—¡Eh, eh, tranquila!
Cuando Dasha retrocedió rápidamente y desenvainó su daga, Olivier se apresuró a levantar ambos brazos.
—Aunque quizá solo sea lo que yo deseo, no somos enemigas. ¿Verdad?
Al mismo tiempo, retrocedió disimuladamente un par de pasos, como si hubiera calculado con precisión el alcance de los ataques de Dasha. Bastaba una mirada para darse cuenta de que no era una combatiente cualquiera.
«¿Cómo no me di cuenta de que tenía a alguien así justo a mi lado?».
Dasha la observó con una mirada penetrante mientras la apuntaba con la daga.
—… ¿Desde cuándo?
—¡Ah, no! ¡Es un malentendido! ¡Sabrina, no te estaba vigilando!
Quizá con la intención de inspirarle confianza, esbozó una pequeña sonrisa hacia Dasha. Por desgracia, la ausencia de cejas solo hizo que su rostro adquiriera un aspecto aún más grotesco.
—¡Solo lo dije por si acaso! ¡Parecía que habías notado a los tipos escondidos en el bosque!
—…
—De verdad que hasta ahora no tenía ni idea. Se te da increíblemente bien ocultar tu presencia, ¿eh?
A Dasha le había ocurrido lo mismo.
Aunque en alguna ocasión había tenido sus dudas, salvo por el hecho de que no tenía cejas, Olivier parecía la persona más normal entre los recién contratados.
—¡Sinceramente, sospeché de todos los demás, pero estaba convencida de que tú no podías ser!
—¿Por qué?
—¡Pues es evidente! ¡Nunca imaginé que alguien tan llamativa como tú se pasearía mostrando el rostro con semejante descaro! ¡No es que los asesinos de Varsha abunden!
Ah. Esa era también la razón por la que Dasha había descartado tan pronto a Olivier como posible amenaza.
Quién habría imaginado que una asesina aparecería con las cejas completamente afeitadas. Era evidente que dejaría una impresión imborrable en cualquiera.
—Además, piénsalo. Si todos los recién contratados están espiando, ¿no pensarías que al menos uno de ellos sería un empleado de verdad?
—…
Al final, todos los nuevos empleados contratados en la capital imperial habían resultado ser individuos sospechosos. La situación era tan absurda que daban ganas de soltar una carcajada de incredulidad.
Entonces Olivier, que observaba con cautela la reacción de Dasha, le hizo una propuesta.
—Bien, lleguemos a un acuerdo. Si intentamos resolver esto aquí, seguramente una de las dos morirá y la otra tampoco saldrá muy bien parada.
—¿Qué propones, entonces?
—Hagamos como si no nos hubiéramos visto, solo por esta vez. Como ya habrás deducido, esta infiltración se ha ido completamente al traste, ¿no? ¡Así que sigamos cada una nuestro camino!
El grupo que seguía a la compañía mercantil no podía acercarse con buenas intenciones. Si sobrevivía a aquel enfrentamiento, el jefe de la compañía Milo seguramente se desharía primero de los nuevos empleados que quedaran.
Dasha tomó una decisión rápidamente.
—… ¿Cuál es el objetivo de tu infiltración?
—Me gustaría responder: “¡¿Crees que te lo voy a decir, así como así?!”, pero, bueno, está bien. También sería un problema que nuestros objetivos entraran en conflicto. —Olivier se encogió de hombros—. Hagamos que esto nos convenga a las dos. A mí solo me ordenaron vigilar de cerca al jefe de la compañía. ¿Y a ti?
No podía creerse aquellas palabras sin más.
Pero Dasha pensó que, al menos, era bastante probable que aquella mujer no fuera tras el príncipe Morres.
En ese caso…
—Mi objetivo también es vigilar al jefe de la compañía.
—Bien. Entonces no habrá ningún problema.
Tras aquellas palabras, ambas retrocedieron lentamente, aumentando la distancia entre ellas.
Cuando consideraron que se encontraban fuera del alcance de las armas arrojadizas ocultas, se detuvieron y cruzaron la mirada unos instantes en lugar de despedirse.
—…
—…
En ese momento…
¡Ambas fingieron darse la vuelta y, al mismo tiempo, lanzaron contra la otra sus armas, cargadas de aura!
¡Pum!
