Esa sensación de vacío duró un tiempo, antes de transformarse gradualmente en silencio, y ese silencio, tras un tiempo, terminó pareciéndose mucho a la indiferencia.
Yu Qing llegó a creer que, en lo que respecta a La Impermanencia, se había vuelto completamente indiferente.
Sin embargo, en un atardecer de principios de primavera, al pasar por una esquina cualquiera, escuchó un grito de asombro proveniente de una tiendecita en los soportales de la calle: —¡Dios mío, ¿cómo es que se ha agrietado mi estatua de La Impermanencia?!
Yu Qing se detuvo en seco.
Las voces desde el interior de la tienda continuaban: —¿Cuándo se ha roto?
—¡No lo sé! Solo cerré la tienda y me fui de viaje diez días. Hoy volví, quise limpiar el altar, y ya estaba así.
—¿No le habrás dado un golpe al limpiarla?
—¡Imposible! ¡Si de esta tienda depende que yo coma, ¿cómo voy a ser tan descuidada?!
Yu Qing parpadeó levemente, giró la cabeza y miró hacia allí. Se dio cuenta de que era una de esas tiendas de médiums tan comunes en la ciudad isleña, donde vendían amuletos y talismanes relacionados con los dioses, y también ofrecían ceremonias sencillas como adivinación, lectura de compatibilidad, elección de fechas propicias y rituales de descanso eterno.
En ese tipo de tiendas, efectivamente, se veneraba la estatua de La Impermanencia.
En la ciudad isleña, las estatuas de los dioses no se agrietaban por sí solas fácilmente. Si lo hacían, solía significar un desenlace perturbador: la desaparición de la deidad. Tanto la gente común de la ciudad isleña como Yu Qing tenían esto muy claro.
—¿De verdad no le diste ningún golpe? Si no fue un golpe, entonces, ¿acaso…?
La persona que hablaba parecía resistirse a esa conclusión, y al detenerse bruscamente, bajó la voz hasta un susurro cauteloso: —La Impermanencia… ¿Ha desaparecido?
Pero las palabras llegaron nítidas a los oídos de Yu Qing.
Esa era una calle peatonal estrecha; el ir y venir de la gente era constante, y el bullicio no cesaba. Sin embargo, Yu Qing sintió que, por un instante, todo el ruido a su alrededor se detuvo.
Algo dio un vuelco repentino en su pecho, dejándolo un poco aturdido por el impacto.
En realidad, el dios fantasmal Hua Pi no tenía corazón. Hasta ese momento, solo había experimentado una sensación similar a los latidos tres veces en toda su existencia. Las dos primeras ocurrieron en aquel ático de La Impermanencia, porque en esos momentos estaba tan cerca y sus latidos eran tan fuertes, que a Yu Qing le daban la falsa impresión de tener algo latiendo y chocando dentro de su propio pecho.
Y ahora, era la tercera vez.
La conversación entre las dos jóvenes médiums seguía escuchándose entrecortada, y ambas parecían tener dificultades para creer la conclusión de que “La Impermanencia había desaparecido”: —Imposible, imposible. ¡Estamos hablando de La Impermanencia! ¿Cómo iba a desaparecer así como así?
—Es verdad, yo también creo que es imposible. ¿Y si… y si vamos a preguntar a otras tiendas?
…
Lo que dijeron a continuación se perdió en el barullo. Cuando Yu Qing volvió en sí, se dio cuenta de que ya iba de camino a casa de La Impermanencia.
Al igual que aquel día que se marchó del patio de La Impermanencia, creyó no estar preocupado, ni tampoco triste. Al fin y al cabo, estaba mucho menos dispuesto que aquellas jóvenes médiums a creer que a La Impermanencia le hubiera pasado algo.
Solo pensaba que, conociendo a La Impermanencia, seguramente estaría tramando algún otro engaño. Sin embargo, aun creyendo no albergar ninguna emoción al respecto, no podía evitar reaccionar.
Esa reacción contradictoria le resultaba sumamente incómoda, pero aun así, sus pasos lo llevaron hasta el patio de La Impermanencia.
Uno de los cangrejos que daban volteretas en el patio había muerto, un presagio extraño que hizo fruncir el ceño a Yu Qing.
El primer piso seguía sumido en la más absoluta oscuridad; en los inmensos ventanales de las cuatro paredes aún se apreciaban los tenues rastros dejados por la lluvia helada del invierno. Aunque la primavera ya había abrazado a toda la ciudad isleña, aquel lugar parecía haberse detenido en el umbral entre el otoño y el invierno.
Yu Qing se quedó inmóvil en el patio un buen rato, como si estuviera librando una batalla interna, pero al final empujó la puerta.
