Durante el día, la luz del sol en el desierto del Sáhara cegaba con su brillo. Bajo aquel sol implacable, los ojos oscuros de Andrew, enmarcados por sus pobladas cejas, miraron fijamente a Ye Yuzhen de arriba abajo, con la fiereza de un lobo hambriento, mezclada con un sarcasmo propio de quien observa a un ser débil.
Esa mirada casi le hizo perder la compostura a Ye Yuzhen. Solo Dios sabía cuánto odiaba a aquel hombre.
—¿Quieres salvar a Zeng Yusen y a Xu Anlin? —Andrew esbozó una sonrisa feroz—. Puede ser, Yuzhen… ¡a cambio de ti mismo!
Ye Yuzhen sostuvo la mirada de Andrew, llena de odio, durante un largo rato, hasta que comprendió que aquel canalla hablaba completamente en serio.
—¡De acuerdo! —La voz de Ye Yuzhen, tras un momento de silencio, surgió áspera y rasgada.
Su aquiescencia fue tan rápida que Andrew frunció el ceño. Se llevó un dedo a la frente y se rascó la ceja, para luego decir:
—Entonces, bien, agente Ye… ¡Quítese la ropa!
La mano con la que Ye Yuzhen empuñaba el arma comenzó a temblar ligeramente. Andrew se apresuró a apartarse con cuidado del cañón, mostrando los dientes con una sonrisa.
—Agente Ye, soy un hombre de negocios. Y los hombres de negocios somos gente práctica; queremos ver los resultados cuanto antes. Ah, y ya que usted y yo vamos a hacer un trato… ¿Podría bajar el arma, por favor?
Lo que Ye Yuzhen deseaba con toda su alma era matar a aquel hombre que tenía delante.
Miles, decenas de miles de veces lo había gritado en su interior: mátalo, mátalo.
Así, nadie llegaría a saber nunca que a él, Ye Yuzhen, un agente de alto rango, jefe de la sección británica de la Interpol, un hombre de origen privilegiado que desde pequeño había vivido rodeado de la admiración de los demás… lo habían violado aprovechándose de su inconsciencia.
Y, para colmo, a manos de semejante canalla, un gánster, el capo de una mafia: su propio fugitivo.
Si lo mataba, nadie lo sabría jamás.
Pero…
La mano de Ye Yuzhen temblaba violentamente. Si lo hacía, nunca volvería a ver a Zeng Yusen ni a Xu Anlin.
No volvería a ver a aquel Zeng Yusen cuyo flequillo siempre le ocultaba los ojos; inteligente, travieso y canalla. No volvería a verlo, ni siquiera podría volver a rozarlo con el hombro fingiendo un casual encuentro.
Y estaba Xu Anlin.
Él mismo lo había arrastrado a este pozo. Si no fuera por su culpa, Xu Anlin no se habría separado de Zeng Yusen, ni habría llegado hasta aquí, con su vida pendiendo de un hilo.
Se lo debía.
Andrew observó el oscuro y amenazador cañón que tenía delante. Mentiría si dijera que no estaba nervioso.
¡Ni hablar! Ye Yuzhen estaba visiblemente fuera de sí; en cualquier momento podía apretar el gatillo, probablemente sin poder controlarse ni siquiera él mismo.
Pero Andrew jamás se permitiría mostrar nerviosismo. No podía perder ante Zeng Yusen, de ningún modo podía perder ante Zeng Yusen. Por eso, Andrew consideraba que, bajo la boca de un arma, debía mostrarse gallardo. Al menos, más gallardo que Zeng Yusen.
—Piénsatelo bien. Yo nunca obligo a nadie a hacer negocios. O aprietas el gatillo y rechazas el trato, o bajas el arma y negociamos. Yes o no. Así de sencillo. —Andrew encogió los hombros con indiferencia y esbozó una sonrisa mientras abría las manos.
Sus palabras parecieron azuzar a Ye Yuzhen. Andrew vio cómo se curvaban ligeramente los bien definidos labios de aquel, y justo cuando pensó, «esto pinta mal», sonó el disparo.
Durante un instante, Andrew solo sintió que en su cabeza zumbaban miles de abejas. El arma en manos de Ye Yuzhen aún desprendía un tenue humo. La bala, a quemarropa, había pasado rozando el pabellón de su oreja.
