Durante los primeros días bajo el efecto de la aguja de hueso, Yu Qing solía experimentar unas sensaciones extrañas.
Por ejemplo, el día que sonaron las campanas de noviembre, estaba de pie en su apartamento con el teléfono en la mano. La pantalla mostraba su conversación con La Impermanencia; los dos últimos mensajes databan de hacía cuatro días.
Uno era una foto.
Por las prisas con las que se había tomado, el rostro de La Impermanencia se veía algo borroso, y su cabello blanco de fantasma vengativo ocupaba la mayor parte de la imagen. La luz era escasa y el ángulo tan extraño que las sombras de su cabello le tapaban casi por completo los ojos y la expresión.
Seguramente estaría sonriendo…
Pero, la verdad, no se lograba distinguir bien.
El otro mensaje quedó a medias; lo había enviado por error antes de terminarlo, y solo decía:
«Esta noche tal vez»
La razón por la que lo envió sin terminar fue porque, en ese preciso momento, Yu Qing ya estaba de pie junto a la puerta de aquel ático.
Había visto con sus propios ojos cómo La Impermanencia desgarraba las heridas de su cuerpo que ya estaban a punto de cicatrizar, con una destreza que delataba que lo había hecho muchas veces. Luego, al alzar el móvil para tomar la foto, sonrió ante la cámara arqueando los ojos, pero apenas bajó el teléfono, la sonrisa se le borró al instante.
Casi nunca había visto a un La Impermanencia así; a solas, lejos del objetivo de la cámara, su rostro era tan… inexpresivo.
Por eso, aunque el mensaje quedó a medias, Yu Qing pudo adivinar la segunda mitad, que probablemente no difería mucho de lo que le había escrito días atrás:
Como mi estado de fantasma vengativo tarda mucho en disiparse, como he masacrado demasiados fantasmas últimamente y tengo demasiada sed de sangre, y como temo perder el control y lastimarte sin querer, entonces…
«Esta noche tal vez no pueda ir a buscarte.»
Aquel día, junto a la puerta del ático, La Impermanencia lo sostuvo de la mano por mucho tiempo sin soltarlo. Al ver cómo la sangre no dejaba de gotear de los dedos del otro, por un instante, Yu Qing tuvo muchas ganas de decirle: «Si no quieres venir a buscarme, puedes decírmelo directamente».
Incluso quiso añadir que él no era de los que se aferran o insisten, y que si la idea era mentirle, en realidad no hacía falta llegar a esos extremos.
Pero tal vez porque los dedos de La Impermanencia lo apretaban con demasiada fuerza, porque había muy poca luz y el aire entre ambos era asfixiante… Temiendo herirlo, solo movió los labios y, al final, se tragó sus palabras.
Siempre había sido alguien frío; en realidad, no tenía ninguna experiencia con esos sentimientos tan impulsivos y abrumadores.
No sabía por qué en ese instante había sentido tantas ganas de decir cosas hirientes, ni tampoco por qué al final no las había dicho. Simplemente se quedó mirándolo con el rostro impasible, viendo cómo sus heridas iban cicatrizando de nuevo.
Así como tampoco sabía que esa compleja y caótica emoción de aquella noche era en realidad una mezcla de preocupación y enojo, tan fácil de confundir con un simple enfado.
Cuando alguien te importa, a menudo es así, sin reglas ni lógica.
En realidad, aquella tarde, antes del gran aguacero, Yu Qing, con el ceño fruncido y la mirada clavada en la pantalla de su teléfono, tenía la intención de responderle a La Impermanencia.
Pero llevaba días sin dirigirle la palabra, así que, con los dedos suspendidos sobre el teclado, dudó, atrapado en su propia terquedad.
Fue en esa fracción de segundo de duda cuando una ráfaga de aire otoñal se coló por la ventana abierta de par en par, barriendo la habitación sin contemplaciones. Las cortinas de gasa blanca se ondularon a su lado, y creyó escuchar, de la nada, el leve tic-tac de los engranajes de un reloj.
Y en ese instante de distracción, sintió un repentino vacío en el pecho.
Poco después, las campanas nocturnas de noviembre resonaron por toda la ciudad isleña. Salió de su ensimismamiento con el sonido de las campanas y giró la cabeza hacia la ventana.
Sin darse cuenta, la noche había caído, y miles de luces se encendieron en la ciudad isleña. Tras las campanas llegó el aguacero, y el inmenso ventanal se cubrió al instante de una fina capa de vapor.
Cuando apartó la mirada y volvió a mirar el móvil, de repente ya no sabía qué era lo que quería decirle.