La presencia de La Impermanencia siempre había sido arrolladora, pero en ese momento la casa estaba completamente vacía, sin la menor señal de su dueño.
El ceño de Yu Qing se frunció aún más, y las palabras de la joven médium de la calle peatonal volvieron a resonar en sus oídos. Sus pasos vacilaron, pero finalmente, ignorando sus dudas, subió las escaleras hasta el tercer piso.
En el fondo, no quería entrar a ese ático.
En parte porque le traería a la memoria el instante en que La Impermanencia le había enviado aquel mensaje engañoso, y en parte, porque evocaría recuerdos aún más antiguos.
En verdad estaba muy tranquilo. Aunque todavía le importara, solo quedaba una ínfima fracción de ello.
Solo una ínfima fracción.
La puerta del ático estaba abierta y, como era de esperar, tampoco había rastro de La Impermanencia. Yu Qing echó un vistazo rápido y, justo cuando iba a dar media vuelta para marcharse, divisó por el rabillo del ojo lo que parecía ser un papel sobre la mesa.
Aquel mismo escritorio en el que, apoyado contra el borde, había besado a La Impermanencia; sabía que, a excepción de unos cuantos libros a un lado, siempre estaba despejado y nunca había nada en el centro.
Con el ceño fruncido y tras una sutil lucha interna, finalmente se acercó a la mesa.
En el centro de la mesa había una nota, escrita con una caligrafía inusualmente ordenada para La Impermanencia. La primera línea decía:
«Si por casualidad vienes aquí…»
Yu Qing sintió un respingo en la frente y sus ojos se deslizaron hacia la siguiente línea:
«Tengo que irme un tiempo a resolver un asunto; volveré en un par de meses como máximo.»
En la línea de abajo también había algo escrito, pero La Impermanencia lo había tachado. Yu Qing se inclinó para descifrarlo, y descubrió que originalmente decía:
«Te lo prometo.»
Yu Qing: …
La última vez que había escuchado esas tres palabras fue la noche en que La Impermanencia le dejó la marca en el cuello. Justo antes de irse del apartamento, envuelto en su estado de fantasma vengativo, le había dicho: “Te avisaré en cuanto vuelva a la normalidad, te lo prometo”.
Esta vez, al leerlo, el rostro de Yu Qing carecía de expresión.
Esa nota lo enfureció, y esa furia apagó incluso aquel instante inicial de “alivio”.
Se suponía que esa nota era para él, pero no se la había enviado directamente al teléfono, ni se la había dejado en su balcón; no, la había dejado justo ahí, en el escritorio de ese ático.
A los ojos de Yu Qing, era la artimaña perfecta.
Parecía un juego perverso de tirar y aflojar, esquivo y calculado, diseñado meticulosamente para captar su atención.
Con el rostro blanco, tenso y gélido, clavó la mirada en la nota por un largo momento, luego se dio media vuelta, salió del ático, bajó las escaleras y se marchó.
Al regresar a casa esa noche, por primera vez en mucho tiempo no caminó por los tejados. Atravesó las silenciosas calles y callejones nocturnos hasta llegar a la entrada de su edificio de apartamentos.
Para su sorpresa, la tienda de conveniencia que siempre estaba iluminada estaba cerrada esa noche; a través de las puertas de cristal solo se veía oscuridad.
Yu Qing le echó un vistazo rápido, no se demoró y subió directamente a la última planta. Al entrar al apartamento, el gatito esqueleto saltó de su hombro al suelo, dispuesto a dar un par de volteretas, cuando lo escuchó murmurar: —¿Y el móvil?
El pequeño esqueleto se quedó desconcertado.
Después de todo, su amo llevaba muchísimo tiempo sin mirar el móvil, y quién sabe por qué repentino capricho ahora lo buscaba.
Yu Qing encontró el teléfono en un rincón del sofá. Lo encendió, desbloqueó la pantalla y entró directamente al chat. Y, tal como esperaba, los dos últimos mensajes de La Impermanencia no habían cambiado: seguían siendo aquella foto y la frase inconclusa.
De manera que la noticia de que “se ausentaría temporalmente” solo había quedado escrita en la nota sobre el escritorio del ático.
Yu Qing pensó para sí: La Impermanencia estaba seguro de que yo cruzaría su patio y subiría al ático; estaba convencido de que iría a buscarlo.
No fue hasta ese instante cuando las emociones inconclusas en su corazón encontraron, al fin, un lugar donde posarse:
Ante casi cualquier cosa podía mostrarse indiferente, gélido y desapegado. Pero con La Impermanencia, aún quedaba una minúscula e imperceptible punzada de interés.
Y quedaba claro que La Impermanencia era un auténtico cabrón.
Días después, Yu Qing volvió a salir por la puerta principal, retomando su antigua ruta.