Seguir con vida no se debía a un fallo de aquel tirador de primera; más bien, había sido una broma macabra por su parte.
Tras efectuar el disparo, Ye Yuzhen bajó la mano. Andrew, que había sentido un escalofrío de auténtico terror con aquel tiro, cegado por la ira, le inmovilizó la muñeca y le retorció el brazo tras la espalda.
—Cariño, espero que luego en la cama seas igual de fogoso —le susurró Andrew entre dientes al oído. Acto seguido, con un movimiento brusco, el arma que Ye Yuzhen sostenía cayó a la arena del desierto.
El helicóptero no era muy grande, pero el asiento trasero apenas daba para que una persona se tumbara.
Ye Yuzhen se recostó en el asiento. El acolchado de cuero era muy suave, pero a él le parecía estar durmiendo sobre el filo de un cuchillo, sintiendo como si cada centímetro de su piel era desgarrado.
Andrew se quedó en la puerta del helicóptero, como si dudara. Su mirada recorrió de arriba abajo el cuerpo tendido de Ye Yuzhen, vacilante, con el gesto de quien desea disfrutar de un suculento manjar pero teme que le siente mal.
—¡Si vas a hacerlo, hazlo rápido! —le espetó Ye Yuzhen, furioso.
—¿Lo dices en serio? —Andrew se acarició la barbilla, de un azul incipiente por la sombra del vello.
La verdad es que él también era atractivo, pero las líneas de su rostro eran muy duras; su expresión cambiaba por completo entre la sonrisa y la seriedad. En cuanto Andrew dejaba de esbozar gesto alguno, transmitía al instante una sensación gélida y siniestra. Pero con un leve descenso de los párpados, su rostro volvía a adoptar esa expresión burlona y descarada.
—Tú eres de los que se arrepienten con facilidad. No quisiera que, después de que me obligas a cerrar el trato, tuviera que soportar que me persigas —dijo Andrew, observando a Ye Yuzhen con una sonrisa y esa expresión ligeramente sarcástica que solía emplear.
Ye Yuzhen replicó con frialdad:
—¿Acaso tú también temes algo?
Andrew apoyó las manos en el asiento delantero y sonrió:
—Por supuesto que no. Pero que me persigas… sí que me causaría un pequeño desgarro.
Ye Yuzhen respiró hondo y preguntó:
—¿Qué es lo que quieres, entonces? ¿Acaso ya no quieres cerrar el trato?
—¡Claro que no! —respondió Andrew.
—Entonces, ¿a qué vienen tantas tonterías?
Andrew alzó las manos, encogiéndose de hombros:
—¿Y qué más da? El que tiene prisa ahora es Zeng Yusen. Yo no.
Ye Yuzhen se quedó sin palabras. Cerró los ojos un instante y preguntó:
—¿Qué es lo que quieres, exactamente?
—Que lo hagas de buena gana. —Andrew sonrió.
Ye Yuzhen guardó silencio por un momento, y luego dijo con voz rasgada:
—Lo hago… de buena gana.
Solo al oír esas palabras, Andrew rodeó el asiento delantero y se colocó sobre Ye Yuzhen.
Cuanto más se acercaba, más temblaba Ye Yuzhen. Su cuerpo entero se estremecía.
—Ye Yuzhen, ¿sabes que estás temblando? —dijo Andrew, mirándolo desde arriba.
Ye Yuzhen cerró los ojos y se ordenó a sí mismo, con toda la fuerza de su voluntad, que dejara de temblar. Al cabo de un rato, dijo con una frialdad contenida:
—Bien. Si no estás satisfecho, puedes atarme y hacer lo que quieras.
Andrew frunció el ceño:
—Agente Ye, sé que usted proviene de la alta sociedad. Pero yo también soy un caballero. Tengo a montones damas distinguidas deseando acostarse conmigo. No pienso convertir un encuentro íntimo en una violación. Aunque, ciertamente, violar a alguien como usted también tendría su aquel… Pero no estoy dispuesto a arruinar mi imagen por un placer tan vulgar.
Aquellas descaradas palabras hicieron que Ye Yuzhen, de pura ira, soltara una risa amarga.
—Entonces, ¿qué quieres que haga para que este encuentro íntimo esté a la altura de tu imagen?