¡Tac!
El estilete que pasó junto al ojo de Dasha atravesó el árbol que tenía al lado e hizo saltar las astillas.
Del mismo modo, la puntiaguda daga que rozó la nuca de Olivier rompió varias ramas antes de clavarse oblicuamente en el tronco de un árbol situado detrás.
«¡Mierda!».
En cuanto fracasó aquel último ataque, ambas arrancaron las armas que la otra les había arrojado y echaron a correr en direcciones opuestas.
¡Tatatatatá!
—¡Sabrinaaa! ¡No lo olvidaré jamás! ¡Cómo te atreves a traicionar mi confianzaaaaa!
El prolongado grito de Olivier apenas alcanzó a oírse antes de alejarse en un instante.
Dasha también rechinó los dientes mientras corría velozmente entre los árboles.
«¡Eso debería decirlo yo! ¡Maldita sin cejas!».
¡No sabía quién era ni para quién trabajaba, pero la próxima vez acabaría con ella sin falta!
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
Por entonces, algunos integrantes de la compañía mercantil Milo también empezaron a advertir que algo extraño sucedía.
—¡Señor Giacomo! ¡Un grupo de desconocidos se aproxima desde el bosque!
El capitán de los mercenarios contratados como escoltas acudió a la tienda de Giacomo para informarle.
—¿Cuántos son?
—Unos veinte. Según los informes, no llevan armamento digno de mención. No parecen pertenecer a las bandas de bandidos que asolan la zona.
Por supuesto, Giacomo ya conocía su identidad. El demonio Sallos llevaba un rato armando un escándalo dentro de su cabeza.
—[¡Invócame de una vez! ¡Viene la Iglesia Oscura! ¡Solo la Iglesia Oscura cultiva esos malditos árboles del mundo demoníaco! ¡Yo los barreré a todos!]
Ignorando en buena medida a Sallos, Giacomo dio instrucciones al capitán de los mercenarios.
—Primero intentaré hablar con ellos. Pero esto podría desembocar en un enfrentamiento en cualquier momento, así que manténganse en máxima alerta.
Que tantas personas acudieran sin previo aviso difícilmente podía indicar buenas intenciones.
Sin embargo, la Iglesia Oscura y la compañía mercantil Milo mantenían una relación comercial tácita. Un enfrentamiento no beneficiaría a nadie, así que pretendía recurrir al diálogo en la medida de lo posible.
«Además, si el asunto se agrava, podría atraer innecesariamente la atención de los Caballeros del Lobo».
Si por alguna casualidad descubrían su relación con la Iglesia Oscura, tendría que silenciarlos, aunque para ello debiera invocar a Sallos por completo. No solo a todos los miembros de los Caballeros del Lobo, sino también al príncipe y a su séquito, que viajaban con ellos.
Giacomo se levantó lentamente, rezando para que no llegara a producirse semejante desastre.
Justo cuando salía de su tienda, un grupo de personas apareció al otro lado del bosque.
Vestían hábitos negros andrajosos y la mayoría estaban tan demacrados que parecían a punto de morir. En sus rostros rígidos como árboles secos, solo los ojos brillaban intensamente, confiriéndoles un aspecto grotesco.
Además, sus rostros y los brazos que asomaban por la ropa estaban cubiertos de incontables cicatrices y heridas.
Eran las marcas de un largo período de mortificación. Aquellos eran los miembros de la orden de la [Penitencia].
Un murmullo recorrió el lugar.
Mientras los mercenarios desenvainaban sus armas con inquietud, los recién llegados siguieron avanzando y solo se detuvieron cuando estuvieron justo delante del campamento.
—Hemos venido a ver a Giacomo, el jefe de la compañía.
Quien se adelantó al grupo diciendo aquello fue una mujer corpulenta que también vestía un hábito hecho jirones y remendado.
Tenía todo el cuerpo cubierto de músculos y heridas; por su aspecto, habría sido más apropiado describirla como una matona que como una creyente.
—Cuánto tiempo, Obispa Belinda.
Giacomo habló tras tragar saliva.
Se habían visto varias veces para hacer negocios, pero siempre se sentía intimidado ante ella.
—¿A qué se debe todo esto? Hasta ahora creía que estábamos estableciendo una relación comercial bastante buena. ¿Estaba equivocado?