Lo curioso era que la tienda de conveniencia de la planta baja no abría, y aquel chismoso dueño de voz atronadora llevaba días sin aparecer.
La verdad es que, salvo para atender a sus fieles, Yu Qing casi nunca se inmiscuía en los asuntos de los demás. Pero una tarde, tras cumplir la petición de un creyente y cuando se disponía a regresar a casa, pasó por un complejo residencial y leyó el nombre en la entrada: South Water Bay.
El nombre le sonó extrañamente familiar.
Solo cuando su mirada barrió los locales comerciales fuera del complejo recordó que ese era el lugar que el chismoso dueño de la tienda de conveniencia le había mencionado: allí vivía su familia.
En principio, aquello no tenía nada que ver con él.
Pero, por un momento, le vino a la memoria todas esas veces que, en plena noche, había entrado en aquella tienda, había abierto la nevera empañada y sacado una bebida helada. El dueño siempre aparecía a su lado y le decía: “Si tienes sed, échale un par de tragos primero y luego, cuando termines de elegir, pagas todo junto”.
A veces hasta le preguntaba: “Se te ve de muy buen humor, ¿te ha pasado algo bueno?”
E incluso, hacía poco más de un mes, le había preguntado: “¿Qué te ha pasado últimamente?”
Si lo pensaba bien, excluyendo al antiguo La Impermanencia, ese dueño parecía ser la persona con la que más palabras había intercambiado.
Aunque seguían sin tener una relación cercana, como movido por una fuerza invisible, Yu Qing dio media vuelta y se adentró en aquel complejo residencial llamado South Water Bay…
Y allí, en el interior de una vivienda, encontró al dueño y a toda su familia muertos.
El matrimonio, los dos hijos que habían adoptado y hasta un perrito.
Con el ceño fruncido y contemplando el desastre en la casa, Yu Qing escuchaba al dueño, cuya alma, a medio salir de su cuerpo, se secaba las lágrimas y sollozaba sin consuelo.
Cuando ese tipo de fantasmas formados se desprendían de su cuerpo y hablaban cara a cara con él, Yu Qing podía escucharlos. Así oyó al dueño llorar diciendo: —Todo es mi culpa, no debí andar contando todo…
Hasta alguien como Yu Qing, que era solo un conocido de paso, sabía dónde vivía, quiénes conformaban su familia e incluso cuánto ganaba al mes.
No era de extrañar que hubiera llamado la atención de gente malintencionada y atraído una desgracia.
Además, aquel dueño no solo era un chismoso y un amante del dinero, sino también algo codicioso. En el altar de su casa tenía toda una hilera de pequeñas estatuillas divinas: Lu Gu, el Dios Marcial, la Estrella de la Buena Fortuna, Shou Gong, etc. Tenía casi a todo el panteón humano y divino, e incluso al dios fantasmal de los paseos nocturnos, capaz de hacer “realidad los sueños”.
A todos, excepto al Hua Pi.
Por eso, Yu Qing podría haberse desentendido. Pero, tal vez porque los sollozos y la voz atronadora del dueño le estaban dando dolor de cabeza, al final, se enfundó en una de sus pieles y le echó una mano.
En el instante en que liquidó a todos los asaltantes, el dueño se soltó a llorar de nuevo, ofreciéndole a Yu Qing una disculpa kilométrica de ocho mil palabras, y al final le dijo: —¡Lo sabía! Sabía que tenías un buen corazón. Si te pongo en el altar ahora, ¿aún estoy a tiempo?
Yu Qing: …
Evidentemente, Yu Qing no lo había ayudado con ese propósito, así que lo rechazó con frialdad y cortesía: —Ya estás muerto.
¿Para qué se molestaba un muerto en preparar un altar?
El dueño: …
Aunque el dueño ya sabía lo distante que era y lo duro que podía llegar a hablar, de todas formas se quedó mudo por el corte. Al recordar que ya estaba muerto, sus lloros se intensificaron y, entre sollozos, preguntó: —¿Y ahora qué hago?
Yu Qing respondió por inercia: —Esperar a que alguien te conceda descanso eterno.
Tras decirlo, le vino a la mente enseguida el encargado de otorgar ese descanso. Al instante bajó la mirada, perdió las ganas de hablar y su semblante, ya de por sí frío, se volvió aún más gélido.
El dueño, congelado por esa repentina frialdad, se atrevió a preguntar con cautela: —¿Es-esperar a La Impermanencia? ¿Y cuánto tardará? La verdad, le tengo un poco de miedo. Dicen que igual te manda a descansar en paz que te mata, y que cuando está de mal humor se come a los fantasmas… a bocados.
