Este bosque en realidad no se consideraba un lugar seguro.
La espesa niebla albergaba las almas de quién sabe cuántas personas que aún no descansaban en paz.
El mapa turístico de la Montaña Pan jamás señaló este lugar. Ningún huésped común pondría un pie allí, e incluso los empleados del complejo turístico lo evitaban misteriosamente.
Incluso cuando el autobús turístico pasaba por la zona, el chofer pisaba el acelerador a fondo. Y si en alguna rara ocasión se veían forzados a detenerse en los límites del bosque por algún imprevisto, la cara del conductor era un poema de impaciencia; y en cuanto volvían a arrancar, levantaban una nube de polvo en su huida.
Nadie esperaba que una niña tontita lograra sobrevivir mucho tiempo en aquel lugar.
La anciana no hacía más que apostar.
Apostar a que el muñeco que le había dado a la niña no tenía clavos de plata ni hilos de lino, y que a las almas del bosque les aterrorizaban los muñecos.
En el bosque había una cabaña de madera, deshabitada desde hacía años. Su dueño original había desaparecido sin dejar rastro, y todo dentro olía a polvo, pero al menos servía para resguardarse del viento y la lluvia.
Al día siguiente de empujar a la niña al bosque, la anciana se llenó los bolsillos de comida y se adentró de nuevo en la espesura bajo la lluvia de medianoche. No se quedó más tiempo del necesario; simplemente ató bien la bolsa con todas sus fuerzas y la arrojó a la densa niebla del bosque.
El tercer día, el cuarto día, el quinto día…
Así transcurrieron los días.
Al principio, ella sentía mucha incertidumbre.
No sabía si la niña lograría encontrar la comida que lanzaba al bosque. Y, para evitar que los pájaros silvestres la picotearan, ataba el nudo de la bolsa de tela con mucha fuerza. No estaba segura de si la pequeña tontita podría desatarlo.
Tampoco sabía si… la niña seguía con vida.
Hasta que, diez días después, la anciana regresó como de costumbre bajo la lluvia. Justo cuando iba a lanzar la bolsa de tela al bosque, vio de repente que una pequeña sombra negra se movía en las profundidades de la niebla.
La anciana se llevó un susto. Como muchos en la Montaña Pan, le temía instintivamente a este bosque. Pensó en lanzar la bolsa apresuradamente y dar la vuelta, pero sintió que algo no cuadraba.
Porque la sombra era demasiado pequeña, como si fuera la misma niña acurrucada en la entrada de la montaña.
Con el corazón encogido de duda y temor, la anciana miró hacia la sombra negra.
Al segundo siguiente, la niña que solía aferrarse a su cuello durante el baño salió corriendo de entre la densa niebla.
La anciana, sosteniendo el farol, se quedó petrificada en el sitio. No reaccionó hasta que la niña le agarró el borde de la ropa.
Una amalgama de emociones se agitaba en el corazón de la anciana, pero como llevaba tanto tiempo sin sentir algo parecido, no sabía cómo expresarlo.
¿Era alegría y sorpresa?
Parecía que también había un poco de alivio y un miedo tardío.
Era extraño: el tiempo que llevaba conociendo a la niña no sumaba ni un mes, y apenas habían cruzado palabras, pero ya empezaba a preocuparse por ella profundamente.
Alguien dijo una vez que tal vez se debía a que en la ciudad isleña llovía constantemente a lo largo del año, y quién sabe qué llevaría esa agua de lluvia; los que pasaban allí mucho tiempo eran especialmente propensos a conmoverse.
Fáciles de llorar, fáciles de reír, propensos a la tristeza y también a la ira.
En comparación, las emociones de la niña eran mucho más escasas.
Lloraba en silencio cuando tenía miedo. Daba saltitos de alegría cuando estaba contenta, pero sin esbozar una sonrisa. Se sentaba dócilmente a esperar a que anocheciera, apoyada en el tronco de un árbol. También corría a aferrarse a la ropa de la anciana cuando esta le traía comida.
Pero aparte de eso, no había nada más. Era dócil y tierna como un pastel de arroz blanco, pero carecía de emociones más profundas e intensas.
Solo sabía esperar, no echar de menos.
La anciana no entendía por qué; simplemente asumía que era el resultado de su estupidez y simpleza innata.
Pero el dios fantasmal Hua Pi, que lo sentía todo, sabía que esto se debía a que la niña aún no estaba muerta; su vida humana fuera de la ciudad isleña aún no había terminado; pendía de un hilo.
Alguien no podía soltarla y esperaba con obstinación, usando todos los medios posibles, que regresara.