La mujer resopló con expresión feroz.
—Ja. ¿Una buena relación? ¡Qué sarta de tonterías!
Ante aquella atmósfera amenazante, los mercenarios se tensaron aún más.
—Dígame primero qué la trae aquí. No quisiera provocar un problema grave en este lugar. El tercer príncipe, su séquito y los Caballeros del Lobo están cerca.
—Que esto se convierta en un problema o no depende enteramente de tu respuesta.
—¿Mi respuesta? ¿A qué se refiere?
La expresión de Belinda se retorció de golpe.
—Escuche, señor comerciante. Nosotros somos unos ignorantes que vivimos ocultos en las sombras, así que no sabemos mucho de las normas del comercio.
—…
—Pero al menos hay una cosa que sabemos: cuando recibes una mercancía, tienes que pagar lo que vale.
Sus palabras desconcertaron bastante a Giacomo.
—Si se refiere al pago del té medicinal, ¿no lo saldé la última vez?
—Tendrías que habernos dado una letra de cambio que pudiéramos cobrar.
—Habíamos acordado que la tramitarían en el centro de distribución logística. ¿Acaso no les pagaron el importe de la letra?
La mejilla de Belinda se contrajo.
—Se empeñaron en verificar nuestra identidad con todo detalle.
—¿Por qué demonios?
—¿Cómo voy a saberlo? ¡Eso deberías saberlo tú! ¡Dijeron que el director de la sucursal había dado instrucciones especiales de pagar la letra de cambio 1 de la compañía Milo únicamente a personas cuya identidad estuviera plenamente acreditada! ¿No le habrás dicho algo que no debías?
Giacomo se quedó atónito por la impresión.
¿El director Schmidt? ¿Por qué, de repente?
Por supuesto, aquello había ocurrido por orden de Seong-jin, pero Giacomo no tenía manera de saberlo.
Se acarició la perilla, esforzándose por ocultar su nerviosismo.
—En ese caso, ¿no está también la familia Scarciapino? Recuerdo perfectamente que el joven señor se ofreció como aval de la letra de cambio. ¡Estoy seguro de que estarán dispuestos a pagar en mi nombre!
Al principio, antes de establecer una relación comercial directa, tanto la orden como la compañía Milo comerciaban a través del joven señor Ricardo. Incluso ahora, algunos productos seguían pasando por la intermediación de la compañía fantasma que este había creado.
Sin embargo, apenas terminó de hablar, la actitud de Belinda se volvió aún más agresiva.
—¡Sí, perfecto! ¡Precisamente también quería hablar de eso! ¿Por qué demonios atacaste a Ricardo?
—¿Qué…?
Por un instante, Giacomo se quedó completamente desconcertado.
—¿Qué quiere decir con…?
—¿Me estás tomando el pelo? ¡Atacaste al joven señor y dejaste allí el emblema de nuestra orden! ¿No pretendías jodernos a él y a nosotros al mismo tiempo?
—¡¿…?!
—Aquel medallón salió de uno de nuestros establecimientos, sin duda. ¿Quién, aparte de ti, podría haber hecho algo así? ¡Por tu culpa, los inquisidores están alborotando aún más en nuestro territorio últimamente!
Por supuesto, aquello también había sido obra de Seong-jin.
En cualquier caso, Giacomo, que desconocía lo sucedido, comprendió que las cosas se estaban torciendo seriamente.
Mientras abría y cerraba la boca con el rostro lívido, la obispa de la diócesis alzó todavía más la voz.
—¿Qué demonios pretendes con todo esto? Ahora que puedes gestionar los establecimientos por tu cuenta, ¿quieres involucrar a la Iglesia para librarte de tu incómoda relación con nuestra culto?
Giacomo sintió que todo le daba vueltas.
¿Por qué las cosas habían llegado de pronto a semejante extremo?
Entretanto, la obispa seguía presionándolo.
—El arzobispo de la Penitencia se enfureció al enterarse. ¡Ordenó que, si no pagabas de inmediato, te entregáramos personalmente ese [árbol de la penitencia]!
Apenas terminó de hablar, varios fieles de la Penitencia se adelantaron cargando algo parecido a una enorme vasija.
Era casi del tamaño de un torso humano. Estaba llena de tierra negra, por lo que también parecía una maceta. Su superficie estaba decorada con ominosos motivos de distintos colores.