Yu Qing: …
El dueño había sido asesinado hacía un par de días, y por pura casualidad se habían perdido los rumores de que la estatua de La Impermanencia se había agrietado; de lo contrario, con lo cotilla que era, habría sido el primero en contarlo a los cuatro vientos. En ese momento, la imagen que tenía de La Impermanencia se basaba únicamente en todo tipo de chismes y rumores absurdos.
Siguió murmurando un buen rato, expresando sus temores, y al levantar la vista, se dio cuenta de que Yu Qing estaba un poco abstraído.
Tras intercambiar un par de palabras más, notó que con solo mencionar el nombre “La Impermanencia”, el semblante de Yu Qing se volvía un grado más frío. Le picó el gusanillo del cotilleo e iba a preguntarle si acaso tenía algún problema personal con La Impermanencia.
Sin embargo, antes de poder soltar prenda, Yu Qing ya se había dado la vuelta y se iba. Dejando a toda su familia en aquella casa ensangrentada, contemplando aturdidos cómo todo había cambiado para siempre.
El dueño dejó escapar un suave suspiro.
En su familia, aparte de él mismo, todos estaban tan aterrorizados que sus almas estaban fragmentadas; no tenían forma humana y no podían hablar. Parecía que su vida llegaba a su fin en medio de quejidos ahogados.
Al quedarse sin nadie con quien hablar, el dueño se sintió de repente invadido por la soledad. Abrazó a las almas deformes de su familia, con la cabeza gacha y sin saber qué hacer. Tras una espera que pareció eterna, de pronto, escuchó el ruido de una puerta.
¿La Impermanencia?
El dueño aún no sabía que La Impermanencia había desaparecido, así que levantó la cabeza esperando ver a aquel dios; pero para su sorpresa, quien entró en la habitación fue el gélido Hua Pi.
Acompañándolo, venía una joven. El dueño, curioso por naturaleza y conocedor de casi todos en el barrio, la reconoció al instante: era una joven médium que tenía su tienda en la calle que quedaba justo enfrente de la entrada del complejo.
Yu Qing seguramente la había buscado en los alrededores para que viniera a otorgarles descanso eterno.
El dueño, que antes no paraba de parlotear, se quedó mudo al instante, mirando a Yu Qing con una mezcla de sentimientos.
Hace un momento, la brutalidad con la que había despachado a los asaltantes lo había dejado aterrado y aturdido. Fue hasta ahora que cayó en la cuenta de que este dios fantasmal, en el fondo, era extremadamente joven.
Recordó aquel verano, el año pasado, cuando él iba a su tienda a comprar esa bebida gaseosa de sal marina y ciruela; aunque Yu Qing era altísimo y de complexión esbelta…
En realidad, solo era un muchacho. Seguramente no llegaba ni a los 20.
Al recordar esa figura solitaria que siempre iba de aquí para allá, el dueño sintió un nudo en la garganta. Era como si, a pesar de su juventud, ya hubiera vivido dos o tres vidas, y le hizo pensar que en otra vida podría haber tenido un hijo o hija de esa misma edad.
Por eso, al ver que la joven médium, con el talismán en mano, había mandado a descansar en paz a las almas desfiguradas de su familia, y se disponía a hacer lo mismo con él, de pronto se acercó a Yu Qing y le dijo: —No quiero irme todavía. La ciudad isleña es muy animada, ¿puedo quedarme un tiempo más? Quiero ir contigo, ¿se puede?
Con el rostro tenso y lleno de dudas, Yu Qing pensó que claro que no se podía.
El dueño, notando de inmediato que Yu Qing rechazaba la idea con cada poro de su cuerpo, empezó a enumerar sus propias virtudes como si estuviera en una entrevista de trabajo, soltando un monólogo que duró una hora. Y justo cuando estaba argumentando que era el chismoso más conocido, el que siempre estaba enterado de todo primero, experto en todos los rumores y habladurías de la ciudad…
Ese dios fantasmal, impasible y frío, tal vez vencido por el cansancio o simplemente harto, asintió a regañadientes.
No fue hasta mucho tiempo después, cuando su apodo pasó de “Viejo Yuan” a “Tío Yuan”, y cuando empezó a llamar “Señor” a aquel joven dios, que aún no lograba comprender la verdadera razón por la que Yu Qing había aceptado; si fue porque estaba bien informado de todo, o simplemente porque lo hartó de tanto insistir.
Al principio, el Tío Yuan creía que había sido por lo segundo.
Pero pronto descubrió que el joven señor Hua Pi no mostraba el más mínimo interés en la mayoría de los chismes que le compartía, permaneciendo indiferente y sin siquiera pestañear.
Solo reaccionaba ante los asuntos de una persona…
Ante La Impermanencia.
Nota de la Autora
Lamento la demora~
Se acabaron las puñaladas, se acabaron las puñaladas. [Huella de gato] [Huella de gato]
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