Cuando La Impermanencia se retiró hacia la ventana, Yu Qing dio un paso hacia él, como si quisiera seguirle.
La Impermanencia se detuvo y su mirada se posó en el cuello sangrante de Yu Qing.
Hacía mucho tiempo, al explicarle a Yu Qing en qué consistía su estado de fantasma vengativo, le había dicho que un entorno familiar y tranquilo le ayudaba a recuperar su estado normal más rápido, mientras que la sangre o los impulsos tenían el efecto contrario, estimulándolo.
Esa mirada de La Impermanencia pareció recordarle aquellas palabras a Yu Qing, por lo que frunció el ceño ligeramente y detuvo sus pasos.
La Impermanencia se puso la capucha que colgaba a su espalda y sus ojos quedaron ocultos por la sombra de esta y de su cabello. La tenue luz nocturna que se filtraba por la ventana solo iluminaba el puente de su nariz y sus labios. Curvó los labios en una sonrisa dirigida a Yu Qing y le dijo: —Te avisaré en cuanto vuelva a la normalidad, te lo prometo.
Dicho esto, saltó desde el alféizar y desapareció en la noche.
Aterrizó sobre el tejado de un edificio a lo lejos, mirando desde la distancia aquel inmenso ventanal. Tras un largo silencio, se dio la vuelta; la sonrisa ya se había borrado por completo de su rostro.
Al llegar a casa, La Impermanencia se encerró en el ático.
Se sentó encorvado en aquel sillón individual. A su lado estaba la ventana del ático; la luz del exterior proyectaba un recuadro luminoso en el suelo frente a él. Con el móvil en la mano, se quedó mirando distraídamente la sombra ilusoria de los altos edificios que se dibujaba dentro de aquel recuadro de luz.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que el teléfono vibró con un breve zumbido.
Volvió en sí de golpe, giró el móvil y vio una notificación de mensaje nuevo en la pantalla.
Dado que en ese teléfono solo había un contacto, no hacía falta decir de quién era el mensaje.
Desbloqueó la pantalla y vio que Yu Qing le preguntaba:
«¿Cómo estás?»
Y antes de que pudiera responder, llegó otro:
«¿Aún no te recuperas?»
La Impermanencia bajó la mirada hacia las heridas en sus puntos vitales, que ya casi estaban cerradas, y un instante después, con el rostro inexpresivo, las volvió a abrir de un tirón.
Su cabello se volvió blanco de inmediato, y la sangre de sus muñecas goteó por sus dedos caídos hasta el suelo, formando rápidamente un charco con un suave tintineo.
Giró la cámara del móvil, evitando que se viera el charco de sangre, se tomó una foto a la ligera y se la envió a Yu Qing. Luego, con su tono habitual y un toque de queja, le escribió: «Hoy está tardando muchísimo…»
Casi al instante llegó la respuesta del otro lado: «¿Por qué será?»
«No lo sé, tal vez porque hoy me crucé con muchos fantasmas.» La Impermanencia guardó un largo silencio antes de escribir la segunda mitad: «Ya me estoy quedando dormido de esperar.»
Tras enviar ese mensaje, no pudo contenerse y mandó otro: «¿Aún te sangra el corte del cuello?»
Poco después, llegaron dos mensajes de Yu Qing uno tras otro:
«Ya casi no se nota la herida.»
«Entonces vete a dormir directamente, yo también tengo mucho sueño.»
La Impermanencia se quedó mirando fijamente el primer mensaje por un largo rato; finalmente, pasó el pulgar por la foto de perfil de Yu Qing y murmuró con voz ronca: —Vaya, ya hasta aprendiste a mentir…
Él sabía mejor que nadie que había dejado esa herida a propósito. Quería que Yu Qing lo rechazara, que se mantuviera alejado de él; era imposible que desapareciera tan rápido.
Dejaría una cicatriz, al menos por un tiempo, que le recordaría a Yu Qing a cada instante el peligro y el terror de aquel momento.
Durante ese tiempo, aún se veían a diario. La única diferencia era que el tiempo que pasaban separados se iba alargando poco a poco, casi de forma imperceptible.
O quizás no tan imperceptible.
Porque una noche, mientras cruzaban la calle más bulliciosa de la ciudad isleña, Yu Qing soltó de repente, sin venir a cuento: —En realidad, tú no podrías devorarme.
En ese momento, los oídos de La Impermanencia eran un hervidero de ruidos, captando un sinfín de voces de la ciudad, pero logró distinguir claramente aquella frase.