Andrew señaló sus piernas y dijo:
—Abre un poco más las piernas. Así no hay manera.
Ye Yuzhen, temblando de ira, permaneció inmóvil durante un buen rato. Andrew comentó con indiferencia:
—Tú eres quien está perdiendo el tiempo. Si a Zeng Yusen le salen algunos agujeros más por tu culpa, no podrás culparme a mí.
Ye Yuzhen apretó los puños y, lentamente, separó las piernas…
Fue en ese instante cuando, de repente, tomó conciencia… de que también amaba a Zeng Yusen. Con la misma intensidad que Xu Anlin, ni un ápice menos.
Sin embargo… Al mismo tiempo, supo que ya no tenía ninguna oportunidad.
—Yuzhen… mira bien. El que está ahora sobre ti soy yo… Andrew. Y esto… lo haces por tu propia voluntad…
El rostro de Andrew se fue acercando lentamente.
Ye Yuzhen se despertó de golpe, presa del terror, como si despertara de una pesadilla. Nada más abrir los ojos, vio a Andrew justo encima de él, observándolo fijamente sin pestañear.
Se dio cuenta de inmediato: de nuevo había tenido esa pesadilla. Sin saber cuánto había visto Andrew, Ye Yuzhen, instintivamente, se cubrió los ojos con la mano y, para disimular, preguntó:
—¿Todavía no te has dormido?
Andrew apartó el libro que tenía a un lado y dijo:
—Estaba leyendo un libro muy interesante. ¿Sabes? Últimamente me he aficionado al arte.
—¿Ah, sí? —respondió Ye Yuzhen con desdén—. ¿Qué libro?
—’El profesor de deseo’ (Nota 1: al final del capítulo).
—Mm… muy apropiado para ti.
Andrew dejó el libro a un lado y colocó una pierna sobre Ye Yuzhen, mientras le recorría el cuerpo con una mano.
En circunstancias normales, Ye Yuzhen lo habría apartado de un manotazo y habría seguido durmiendo. Pero esa noche, no sabía si era por la conciencia culpable o porque el miedo que sentía su cuerpo en el sueño aún perduraban, lo cierto es que no se atrevió a resistirse al acoso de Andrew.
Andrew era de los que, si le das un dedo, te tomaban la mano entera. Al no encontrar oposición en Ye Yuzhen, no tardó en darse la vuelta y colocarse sobre él.
Pegó sus labios al lóbulo de la oreja de Ye Yuzhen mientras le desataba el cordón del pijama y acariciaba la suave piel que se ocultaba bajo la tela.
A Andrew le gustaban los preliminares largos por dos razones.
La primera era que Ye Yuzhen era una persona algo fría. Si aquella frialdad le venía de serie o era solo cuando se acostaba con él, Andrew nunca se molestaba en pensarlo. Su método era simple: hacer todo lo posible por sumir a Ye Yuzhen en las profundidades más hondas del deseo.
La segunda era que Andrew disfrutaba con esa larga antesala.
Acariciar la piel de Ye Yuzhen centímetro a centímetro, sentir cómo pasaba del frío al calor. Esa sensación solo podía compararse, tal vez, con la que experimenta un coleccionista de antigüedades de primer nivel: una mezcla de posesión y goce exclusivo.
La mano de Andrew llegó a la entrepierna de Ye Yuzhen. Como de costumbre, este mostró un leve gesto de incomodidad, pero ese rechazo inicial pronto quedaba sepultado por el placer fisiológico.
Andrew conocía cada punto sensible de aquel cuerpo, incluso sabía qué reacción tendría Ye Yuzhen si lo estimulaba en tal o cual lugar.
Ye Yuzhen era meticuloso en todo, del trabajo a la cama. Sus reacciones apenas variaron.
Aun así, Andrew lo seguía encontrando inmensamente placentero, porque no todo el mundo podía ser tan impecable como Ye Yuzhen.
El cuerpo de Ye Yuzhen comenzaba a arder. Era la señal de que el deseo despertaba en él. Sus piernas, inquietas por la misma razón, se flexionan y volvían a estirarse.
Andrew sonrió e inclinó la cabeza. Su lengua recorrió el lóbulo de la oreja de Ye Yuzhen hasta llegar a su pecho, dibujando pequeños círculos. Por donde pasaba, podía sentir cómo la piel de Ye Yuzhen se erizaba de excitación.