—[¡Maldición! ¡Impide que germine, Giacomo! ¡Ese es el árbol del mundo demoníaco! ¡Es una semilla maldita capaz de atrapar incluso a las almas!]
En ese momento, resonó en su cabeza el grito desesperado de Sallos.
—“¿Que impida que germine? ¿Cómo?”
—[¡No permitas que la sangre toque la semilla de ese árbol demoníaco bajo ninguna circunstancia!]
—“¿Sangre?”
Cuando los fieles de la Penitencia dejaron la vasija frente a Belinda, ella sacó una pequeña daga de entre sus ropas y esbozó una sonrisa siniestra.
—Bien, responde, Giacomo. ¿Vas a pagar ahora mismo?
—¡E-espere! ¡Pagaré! ¡Pagaré, así que, si me concede un poco de tiempo…!
—¿Tiempo?
—Así es. ¡No iba a llevar semejante suma conmigo en un viaje comercial! En cuanto termine este viaje, tramitaré personalmente el cheuque en Regina…
—¿Quieres que espere hasta entonces?
—¡O, si no, al menos hasta que lleguemos al territorio de Sigsmund! ¡Conseguiré el dinero allí como sea!
Cuanto más hablaba Giacomo, más fría se volvía la mirada de la Obispa.
—…
—¿Podría tener la amabilidad de comprender mi situación?
Ella torció los labios y soltó una risa escalofriante.
—¡Maldito apóstata de mierda! ¡Sabía que no debía confiar en ustedes!
¡Zas!
La sangre caliente brotó de la mano con la que había aferrado con fuerza la hoja de la daga.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
—[Lee Seong-jin, ¿no notas una energía inquietante por aquí cerca?]
Seong-jin estaba meditando antes de dormir cuando el rey demonio lo llamó de repente.
—“¿Una energía inquietante?”
—[Sí. La energía demoníaca es tenue, pero hay algo extraño.]
Seong-jin agudizó por un momento su percepción, pero no notó nada fuera de lo normal.
Mientras ladeaba la cabeza, perplejo…
—[¿Eh? ¿Qué es esto? ¡Lee Seong-jin! ¡Ten cuidado! ¡De repente, la energía demoníaca…!]
Antes de que pudiera terminar de hablar…
¡Bum!
Una enorme onda de choque sacudió de pronto todo el carruaje.
«¿Eh?».
Sobresaltado, Seong-jin abrió rápidamente la puerta y saltó fuera. Justo entonces, Masain y el caballero Valery corrían hacia él.
—¡Su Alteza! ¡Primero, póngase a salvo!
—¿Lord Masain? ¿Qué demonios está pasando?
—¡Yo tampoco lo sé! ¡Parece que ha ocurrido algún incidente en el campamento de la compañía Milo!
¿La compañía Milo?
Valery añadió desde su lado:
—¡Hay algo muy extraño, Su Alteza! La energía demoníaca ha aumentado de repente de forma explosiva. Me temo que podrían haber invocado a un demonio…
Fue justo entonces.
¡Kiaaaaaah!
Un sonido agudo y grotesco resonó desde algún lugar, estremeciendo el fresco aire nocturno.
Era como el alarido de algo que aullaba desde las profundidades del infierno, algo que, sin duda, no era humano, sino una presencia maligna.
Mientras todos en el campamento contenían el aliento, aterrados…
¡Kiaaaaaaaah!
Aquel sonido ominoso volvió a resonar. Provenía claramente de la dirección en la que se encontraba la compañía mercantil Milo.
—¡Oh, Dios Primordial…! —Masain, que se había quedado boquiabierto, murmuró con el rostro pálido— ¡Sabía que esto iba a pasar! Ya me parecía que estos últimos días habían sido demasiado tranquilos.
Entonces se volvió hacia Seong-jin, que escuchaba el sonido con una expresión llena de curiosidad, ¡y le preguntó lo siguiente!
—Entonces, ¿qué ha hecho esta vez, Su Alteza?
—… ¿Qué?
Aquella pregunta repentina dejó a Seong-jin completamente desconcertado.
¡No! ¡Me estás acusando injustamente, lord Masain!
¡Esta vez de verdad no he hecho nada! ¡Lo juro!
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