En los muchos años que habían transcurrido, de vez en cuando, personas que no estaban muertas entraban por error a la ciudad isleña por diversas razones: al borde de la muerte, en estado de shock o por un simple accidente.
Debido a que estas personas aún no pertenecían a la ciudad isleña, no podían —ni debían— establecer lazos emocionales demasiado profundos con la ciudad o sus habitantes.
Eso desgastaría sus almas.
Quizá por un mecanismo de autoprotección del alma, a este tipo de personas les resultaba naturalmente difícil experimentar emociones; era como si una barrera resistente envolviera firmemente sus almas, irrompible, impenetrable. Sin amores ni odios profundos, y sin añoranza.
Pero siempre hay excepciones.
A medida que la niña pasaba cada vez más tiempo con la anciana, tal vez adaptándose gradualmente a la vida en la montaña, su estado de estupidez y apatía mejoró mucho, hasta el punto de poder mantener charlas sencillas con ella.
Pasó de sentarse cerca de la anciana para comer a aferrarse con frecuencia a su ropa, siguiéndola bastante lejos. Hasta que un día, después de que la anciana le hiciera unas trencitas, se sacudiera la hierba de la ropa y se preparara para regresar a la hondonada, la niña dejó de comer repentinamente, corrió hacia ella y extendió los brazos.
Era el gesto de un niño pidiendo que lo abrazaran.
Levantó la cara y le dijo a la anciana, suave y tiernamente: —Abuela, soy obediente y no causo problemas, como muy poquito y puedo dormir en el suelo… ¿Puedo ir contigo a casa?
A la anciana se le enrojecieron los ojos al instante.
No pudo soportar ver los bracitos extendidos sin ser correspondidos, así que la abrazó, le acarició la cabeza y le dijo: —Esta montaña se ha vuelto mala, los sacrificios se han vuelto muy raros, todos los años falta gente… falta gente…
Suspiró y continuó: —No puedo llevarte a la hondonada; si te llevo, nunca llegarás a crecer.
La mente simple de la niña no comprendía en absoluto el profundo significado detrás de las palabras «nunca llegarás a crecer»; lo único que deseaba era estar junto a la abuela.
—Entonces no creceré —dijo con ingenuidad.
—Eso no está bien, debes vivir para siempre —le insistió la anciana.
La niña, terca y obstinada, mostró un poco de rebeldía: —No quiero.
La anciana pensó un momento y dijo: —Debes hacerlo, la abuela necesitará tu ayuda cuando ya no pueda caminar.
—¿Qué ayuda? —La atención de la niña se desvió de inmediato.
La anciana la soltó y pasó de abrazarla a llevarla de la mano, diciendo: —Vamos, la abuela te llevará a un lugar.
La noche ya casi llegaba a su fin; esta vez la anciana no volvió a caminar por el sendero de la montaña bajo la lluvia, sino que guio a la niña de un lado a otro hasta llegar a un pozo seco.
En el borde del pozo había unas losas de piedra dispuestas a modo de peldaños, pensadas para facilitar el paso a personas mayores o de baja estatura; se notaba a leguas que la anciana frecuentaba el lugar.
Bajo el pozo, un laberinto de túneles se extendía en todas direcciones, con el farol titilando en la oscuridad. Era la primera vez que la niña visitaba un lugar así, y se aferró al brazo de la anciana todo el tiempo, como un animalito miedoso.
Caminaron un largo, larguísimo trecho, hasta que por fin llegaron a un lugar donde se escuchaba el sonido del agua.
La anciana alzó el farol, iluminando la pared de piedra, y le dijo a la niña: —Cuando crezcas lo suficiente y seas alta, yo ya no podré caminar, y tendrás que venir a ayudarme a cuidar este mural.
La niña levantó la cabeza.
En efecto, el mural le quedaba muy alto; solo poniéndose de puntillas podía rozar la parte inferior. Le preguntó a su abuela: —¿Qué es lo que está dibujado aquí?
La abuela le respondió: —Es una vieja leyenda de esta montaña.
La anciana, sosteniendo en alto el farol, observó el contenido del mural y dijo lentamente: —Mira, en esta historia, la montaña al principio estaba deshabitada. Se encuentra justo en el medio de la ciudad isleña, un poco hacia el este, casi como el corazón en el cuerpo de una persona.
—Si no había gente en la montaña, ¿entonces qué había?
La anciana señaló el manto carmesí en el suelo del mural y dijo: —Rosas. Incontables rosas. Tantas que no podías ver dónde terminaban.