Ye Yuzhen posó una mano sobre Andrew y comenzó a besarle con fervor, en un profundo beso de lengua. Andrew supo que, al fin, el cerebro de Ye Yuzhen había dejado de funcionar. Toda su percepción quedaba ahora entregada al deseo.
Andrew alargó el brazo y sacó un lubricante de un compartimento oculto en la cabecera de la cama. Aquel lubricante era una creación de un tal Shuter, un químico farmacéutico de talla mundial.
El pobre Shuter, que en origen había formulado una droga capaz de darle la vuelta al mundo, había terminado, por azares del destino, convertido en el químico personal de Andrew. Ahora se dedicaba a crear cosas como inciensos que, al ser olidos por Ye Yuzhen, despertaban en él el deseo de acostarse con Andrew, o lubricantes como aquel.
Tenía un suave efecto afrodisíaco y relajaba a Ye Yuzhen, facilitando la entrada de Andrew sin causarle daño.
Aquel lubricante estaba por todas partes donde Andrew pudiera tener acceso a Ye Yuzhen: en el estudio, en el cuarto de baño, incluso en el coche, o en los palcos de ópera que Andrew alquilaba por temporadas.
Como amante, lo cierto es que Ye Yuzhen no era fácil de atrapar. Pero, fragmentando el producto en mil lugares, Andrew tampoco salía perdiendo.
Bajo el efecto del lubricante, Andrew logró penetrar el cuerpo de Ye Yuzhen.
La sensación de plenitud, la intrusión de un cuerpo extraño, hizo que Ye Yuzhen, sumido en el deseo por los preliminares, despertara levemente de su embriaguez y opusiera cierta resistencia.
Andrew, con total naturalidad, le sujetó la muñeca y la volvió a presionar contra la cama. Bajó la mirada hacia el cuerpo de Ye Yuzhen tendido sobre las sábanas. Siempre que Ye Yuzhen acudía a él, Andrew se aseguraba de cambiar las sábanas por unas blancas.
Así, el negro azabache del cabello de Ye Yuzhen y el oscuro abismo de sus pupilas, que en la confusión del deseo se volvían aún más profundas, resaltaban con mayor intensidad.
La embestida era el último y crucial acto del prolongado ritual amoroso. Representaba el arreón final, la ocupación, la posesión. Andrew, aferrado a las muñecas de Ye Yuzhen, arremetía sin piedad contra aquel cuerpo que solo podía dejarse llevar por la corriente. En la cama, nunca eran dos fuerzas enfrentadas.
Una vez todo hubo terminado, Ye Yuzhen sintió esa molestia, ese desasosiego de quien ha sido completamente desarmado, desmontado pieza por pieza.
Cerró los ojos y pensó que, realmente, debía de estar loco. Loco por haber accedido a pasar las vacaciones de Pascua con aquel canalla en este lugar, justo cuando por fin había conseguido unos días de descanso.
Cícladas… Aquel fue el sitio donde Andrew lo había tenido cautivo. También el lugar del que tanto le había costado escapar. Y ahora, contra todo pronóstico, había regresado allí para “descansar”.
Cuando Andrew se lo propuso, tendría que haber dicho que no.
Andrew ya no era el mismo de antes. Ye Yuzhen podía sentir cómo se le hacía cada vez más difícil controlarlo. Sin embargo, en contraste con ese distanciamiento en los asuntos de trabajo, en el plano privado Andrew se volvía cada vez más avasallador.
Su actitud hacia Ye Yuzhen se endurecía con el paso de los días, y sus exigencias se multiplicaban. En la mente de Ye Yuzhen, satisfacer a Andrew siempre había sido tan sencillo como tumbarse en la cama y cerrar los ojos. Así lo había despachado siempre. Pero el Andrew de ahora no se contentaba con tan poco.
Planteaba todo tipo de peticiones: charlar con Ye Yuzhen, jugar al tenis, hacer barbacoas… y también… viajar.
La Pascua caía muy cerca del cumpleaños de Andrew, hasta el punto de que Ye Yuzhen sentía que negarse sería una muestra de desagradecimiento, como si satisfacer aquellos caprichos fuera su obligación.