Su cuerpo se tensó y frenó en seco, mirando a Yu Qing con sorpresa.
Para entonces, el otoño ya había llegado a la ciudad isleña; una lluvia fina y densa caía sobre las calles, levantando una niebla fría y húmeda.
Cosa rara en él, Yu Qing llevaba puesto un suéter ancho de punto con capucha. Los pliegues del cuello de la prenda ocultaban la leve marca en un costado de su cuello. A pesar de destacar en medio de la multitud, ignoraba por completo las miradas curiosas que atraía y solo se dirigió a quien caminaba a su lado: —Si intentaras devorarme, te lo impediría y te sometería; lo más probable es que yo te diera la paliza a ti.
La gente pasaba junto a ellos en un torbellino de ruido y movimiento. La Impermanencia se presionó el pendiente y estuvo a punto de soltar un instintivo: —¿Qué?
Pero lo cierto es que había escuchado perfectamente, así que solo movió los labios sin lograr articular ni una sola palabra.
Yu Qing se volvió hacia él y le dijo con total seriedad: —Por si eso es lo que te preocupa.
Por una fracción de segundo, todo el esfuerzo de La Impermanencia estuvo a punto de irse al garete.
Pero precisamente por eso, le resultaba imposible tolerar que alguien así se desvaneciera en el aire ante sus propios ojos.
Por eso, durante un breve período, La Impermanencia se encerró en su ático de techo bajo. Apoyado junto a la ventana, abría sus heridas vitales una y otra vez, mirando cómo las gotas de sangre formaban un charco rojo, viendo cómo su desordenado cabello pasaba de blanco a negro, y luego de nuevo a blanco.
A veces le enviaba una foto a Yu Qing, otras veces un video corto, usándolos como excusa para decirle que, de verdad… su recuperación estaba siendo extremadamente lenta.
Hasta que un día, estaba sentado encorvado en el sillón junto a la ventana.
Como tantas otras veces, justo antes de que su estado de fantasma vengativo desapareciera, en medio del silencio, volvió a rasgar esas heridas. Luego se limpió la sangre de los dedos, agarró el teléfono y, justo cuando iba a escribirle un mensaje a Yu Qing…
Apenas había tecleado un carácter cuando, de repente, escuchó la voz gélida de Yu Qing desde las sombras del ático.
Le dijo: —¿Así es como me mientes?
Seguramente fue porque, al rasgarse las heridas, el sonido de la sangre corriendo por sus venas era demasiado fuerte, demasiado ruidoso, resonando en sus oídos como tambores de guerra. Por eso no había escuchado los pasos ni la respiración de Yu Qing.
El teléfono se le cayó de las manos, pero antes de que este tocara el suelo cubierto de alfombra, ya se había teletransportado junto a la puerta, agarrando la mano de Yu Qing.
Quería decirle “en realidad no es así”, quería pedirle “no te vayas”. Su mente, inmersa en la locura, buscaba desesperadamente una excusa perfecta que justificara esa absurda distancia y todos aquellos engaños. Pero, de a poco, comprendió que en verdad no debía buscar excusas, ni siquiera debía hacerlo…
No podía contarle a Yu Qing la verdad.
Era como no deber despertar a un sonámbulo bruscamente.
En el instante en que lo sujetó con fuerza, la distancia entre los dos era ínfima, tanto que podían escuchar sus respiraciones entrecortadas, tan cerca que podían sentir claramente cómo algo se agitaba caóticamente entre ellos.
Qué extraño; cómo el momento de enamorarse y el de desmoronarse podían parecerse tanto.
Tras aquel día, Yu Qing se quedó observándolo fijamente hasta que salió de su estado de fantasma vengativo; luego, pasaron varios días sin que le dirigiera la palabra.
Pero esto no fue motivo para que el vínculo entre ellos se debilitara.
Más bien parecían una pareja que acaba de pelearse, atrapada en un breve pero tortuoso estado de terquedad y tensión. Esa molestia y esa terquedad, lejos de aliviar el desgaste del alma, lo empeoraron.
Al tercer día de recoger los fragmentos de alma que dejaba a su paso, La Impermanencia se dio cuenta por fin de que todas aquellas medidas no servían de nada.
Como uno de los dioses que más rumores había escuchado, siempre supo que, de hecho, existía una última opción.
La razón por la que había pospuesto tanto el usar ese método era porque, una vez lanzado, no habría vuelta atrás. Y en lo más profundo de su ser, con un egoísmo bastardo, todavía anhelaba que la mirada de Yu Qing se posara en él un par de días más.
