#@뫄ㅐ?!!!
Se estremeció como si acabara de electrocutarse con un cable de alta tensión y, con el rostro completamente pálido, cayó pesadamente al suelo.
¡PUM!
—¡Calmen! —El sorprendido comandante Bruno corrió hacia él.
Edith contempló la escena y exclamó con lágrimas en los ojos:
—¡Qué… qué cruel!
“Oye, oye, ¿eres consciente de que fuiste tú quien preparó ese té?”
—¡Su Alteza! ¿No podría… no podría limitarse a golpear a este idiota?
Mientras contemplaba a Calmen, quien permanecía tendido en el suelo con espuma en la boca, el comandante Bruno le suplicó desesperadamente.
—De lo contrario, prometo castigarlo con mayor severidad de ahora en adelante, pero ¡por favor, cualquier cosa menos esa bebida demoníaca!
Mmm.
Seong-jin frunció el ceño y se rascó la mejilla.
“¿Por qué arman tanto escándalo? No es como si yo nunca lo hubiera probado. Si siguen bebiéndolo, tarde o temprano se acostumbrarán”.
Lo ideé pensando que era un método humanitario, entonces ¿por qué no puedo quitarme la sensación de que estoy maltratando a Carmen?
—[Quizá porque no se trata de una sensación equivocada.]
—“¡Ah, cállate de una vez!”
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
—Por más que lo pienso, el jefe de la compañía es un verdadero tacaño.
La mujer que recogía ramas junto a Dasha se quejó con ella.
Era una mujer sociable que conversaba ocasionalmente con Dasha. Ella también formaba parte del nuevo personal contratado por la compañía mercantil Milo en aquella ocasión.
Siempre llevaba el cabello pulcramente recogido bajo un pañuelo blanco enrollado alrededor de la cabeza. Sin embargo, se afeitaba por completo las cejas, algo bastante peculiar que le confería una apariencia extraña.
—Es verdad.
Cuando Dasha respondió, la mujer arrugó profundamente el puente de la nariz y expresó su descontento.
—No, piénselo. Si ayer recogimos leña más que suficiente, ¿no podríamos descansar al menos un día? ¿Por qué insiste tanto en que acumulemos ramas que ni siquiera podremos utilizar? ¡De todos modos, cuando nos marchemos, tirará todo lo que sobre porque no será más que equipaje!
—Je, je.
Dasha se encontraba recogiendo leña seca junto con los ayudantes de cocina de la compañía mercantil Milo.
Desde que consiguieron salir de Regina sin contratiempos, Giacomo Milo no había vuelto a intentar poner a prueba al personal recién contratado. Gracias a eso, sus últimos diez días habían transcurrido con mucha tranquilidad.
Sin embargo, eso no significaba que hubiera dejado de sospechar por completo.
Al ver que continuaba inventando tareas inútiles hasta un punto que parecía excesivo, Dasha sentía que ejercía una presión silenciosa sobre ellos: debían dejar de mirar a su alrededor y limitarse a cumplir discretamente las órdenes.
Por eso Dasha se mantuvo cautelosa y procuró no llamar la atención para evitar sospechas innecesarias.
Ya había conseguido aproximadamente los documentos importantes. Además, continuaría viajando junto al grupo del príncipe hasta llegar al territorio de Sigsmund, por lo que había acordado con el príncipe Morres que omitiría los informes a menos que surgiera algún asunto urgente.
Probablemente no sería fácil encontrar pruebas concluyentes de que el jefe de la compañía era un contratista demoníaco. Por eso Dasha decidió tomarse las cosas con más calma y observar lentamente a la compañía a partir de entonces.
—Parece que esto será más que suficiente. ¿Regresamos?
—De acuerdo.
Ante las palabras de la mujer, Dasha respondió con gusto y se puso de pie.
Las dos recogieron los haces de leña que habían reunido y comenzaron a caminar hacia el campamento.
—¿Es de Varsha? ¿Vino del sur?
El ‘sur’ al que se refería la mujer probablemente significaba las tierras de los paganos.
—Soy del sur, pero no de Varsha. Vengo de Anatolia.
—Entiendo.
La mujer respondió y frunció ligeramente el entrecejo. Debido a la ausencia total de cejas, solo destacaron las arrugas verticales de su frente, lo que le confirió una apariencia todavía más extraña.
—Ahora que lo pienso, hemos estado tan ocupadas que todavía no nos hemos presentado debidamente.
—Ah, es verdad. Me llamo Sabrina.
Cuando Dasha le dio su nombre falso con una sonrisa, la mujer extendió una mano hacia ella y sonrió ampliamente.
—Yo me llamo Olivier. No queda mucho de viaje, así que espero que nos llevemos bien.
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