Incluso cuando Andrew le pidió que le regalara por su cumpleaños el collar de la diosa Némesis que llevaba al cuello, Ye Yuzhen claudicó.
En realidad, dentro de aquel collar siempre había estado oculta una bala. Una bala con la que planeaba vengarse de su abuelo por la muerte de sus padres. Pero, al final, no era más que un adorno que jamás cumpliría su cometido.
Aquella bala ya la había utilizado en alta mar durante el enfrentamiento con Lin Long. Ahora, aquel collar no era más que un adorno inservible. Si Ye Yuzhen seguía llevándolo, era simplemente por costumbre. (Ver detalles en “Mar de Deseo – Blackout”).
Pero el caso era que, cuando Andrew le pidió una prenda tan personal, él tampoco se negó en redondo.
¿Por qué sería…? Ye Yuzhen pensó que quizás solo quería evitar discusiones por tonterías con Andrew.
Sin embargo… Ye Yuzhen cerró los ojos. Seguía pensando que estaba loco.
Esa mañana, mientras paseaba por la playa, oyó la exclamación de sorpresa de un joven:
—¡Ah, señor! ¿Usted… usted cómo es que está aquí?
Ye Yuzhen se giró y observó al apuesto muchacho de pelo negro y rizado. Tardó un rato en recordar, pero al fin cayó en la cuenta: era el pequeño al que conoció cuando estuvo recluido allí: Odris. Incluso le había ayudado a conseguir información y le había proporcionado el alambre que usó para escapar.
—Señor, ¿acaso ese canalla le ha vuelto a atrapar? ¿Ha vuelto a caer en sus manos?
Las preguntas de Odris, una tras otra, hicieron que Ye Yuzhen sintiera de repente una oleada de vergüenza. ¿Qué clase de situación era aquella?
Él y Andrew eran policía y ladrón, verdugo y víctima. Y ahora, resulta que se había ido de vacaciones con él a este maldito lugar del pasado.
¿Estaba loco de remate?
—No… bueno, sí… he venido como invitado —Ye Yuzhen jamás imaginó que le costaría tanto decir esas palabras.
Odris apretó los puños:
—No tiene que explicarlo, señor. Sea cual sea el motivo, sé que lo hace a la fuerza.
—¿A la fuerza? —Ye Yuzhen bajó la cabeza y emprendió el camino de regreso.
—Algún día, le libraré de ese canalla, señor —le gritó Odris por detrás.
Ye Yuzhen esbozó una sonrisa:
—Gracias.
¿Librarse…?
Ye Yuzhen contempló el mar inmenso. ¿Cuánto tiempo hacía que no asociaba esas dos palabras con Andrew?
¿Acaso padecía el síndrome de Estocolmo?, pensó Ye Yuzhen con una sonrisa amarga.
No sabía si fue por el impacto que le había causado Odris, pero esa noche volvió a tener aquellas pesadillas. Eran sueños, sí, pero también eran el pasado más real, evocado sin el más mínimo error: su cobardía de entonces, su tristeza, su ira, su impotencia, su miedo… todo reapareció con una fidelidad absoluta.
Ye Yuzhen se dio la vuelta, quedando de espaldas a Andrew. Notaba la cintura tan dolorida que parecía a punto de quebrarse. Pensó, molesto: «Maldito Andrew, no debí dejar que me engañara para traerme a este odioso lugar».
Andrew, sin embargo, rió entre dientes y rodeó su cintura con los brazos desde atrás. El collar que antes colgaba sobre el pecho de Ye Yuzhen ahora descansaba contra su propia espalda. Desde que Andrew se lo había pedido, no había dejado de llevarlo alrededor de su cuello.
Así, la postura de rechazo de Ye Yuzhen se transformó en un gesto que parecía tenerlo atrapado entre los brazos de Andrew.
Enfadarse con Andrew era el camino más corto para acabar muerto de rabia. Ye Yuzhen hacía tiempo que había aprendido las reglas de supervivencia para convivir con él.
Suspiró silenciosamente y cerró los ojos. Tal como esperaba, al poco sintió la respiración acompasada de Andrew en la nuca. Parecía que se había quedado profundamente dormido.
El aire cálido que le llegaba a la nuca le producía un leve cosquilleo.
