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Todos sus órganos internos parecían arder. Un torrente abrasador brotó de su corazón, se precipitó hacia las extremidades y, desde allí, volvió a descender hasta el corazón, para luego ascender con violencia hacia el cerebro.
Bai Sheng intentó incorporarse, pero ya no tenía control sobre su cuerpo. Alcanzó a escuchar, como desde una gran distancia, la voz fría de Rong Qi que resonaba en el aire:
—El cuerpo humano no puede absorber tanta energía. Estás cortejando a la muerte…
—¿Papá? ¿Qué absorbiste? —Yang Xiaodao gritaba desesperado—. ¡Escúpelo, rápido!
—Toda una energía de nivel S —respondió Rong Qi con tono glacial—. Incluso mi cuerpo tardaría siglos en digerirla.
El ser lo miró en medio de los escombros y suspiró con desdén:
—Un mortal como tú tiene suerte de no estallar de inmediato. Tus genes se desintegrarán en cuestión de minutos.
No consideró necesario gastar más palabras con quien ya estaba condenado. Levantó entonces la mano, abriendo los dedos lo más que pudo. Enseguida, cientos de luces azules, brillantes, grandes y pequeñas, comenzaron a surgir de entre las ruinas del edificio, como fuegos fatuos magníficos y misteriosos que iluminaron medio cielo nocturno.
¡Eran todas Fuentes de Evolución!
—¡Tantos meteoritos! —Yang Xiaodao abrió los ojos con asombro—. ¿Qué están haciendo…?
—Corre… —susurró Bai Sheng.
El muchacho quedó atónito. La visión de Bai Sheng se oscurecía bajo el dolor insoportable que lo corroía hasta los huesos. Cada palabra que pronunciaba parecía arrancada a la fuerza de entre sus dientes apretados:
—…Llévate a Margot contigo. Corre lo más lejos que puedas…
Yang Xiaodao siguió la dirección que él le señalaba y, con sorpresa, descubrió una figura atrapada bajo los escombros en la distancia. Encajonada en un espacio triangular sostenido por barras de acero, era imposible percibirla sin una observación minuciosa. ¡Era la gran inspectora Margot!
—¿Y tú? —preguntó incrédulo.
—¡Vete! —rugió Bai Sheng.
El joven, mirando el cielo repleto de Fuentes de Evolución, comprendió al instante lo que Bai Sheng intentaba hacer. No había tiempo que perder.
—¡Lo sé! ¡Ten cuidado! —replicó con firmeza.
De un salto, salió disparado como una flecha y levantó a Margot sin detenerse siquiera a comprobar su pulso. Corrió a toda velocidad hasta desaparecer en la noche.
En ese mismo instante, las innumerables Fuentes de Evolución se fusionaron en una esfera de luz deslumbrante, sin precedentes, como un cometa artificial que ascendía al cielo con una cola luminosa que iluminaba hasta el último rincón de las nubes.
Estallaría en lo alto, extendiéndose por todo el planeta a través de la atmósfera.
A diferencia del impacto aleatorio de un meteorito ocurrido cinco años atrás, esta radiación en polvo de altísima intensidad era mortal y universal, capaz de impregnar la atmósfera durante días. Al salir el sol, la raza evolucionada crecería de apenas cien mil individuos a decenas de millones, quizá incluso a cien millones. Tal magnitud les otorgaría la supremacía, y el rumbo de la biología terrestre cambiaría para siempre.
—Es una lástima que no veas el sol de mañana —murmuró Rong Qi con una sonrisa amarga—, humano de nivel S.
De pronto, su expresión se congeló.
En la azotea del edificio en ruinas, Bai Sheng había conseguido ponerse de pie. Con una mano se aferraba a la clavícula izquierda, y con la otra, rígida como un arco de hierro, contenía una luz pura y condensada que giraba con violencia en su palma como un huracán: la Ley de la Causalidad.
Durante un instante, Rong Qi apenas pudo creer lo que veía.
Aquella dosis letal de radiación bastaba para desgarrar el ADN humano incontables veces. ¿Lo había absorbido todo? ¿Cómo era posible? Aquello era la Tierra: ¡un físico tan avanzado no debería existir entre los humanos!
Un segundo más tarde habría sido demasiado tarde. Rong Qi lo sabía. Su experiencia en otros mundos, donde había presenciado la Ley de la Causalidad más de una vez, lo convenció: esa sería su última oportunidad.