Mucho, mucho tiempo después, muchos ignorarían que aquel reloj de bolsillo de esmeralda que el dios fantasmal Hua Pi adquirió en una subasta, en realidad había pertenecido a La Impermanencia desde mucho antes.
En aquel entonces, el reloj de bolsillo, de hecho, tenía dos agujas de hueso.
La aguja larga representaba el flujo constante de la vida. La aguja corta representaba los sentimientos que crecían en silencio.
Así como más adelante, bajo las ofrendas de La Impermanencia, esa aguja que representaba la vida podía dar marcha atrás una vuelta completa.
La aguja corta, en realidad, también podía dar marcha atrás.
Solo que, si la primera daba marcha atrás, significaba que la vida se prolongaba una vez más; pero si la segunda lo hacía, significaba que las emociones se irían desvaneciendo capa por capa, quedando selladas hasta volver a cero.
Ese día, La Impermanencia, sosteniendo en sus manos el fragmento de alma que había recogido, parecía estarse despidiendo de la persona que amaba.
Apoyado lánguidamente junto a la ventana, con la mirada perdida en la lluvia de la ciudad isleña, contemplaba el edificio más alto de la ciudad. Más allá del apartamento de la última planta, divisó aquel estrecho borde de alféizar.
El dueño del apartamento era un dios fantasmal encantador, que siempre le abría la ventana mientras se esforzaba por mantener su expresión gélida.
Él allí tenía privilegios…
O al menos, los había tenido hasta aquel día.
La Impermanencia se quedó mirando por la ventana durante casi todo el día, hasta que, al caer el atardecer, apartó la mirada de golpe. Sintió unas ganas enormes de llamar a Yu Qing, de decirle un montón de cosas, algunas de ellas bastante imbéciles.
Pero, al final, desistió de cometer semejante impulsividad; no quería parecer otra vez un bastardo provocador y caprichoso.
Depositó el fragmento del alma de Yu Qing en el reloj de bolsillo. Tras un largo y tenso silencio, alargó la mano para hacer retroceder la aguja corta. Justo cuando iba a llegar a cero, dudó una fracción de segundo…
Aún sentía que le pesaba demasiado.
Y en ese ínfimo instante en que se detuvo, la aguja corta se quedó clavada y se desmenuzó en cenizas.
Luego, al igual que las veces que se rasgaba y dejaba curar las heridas, trepó en silencio hasta el alféizar de aquel ventanal en lo más alto de la ciudad.
La ventana de la habitación estaba entornada, como siempre. La cortina blanca se levantaba con suavidad al capricho del viento y caía en silencio; en esos vaivenes, quedaba al descubierto el perfil de Yu Qing, que estaba en el interior.
Se encontraba cerca de la ventana, con la mirada baja y quieto, sosteniendo el teléfono en la mano; quién sabe qué estaría mirando.
Pero en ese móvil, solo existía la huella del otro.
El efecto del retroceso de la aguja de hueso del reloj de bolsillo se hizo evidente con claridad en aquel instante.
A través del cristal, La Impermanencia observó cómo Yu Qing pasaba de tener el ceño levemente fruncido por el fastidio a relajar el entrecejo, luego a la tranquilidad… y finalmente a la indiferencia.
Hasta que, por fin, se sumió en una calma absoluta.
Aquella aguja de hueso tan corta tenía un inconveniente terrible: una vez que se le daba marcha atrás, era muy difícil que volviera a moverse. Quedaría estancada para siempre en ese punto, atascada en ese bajo límite de afinidad, y por más impulsos o choques emocionales que hubiera, sería muy difícil sobrepasarlo.
Pero eso, a su vez, no dejaba de ser algo bueno, porque ya no tendría de qué preocuparse.
Al menos… ya no tendría de qué preocuparse.
La Impermanencia se sentó tranquilamente, apoyándose en una esquina del alféizar, como si se tratara de la primera tarde que visitaba aquel lugar.
De pronto, las campanas repicaron en la ciudad isleña; se sorprendió, dándose cuenta de golpe de que los largos, cálidos y húmedos días de verano habían quedado atrás, y en un parpadeo ya estaban en noviembre.
Se puso la capucha sobre la cabeza y saltó del alféizar.
En el instante en que el aguacero torrencial cayó, el brillante resplandor del día se hundió en la oscuridad de la noche.
Nota de la autora
Gracias por la espera, ¡buenas tardes! [Huella de gato] Esperen, no hay pérdida de memoria, eh, en realidad los sentimientos no se desvanecieron por completo hasta llegar a cero; los acaricio (dicho de rodillas).
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.