—¿Y cuántas son muchísimas?
—Dicen que tantas como la gente en la ciudad isleña.
La niña no tenía ni idea de cuánta gente vivía en la ciudad isleña, y su cara reflejaba pura confusión: —¿Y luego? ¿Qué pasó con las rosas?
—Luego, de vez en cuando, alguien se adentraba por error en la montaña, y entonces las rosas empezaron a marchitarse y desaparecieron. —El mural tenía demasiadas zonas descascarilladas y descoloridas, por lo que el contenido no estaba claro; la anciana solo podía contar lo que había escuchado a lo largo de los años, sin saber si era cierto o no—. Y así, toda la ciudad isleña se quedó sin rosas frescas; solo quedaron esas flores falsas de color rojo oscuro que a veces se usan en los funerales. Dicen que representan a los muertos, que representan el descanso eterno. Aunque no estoy muy segura, al fin y al cabo, el periódico más importante también se llama “Diario Rosa”.
La niña apenas había vivido al pie de la montaña, así que seguía sin entender nada de la ciudad isleña ni del “Diario Rosa”.
La anciana continuó siguiendo la historia del mural: —Más tarde, esta montaña quedó vacía, y después de un tiempo, algunas personas vinieron a establecerse y formaron un pueblo. Pero la gente del pueblo siempre vivía poco tiempo…
La parte siguiente de la historia se parecía mucho a la leyenda que circulaba en la Montaña Pan en ese entonces, con solo ligeros cambios en el orden de los acontecimientos.
Lo mismo sobre el médico sintiéndose impotente, el sacerdote intentando sacrificarse al tirarse al lago, hasta que un joven dios llegó a la montaña y salvó a todos. Y después de eso, los melocotoneros reemplazaron a las rosas, que simbolizaban la muerte, y se convirtieron en un floreciente bosque.
—¿Quién dibujó esto? —preguntó la niña.
—Aquel que murió y fue revivido en ese entonces, lo esculpió trazo a trazo. —La anciana le acarició la cabeza a la niña, contándole un secreto—: La abuela, en realidad, era igual que tú: llegó aquí sola, sin un hogar, y alguien la recogió en la montaña. Quien me recogió me contó todo esto, y me dijo que debía asegurarme de que este mural se restaure año tras año. Un trazo a la vez, con verdadera sinceridad, para expresar nuestro agradecimiento a los dioses, y así nosotros, la gente de la Montaña Pan, podamos… tener una vida larga y próspera.
La anciana se inventó esa última frase; temía que la cabecita torpe de la niña no pudiera recordar tantas cosas místicas y sobrenaturales. Por eso añadió ese detalle final.
Sin embargo, al pensar en la situación actual de la Montaña Pan, pronunció esas palabras con cierta vacilación.
No albergaba la esperanza de que la niña recordara mucho, ni por cuánto tiempo; solo buscaba un pretexto algo convincente para inculcarle la voluntad de crecer fuerte.
Quién iba a pensar que la niña, asintiendo, diría: —Entonces voy a esforzarme por crecer, creceré muy rápido.
La niña siguió viviendo en el bosque, obediente y bien portada.
Debido a que había vivido allí por tanto tiempo, incluso había llegado a familiarizarse con esas almas blancas como la niebla del bosque. Al principio le temían un poco a su muñeco; siempre rodeaban la pequeña cabaña de madera, sin atreverse a acercarse demasiado para chupar su energía.
La niña no salía del bosque durante el día; a veces conversaba con las almas y les preguntaba de dónde venían y por qué se reunían en el bosque sin dispersarse ni marcharse. También les contaba que su momento favorito de cada día era la noche, porque era cuando la abuela venía a verla.
Día tras día, sin importar el viento o la lluvia, nunca faltó a su palabra.
La abuela le había dicho una vez: —Si una noche no vengo, significará que ya no estoy en este mundo. Pase lo que pase, no vayas a buscarme, no vayas a la hondonada y no creas ninguna palabra que te digan los demás.
Lo único que la anciana se olvidó de decirle fue: —Cuando llegue ese momento, corre, vete de aquí y baja a la ciudad.
La anciana creía que huir ante el peligro era un instinto natural en todos. Y que, si nadie le llevaba comida, la niña no aguantaría el hambre y buscaría otro lugar para sobrevivir por instinto.
Pensó que ella, una simple anciana sin lazos de sangre ni vínculos, no sería capaz de inspirar un apego tan profundo o un sacrificio tan incondicional en una niña ignorante de los asuntos del mundo.
Pero, como siempre, hay excepciones.
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