Se cortó la mano izquierda de un tajo. La sangre brotó y la extremidad amputada cayó como una flecha dentro de una grieta profunda que se abrió bajo sus pies: un desgarrón en el espacio mismo.
La mano cercenada desapareció en la grieta justo en el instante en que la Ley de la Causalidad estalló.
El universo pareció enmudecer. Una luz clara y resplandeciente cubrió el cielo, borrando a Rong Qi en un abrir y cerrar de ojos.
Y, tal como Bai Sheng había previsto, la Ley de la Causalidad, sin el amparo de la Suerte, se expandió de manera descontrolada, aniquilando todo a su paso con una violencia indiscriminada en un radio de tres mil metros.
Si se hubiera grabado con una cámara, habría sido una escena impactante, pocas veces vista.
La Fuente de Evolución irrumpió en la atmósfera, emitiendo miles de millones de tenues puntos de luz azul, y colisionó con la Ley de la Causalidad con una brutalidad sin precedentes. Por un lado estaba el arma defectuosa, la Ley de la Causalidad; por el otro, el meteorito que la había traído a la Tierra. Estos dos portadores de energía, igualmente poderosos, crearon una explosión cósmica: un torrente de energía barrió el cielo como un brillante viento estelar, haciendo que personas a cientos de kilómetros de distancia creyeran presenciar la aurora.
En medio de ese espectáculo magnífico, un pequeño número de meteoritos escapó del dominio de la Ley de la Causalidad, elevándose hasta gran altitud, arrastrados por el vórtice.
Pero estaban fuera del control humano. A esa altura y distancia, ni siquiera los dioses podían evitarlo.
Bajo aquel cielo deslumbrante, Bai Sheng se desplomó de rodillas. Su evolución secundaria había desgarrado al límite los tres mil millones de pares de bases de su cuerpo; sus retinas se habían vuelto blancas por la energía del meteorito.
Perdió por completo los cinco sentidos: la vista, el oído, el olfato e incluso el tacto. Su noción del tiempo se desvaneció. Por un instante, pareció haberse convertido en un ser de una dimensión superior, vagando por las galaxias con la energía del universo y contemplando la Tierra desde lo alto, a través de los meteoritos que escapaban de la atmósfera. Tras un lapso indeterminado, las almas de incontables dimensiones se reunieron de nuevo, regresando poco a poco a este cuerpo.
El dolor retrocedió como una marea, reemplazado por un agotamiento infinito. El olor de la tierra bajo sus pies se volvió de repente especialmente claro.
El sonido de aviones de combate aterrizando se acercaba desde lejos, y el clamor de voces, junto con los haces de linternas, se filtraba como a través de aguas profundas.
—…Las colinas de por aquí han desaparecido…
—El edificio de la Sede Internacional también ha desaparecido por completo. Oye, ¿quedan algunos ladrillos por ahí…?
—¿Dónde están? ¿Papá? ¡Papá, dónde estás?!
—¡Inspector Shen! ¡Inspector Shen, más despacio…!
Un torbellino de gente corriendo se aproximaba rápidamente. Bai Sheng lo percibió e intentó incorporarse con una mano, pero antes de lograrlo, una presencia familiar lo abrazó con fuerza.
—No te muevas, no te muevas. No pasa nada—. Shen Zhuo se arrodilló sobre una rodilla, soportando todo el peso de Bai Sheng. Su voz era tensa pero firme—. No te muevas por ahora. Ten cuidado de no hacerte daño.
El suelo vibraba levemente bajo los pasos que llegaban de todas direcciones.
—¡Papá! ¡Papá! —gritó Yang Xiaodao con alegría.
—¡Hermano Bai! ¡Hermano Bai! —exclamó Antonio con júbilo.
El clamor de voces y el destello de linternas llenaron al instante el vacío que alguna vez había sido el edificio de la Administración Internacional.
Pero nada de eso importaba a Bai Sheng. Abrazó con fuerza a Shen Zhuo, hundiendo el rostro en su cuello, absorbiendo con avidez su aliento. Tras un largo instante, logró reunir un poco de fuerza y pronunció con voz ronca:
—…Rong Qi convirtió la Fuente de Evolución en polvo radioactivo. Parece que parte se ha dispersado en la atmósfera con el viento…
—Está bien, lo sé —susurró Shen Zhuo, acariciándole el cabello empapado de sudor—. El equipo de vigilancia acaba de medir la radiación en la atmósfera. Es mucho mejor de lo que estimábamos: solo se filtró el uno por ciento.