Con cuidado, Ye Yuzhen intentó retirar el brazo que le rodeaba la cintura, pero en cuanto lo apartó, Andrew murmuró unas palabras ininteligibles entre sueños y, estirando el brazo, volvió a abrazarlo, esta vez con más fuerza.
«Será mejor que duerma», se rindió Ye Yuzhen.
Muchos, al ver por primera vez a Ye Yuzhen, se sentían acomplejados, pensando que alguien así jamás se haría amigo suyo. Incluso aquellos que intentaban acercarse a él pronto desistían, intimidados por su frialdad, creyendo que era mejor no aspirar tan alto.
Lo que jamás habrían imaginado esas personas es que Ye Yuzhen acabaría cayendo en las garras de un canalla persistente e implacable.
Ye Yuzhen estaba sumido en un sueño liviano cuando, de repente, el móvil en la mesilla de noche emitió un sonido peculiar. Apenas lo oyó, abrió los ojos de inmediato.
Ese tono significaba que la llamada era de la línea de emergencia de Interpol.
Ye Yuzhen cogió el teléfono e intentó levantarse, pero Andrew seguía abrazándolo. Le dijo, malhumorado:
—Suéltame, tengo que contestar.
Andrew retiró el brazo y farfulló, aún adormilado:
—¿A estas horas de la madrugada? ¿Qué llamada puede ser tan importante?
Ye Yuzhen se puso la bata y, sin molestarse en calzarse, salió.. Recorrió rápidamente el pasillo hasta llegar a la orilla de la playa. Miró a su alrededor y, solo entonces, contestó la llamada.
—¿Yuzhen? Soy Miguel —la voz del actual Director General de Interpol sonó al otro lado de la línea.
—Dime.
—¿Puedes hablar con libertad?
Ye Yuzhen dudó un instante. Su situación, ciertamente anómala, se había gestado con el consentimiento tácito de la propia Interpol. Si bien los demás lo ignoraban, Miguel lo sabía todo.
—Sí, adelante.
—C ha muerto.
Al principio, Ye Yuzhen tardó en reaccionar a esas palabras. Tanto que hubo de confirmarlo:
—¿Qué?
—Las comadrejas (Nota 2) de la familia Geofrey han confirmado que nuestro agente encubierto, C… ha muerto esta noche.
C era agente de Interpol, pero también un auténtico experto en armas biológicas. Era el infiltrado de más éxito que la organización había logrado introducir en la familia Geofrey, un clan dedicado al tráfico de armas. Era el agente que más tiempo llevaba infiltrado, el más seguro, el más fiable. Al oír la noticia de su muerte, Ye Yuzhen tardó unos instantes en reaccionar.
—El jefe de la división china estará esta noche tan afligido que no podrá pegar ojo —comentó Miguel con una sonrisa amarga—. Me temo que vas a tener que reincorporarte de inmediato. Necesitamos trazar un plan con calma.
—Por supuesto. —Ye Yuzhen colgó y se quedó mirando la negrura del mar.
«El que no va a poder dormir esta noche», pensó, «no va a ser el jefe de la división china… Yo tampoco voy a pegar ojo hoy».
Sus investigaciones sobre Geofrey habían revelado un hecho peculiar: sentía una especial predilección, o tal vez un interés particular, por los descendientes de chinos. Esto les había obligado a enviar a un agente encubierto de origen chino.
Ye Yuzhen era el candidato ideal, pero la propia sede de Interpol lo descartó de inmediato.
Era difícil imaginar que la familia Geofrey no supiera qué aspecto tenía Ye Yuzhen, el jefe de la división británica que llevaba años enfrentándose a ellos. Además, provocar a Andrew, que también tenía un peso decisivo en el tablero, por la necesidad de infiltrar a alguien en la familia Geofrey, no parecía, desde luego, un buen negocio.
Interpol necesitaba a un agente completamente desconocido en Europa. Alguien que, como Ye Yuzhen, tuviera una formación académica en armamento, que fuera un auténtico experto en investigación de armas y, además, de ascendencia china.
Era una misión casi imposible, porque la división china tampoco estaba dispuesta a proporcionar a un tipo de personal tan escaso.
La sede central de Interpol sudó tinta para convencerlos de que aportaran a alguien con esas características. Un hombre del que ni siquiera Ye Yuzhen sabía su nombre, solo su código: C.