Deslizó el dedo por la pantalla sin querer, y entre los dos últimos mensajes, la foto borrosa de La Impermanencia volvió a captar su atención.
Y así, volvió a recordar la madrugada de días atrás. Resultaba curioso que lo que le venía a la mente una y otra vez no fuera la sangre corriendo por las muñecas del otro ni el acto de abrirse las heridas repetidamente, sino la línea recta de sus labios y su expresión vacía al bajar el teléfono después de tomar la foto.
De pronto, se dio cuenta de que ya no podía sentir esa avalancha de emociones de aquella noche; solo le quedaba un atisbo de molestia, tan leve que casi podía ignorarla.
Como mirar las luces difusas y parpadeantes de la ciudad isleña a través de un cristal empañado por la lluvia.
Cuando el dios fantasmal Hua Pi llegó a la ciudad isleña, solo tenía 15 años. Ahora acababa de cumplir los 19; aunque había visto mucho, carecía de experiencia emocional. Durante mucho tiempo no supo cómo definir ni lidiar con ese sentimiento de vacío y frialdad.
Pero poco a poco se fue acostumbrando. Al fin y al cabo, antes de conocer a La Impermanencia, él ya era así.
Él siempre había sido así.
En los siguientes dos meses… o tal vez fueron dos, no había prestado mucha atención al tiempo y no lo recordaba bien. Solo recordaba que, hasta que empezó a usar con frecuencia aquel suéter blanco y “esponjoso”, y hasta que la lluvia de la ciudad isleña trajo consigo la fina nieve del invierno, La Impermanencia no volvió a buscarlo para devolverle los fragmentos de alma perdidos.
Y como él no venía, Yu Qing tampoco estaba dispuesto a preguntar.
No sabía si era por puro orgullo o por otra cosa, pero solo pensaba en ello de vez en cuando; no se podía decir que le importara o le doliera.
Simplemente se acordaba.
Para un dios como él, los devotos no eran multitud, pero siempre había alguien. Si quería, podía mantenerse ocupado todos los días.
Y así lo hizo. A menudo cruzaba por delante de la tienda de conveniencia al salir, solo que hacía mucho tiempo que no entraba, ya que realmente no necesitaba nada de allí.
En una ocasión, el entrometido del dueño se atrevió a agarrarlo cuando pasaba y le preguntó: —¿Eh? ¿Qué te ha pasado últimamente?
Yu Qing se detuvo, frunciendo el ceño, desconcertado: —¿Qué me pasa, de qué?
El dueño se señaló el entrecejo y dijo con una sonrisa nerviosa: —No sé, es que te veo siempre con esa cara tan seria, frunciendo el ceño.
Dando mucho miedo.
—¿Te ha pasado algo? —Quizás el dueño lo preguntaba por genuina preocupación, pero dada la impresión de chismoso que siempre le había dado a Yu Qing, este solo pensó que era curiosidad morbosa.
Yu Qing respondió con un tono frío y extrañado: —Yo siempre he sido así.
El dueño: …
El dueño soltó una risa seca: —Sí, sí, claro, solo preguntaba.
Yu Qing no se molestó en decirle más; reanudó la marcha y en un abrir y cerrar de ojos desapareció entre la marea de gente de la ciudad isleña.
Por eso no vio cómo, tras su partida, el dueño de la tienda chasqueaba la lengua sintiéndose tonto y murmuraba, negando con la cabeza: —Y que lo digas, la verdad es que sí. Siempre había sido así; solo hace un tiempo parecía que había cambiado.
Ese “hace un tiempo” era ya historia antigua. Según sus observaciones, llevaba mucho tiempo sin ver en aquel joven esa chispa de vitalidad que había mostrado antes.
Chasqueó la lengua un par de veces y se burló de sí mismo: —Fui un bocazas por preguntar.
Tal y como había dicho el propio joven, simplemente había vuelto a su antigua actitud de ignorar todo lo que lo rodeaba. A lo sumo… ahora parecía aún más frío e inaccesible, al punto que el dueño de la tienda, quien creía que “podía intercambiar un par de palabras” con él, solo se había atrevido a tomar la iniciativa esa única vez durante todo este tiempo.
Más adelante, quizás para evitar que el excesivamente entusiasta dueño intentara entablar conversación, Yu Qing dejó de salir por la puerta principal del edificio y ya no pasó más por delante de la tienda.
Como solía hacer La Impermanencia, ahora caminaba por los tejados de diferentes alturas. Y antes de saltar a esos tejados, siempre pasaba por aquel ventanal fuera de su propio apartamento. Ese borde era en realidad muy estrecho; apenas había espacio para pararse, costaba creer que alguien hubiera podido pasar allí casi un día entero.