Pero Rong Qi, ese hombre ambicioso, había aspirado claramente a una evolución global. Incluso si la Ley de la Causalidad eliminó el noventa y nueve por ciento, ¿cuántos evolucionados podrían surgir de esa mínima filtración?
Al pensarlo, la sangre y el qi de Bai Sheng se agitaron; sus poderes aumentaron de forma incontrolable, casi haciéndolo incorporarse de un salto.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —clamaban alrededor.
—¡Cuidado!
—¡Hermano Bai, cuidado!
—Yo… —Bai Sheng se agarró con fuerza la clavícula izquierda, y entre dientes apretados dijo—: Me duele… me duele…
La expresión de Shen Zhuo cambió al instante. Con una mano sostuvo firmemente a Bai Sheng, mientras que con la otra, sin dudar, le abrió la camisa, arrancando dos botones de golpe para mirar más de cerca.
A la luz de las linternas, bajo la esculpida clavícula de Bai Sheng, donde debería haber una sola marca de grado S, ahora había dos.
Una doble S única en el mundo.
Un silencio absoluto envolvió el claro. Todos los presentes, incrédulos, sintieron el impulso de frotarse los ojos.
—¿Qué es esto, Bai Sheng? —La voz de Shen Zhuo se quebró—. ¡¿Qué te acaba de pasar?!
—Yo… —apenas alcanzó a decir.
En cuanto abrió la boca, un aura de meteorito emanó de sus siete orificios. Sus superpoderes eran demasiado abrumadores para reprimirlos.
—Creo que… accidentalmente… le robé a Rong Qi su…
—¡¿Le robaste qué?! —exclamó Shen Zhuo.
Antes de que pudiera continuar, sus poderes estallaron. Bai Sheng se arqueó hacia atrás sin control.
Una deslumbrante luz de meteorito brotó en un patrón circular bajo sus pies. Bajo el magnífico cielo nocturno, se transformó en un inmenso y aterrador rey lobo. Su aullido se extendió como un huracán, arrasando con todo y lanzando a todos por los aires en un abrir y cerrar de ojos.
Superpoder de nivel S: Tirano 2.0.
Habilidad de represión destructiva.
En el nivel I, al activarse aparece tras el usuario la proyección acompañante del lobo rey. Los evolucionados alcanzados por el aullido retroceden de inmediato al estado humano; la duración de la regresión varía entre 1 y 24 horas según el rango.
En el nivel II, se activa además la habilidad de mimetización: el usuario adopta la forma de un lobo rey gigante. El poder destructivo se incrementa de manera exponencial y, debido a la ferocidad extrema del estado, es inmune a todo ataque psíquico.
Tiempo de enfriamiento: 24 horas.
Eso no era un rey lobo en absoluto, sino una figura demoníaca invocada del infierno.
Bajo la vasta noche, sus ojos brillaban de un rojo oscuro, como fuegos fatuos. Su cuerpo se alzaba más de diez pisos, y su espeso y oscuro pelaje absorbía toda la luz circundante, reflejando incluso un resplandor fantasmal bajo una linterna táctica. Su hocico agrietado dejaba ver un abismo sangriento de carne. Los colmillos se entrecruzaban y curvaban, como horribles púas de acero que se levantaban sobre aquel abismo.
—¿Qué demonios es esto?— un inspector se desplomó en el suelo, temblando mientras retrocedía un paso—. ¡¿Qué demonios es esto?!
Con un sonido agudo y cortante, las cuatro garras del rey lobo se desprendieron de sus extremidades delanteras, hundiéndose al instante en el suelo como largas espadas. Bajó la cabeza y rugió con un estruendo ensordecedor hacia todos.
—¡Rápido, corre! —las fauces del abismo se cernían sobre él, y Antonio despertó como de un sueño—. ¡Ha perdido la cabeza, no reconoce a nadie! ¡Corre!
Pero no había tiempo para huir: la llegada del Tirano había paralizado los superpoderes de todos. Era imposible escapar a pie de una bestia tan infernal. El lobo golpeó el aire con sus garras, enviando una ráfaga de energía que atravesó el suelo. Todos salieron despedidos por los aires involuntariamente; incluso helicópteros de ataque a distancia se estrellaron contra ellos en medio de los temblores.
Con un golpe sordo, Shen Zhuo se estrelló contra Antonio, haciéndolos caer al suelo.