Para garantizar su seguridad, la sede central organizó una prueba. Y, para asegurar el secreto de la identidad del agente, Ye Yuzhen fue el único examinador.
C, que provenía de la división china, fue enviado a la familia Geofrey después de ser evaluado por Ye Yuzhen.
Aún recordaba con nitidez aquel día, cinco años atrás, cuando examinó a C.
Fue en un restaurante. A la hora acordada, con una puntualidad exacta, sonó el timbre de la puerta.
Ye Yuzhen se levantó, fue a la puerta y la abrió. Fuera había un joven de ascendencia china, vestido de camarero. Tenía un rostro tan honrado que engañaría a cualquiera. Con exquisita cortesía, dijo:
—Señor, aquí tiene su pedido.
Siguiendo el código de identificación preestablecido, Ye Yuzhen debería haber respondido:
—También pedí una botella de vino tinto francés First Class.
Y C habría contestado:
—Sí, lo tenemos todo preparado para usted.
Así, Ye Yuzhen lo habría hecho pasar para la siguiente fase de la conversación.
Pero Ye Yuzhen no lo hizo. Dijo con frialdad:
—Lo siento, yo no he pedido nada.
Ante esa situación, C necesitaba confirmar al menos tres cosas.
Primero, confirmar si el número de habitación era correcto.
Segundo, confirmar si la contraseña era la correcta.
Tercero, confirmar si el contacto era el adecuado.
Y debía reaccionar en menos de diez segundos. La sede central había hecho verdaderos esfuerzos para convencer a la siempre reticente división china de que proporcionara a un hombre así, pero si resultaba ser de esos que se dejan matar fácilmente, Ye Yuzhen prefería esperar un poco más.
—Señor, mire, aquí está el registro de la llamada de su habitación pidiendo el servicio de habitaciones —C, casi sin dejar rastro, extrajo un comprobante y se lo tendió a Ye Yuzhen—. Señor, además, usted pidió una botella de vino tinto First Class.
Sin apenas hacer comprobación alguna, daba por sentado que aquel era su contacto. Ye Yuzhen pensó para sus adentros mientras se llevaba una mano a la frente:
—Parece que sí… debí pedirlo por la mañana.
—A los huéspedes les pasa a menudo. Piden algo por la mañana, aún medio dormidos, y al despertar ya ni se acuerdan. —C sonreía ampliamente—. ¿Qué tal si le dejo el servicio y luego le descorcho el vino?
—Sería lo ideal.
Ye Yuzhen se apartó para dejar pasar a C con el carrito.
Una vez dentro, C dispuso los cubiertos con la pulcritud característica de un hotel de cinco estrellas y procedió a descorchar la botella para que el vino se oxigenara.
Ye Yuzhen, con los brazos cruzados, observaba cada uno de sus movimientos.
—¿Tan seguro estabas de que yo era tu contacto?
—No del todo —respondió C con aplomo mientras servía el vino en la copa—. El plan era que yo trajera el carrito a esta habitación. Así que pensé que era mejor entrar. Si me hubiera equivocado, tampoco perdía nada, porque la comida la paga su división británica… Además —se levantó y esbozó una sonrisa—, de este modo no tengo que hacer nada extra. Para mí es más seguro.
Ye Yuzhen bajó ligeramente los párpados y, con un gesto de la mano, indicó:
—Siéntate, por favor.
C colocó la copa de vino frente a Ye Yuzhen.
—Tiene usted cinco minutos para el examen.
Ye Yuzhen frunció el ceño. C sonrió:
—Un camarero que permanece más de cinco minutos en la habitación de un cliente empieza a resultar sospechoso. Para mí sería muy peligroso.
—Mm… —Ye Yuzhen esbozó una sonrisa—. ¿Puedo hacerte una pregunta? Si tuvieras que ordenar los siguientes conceptos: misión, responsabilidad y seguridad, ¿cómo los priorizarías?
—Seguridad.
—¿Después?
—Seguridad.
—Y por último…
—Seguridad.
—¿Nunca has pensado, siendo agente de Interpol, en poner la seguridad de la humanidad en primer lugar? —preguntó Ye Yuzhen.
—Claro que sí. Pero si no estoy lo bastante seguro, si ni siquiera puedo protegerme a mí mismo, todo lo demás son palabras vacías, ¿no cree?