Pero claro, ese alguien que podía pasar un día entero fuera de la ventana hacía mucho que no se asomaba por allí.
Y así transcurrió medio mes más.
Hasta que un día, a finales de enero, las campanas de la ciudad isleña volvieron a sonar. Cuando la lluvia torrencial empezó a caer, Yu Qing acababa de conceder un deseo a un fiel y se encontraba de pie sobre el tejado de un alto edificio.
Ese tejado era realmente muy alto. Desde su posición, al levantar la vista, podía ver que la ciudad isleña se extendía a lo largo como una línea de luces tan larga que casi no tenía fin.
La última vez que había visto aquellas luces bajo una lluvia tan intensa fue en su segundo año en la ciudad isleña. En el otoño o el invierno de aquel año, alguien en cuclillas sobre el marco de su ventana le extendió la mano, invitándolo a caminar y explorar a lo largo de esa infinita línea de luces.
A pesar de su total rechazo inicial, terminó saltando por la ventana.
De hecho, esa noche solo había cumplido el deseo de un devoto, y las emociones que este le había transmitido se habían disipado mucho antes de abandonar aquel edificio residencial; no dejarían secuela alguna en él.
Además, ya contaba con mucha experiencia. Incluso si en una noche tuviera que acudir a tres lugares diferentes y usar más pieles, ya no experimentaría esas emociones incontrolables ni esos impulsos que no sabía cómo manejar.
Él siempre era muy lúcido, siempre muy tranquilo.
Por eso, en ese momento en realidad no le pesaba ninguna preocupación ni emoción intensa; ni siquiera se le había cruzado por la cabeza la idea de querer hacer algo.
Pero cuando se dio cuenta, ya estaba de pie frente a la casa de La Impermanencia.
Aquel patio seguía exactamente igual que el día que se había marchado furioso, hacía ya tanto tiempo.
Las flores y plantas crecían salvajemente como en primavera y verano; los peces del estanque habían desaparecido, seguramente se habían ido nadando en silencio, pero quién sabe cuándo habían llegado dos cangrejos nuevos. Y de hecho, uno de ellos estaba dando una voltereta apoyado en sus pinzas, tal y como había descrito exageradamente La Impermanencia aquella vez.
Solo que ya hacía mucho que nadie le tomaba fotos a esas cosas para compartírselas.
Yu Qing levantó la mirada hacia aquella casa tan familiar. En el primer piso, grandes cristaleras sustituían las paredes, desprovistas de cortinas, abiertas y sin nada que ocultar.
Pero la lluvia helada había dejado un rastro de rayas sobre el cristal, que parecían una red de grietas y desdibujaban todo el interior.
Aunque, la verdad, sin esas marcas tampoco se habría visto mucho; el dueño no estaba, las luces estaban apagadas y todo estaba a oscuras.
Durante los días de mayor intimidad, Yu Qing nunca tuvo que tocar a la puerta al llegar. Aunque La Impermanencia no estuviera, podía entrar directamente, subir hasta el tercer piso y llegar a ese ático de techo bajo.
Pocas veces tenía que esperar mucho.
Porque a través de una avalancha de mensajes, siempre sabía dónde estaba La Impermanencia, qué estaba haciendo y cuánto tardaría en volver.
Incluso recibía un montón de fotos: a quién le estaba dando el descanso eterno, qué tipo de fantasma estaba cazando o qué cosas raras había visto en su camino de ida o vuelta.
Pero en ese instante, de pie frente a aquella casa a oscuras, se le hacía muy difícil simplemente empujar la puerta y entrar, y tampoco tenía idea de cuándo regresaría su dueño.
Se quedó allí, envuelto en silencio bajo la lluvia mezclada con unos pocos copos de nieve, por un buen rato. Luego, subió al muro del patio y se alejó por la misma larga línea de luces por la que había llegado.
Llevaba mucho tiempo sumido en ese estado de frialdad e indiferencia, por lo que, lógicamente, en aquel momento no debería estar sintiendo dolor o tristeza.
…
En serio, no podía llamarse tristeza.
Solo que, en un momento dado, mientras observaba la escena, comprendió de repente la verdadera naturaleza de ese vacío que le había atravesado el pecho durante meses.
Al igual que, de golpe, entendió que el sobresalto que su corazón había dado en aquel largo y bochornoso verano, impulsado por una confusa ráfaga de deseo, se había extinguido sin pena ni gloria.
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