No había tiempo para disculparse. Antes de que Shen Zhuo pudiera levantarse, alzó la vista y se encontró con los oscuros ojos carmesí del rey lobo, fijos en ellos y completamente ajenos a los demás evolucionados cercanos. Un instante después, un rayo furioso se precipitó contra Antonio con una garra. Sin emitir sonido alguno, el Clase S salió volando y se estrelló contra la puerta del helicóptero.
¡Clang!
Entonces, con un rápido golpe de su pata delantera, el lobo gigante inmovilizó a Shen Zhuo contra el suelo.
—¡Juu… juu…!
El rey lobo bajó la cabeza, olfateando con avidez al humano bajo sus garras.
No sabía qué pretendía, pero un deseo instintivo y ardiente recorrió su cuerpo, ansioso por dejar alguna marca, por lamer a su presa, incluso por devorarla entera, por reclamarla como suya.
—Bai… Bai Sheng… —dijo Shen Zhuo, casi asfixiado por la inmensa presión—. Para… soy yo, suéltame…
Un siseo bajo e insoportable emanó de la poderosa boca del rey lobo.
—¡Me estás ahogando, Bai Sheng! —Shen Zhuo forcejeaba con todas sus fuerzas, en vano—. ¡Soy yo! ¡Suéltame!
En el instante en que la reprimenda llegó, como si despertara algún instinto latente, el rey lobo aflojó su agarre.
Pero antes de que Shen Zhuo pudiera incorporarse, los besos del lobo, como una tormenta de viento y lluvia, lo derribaron de nuevo. La bestia, abrumadoramente poderosa, lo cortejó con toda su fuerza. Su pelaje lo rozaba, su aliento abrasador lo envolvía. En el caos, lo empujó hasta hacerlo tropezar varios pasos. Incluso con su lujuria incontrolable, quería engullirlo de pies a cabeza en su boca.
—Bai Sheng, Bai Sheng, escúchame —Shen Zhuo, sin abrigo y con la camisa desordenada, luchaba con todas sus fuerzas—. Está bien… cálmate y transfórmate de nuevo. Cálmate…
A pesar de sus intentos, solo consiguió sujetar un lado de la cabeza del lobo. Sus fríos labios temblaban al verse obligado a besar repetidamente el borde de la poderosa mandíbula.
—¿Puedes quitarme el poder, Bai Sheng? ¿No recuerdas quién soy?
Quizá aquella intimidad forzada surtió efecto, pues el rey lobo comenzó a calmarse. Bajo las miradas temerosas que lo rodeaban, sus ojos inyectados en sangre se fijaron en Shen Zhuo.
Al instante siguiente, el poder del Tirano desapareció. Las garras se retrajeron, el pelaje se disipó y la feroz bestia volvió a ser un humano. Bai Sheng permaneció en el claro, desconcertado y exhausto. La sensación de pérdida de control tras la primera activación de sus poderes se desvaneció con rapidez; se tambaleó hacia adelante y se desplomó en los brazos de Shen Zhuo, casi derribándolo.
—Yo… me sentí… no del todo humano…
La alarma se levantó al fin y los inspectores, aún aterrados, lograron incorporarse.
—¿Está todo bien? —el miedo persistía mientras la gente se reunía a lo lejos—. Hermano Bai, ¿no estarás cambiando otra vez?
—¡¿Qué demonios acaba de pasar?!
—Sí, es cierto —en medio del clamor, Shen Zhuo sostuvo con firmeza a Bai Sheng. Su corazón latía con fuerza y rio suavemente junto a su oído—. El Tirano ha combinado la habilidad de mimetismo. Te acabas de transformar en una bestia.
Bai Sheng preguntó, aturdido:
—¿En qué me he convertido?
—No lo vi con claridad —respondió Shen Zhuo, sonriendo—. En un slime gigante (4), supongo.
Bai Sheng soltó una risa entrecortada y, agotado, cerró los ojos mientras lo abrazaba con fuerza.
La segunda evolución había intensificado claramente su verdadera naturaleza, aquella que intentaba contener. Incluso después de eliminar el mimetismo, el instinto tiránico no había desaparecido por completo.
O mejor dicho, ya no podía ocultarse con la misma facilidad y despreocupación de antes.
—Voy a dormir un rato. No te vayas —dijo con voz ronca, cerrando los ojos—. Si te vuelvo a ver con alguien más, yo… yo… yo…
La somnolencia lo arrastró hacia las profundidades del sueño.
—…Los mataré a todos —murmuró inconscientemente, quedándose dormido sobre el hombro de Shen Zhuo.
(4)”En un slime gigante”.- Es un ser gelatinoso, amorfo, como una gran masa de baba o gel.