Ye Yuzhen soltó una risa leve. Casi al instante, tuvo claro el estilo de trabajo de C: un agente seguro de sí mismo, firme, sereno, con gran independencia y que sabía protegerse. Por personalidad, incluso era más adecuado que él mismo para infiltrarse en la familia Geofrey.
—Aun así, espero que, en caso necesario, sepas poner la seguridad de la humanidad en primer lugar, ¿de acuerdo? —dijo Ye Yuzhen con una sonrisa.
C sonrió, pero no hizo promesa alguna.
Ye Yuzhen, en realidad, no esperaba que hiciera promesa alguna. Los nobles principios residen en lo más profundo del corazón de un agente, no están para andar pregonándolos.
Ye Yuzhen repasó la información que tenía entre manos: experto en armas bioquímicas. Casi podía intuir el papel de C: agente doble. Sospechaba que no era un mero agente de Interpol al uso.
C, por su parte, no parecía tener especial interés en ocultárselo a la división china.
—Sabes por qué te hemos buscado, ¿verdad? Por el peculiar interés de Geofrey—. Ye Yuzhen fue directo al grano.
—Lo sé —respondió C con total serenidad.
Ye Yuzhen dudó un instante. Volvió a mirar el expediente. C aparentaba mucha menos edad de la que tenía; parecía un muchacho de diecisiete o dieciocho años, pero los documentos indicaban claramente que ya había cumplido los veintiséis. Preguntó:
—¿Eres… homosexual?
—No —respondió C, imperturbable.
Ye Yuzhen calló. Aquello iba a ser un obstáculo muy difícil de salvar.
—Bueno, entonces…
No había terminado la frase cuando C, de repente, se inclinó hacia él y posó sus labios sobre los suyos. Parecía tener la intención de profundizar el beso, pero Ye Yuzhen se vio obligado a interrumpirlo.
—No parece un problema, ¿eh?
Ye Yuzhen esbozó una sonrisa.
—Eso solo demuestra que besarme a mí no es algo que te resulte especialmente difícil.
—Cierto —admitió C con una sonrisa franca.
En ese instante, Ye Yuzhen dudó seriamente. Finalmente, dijo:
—Suponiendo que te admitamos temporalmente en la división británica como agente, ¿tienes alguna petición especial que quieras hacer? Puedes plantearla. C sacó una fotografía de su cartera y la deslizó lentamente sobre la mesa hacia Ye Yuzhen.
—Si muero, quiero que usted le avise a ella.
Ye Yuzhen tomó la foto. Era una muchacha joven, radiante y hermosa.
—¿Por qué quieres que sea yo quien le avise?
—Porque no quiero que me declaren desaparecido—. C esbozó una sonrisa—. La juventud de una mujer no tiene precio. Si yo muero, quiero que alguien sea honesto y se lo comunique. Así aún tendrá tiempo de casarse con otro.
Ye Yuzhen asintió y guardó la fotografía.
—Incluiré esta misión como parte del plan de seguimiento. Aunque yo muera, habrá alguien que ejecute esa tarea.
—Lo sé. Y, a cambio… —C sonrió—, le prometo que, cuando sea necesario, pondré la seguridad de la humanidad en primer lugar.
Ye Yuzhen sonrió. C miró su reloj.
—Lamento informarle, pero los cinco minutos han terminado. Debo irme.
Ye Yuzhen hizo un gesto invitándolo a salir.
C llegó a la puerta, pero de repente se giró y sonrió:
—Superintendente Ye, por su expediente jamás se diría que es usted una persona tan sentimental. Por eso duda a menudo. Para un agente, no es un buen hábito.
Dicho esto, abrió la puerta y se marchó.
Ye Yuzhen soltó una risa leve. C había hecho bien los deberes antes de presentarse.
Un agente tan cauteloso, tan celoso de su propia seguridad… ¿por qué habría muerto?
Ye Yuzhen contempló el mar infinito y exhaló un largo suspiro.
── ⋆⋅☆⋅⋆ ──
Nota 1:Se refiere a D. H. Lawrence, escritor británico autor de la célebre novela erótica ‘El amante de Lady Chatterley’.
Nota 2: El término “comadreja” se utiliza para designar a los agentes de inteligencia infiltrados.
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